“Ha sido muy repentino y muy rápido todo. Hace dos años y medio estábamos adentro de un laboratorio y no nos imaginábamos todo lo que se vino después”, dice Célica Cagide a Montevideo Portal.

Célica habla y transmite una serenidad que poco refleja la magnitud del descubrimiento que ella y su equipo acaban de concretar. Uno que hoy los sienta en la mesa con las empresas más grande de la industria cosmética a nivel mundial, que el año pasado les permitió levantar una inversión de US$ 3,5 millones de fondos internacionales, y que, luego de una investigación que duró más de 10 años, promete revolucionar los métodos de cuidado de la piel que existen en la actualidad.

Juan José Marizcurrena, Célica Cagide y Betania Martínez son tres científicos uruguayos que comparten una misma pasión: la microbiología. Fue en ese universo de superficies blancas, acero inoxidable, túnicas, gafas y microscopios donde se conocieron y forjaron una amistad. Stefano Valdesolo, en cambio, fue el último en integrarse al grupo. Es argentino y llegó desde el mundo empresarial para aportar la pieza que faltaba y completar el equipo que daría origen a Antarka, la startup que fundaron en julio de 2023.

Casi tres años después, Antarka está agrandando su plantilla y el futuro no hace más que lucir prometedor. “Hasta el primero de marzo éramos cuatro personas y los cuatro fundadores de hace 2 años y medio haciendo todo”, relata Célica. “Las operaciones crecen y es necesario sumar manos, cabezas, y agrandar el equipo”, agrega.

Pero su historia va más allá de un grupo de investigadores guiados por la curiosidad. Es también la de personas impulsadas por una inagotable sed de conocimiento, con una visión orientada a mejorar la vida de otros, y una demostración concreta del potencial científico que existe en Uruguay.

Un lugar mágico

Corría el verano del 2013 cuando Célica viajó a la Base Científica Antártica Artigas con un objetivo claro: estudiar los microorganismos que viven en el hielo. La impulsaba una pregunta tan simple como fascinante: ¿cómo es posible que existan organismos capaces de sobrevivir a circunstancias tan extremas? “Esa combinación que solo existe en la Antártida de radiación, baja temperatura, y poca agua disponible”, detalla.

En la base Artigas, las jornadas eran largas y exigentes. Las expediciones comenzaban temprano: grupos de entre seis y siete científicos acompañados por un militar se internaban durante horas en la nieve. Los investigadores pasaban cerca de ocho horas recolectando muestras del suelo, del agua y del deshielo, en travesías que implicaban subir glaciares, bajar montañas y almorzar en medio de un paisaje blanco y desierto. Una vez que regresaban a la base, la rutina no daba tregua: tenían que colaborar en los quehaceres y, luego, intentar conciliar el sueño en medio del eterno día antártico de más de 20 horas de sol.

La Antártida siempre le llamó la atención, y sería en el extremo austral del planeta donde conocería a Juan José. “Él venía hacía bastante tiempo trabajando sobre unos microorganismos específicos resistentes a la radiación ultravioleta (UV) para entender qué herramientas le permitían soportar este factor”, cuenta Célica.

La pasión compartida por la microbiología y la ciencia antártica convirtió a Célica y Juan José en amigos. No obstante, sus líneas de investigación avanzaban por carriles distintos, y pasaría un tiempo antes de que sus caminos volvieran a cruzarse. Fue en ese período cuando una necesidad de mercado captó la atención de Juan José al coincidir, casi de forma fortuita, con su eje investigativo. “Había un interés por distintos laboratorios dermocosméticos en encontrar herramientas para solucionar los problemas generados por la radiación ultravioleta del sol. En el mercado había algo similar, pero no muy efectivo”, explica Célica.

La conexión fue inmediata: Lo llevó a pensar: “si vos querés algo para resistir la radiación ultravioleta, justamente el territorio que nosotros estudiamos tiene la condición ultravioleta más alta porque hay muchísimas horas de luz en el año, porque el adelgazamiento de la capa de ozono se ubica sobre la Antártida, y porque la nieve refracta mucho más la luz”.

El plan estaba bien definido: descifrar qué había detrás de esa resistencia. Juan José centró su doctorado en biotecnología en el estudio de 13 bacterias altamente tolerantes a la radiación UV, con la intención de identificar qué condición específica las volvía tan resilientes.

Todos los seres vivos —a excepción de los mamíferos placentarios— presentan una enzima llamada fotoliasa, que se encarga de reparar los daños causados en el ADN por los rayos UV. La sorpresa vino al descubrir tres secuencias de esta enzima con una potencia nunca antes registrada.

“Ese creo que fue realmente el disparador de que esta tecnología tenía una capacidad para escalarse y para decir: esto tiene una aplicación directa y es una idea de negocio”, subraya Célica.

