Por The New York Times | Kashmir Hill

Mis dos hijas pequeñas lloran mientras le digo a mi marido que ahora se quedará solo porque me voy al metaverso. Encerrada en el despacho de mi casa un viernes a las siete de la noche, me pongo el dispositivo de realidad virtual de Meta, de 399 dólares: el Quest 2, un voluminoso visor blanco con todo tipo de cámaras, micrófonos, altavoces, pantallas oculares y sensores.

Cuando lo enciendo, los gritos de “quiero que mamá me prepare para ir a dormir” se desvanecen, sustituidos por el sonido de una suave brisa y el piar de los pájaros. Me transporta a una villa en la ladera de la montaña. Giro la cabeza para contemplar un río lejano y un cielo dorado salpicado de globos aerostáticos. Este impresionante lugar (que puedo cambiar, como fondo de escritorio) es un vestíbulo glorificado, donde elijo una aplicación para cargar.

Podría meditar, hacer cardioboxing o matar zombis, pero estoy aquí por Horizon Worlds, la red social de Meta basada en la RV, donde al menos 300.000 personas pasan el rato como versiones de dibujos animados de sí mismas, construyendo mundos con mansiones virtuales, clubes nocturnos, jardines y teatros.

Elijo un mundo con un club de comedia de cuatro pisos bajo un cielo estrellado. Cuando entro, un hombre con capucha gris se acerca a mí. “Hola”, le digo. Me mira fijamente como respuesta, así que me alejo flotando. Un avatar con gorra de béisbol sube al escenario y toma el micrófono. “¿Quieres que te cuente una anécdota de mi escuela?”, pregunta con voz jovial que insinúa un relato de preocupaciones del sexto grado. “No quiero escuchar eso”, dice alguien cuya voz parece salir de mi izquierda, aunque estoy sola en mi oficina.

Horizon es “el universo de Meta en el metaverso, comentó Vishal Shah, el ejecutivo a cargo de “la versión espacial copresente de internet”, en la que la compañía antes conocida como Facebook ha apostado su futuro. Meta tiene un historial impresionante, y cambia de manera fundamental la forma en que sus casi 3000 millones de usuarios socializan, comparten información y pierden el tiempo.

Se estima que Meta ha vendido casi quince millones de auriculares habilitados para el metaverso y, sin embargo, las personas siguen escépticas respecto al internet inmersivo. Desde que Mark Zuckerberg, el director ejecutivo, anunció el año pasado que planeaba invertir miles de millones de dólares para llevar el metaverso a las masas, se desplomó el precio de las acciones de la compañía.

No faltan los escépticos que se burlan de los planes de Meta, pero ¿cuántos de ellos han experimentado el metaverso? Decidí probarlo definiendo el metaverso, para mis propósitos, como Horizon, la plataforma virtual de Meta para eventos, reuniones de negocios y espacios construidos por usuarios.

Mi objetivo era visitar el metaverso cada hora del día y de la noche, al menos una vez durante cada una de las 24 horas, para conocer los flujos y reflujos de Horizon y conocer a los primeros usuarios del metaverso. Dejé la televisión, los libros y renuncié a muchas horas de sueño los últimos meses para pasar decenas de horas como una versión animada, flotante y sin piernas de mí misma.

Quería entender quién estaba allí actualmente y por qué, y si el resto de nosotros alguna vez querría unirse a ellos.

Mi tribu: padres con niños pequeños

Un sábado por la mañana, mi perro me despertó a una hora dolorosamente temprana, gimiendo porque quería salir. El resto de la familia estaba profundamente dormido, así que me puse el dispositivo con una comezón incontrolable en las manos causada por una planta venenosa que había tocado mientras quitaba hierbas malas en el mundo real.

Viajé a la Plaza, el colorido lugar central de reunión de la red social, donde puedes encestar en una cancha de baloncesto, subir a casitas en árboles, lanzar aviones de papel y tocar las teclas de arco iris de un piano de piso, opciones un tanto extrañas para una aplicación supuestamente reservada para personas mayores de 18 años.

