Por Sofía Lust
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Ah, el cine. Esa droga que nos recuerda que la vida es intensa, apasionada, desordenada y con humo de cigarro perpetuo suspendido en el aire. En Nouvelle Vague (2025), Richard Linklater —ese director que conquistó la paciencia infinita y el dominio del tiempo— se anima a un gesto algo temerario pero igualmente lúdico: resucitar la energía primigenia de Jean-Luc Godard y, en el mismo movimiento, preguntar con una sonrisa traviesa, qué significa hacer cine cuando ya está todo inventado.
La premisa es simple: estamos en París, finales de los años 50, y un joven crítico de cine llamado Jean-Luc Godard decide, con una mezcla de terquedad y genio, que quiere hacer una película diferente. Al final de la escapada (À bout de souffle, 1960) no será una película más, será un mantra, la llave que abrirá una puerta que nadie sabía que existía.
Pero Nouvelle Vague no se limita a reconstruir el rodaje de À bout de souffle como una anécdota histórica ni como un detrás de escena ilustrativo. Linklater organiza la película como una crónica del proceso creativo, siguiendo día a día cómo una idea vaga se convierte en una película real. Vemos a Godard escribir sin terminar de escribir, filmar sin un plan concreto, discutir con actores y productores, improvisar escenas en la calle y confiar en que el sentido va a aparecer más tarde, en el montaje. Nos muestra que el cine, antes de ser una obra terminada, es un territorio de prueba, de error y de intuición. Nouvelle Vague observa ese momento frágil en el que nada está garantizado y donde cada decisión, incluso las equivocadas, empuja la película hacia adelante.
Godard decía que “todo lo que necesitás para hacer una película es una pistola y una mujer”, y en Nouvelle Vague esa frase se convierte en la radiografía de una época. Linklater entiende esa frase como una clave poética y moral. Por eso filma a Godard como alguien obsesionado con la fricción, con la energía que surge cuando dos fuerzas incompatibles comparten plano. En ese sentido, Nouvelle Vague sugiere algo incómodo pero real: el cine no nace de la corrección ni del consenso, nace del riesgo. Y el riesgo, como el deseo, nunca es del todo educado.
"Nouvelle Vague" (2025), Richard Linklater
Guillaume Marbeck interpreta a Godard como se debe interpretar a alguien que no quiere agradar. No intenta caer simpático. No pide empatía. Su Godard es brillante y exasperante en partes iguales. Un tipo convencido de que el mundo está mal encuadrado. Un chico que ya sabe que va a ganar, aunque todavía no sepa cómo. Marbeck logra algo raro: hace que ese ego enorme no sea antipático, sino magnético. Lo mirás y entendés por qué la gente lo seguía aunque no entendiera del todo qué estaba haciendo.
Zoey Deutch como Jean Seberg es clave para que la película no se convierta en un club de varones cool admirándose entre sí. Su Seberg está perdida, cansada, intrigada. Viene de otro cine, de otro método, de otra lógica. Y de pronto se encuentra en un rodaje donde nadie explica nada, donde el guión cambia todos los días y donde el director parece más interesado en destruir reglas que en contener a sus actores.
Aubry Dullin como Belmondo aparece como una presencia insolente de lo relajado que está. Parece no importarle nada y, al mismo tiempo, entenderlo todo. Es el tipo de actor que disfruta del caos porque sabe que ahí hay verdad. Linklater lo usa con inteligencia: Belmondo camina, fuma, escucha. Es el cuerpo que mejor se adapta a este nuevo cine.
Alrededor, como satélites brillantes, aparecen Truffaut, Chabrol, Rohmer, Rivette, Varda y muchos más. Pero no aparecen como próceres. Sino como jóvenes. Como gente que discute. Que opina. Que se equivoca. Que todavía no es leyenda.
La estructura de la película es cronística. Días de rodaje. Problemas. Discusiones. Productores desesperados. Escenas que se filman sin permiso. Planos que nacen del apuro. No hay gran arco dramático tradicional. Y está bien. Porque la nouvelle vague nunca fue un relato clásico. Fue una acumulación de gestos. Un conjunto de decisiones pequeñas que, vistas en perspectiva, se convirtieron en una revolución.
Hay una escena que lo resume todo. Un policía se acerca a una multitud. Ve un cuerpo en el suelo. Cree que el crimen es real. Alguien le explica que es una película. El policía se va. Respeta. “Ah, es cine”. Esa frase mínima contiene una época entera. Una época en la que el cine todavía era una anomalía tolerada.
Algo sobresaliente de la película es que no tiene miedo de ser divertida. Una película sobre la historia del cine que no se toma demasiado en serio es ya de por sí un milagro. Linklater entiende que la verdadera revolución de la nouvelle vague fue su alegría: cuando el cine francés se reía y filmaba sin permiso. Esa energía — ese “todo puede pasar”— está en cada escena, como si Linklater nos susurrara al oído: esto es cine porque es vida, y la vida es desordenada y hermosa.
En cierto sentido, la película es como un amigo que te agarra del brazo y te lleva a recorrer París explicándote con una copa de vino en la mano por qué esa toma fue revolucionaria, por qué esa frase fue escandalosa, por qué alguien decidió poner una cámara en mano en 1959 y le salió impecable. Es una invitación a enamorarse de la historia del cine con la misma ternura con que Godard una vez se enamoró del mundo.
Hay momentos en los que Nouvelle Vague se pierde en sus propias citas, nombres y referencias. Para un espectador ajeno al movimiento, puede sentirse como una fiesta en la que todos se conocen menos vos. Y en parte es verdad: hay diálogos que parecen rompecabezas y momentos que funcionan como guiños exclusivamente para los que saben.
"Nouvelle Vague" (2025), Richard Linklater
Pero lo fascinante es que no te pide que seas un geek del cine para enamorarte de ella. Porque el tema no es solo Godard, ni la historia, ni los nombres; es la pasión. La catarsis de ver a un grupo de jóvenes con cámaras tratando de inventar el futuro. Es esa chispa rebelde que Linklater captura con una honestidad que trasciende cualquier biografía académica.
De hecho, es probable que incluso aquellos que nunca hayan visto À bout de souffle salgan del cine con ganas de verla. Porque Nouvelle Vague no solo nos cuenta una historia del pasado, nos recuerda que cada generación puede inventar su propia revolución.
No es menor la decisión de filmarla casi íntegramente en francés, con ese ritmo dialogado que combina ironía y poesía. Hay escenas que son puro slapstick intelectual, momentos donde los personajes discuten sobre la estética fílmica como si estuvieran charlando sobre el clima, pero con esa chispa que solo los verdaderos amantes del cine poseen.
Nouvelle Vague no es simplemente un film sobre un film. Es una meditación sobre la creación, la amistad, la audacia y la alegría de desafiar las normas. Es la prueba de que todavía podemos celebrar la historia del cine sin convertirla en un museo polvoriento. Y es, sobre todo, una invitación abierta a recordar que el cine es un acto de amor feroz, caprichoso y profundamente humano.
Si pensás que el cine moderno es demasiado serio, demasiado hecho por comités, demasiado pulido, acá tenés algo distinto. Nouvelle Vague es, en su propia y contagiosa energía, una revolución de cine dentro del cine. Y si al terminar te dan ganas de ver o de volver a ver Al final de la escapada, de discutir con amigos, de filmar algo aunque no tengas plata, entonces Nouvelle Vague ya hizo su trabajo.
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