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En 2004, cerca de un año y medio después de la invasión estadounidense de Irak y cuando ya era evidente que en se país no había armas de destrucción masiva, los científicos Jason Reifler y Brendan Nyhan comenzaron a investigar un curioso fenómeno: Un sector de la opinión pública estadounidense seguía creyendo en el discurso que George W. Bush pronunciara antes de la invasión, donde aseguraba que Irak tenía unas armas de las que jamás nadie supo nada.
En sus investigaciones, constataron algo que -a la luz de acontecimientos políticos más recientes- comienza a quedar más claro: entre las personas con convicciones firmes y consolidadas, los hechos comprobados tienen un valor sorprendentemente bajo si van en contra de las creencias y opiniones arraigadas.
"Descubrimos que en una pequeña parcela de nuestra muestra (de entrevistados) las personas que recibían informaciones contraintuitivas y que no les gustaban, terminaban fortaleciendo su posición inicial", explicó Reifler en declaraciones a la filial brasileña de la cadena BBC.
"Las nuevas informaciones solamente las hacían reflexionar en argumentos favorables a sus propias convicciones", detalló.
Sin embargo, eso no quiere decir que la mayoría de las personas sean "inmunes" a los hechos concretos, sino todo loc contrario, según constataron Reifler y su equipo.
Su investigación más reciente abordó el consumo de fake news (noticias falsas) en la campaña electoral estadounidense de 2016, y concluyó que el impacto de las noticias falsas no parece ser tan grande como se creía.
Reifler, que actualmente se desempeña como profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Exeter, Reino Unido, resume en breves puntos los principales hallazgos del estudio.
1 - Las fake news probablemente tuvieron un impacto limitado en las elecciones de EEUU.
Al monitorear la actividad online y los clicks de miles de estadounidenses en el periodo de campaña electoral, descubrieron que una de cada cuatro personas leyó al menos una noticia falsa, pero inclso los mayores consumidores de fake news -la mayoría muy conservadores y simpatizantes de Trump- consumieron mucha más noticias verdaderas que falsas.
"El de las fake news es un problema que es necesario poner en perspectiva", explica Reifler en declaraciones al citado medio.
"La mayoría d las personas (en la investigación) no consumió fake news y, cuando la consumió, fue como una pequeña parte de su ‘dieta noticiosa', alrededor del 10% del total. Y como la mayoría de (de los lectores de noticias falsas) ya eran pro Trump y consumidores de noticias conservadoras, probablemente no alteraron su voto.
Esto no quiere decir que las fake news no deben preocuparnos, dado que deterioran la calidad del debate y pueden cristalizar visiones previas, además de eventualmente impactar en el parecer de una parte del electorado.
2) El peligro mayor es que los políticos se apropien de las fake news.
Para Reifler, el problema se agrava cuando es el político -y no los medios de comunicación- quien da al público directamente informaciones falsas, ya sea en discursos, tuits o spots televisivos de campaña.
"Esas falsas alegaciones de los políticos suelen tener un impacto mucho mayor y problemático", explica. Esto ocurre por esas afirmaciones tienen a ser replicadas de manera más amplia e influencian la percepción del público sobre determinados temas, en caso de que no sean rebatidas.
En ese caso, el público -y sobre todo la prensa- tiene un importante papel de control, para impedir que esas falsedades se propaguen.
Para lograr eso, Reifler sugiere que, antes de emitir o publicar las palabras de un político que contienen información falsa, informan la información correcta acerca del tema.
3) el chequeo de datos ayuda a mantener a los políticos a raya, pero todavía es ineficiente.
Ante semejante escenario, el trabajo de chequeo de datos (fact checking) de las declaraciones de los políticos tiene un rol importante, "porque provoca un costo político al que falte a la verdad", señala el científico. Además, produce un efecto saludable en la calidad del debate político.
Uno de los estudios de Reifler se centró en un discurso que Donald Trump pronunció en julio de 2016, en el que -siendo candidato a la presidencia- afirmó que la criminalidad violenta había aumentado sustancialmente en el país durante los años anteriores. En la misma campaña, acusó a medios de prensa tradicionales de apoyar a la candidata demócrata Hillary Clinton, que perdió las elecciones.
A pesar de que la información sobre el aumento de la criminalidad era errónea, sondeos de opinión mostraron que esa percepción de elevada criminalidad reverberó fuertemente entre el público. Sin embargo, confronatdos ante las estadísticas oficiales que reflejaban una caída de la criminalidad, muchos estadounidenses revieron su postura.
El problema es que existe una desconexión entre el público que recibe las fake news y el que recibe los datos chequeados.
"Vimos que había cero coincidencia entre las personas expuestas a una determinada noticia falsa y las personas expuestas a la corrección de esa noticia", explica Reifler.
"Existe un problema de alcance del fact checking. O quizá algunas personas no sepan que existe el chequeo de datos o no quieran acceder a él".
Pese a tales falencias, el científico se define como un defensor del chequeo de datos. "Es algo que le puedes mostrar a tu tío loco en la reunión de familia y, aunque difícilmente lo convenzas con datos, darás más argentos verdaderos al resto de la familia", defiende.
4) Cuando el tema son las vacunas, los datos no siempre convencen.
En un estudio publicado en 2014 sobre la conducta de padres estadounidenses ante campañas de vacunación, Reifler descubrió que dar informaciones concretas sobre los beneficios de las vacunas suele tener poco impacto en personas con visiones fuertemente negativas sobre el tema.
"Las campañas daban información explicando que no hay ninguna prueba de que la vacua triple viral cause autismo (mito nacido en la década de 1990), y que no te engripas al vacunarte contra la gripe", relata el científico.
Pero ocurría algo curioso: los padres entendían las explicaciones y los hechos, pero aún así no se producía ningún incremente en las cifras de vacunación. O sea, los padres que no querían vacunar a sus hijos en general continuaban sin vacunarlos, a despecho de los datos que se les ofrecían.
"En alrededor de un tercio de la muestra con percepción más negativa acerca de la vacunación, darles datos disminuía la desinformación, pero también su intención de vacunar a los niños", dice.
"Lo que notamos fue lo siguiente: le das la información correcta, la persona se muestra dispuesta a tomar en cuenta esa información, pero en se proceso reflexivo probablemente está pensando en otros factores por los que está en contra de la vacuna, y así acaba reforzando su postura original".
5) Mejorar las campañas de vacunación es un trabajo todavía en proceso.
Ante lo expuesto en el punto anterior ¿cómo mejorar la cobertura de vacunación? Ese es un desafío importante en varios países, especialmente en aquellos que no contemplan la posibilidad de hacer de la vacunación algo obligatorio. Italia, España y Brasil son buenos ejemplos de ello, habida cuenta de la "resurrección" que el sarampión experimentó en ellos.
En ese sentido, Reifler dice no tener conclusiones definitivas al respecto, pero sí algunas percepciones que todavía requieren investigación.
"En algunos grupos, la visualización (de los beneficios de las vacunas) en gráficos mejoró la inmunización. En otros, sin embargo, empeoró. Un abordaje prometedor es el de las campañas de salud que tomen en cuenta los valores de las comunidades más escépticas ante las vacunas".
"Por ejemplo, una campaña de vacunación en Australia se enfocó especialmente en un grupo de escépticos, enfatizando los valores de vida natural que ellos defendían al mismo tiempo que destacaban la importancia de la vacuna".
"Con ese público no sirve para nada dar simplemente la información correcta o intentar convencerlos por el miedo", concluye.
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