Tal vez porque no soy aficionada a los videojuegos, lo primero que siempre me llamó la atención mientras viajaba de un mundo a otro en Horizon fueron los sonidos de otras personas: un niño quejándose de que lo hacían comer, por ejemplo, o la tos de alguien, algo que me hizo estremecer a pesar de que los gérmenes del mundo real estaban muy lejos.

Me desplacé usando una palanca en mi control. La primera vez que lo hice, me mareé y casi me caigo. Rápidamente me di cuenta de que el metaverso, a excepción de sus juegos y aplicaciones de ejercicio, se experimentaba mejor sentada.

Charlé con unos británicos que acababan de poder unirse a Horizon. Meta lanzó la red social en Estados Unidos y Canadá en diciembre y la está extendiendo poco a poco al resto del mundo, como hizo Facebook con los campus universitarios en sus inicios. Conocí a Shy Boogie, una madre soltera y sociable del sur de California, que formaba parte de una gran tribu en Horizon: padres que antes disfrutaban las salidas, pero que ahora estaban atrapados en casa con niños pequeños.

Shy Boogie compró su dispositivo en enero y ahora visita Horizon con regularidad, donde asegura que ha conocido a “gente genial”. Confesó que el único problema es la cantidad de niños que aparecen de pronto y perturban su tiempo con otros adultos. Mientras hablábamos, avatares con voces infantiles no dejaban de interrumpirnos. “Estoy usando el dispositivo de mi madre”, dijo uno de ellos.

Shy Boogie estuvo incomodando a otros usuarios preguntándoles demasiados detalles sobre su vida en el mundo real.

“¿De dónde eres?”, le dijo a un joven de 17 años con bigote y traje.

“De Oregón”, dijo tras una pausa.

“Sí, pero ¿de qué ciudad?”, insistió.

Meta obliga a los usuarios de Horizon a diseñar avatares que parezcan personas reales —no plátanos gigantes ni robots enormes—, y muchas personas eligen verse como en la vida real, pero lo que implica usar un seudónimo sigue siendo parte del atractivo.

Sin embargo, yo usé mi nombre real y le dije a la gente que era reportera de The New York Times y que estaba grabando mi experiencia con una herramienta integrada en mi dispositivo. Esta cámara con perspectiva era un poco espeluznante porque no notificaba a los demás cuando se encendía. Cuando revelé que estaba grabando, la gente a veces gritaba: “¡Es de la policía!”, y huía.

Cuando Shy Boogie se alejó flotando para ir a un encuentro privado con un avatar masculino que había estado coqueteando con ella, me di cuenta de que la picazón en la mano había desaparecido. Sabía que la terapia de realidad virtual se había utilizado para tratar afecciones graves, como traumatismos y dolor crónico. En mi caso, el metaverso fue mucho más efectivo que la crema de hidrocortisona.

Noctámbulos

Sam Ferrer, de 25 años, una ilustradora que vive en el área metropolitana de Nueva York, usa anteojos dorados con forma de búho, al igual que su avatar, Lil Nihilist. Me dijo que el metaverso la había ayudado a superar un momento difícil de su vida.

“Si no hubiera empezado a usar un dispositivo de realidad virtual cuando lo hice, ahora podría estar muerta”, comentó una noche en la Plaza.

Ferrer se graduó de la universidad al principio de la pandemia y se mudó al otro lado del país, donde no tenía amigos. En diciembre de 2020, aislada y sola, entró en una tienda 4-Star de Amazon y se compró un Quest 2. Empezó a usar la red social de realidad virtual casi todas las noches, primero en las aplicaciones AltSpace y vTime antes de pasarse a Horizon.

“Me gusta estar ahí de la 1 a las 3 de la madrugada”, dice refiriéndose al momento en que el metaverso está más concurrido. Se acuesta bajo una cobija pesada en su cama, con un bocadillo y una bebida, y pasa horas charlando con sus amigos en Horizon. Conecta su dispositivo a una toma de corriente para que no se le agote la batería y termina la sesión cuando está demasiado cansada para continuar.

Este patrón es muy común entre los primeros usuarios del metaverso, que no quieren verse limitados a las dos horas que permite la batería integrada del dispositivo. La Organización Mundial de la Salud afirma que los campos electromagnéticos emitidos por dispositivos electrónicos como los celulares no suponen un riesgo para la salud. Un representante de Meta señaló que los dispositivos son seguros mientras están enchufados.

