Por Sofía Lust
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Ridley Scott sigue ocupando un lugar extraño y fascinante dentro del mapa cultural contemporáneo. Su biografía revela a un hombre formado entre astilleros, bases militares debido al servicio de su padre, tableros de dibujo y sets donde cada minuto se mide como si fuera parte de un reloj industrial.
Criado en el norte frío de Inglaterra, respiró desde muy chico un mundo en el cual la disciplina importaba tanto como la imaginación. Ese trasfondo moldeó a un director obsesionado por la construcción visual y por los ritmos de producción casi militares. En esa tensión entre lo artístico y lo ejecutivo reside la clave de una obra que, vista desde hoy, parece escrita para nuestra época saturada de pantallas, inteligencias artificiales y ansiedad climática.
Scott siempre se definió por un modo de trabajo que roza lo maníaco. A las seis de la mañana ya está conectado con alguna de sus oficinas en Nueva York, Londres o Hong Kong. Contesta llamadas desde un auto con chofer, acondicionado como una suite ejecutiva, revisa storyboards, dibuja nuevas escenas sobre papeles sueltos, piensa en correcciones que luego traslada al set.
El resultado de esa ética laboral se percibe en una obra que anticipó miedos, tensiones y preguntas que hoy definen el siglo XXI. El ejemplo más evidente es Alien (1979), una película que surgió de una época dominada por la fiebre del espacio pos Star Wars, pero que eligió un camino opuesto. Alien no muestra naves relucientes ni héroes galácticos; presenta un escenario espacial industrial, una tripulación obrera, sueldos retenidos, burocracias corporativas y un organismo biotecnológico cuya lógica resulta indescifrable. La aterciopelada textura visual, el diseño biomecánico de H. R. Giger y el ritmo del relato construyen una sensación de hostilidad que se mantiene intacta más de 40 años después. Mirada desde el presente, Alien parece un comentario sobre la fragilidad humana frente a sistemas que no comprendemos. Weyland-Yutani, la corporación que controla la misión, se comporta como una inteligencia sin rostro que toma decisiones a distancia y sacrifica vidas para alcanzar objetivos comerciales. Nadie en 1979 hablaba de algoritmos ni de automatización total, pero el film funciona como un anticipo de ese universo en el cual la racionalidad empresarial domina incluso los cuerpos.
"Alien" (1979), Ridley Scott
El aislamiento de los personajes en Alien también encuentra resonancia con nuestro tiempo. El Nostromo es un espacio opresivo y laberíntico. La tripulación conformada por Ripley, Dallas, Lambert, Kane, Ash, Parker y Brett intenta mantener rutinas que sostengan la frágil normalidad. Hay solo trabajo y cansancio. Esa idea de una comunidad atrapada en un entorno que se vuelve ajeno resulta familiar en una era en la que pasamos horas en cubículos digitales, reuniones virtuales y sistemas que requieren que siempre estemos disponibles. La criatura funciona como una irrupción biológica en un ecosistema industrial, una metáfora de esos momentos en los que el cuerpo se rebela contra las exigencias productivas. Alien conserva su potencia porque entiende que el verdadero terror no es el monstruo, sino la maquinaria que decide qué hacer con nuestros cuerpos.
Tres años después, Scott filmó Blade Runner (1982), su obra más analizada y también la más decisiva para comprender la relación entre tecnología e identidad en el presente. La película adaptó la novela de Philip K. Dick con una sensibilidad profundamente visual. Scott transformó Los Ángeles en un paisaje en el cual la lluvia es constante y los edificios se elevan como catedrales corporativas. El film se apoyó en referentes arquitectónicos reales, como los diseños de Frank Lloyd Wright, pero filtrados por la estética industrial que Scott absorbió desde su infancia en Northumberland. Ese contraste entre modernidad, ruina y luminosidad artificial compone una imagen del futuro que continúa vigente en nuestras pantallas.
Hoy hablamos de inteligencia artificial con una mezcla de fascinación y temor. Blade Runner planteó esa tensión cuando ni siquiera existían los smartphones. Los replicantes, creados por la Tyrell Corporation, son androides casi indistinguibles de los humanos. Su corta vida útil, su conciencia emergente y su rebelión silenciosa anticipan la inquietud acerca de qué ocurre cuando una entidad artificial empieza a reclamar un lugar en el mundo. La gran pregunta de la película —¿qué nos define como humanos?— se vuelve urgente en una época en la que los algoritmos producen textos, imágenes y decisiones que antes eran patrimonio exclusivo de las personas. Scott captó esa inquietud desde la puesta en escena: Rachael, con su melancolía contenida, es el símbolo de una identidad que empieza a fisurarse. Deckard, obligado a perseguir seres que podrían ser más sensibles que él, se vuelve el ejemplo de un protagonista cansado, apático, atrapado entre su rol y su moral.