Si la enzima lograra actuar en la piel del mismo modo que en los microorganismos, reparando el ADN dentro de las células de la epidermis, no solo ayudaría a prolongar la longevidad cutánea, sino que también permitiría reparar los daños causados por el sol desde su origen: podría revertir arrugas, manchas y la pérdida de elasticidad, además de ayudar a prevenir enfermedades como el cáncer de piel. En definitiva, no solo verse más joven, sino también mejorar la salud.

Con esto en mente, en 2018 Juan José patentó el hallazgo junto a la Universidad de la República (Udelar) y el Instituto Antártico Uruguayo (IAU). Sin embargo, pasaría bastante tiempo antes de que el equipo lograra llevar esa patente al terreno comercial. “Eso quedó en el ámbito académico que, obviamente, no tiene foco en negocio, o al menos la Udelar no lo tenía hasta ese momento”, recuerda Célica.

Eso sí: fue en ese período que Célica y Juan José volvieron a encontrarse. El camino que se abría era incierto, y Juan necesitaba a alguien de confianza. “Uruguay es muy chiquito, dentro del ecosistema académico y científico somos pocos, así que unos años después coincidimos en el mismo laboratorio y empezamos a trabajar en la misma línea bajo el mismo grupo de investigación en Facultad de Ciencias”, comenta.

También se unió Betania Martínez, quien había sido estudiante de Juan y se encontraba haciendo su maestría en biotecnología enfocándose en las enzimas.

Tres cabezas piensan mejor que una, pero el desafío ahora era bajar ese conocimiento a tierra y orientarlo hacia una aplicación concreta. “Siempre teníamos como ese bichito de intentar no solamente generar el conocimiento, sino también hacer un camino para poder aplicarlo y que esa solución llegue a las personas”, agrega. Pero, ¿cómo hacerlo realidad?

Un mundo nuevo

El conocimiento científico y la experiencia en el manejo del laboratorio ya estaban. Sin embargo, con la patente en sus manos, el grupo se enfrentaba a dos desafíos estrechamente vinculados entre sí.

El primero era validar el descubrimiento en humanos y confirmar su teoría. “Había que probar la efectividad. Había una patente, había una idea que tenía altura inventiva, pero ahora teníamos que ver si esa tecnología realmente funcionaba en la piel”, recuerda Célica. Para ello, el equipo necesitaba un dinero importante. “Los ensayos eran muy caros. Se requería mucho capital, y la Udelar no iba a poner dinero para eso”, confiesa.

La urgencia por conseguir financiamiento puso sobre la mesa una nueva necesidad: su falta de habilidades emprendedoras. “Te podrás imaginar que como tres científicos, no teníamos idea de cómo llevarlo al mercado, cómo mostrarlo y cómo contar esa historia”, confiesa Célica. Para aquel entonces, los tres se desempeñaban en la Facultad de Ciencias en cargos académicos. Célica, por ejemplo, también trabajaba en el Instituto Clemente Estable y ejercía en la Universidad de la Empresa como docente de microbiología.

“Ahí es cuando Juan José conoce que existen fondos de inversión y da con Gridx, la company builder inicial que nos invirtió en el año 2023”, dice Célica. Una company builder es una organización que crea empresas desde cero de forma sistemática. Allí, el trío no solo se formó en conceptos vinculados al mundo empresarial y desarrolló una estrategia para su idea, sino que también encontraron la cuarta y última pata de la silla.

Conocimos al cuarto fundador y actual CEO que es Stefano Valdesoro, que no es científico, pero venía con una mirada más de negocio y con otros conocimientos para aportar a la fundación de Antarka”, comenta Célica. La incorporación del argentino, sumada a la experiencia adquirida en el programa y la inversión de Gridx equivalente a US$ 200.000, llevó a la creación de la startup. Ahora sí, no solo tenían el conocimiento para gestionar su propia empresa, sino también el capital necesario para testear su teoría en humanos.

Un antes y un después

“El momento en que fundamos Antarka fue un antes y un después porque, hasta ese momento, estábamos viviendo cosas preciosas, aprendiendo de negocio, viendo un mundo que desconocíamos, pero en el instante en que la creamos fue: bueno, ahora hay que hacerla andar”, reflexiona Célica.

Juan José, Célica y Betania dejaron sus empleos para dedicarse de lleno a la startup. “La charla inicial fue: para que esto funcione, tenemos que estar a full, comprometidos al 100 % con algo que tenía mucho riesgo, pero ya contábamos con esa inversión inicial”, señala. No obstante, el éxito de Antarka no dependía solo de la buena voluntad de sus creadores: todo quedaba supeditado a lo que determinara el testeo en humanos, un escenario que la industria cosmética veía con poco optimismo.