Aunque no soy muy nocturna y tuve que alterar considerablemente mi horario de sueño para asistir al metaverso a altas horas de la madrugada, fue entonces cuando tuve las conversaciones más interesantes con artistas y tecnólogos de una amplia gama de zonas horarias. Muchos de ellos estuvieron allí durante muchas horas. Un avatar con boina llamado I Love My Cat expresó su preocupación por el tiempo que la gente usaba el dispositivo. Era una “guía de la comunidad”, uno de los muchos moderadores que contrató Meta para pasar el rato en la Plaza, responder preguntas y hacer cumplir el código de conducta de la empresa. Se tomaba un descanso más o menos cada hora durante su turno de ocho horas.

“Una vez estuve hablando con alguien que llevaba aquí más de doce horas”, me dijo. “No sé cómo lo hacen”.

Es fácil perder la noción del tiempo en Horizon. Como en un casino, no hay relojes en las paredes. Ferrer aseguró que era lo que hacía ahora en lugar de ver la televisión o abrir la aplicación de TikTok. Los niños

Cuando llegó mi Quest 2, hice algo que nunca antes había hecho: leí un manual de seguridad del producto en su totalidad, o al menos desde el frente hasta el lugar donde cambió a francés: 40 páginas de precauciones sobre el dispositivo de medio kilo que estaba a punto de ponerme en la cabeza durante muchas horas.

Me advirtió sobre posibles efectos secundarios, como náuseas, convulsiones y visión borrosa. Decía que no usara el dispositivo bajo la influencia de drogas o alcohol ni cuando estuviera muy cansada, y me indicó que me instalara en un “espacio de juego seguro”, lejos de paredes, muebles, televisores, ventiladores de techo, escaleras y ventanas, porque una vez que el usuario se pone el dispositivo, puede ser fácil olvidar los peligros del mundo real.

También señalaba que los niños menores de 13 años no deben usarlo, mientras que los mayores de 13 años no deben usarlo durante “periodos prolongados”, ya que podría interferir con el “desarrollo visual” y la coordinación visual-manual.

Al ponerme el dispositivo, pensé que me veía como una versión fallida del futuro, pero mi hija de 5 años quedó cautivada. Me rogó que la dejara usarlo. Terminé por ceder y la dejé jugar Bogo, un juego en el que cuidaba a un lindo bebé extraterrestre. Después de unos minutos, traté de quitárselo, pero le gustó tanto que trató de escapar y se estrelló contra una pared (no le pasó nada).

A pesar de las advertencias de Meta, cada vez que entraba en el metaverso, inevitablemente me encontraba con niños. Durante una de mis primeras visitas a la Plaza, un lunes de julio por la tarde, un chico con un saco gris llamado Dustin me contó emocionado que se había unido a Horizon el día anterior y que había pasado ocho horas seguidas allí. Me invitó a jugar a dispararles a zombis en un centro comercial. Cuando aparecieron versiones diminutas de los zombis verdes en bloque, exclamé: “¡Son niños pequeños!”.

“Yo también”, dijo antes de añadir: “Bueno, no tan pequeño”.

Dustin me dijo que tenía 11 años, por lo que estaba en la categoría de personas cuyos cerebros corren más riesgos por el dispositivo que por los muertos vivientes. Como han descubierto otros periodistas, hay muchísimos jóvenes que exploran Horizon. Para Meta, eso significa que la empresa por fin tiene un producto que atrae a la generación que ha rechazado en gran medida Instagram y Facebook. Aunque Horizon es una aplicación para mayores de 18 años, los guías de la comunidad me dijeron que solo echaban a los usuarios menores de 13 años, y solo si los usuarios revelaban explícitamente su edad.

Mi dispositivo me avisó que tenía poca batería, así que me despedí de Dustin y los demás jugadores. “¿Por qué no te conectas y juegas?”, preguntó uno. Me estremeció escuchar una expresión tan común para un comportamiento que me parecía poco saludable. Decidí jamás conectar mi dispositivo mientras lo tuviera puesto.