"Blade Runner" (1982), Ridley Scott
Esa preocupación por la inteligencia artificial reaparece en Prometheus (2012), la precuela conceptual de Alien. Allí, David, interpretado por Michael Fassbender, encarna una figura inquietante. No es un villano tradicional, sino una inteligencia que intenta entender su propio origen. Scott lo muestra estudiando a T. E. Lawrence, imitando acentos, analizando arte y música, moviéndose con una serenidad mecánica que contrasta con la vulnerabilidad de los humanos a los que acompaña. En Prometheus, David introduce un nuevo tipo de arrogancia tecnológica: la idea de que la creación artificial puede convertirse en un observador crítico de sus propios creadores. En un mundo actual donde las IA conversan, recomiendan, corrigen, producen y evalúan, David se transforma en un espejo perturbador.
Prometheus también retoma otra obsesión del director: la pregunta por el origen y por la necesidad humana de encontrar sentido en un cosmos indiferente. La expedición al planeta LV-223 se construye como una búsqueda metafísica que fracasa frente a una civilización que solo puede ofrecer ruinas, cadáveres y hostilidad. Ese vacío dialoga con una sensación contemporánea: vivimos en un mundo saturado de información, pero escaso en certezas. La caída de los grandes relatos, la fragmentación de las ideologías y la falta de horizontes colectivos hacen que la pregunta por el propósito se vuelva más íntima y más desesperante. Ridley Scott filma esa desesperación con planos gigantescos, paisajes inabarcables y una atmósfera en la cual cada descubrimiento parece agrandar el abismo.
Entre Blade Runner y Prometheus, Scott dirigió The Martian (2015), una película más luminosa, pero igualmente relevante para el presente. Basada en la novela de Andy Weir, cuenta la historia del astronauta Mark Watney, abandonado en Marte después de una tormenta. La película funciona como una celebración de la ciencia aplicada y del ingenio humano. Watney sobrevive cultivando papas, reciclando recursos y resolviendo problemas con una lógica muy artesanal. Esa combinación de ciencia práctica, humor y resiliencia convirtió a The Martian en uno de los relatos más optimistas del director, pero también en una reflexión sobre cómo enfrentamos las crisis globales. Hoy, en plena emergencia climática, The Martian se lee como una metáfora del planeta Tierra: un territorio donde tenemos recursos limitados, donde cada error tiene consecuencias inmediatas y donde necesitamos creatividad colectiva para sostener la vida.
La crisis climática está presente en gran parte de la filmografía de Scott, aunque no siempre de manera explícita. En Blade Runner, la lluvia constante funciona como una consecuencia de un sistema industrial que degradó la atmósfera. En Prometheus, los paisajes desolados remiten a un planeta agotado. En The Martian, la hostilidad es directa: aire irrespirable, temperaturas extremas, radiación constante. Scott parece obsesionado con mostrar mundos donde la naturaleza ya no responde a nuestras necesidades. Esa visión, sumada a la presencia de corporaciones todopoderosas y tecnologías ambiguas, convierte a su cine en un manual anticipado del siglo XXI. Construyó imágenes que hoy se pueden leer como advertencias sobre el deterioro ambiental, la fragilidad humana y la desconexión con nuestro entorno.
"Prometheus" (2012), Ridley Scott
Otro eje fundamental en su obra es el aislamiento. Sus personajes suelen estar solos incluso cuando están rodeados de gente. Ripley se desplaza por pasillos inmensos que amplifican el vacío. Deckard camina por una ciudad saturada de luces, pero vive ensimismado. Elizabeth Shaw, en Prometheus, busca respuestas aun cuando nadie cree en su fe. Mark Watney sobrevive con mensajes retrasados que llegan desde millones de kilómetros. Ese aislamiento refleja un sentimiento contemporáneo: vivimos hiperconectados y, aun así, cada vez más solos. Scott entendió esa paradoja antes de que existieran las redes sociales.
Ridley Scott cumple 88 años, y es parte de una generación de cineastas que transformaron Hollywood. Pero a diferencia de varios de sus colegas, su legado se define por la capacidad de anticipación. Podríamos decir que retrató el presente antes de que llegara. La ansiedad frente a la tecnología, la fascinación por la inteligencia artificial, el temor al colapso ecológico, la obsesión por la productividad, la dificultad para construir identidad y la sensación de aislamiento son temas que hoy dominan la conversación pública. Scott los filmó desde la textura del metal, desde los reflejos de neón, desde las superficies del espacio y desde la fragilidad humana frente a lo desconocido.
Cada cuadro de Alien, cada plano de Blade Runner, cada paisaje de Prometheus y cada decisión de Watney en The Martian revela un mundo que se desajusta, que cambia de forma y que desafía nuestras certezas. Scott convirtió esa inestabilidad en una estética. Su legado, además de ser visual, es conceptual. A los 88 años, su mirada continúa siendo una brújula para entender un presente que siempre parece adelantarse a nosotros.
Ocho décadas después, sus películas nos ayudan a descifrar una época donde la realidad excede la ficción. Sus mundos son fríos, industriales, tecnológicos y bellos de una manera inquietante. Aun así, sus personajes buscan sentido en medio de todo ese ruido. Y ese gesto, buscar, insistir, resistir, quizás sea el rasgo más humano que queda en un planeta saturado de máquinas que piensan, datos que circulan y alertas que nunca se apagan.
Ridley Scott filmó el futuro. Nosotros, ahora, estamos viviendo dentro de él.
Por Sofía Lust
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