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El 5 de diciembre de 1944, el submarino alemán U-864, partió del puerto de Kiel rumbo a Japón. En sus bodegas llevaba planos de aviones para sus aliados asiáticos y 70 toneladas de mercurio, dentro de casi 2.000 tanques de acero. Pero nunca llegó a su destino. Un torpedo lanzado por el submarino británico HMS Venturer, lo hundió frente a las costas de Noruega, aniquilando a toda su tripulación.
En el año 2003, exploradores ayudados por testimonios de pescadores de la zona dieron con el submarino, a unos cinco kilómetros de la costa de Fedje y a 150 metros de profundidad. Las autoridades analizaron peces atrapados en el lugar y comprobaron que presentaban vestigios de contaminación por mercurio: había que actuar.
Primero se localizó el pecio del submarino, partido en dos sobre el lecho marino. Se estima que el hecho de que la sustancia tóxica estuviera fraccionada en tanques y no a granel, evitó una tragedia mayor. Sin embargo, resultaba evidente que al menos parte del mercurio había logrado escapar, contaminado la arena donde se apoya la nave.
Para las autoridades medioambientales noruegas, el principal riesgo estriba en la posibilidad de que un corrimiento o movimiento sísmico submarino averíe los envases y provoque un vertido a gran escala, trasladando además la arena contaminada a sectores limpios.
La forma de proceder ante los restos del navío generó controversia en la comunidad científica y la ciudadanía. Mientras algunos sostenían que la mejor forma de librarse de la peligrosa carga era extraer el submarino y la mayor cantidad posible de toneles. Sin embargo, esta labor fue considerada demasiado peligrosa, ya que cualquier accidente podría provocar lo que se pretendía evitar: un derrame. Por eso se optó por una opción diferente, que se diseñó en 2016 y e implementará en breve: cubrir el submarino y el área circundante con toneladas de tierra y escombros, una iniciativa aprobada por el Parlamento local, y que costaría unos 32 millones de dólares.
Si bien el mercurio del U-864, es una verdadera amenaza, no es la única que la 2ª Guerra Mundial dejó en las aguas de los océanos. Se estima que en el Mar Adriático hay todavía 45.000 toneladas de explosivos. Por otra parte, la Royal Navy se deshizo en aguas del Báltico de toneladas de municiones que contenían fósforo, mineral que puede liberarse mediante la oxidación de las piezas.
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