“Esto se parece demasiado a Matrix”, bromeé, y luego me pregunté si el joven Dustin entendería la referencia a una película de ciencia ficción de 1999 sobre humanos pálidos envueltos en una sustancia pegajosa y conectados a una máquina de realidad simulada.

Troles

A las 4:30 a. m. de un domingo, durante mi vigésima hora en el metaverso, algo me impactó. Cuando llegué a la Plaza, vi a un grupo de avatares masculinos tocando el gran piano de arco iris. Un tipo con una camisa de franela verde me advirtió una cosa.

“No vayas ahí, amiga”, dijo. “Son raros. Confía en lo que te digo”.

Así que mantuve mi distancia y floté hacia tres personas que anotaban canastas en silencio.

Pero entonces los cuatro hombres se acercaron y se pusieron enfrente de mí.

“Maldita sea, ¿qué pasa, Kash?”, dijo uno con el cabello en puntas y el cuello levantado. Un tipo peludo con anteojos comenzó a abofetearme una y otra vez, haciendo fuertes ruidos de aplausos. Uno me lanzó aviones de papel. Todos comenzaron a saltar y hablar al mismo tiempo. Dos se montaron por turnos en el otro. No era exactamente una amenaza, pero sí fue desagradable.

El metaverso es una nueva frontera para el troleo. Un YouTuber popular llamado Ethan Klein retransmitió el mes pasado una sesión en la que intentó ser lo más sexualmente explícito posible mientras estaba rodeado de niños en la Plaza (lo echaron y le prohibieron la entrada durante dos horas).

El director de tecnología de Meta, Andrew Bosworth, ha afirmado que la empresa quiere tener “niveles de seguridad casi como los de Disney”. Horizon tiene herramientas de usuario diseñadas para disuadir las agresiones virtuales y los comportamientos amenazantes, entre ellas un límite personal que impide que otros avatares se acerquen demasiado; un “modo seguro” que permite a un usuario escapar a una celda de confinamiento solitario; una función de silenciamiento que puede callar a otro avatar, y una función de sondeo que puede medir si un grupo considera que un usuario perturbador debe ser expulsado.

Meta también pide a los usuarios de Horizon que consientan que se grabe su audio (si se niegan, no pueden hablar en Horizon). El audio se almacena en el dispositivo del usuario, según la empresa, y solo se envía a Meta si alguien presenta una denuncia de acoso, por ejemplo. Los usuarios pueden ser expulsados durante unas horas o incluso un mes, en función de esas conversaciones capturadas.

En lugar de entrar en modo seguro o presentar una denuncia sobre los tipos que me rodearon, me reí de su comportamiento y les dije que era reportera, que los estaba grabando, y no solo su audio. Eso tuvo un efecto civilizador.

Después de los videojuegos

Bien despierta después del encuentro en el Plaza, fui al Soapstone Comedy Club, donde una mujer se tambaleaba flotando y arrastraba las palabras. Un tipo con traje y una gorra de béisbol roja estilo MAGA estaba en el escenario preguntando si alguien quería escuchar chistes raciales o étnicos. La multitud se irritó y su avatar entró en modo de suspensión, quizá por haber sido expulsado por un moderador del club por violar las reglas de la casa contra las bromas despectivas.

El Soapstone Comedy Club fue creado por Aaron Sorrels, que se hace llamar Alcohólico Desempleado. Después de renunciar a un trabajo de mercadotecnia para lidiar con su alcoholismo, Sorrels se convirtió en comediante. Cuando llegó la pandemia y ya no podía hacer rutinas de comedia de pie en su estado natal de Míchigan, estuvo a la deriva hasta que escuchó que Zuckerberg estaba invirtiendo miles de millones en el metaverso.

“Esto va a ser un fenómeno, y ahora es el momento de entrarle”, recordó haber pensado Sorrels. Compró tres dispositivos Quest con planes de involucrar a otros comediantes, pero tuvo más éxito construyendo un mundo para que los aficionados subieran al escenario.