“Era un desafío porque todos los actores del ámbito dermocosmético a nivel internacional nos decían: es imposible que una enzima de este tamaño —demasiado grande para lo que habitualmente usa la cosmética— atraviese y entre por la piel. Y, además, que llegue al interior de las células de la epidermis, después entre al ADN dañado y lo repare. Como que estábamos pidiéndole mucho a la enzima”, explica Célica. La espera de los resultados estuvo cargada de nerviosismo y miedo. Cuando finalmente llegaron, los sorprendió en el momento menos pensado. 

“Allá por el 2024 nos fuimos los cuatro a un programa de aceleración en San Francisco, en Estados Unidos, que se llamada IndieBio que, de hecho, fuimos los primeros uruguayos en poder entrar a esa aceleradora [la más grande del mundo para empresas biotecnológicas]”, relata Célica. Como en todas las mañanas anteriores en California, se dirigían a las oficinas en ómnibus cuando recibieron en sus celulares los resultados del testeo. Efectivamente, su teoría era cierta. Los cuatro empezaron a gritar y bailar en medio del vehículo. No era para menos: acababan de confirmar un hallazgo que transformaría sus vidas. “A todos los que nos habían dicho que no íbamos a poder fue como: pudimos y lo hicimos”.

El descubrimiento despertó el interés de gigantes de la cosmética. Tanto es así que, en febrero de 2026, Antarka cerró una ronda de inversión de US$ 3.5 millones para financiar dos años de operaciones. “Puntualmente nos estamos enfocando en sacar el producto al mercado”, señala Célica. Actualmente, la empresa produce las enzimas en un laboratorio instalado en el LATU, lo que le permite abastecer el mercado latinoamericano, aunque su objetivo es escalar la producción para cubrir una demanda global. En un principio, planean iniciar la comercialización en Brasil este año, y hacerlo en Asia y Estados Unidos entre 2027 y 2028.

Antarka parece no tener techo, y sus creadores ya exploran nuevas posibilidades. “Tenemos una colección de más de 200 cepas de bacterias de la Antártida con muchísimo potencial. De hecho, ya hay tres o cuatro candidatos en etapas más tempranas de desarrollo, pero que hay que hacer más trabajos y desarrollo con ellos para tener otros activos que van a salir quizás en los próximos dos años”, detalla Célica. El objetivo es claro: seguir profundizando en el conocimiento de la longevidad y en el desarrollo de soluciones para extender la longevidad del ser humano.

Célica hace hincapié en que su vida no cambió demasiado desde el éxito de Antarka. “Como científicos esto de estar aprendiendo cosas nuevas todo el tiempo ya nos pasaba. No es un trabajo rutinario y eso ya nos sucedía porque en el laboratorio de investigación no hay rutinas”, dice. Sin embargo, son conscientes de la magnitud de su hallazgo cada vez que se sientan en la misma mesa que los directivos de las empresas cosméticas más importantes del mundo.

Según la científica, el caso de Antarka no es un hecho que debería sorprender, ya que en Uruguay hay “un nivel de ciencia espectacular”. En ese sentido, destaca el surgimiento de un número creciente de startups vinculadas al ámbito científico. “Hay como un boom”, comenta. “El uruguayo también tiene algo de emprendedor. Acá muchas veces el famoso atado con alambre te da mucho conocimiento que, si el uruguayo va para adelante, se manda, agarra la pala, y labura, eso es una característica fundamental del emprendedor”, agrega.

Para Célica, es fundamental que los jóvenes científicos entiendan que en Uruguay es posible emprender. “Que no hay un techo. Que muchas veces las limitaciones se las pone uno. Acá en Uruguay se puede. Es bueno salir [al exterior] para ver otras cosas, para traer ideas a sumar, pero Uruguay tiene las condiciones para eso”, subraya.

En esa línea, instó a las universidades —en especial a la Udelar—, a preparar a sus estudiantes para este camino. “Lo que falta creo que está relacionado mucho a mostrar esta posibilidad desde el lugar de la universidad. En las universidades privadas creo que se da un poquito más esto de que haya materias enfocadas al emprendedurismo o a los negocios. En la Universidad de la República no hay ese foco”, indica.

Con esa convicción, Célica afirma: “Hablando con muchos jóvenes veo que tienen espíritu emprendedor. Por supuesto que el ámbito académico de hacer ciencia básica o aportar conocimiento científico es de los trabajos más honorables, pero tienen que saber que hay otras posibilidades y que el emprendurismo es una de ellas, y es un camino muy satisfactorio y reconfortante”. El proceso que desembocó en Antarka duró más de una década, pero sus resultados hoy hablan por sí solos.