Su club recibe ahora hasta 13.000 visitantes semanales. Acepta donaciones de sus seguidores, que tienen acceso a una sala privada, y forma parte de un pequeño grupo de creadores a los que Meta permite monetizar sus mundos. Hace poco, Zuckerberg mencionó a Soapstone durante una aparición en el pódcast de Joe Rogan, que tiene millones de oyentes más que el último conteo confirmado de Horizon de cientos de miles de usuarios. Sorrels comentó que dirigir “un club de comedia de dibujos animados en un país de mentira” era ahora su trabajo de tiempo completo.

Empecé a charlar con un hombre sentado a mi lado en el club llamado Malefic, que tenía barba de chivo y pendientes, aunque su yo del mundo real, Joe Cronin, no es así. Seis horas antes, Cronin, de 30 años, un programador casado que vive en Pensilvania y tiene dos hijos pequeños, había estado jugando videojuegos en línea con sus amigos. Cuando se fueron a dormir, vino a Horizon, con su dispositivo enchufado a la pared, para descansar y socializar después de una sesión llena de adrenalina. Horizon es el lugar donde los jugadores van a relajarse, como los esquiadores en un bar après-ski.

“Cuando oyes el canto de los pájaros, sabes que estás en apuros”, opinó Cronin, a quien le gusta la posibilidad de “salir” a través de su Quest 2. “Ni siquiera tienes que levantarte, vestirte y arreglarte. Solo tienes que ponerte el dispositivo. Ahora mismo estoy en piyama, lo juro”.

Mientras Cronin y yo hablábamos, la gente empezó a reunirse a nuestro alrededor para hablar maravillas del metaverso. Es muy divertido salir de fiesta aquí, dijo un tipo con un gorro. Pero es “difícil fumar marihuana en pipa con el dispositivo puesto”, agregó.

A pesar de las advertencias de Meta acerca de no usar el dispositivo cuando se consumen alcohol o drogas, todas las noches muchas personas beben, bailan y se divierten mientras la música suena en mundos como Party House y Ace of Clubs.

No obstante, las fiestas no pueden ser demasiado salvajes. Cada uno de los más de 10.000 mundos que los usuarios han creado en Horizon puede recibir solo a un par de docenas de personas a la vez. Esto se debe a la potencia informática necesaria para proyectar un espacio virtual compartido en varios dispositivos. Si un mundo se llena, terminarás en una copia de él, como en una sala de escucha.

Recibí la notificación de batería baja de mi dispositivo, así que alenté a Cronin para que actuara, pues sentí que quería hacerlo. Subió al escenario y contó un chiste largo sobre cómo te cambia tener hijos por la forma en que te miran a los ojos mientras hacen caca. No suena divertido relatarlo aquí, pero hizo reír a la gente reunida en una sala virtual a las 6:11 a. m. de un domingo. Supongo que hay que estar allí para entenderlo.

Gente que se toma unas vacaciones de la realidad

Encontrar el tiempo para entrar en el metaverso fuera del horario de trabajo era todo un reto. En un momento dado, me puse el dispositivo mientras hacía ejercicio en una bicicleta estática. Lo logré durante 40 minutos, aunque se me empañó la pantalla y no pude respirar discretamente al conocer gente nueva. Lo que no estaba dispuesta a hacer era pasar horas durmiendo con el dispositivo puesto.

“Ah, eso hago yo. Duermo con el dispositivo puesto”, explicó Sam, una pelirroja con saco, una noche en el Soapstone. “Imagínate que te despiertas en el lugar más increíble del universo”.

Pensé que estaba bromeando, pero insistió en que hablaba en serio. “¿Cómo es tu habitación? ¿Es donde quieres vivir el resto de tu vida?”, me preguntó.

Le dije que me gustaba mi habitación. Ella insistió: “¿Es ahí donde quieres morir?”.

Le dije que no quería morir pronto, pero que me gustaba mi habitación.

“Eso es deprimente”, dijo. “Deberías aspirar a cosas mejores”.

Eso me recordó la novela de ciencia ficción de Neal Stephenson de 1992, “Snow Crash”, en la que se introdujo el término “metaverso” para describir un espacio digital en el que la gente podía escapar de su sombría realidad. El protagonista del libro, Hiro, es un repartidor de pizza despedido que, junto con su compañero de piso, vive en una bodega, pero es un guerrero en el mundo generado por computadora que visita con su visor.

“El metaverso lleva décadas desarrollándose”, señaló Matthew Ball, un empresario tecnológico que hace poco escribió un libro sobre cómo el metaverso “revolucionaría todo”. No es “algo que vaya a alterar de manera radical nuestras vidas esta década”, añadió. Metaemprendedores

Un jueves por la noche, me quedé dormida después de acostar a mis hijas y me desperté pasada la medianoche llena de energía. Decidí adentrarme en el metaverso, pero no había cargado el dispositivo, por lo que tuve que romper mi regla autoimpuesta. Sí, me conecté y jugué.

Mi conexión a internet era lenta, así que me trasladé al despacho de mi marido, más cerca del enrutador wifi. Tenía un par de pesas por ahí para hacer pausas de ejercicio. El único enchufe accesible estaba en el suelo. Además, la habitación estaba muy fría. Entonces me acurruqué bajo una manta, en el suelo, con una computadora en la cabeza, pegada a la pared, esperando no golpearme la mano con una mancuerna.

Era un punto bajo en el mundo real, pero, en el metaverso, yo era Iron Man, recorriendo un mundo popular llamado Superhero Sandbox, donde los usuarios se ponen los trajes de los superhéroes de Marvel y asumen sus poderes. Mientras volaba hacia la cima de la torre de los “Avengers”, me pregunté cómo era posible que Disney todavía no hubiera eliminado este mundo con una demanda de infracción de derechos de autor. Luego, al lanzar el escudo del Capitán América, me golpeé la mano con tanta fuerza contra una mesita que grité de dolor.

Ya me había lastimado antes. Moviendo los controles a ciegas estos últimos meses, he golpeado un televisor, una cama, un escritorio y la cabeza de mi hija de dos años (sin daños duraderos). Así que me sorprendí cuando revisé la base de datos de lesiones de los consumidores del gobierno federal y solo encontré un informe de un incidente grave relacionado con el Quest 2: una mujer de 34 años se había cortado la boca con una consola mientras esquivaba un peligro virtual. La mayoría de los demás informes eran de personas, desde los 6 años hasta los 66, que habían desarrollado sarpullido en la cara.

Malefic apareció de repente con una máscara de “Pantera Negra”, la primera vez en las más de 24 horas que había pasado en Horizon que me rencontraba con un usuario. Alrededor de las 3 de la madrugada, un niño de 11 años malhablado empezó a atacar a todo el mundo con el martillo de Thor. Alguien sondeó la sala y retiraron al niño.

“Dejemos que los adultos jueguen con los juguetes de los superhéroes”, dijo Malefic, que luego recomendó que fuéramos a un nuevo mundo, el Club de Comedia de Magia Negra (la comedia es popular en el metaverso).

Un cartel en la entrada del club advertía: “No es para los que se ofenden fácilmente” y “No al racismo”. Un tipo, MoistPB, que fumaba un porro digital, me acorraló de inmediato para hablarme explícitamente del tipo de mujer que le gustaba. Me alejé enseguida.

Dentro del club, conocí a Elite, un cadenero voluntario con bigote de Fu Manchú y cabello blanco recogido en un chongo. “Elegí este avatar porque me gustan las películas de kung fu”, comentó Elite, un ingeniero de la ciudad de Nueva York de ascendencia portuguesa y africana. “No me veo así en absoluto”.

Elite, quien por cuestiones de privacidad pidió que no se usara su nombre completo, se ha consagrado como un “rompemundos”. Busca errores y fallas, a veces como evaluador oficial pagado. Pertenece al grupo de empresarios que invierten su tiempo en el metaverso con la esperanza de ganar dinero real allí en un futuro. También conocí a Tannless en el club, cuyo avatar tenía cabello rubio muy corto como su yo en el mundo real, Tanner Rulli, de 26 años, un estudiante de posgrado en Míchigan que espera algún día vender los mundos que está construyendo.

Hacer contactos en el metaverso, afirmó Rulli, “se vuelve muy normal, como cualquier cosa que haces en el mundo real”. ¿Este es el futuro?

Cuando les conté a mis amigos y familiares de mi experimento, todos me hicieron las mismas preguntas: ¿cómo es el metaverso?, ¿es divertido?

Ponerme el dispositivo era molesto, pero una vez que empezaba a platicar en Horizon me la pasaba bien y ya no quería salir. Me gustó conocer gente de forma espontánea, sin la intervención algorítmica cada vez más pesada de las plataformas de redes sociales tradicionales.

Pero explicar el metaverso a través de la lente de Horizon es como intentar desentrañar el potencial de “la web” navegando por las salas de chat de AOL en la década de 1990, la época de los módems de acceso telefónico. La red social de RV de Meta es una fase temprana y particular de lo que podría convertirse en un gran cambio tecnológico. Casi al final de mi experimento, me reuní en una sala de conferencias de Horizon con Shah, el vicepresidente del metaverso de Meta (los empleados de Meta que organizaron la reunión dieron visibles muestras de alivio al ver llegar a nuestros avatares sin problemas). Shah, con gafas plateadas y una camisa de manga corta, aseguró que la empresa quería que el dispositivo fuera más cómodo, pero también que la gente pudiera visitar el metaverso sin él, aunque no estaba claro cómo funcionaría eso.

Le pregunté a Shah con qué frecuencia utilizaba su dispositivo a la semana. “Un par de horas por trabajo y un par de horas por diversión”, dijo. “Hay cosas que no puedo hacer en el mundo físico y que solo puedo hacer en el dispositivo”.

Aquello sonaba prometedor, el fruto de la carísima apuesta de Meta por esta tecnología. Entonces, Shah empezó a contar una anécdota sobre una reunión de equipo en la que los empleados de Meta compartieron historias de sus últimas vacaciones.

Al principio, pensé que iba a decir que sus empleados habían capturado sus viajes alrededor del mundo con cámaras de RV y que todos habían pasado de la mesa de conferencias virtual a los mejores momentos de los viajes exóticos de sus colegas.

Pero fue una revelación más banal.

“Si has estado en una llamada de Zoom con un montón de caras, algo así es incómodo”, señaló Shah, describiendo la mecánica de “a quién le toca ahora” que muchos trabajadores remotos conocen bien. “Pero estábamos todos en una sala de trabajo. Conté mi historia y miré a mi izquierda. Fue el turno de la siguiente persona, y la gente asentía y reaccionaba. Así seguimos hasta que todos participaron”.

Eso sonaba bien, pero no parecía una gran justificación de uso. Cuando Mark Zuckerberg se pone poético sobre el metaverso, como hizo en el pódcast de Rogan, dice que el dispositivo acabará siendo muy pequeño o incluso desaparecerá, y que el internet nos rodeará y quizá tendremos acceso con un simple chasquido de dedos. “Uno de los experimentos mentales que me gusta hacer es pensar en qué pocas de las cosas que tenemos físicamente en el mundo en realidad necesitan ser físicas”, le dijo Zuckerberg a Rogan.

Por ahora la empresa sigue limitada por el mundo físico y por el hecho de que la mayoría de la gente, excepto por quienes ya están en el metaverso, no está dispuesta a pasar horas y horas de su día usando el aparato.

Meta está esforzándose para que su dispositivo sea más atractivo, y se espera que anuncie un modelo más elegante y costoso en un evento virtual que se celebrará el martes llamado Connect. El nuevo dispositivo tendrá aún más sensores orientados a la cara, de modo que si encuentras algo en el metaverso que te haga sonreír, tu avatar digital también sonreirá. Kashmir Hill, reportera de tecnología de The New York Times, se pone un dispositivo Quest 2 para pasar un rato en Horizon Worlds, la red social de realidad virtual de Meta, en Nueva York el 4 de octubre de 2022. (Brian Finke/The New York Times) Kashmir Hill, reportera de tecnología de The New York Times, se pone un dispositivo Quest 2 para pasar un rato en Horizon Worlds, la red social de realidad virtual de Meta, en Nueva York el 4 de octubre de 2022. (Brian Finke/The New York Times)