Por Delfina Montagna | @delfi.montagna
Los discursos y consumos culturales de nuestra época giran en torno a la juventud. En la mayoría de los casos, la vejez brilla por su ausencia. Más aún en lo que respecta a su potencia y sus zonas luminosas: el tipo de relaciones que habilita, sus placeres y su encanto. La palabra “vejez” por sí sola ya suena como una carga: aparece siempre asociada a sus problemáticas y conflictos.
La novela Prohibido morir aquí (1971), de la inglesa Elizabeth Taylor, Las gratitudes (2019), de la francesa Delphine de Vigan, y el último cuento de Nueve cuentos malvados (2014), de la norteamericana Margaret Atwood, ponen el foco en otra cosa. Son historias de alianzas inesperadas, y son historias de viejos.
El noveno y último cuento de Nueve cuentos malvados nos traslada a un geriátrico de rutinas cronometradas, donde dos residentes se convierten en testigos de una particular revuelta que se gesta fuera de sus muros. La historia está contada desde ese afuera que apenas filtra noticias: rumores de jóvenes enmascarados que consideran a los viejos una carga, reproches generacionales sobre el reparto de recursos y una campaña que parece querer erradicar lo que representan.
La información les llega a Wilma y Tobias fragmentada y por goteo, pero ellos no van a quedarse de brazos cruzados. A su relación le faltan muchos de los elementos que consideramos constitutivos para el romance: un plano físico, un deseo irrefrenable o una historia en conjunto. Pero sí tiene otros factores mucho más palpables y constantes; una rutina compartida, alguien con quien contar y tramar planes íntimos, con quien alimentar una vida tanto pública como secreta.
El título “A la hoguera con los carcamales” podría inducir a pensar en una historia distópica, pero lo que Atwood hace es mucho más sutil: ubica a la vejez en el centro del relato no como amenaza ni como víctima, sino como una resistencia. Frente al delirio exterior, estos personajes elaboran hipótesis, interpretan lo poco que saben, y actúan.
Elizabeth Taylor. Foto: PNG
Prohibido morir aquí articula con ironía una tensión constante entre apariencia y declive. Los residentes deben negociar no solo con el paso del tiempo, sino con la mirada del staff: el Hotel Claremont no es un geriátrico y no quiere serlo. Para estos huéspedes de tercera edad, el geriátrico es la última opción y la peor de las pesadillas, aunque la rutina no les viene mal. Los horarios con cenas preparadas y un rato para mirar la TV, tejer, y conversar entre ellos después de las comidas.
En ese microcosmos de etiquetas y códigos tácitos, la señora Palfrey se adapta con dignidad y algo de humor. Taylor explora esta etapa de la vida como un espacio de observación y de juego. En el Claremont, las visitas de los familiares significan todo para el estatus y la popularidad. Y es precisamente en este espacio vacante donde entra Ludo. Con picardía, ambos saben que obtienen su correspondiente provecho: él, algunas cenas ricas y regalos; y ella, un nieto suplente que es la envidia de todos, gracias a la asiduidad de sus visitas y efusivas expresiones de cariño.
Pero lejos de ser un lazo utilitario o triste, lo que emerge es una ternura sin imposturas. Una alianza construida sobre la conciencia mutua de lo que se da y lo que se recibe. Taylor no idealiza ni caricaturiza la vejez. La muestra como un terreno ambiguo donde la necesidad convive con la astucia, y la soledad con una forma de compañía que no necesita etiquetas.
Delphine de Vigan. Foto: ActuaLitté
Las gratitudes se construye alrededor de una pregunta simple y devastadora: ¿qué pasa cuando empezamos a perder las palabras? Michka, la protagonista, es una mujer mayor que vive el comienzo de un deterioro neurológico, y que tiene que mudarse a un geriátrico para recibir cuidados. Pero más que el lugar, lo que importa es el triángulo afectivo que la rodea: Marie, una amiga a la que acompañó durante su adolescencia, y Jérôme, el logopeda que trabaja en el hogar. A través de ellos, de Vigan despliega una narrativa contenida y precisa, en la que el lenguaje aparece como soporte de la memoria, del afecto y también del arrepentimiento.
Michka no quiere solo que la entiendan: necesita encontrar y agradecer a la pareja que la mantuvo a salvo, ocultándola de los nazis durante la ocupación, en un gesto que le salvó la vida. Esa gratitud pendiente —que se intuye ligada a un pasado personal no del todo revelado— estructura el relato como una cuenta regresiva. La novela rehúye tanto del drama explícito como de la dulzura forzada. Lo que conmueve es la forma en que los vínculos persisten, aun cuando el lenguaje se debilita. Sin solemnidad y sin lecciones, Las gratitudes interroga a los afectos por fuera de los lazos de sangre y qué queda de nosotros cuando se empiezan a romper las frases. Cómo los otros pueden convertirse en traductores de lo que ya no sabemos nombrar.
En el cuento de Atwood, los personajes mayores no están ni infantilizados ni elevados a figuras morales. Son los que sobreviven a un sistema que los querría fuera de escena con una inteligencia que no responde al canon productivo, sino a una intuición construida en la complicidad. En la novela de Elizabeth Taylor, la protagonista se niega a la pasividad: interpreta, manipula, se burla de quienes la subestiman. Su vínculo con Ludo no es una parábola sobre la ternura intergeneracional, sino un contrato tácito entre dos que saben sacar partido de su circunstancia.
Margaret Atwood. Foto: ActuaLitté
Estos textos no se preocupan por el final de la vida, sino por lo que sigue una vez que todo terminó: la maternidad, el trabajo, el amor romántico, la juventud, la carrera profesional. ¿Qué pasa después del cierre? Lo que queda no se reduce a la melancolía. Es sátira, impulso, extrañamiento. Las tres autoras exploran ese margen con registros distintos. Taylor lo hace desde la comedia elegante, donde el tedio se transforma en teatro social y las pequeñas transgresiones adquieren un carácter vital. Atwood propone una fábula de grandes dimensiones, pero cercana. De Vigan, en cambio, trabaja en lo tácito y el entendimiento mutuo, enfrentándonos a lo que queda cuando incluso el lenguaje, esa última herramienta para sostener una identidad, comienza a desarmarse.
Las tres autoras piensan la decadencia no como degradación, sino como materia narrativa fértil. El deterioro —físico, cognitivo, institucional— no es una condición que limita la historia, sino la zona desde donde empieza. El relato avanza no a pesar de ese desgaste, sino con y desde él. En Las gratitudes, la pérdida del habla no clausura el discurso, sino que lo reconfigura: obliga a otros a tomar la palabra, a traducir, a escuchar más allá del error. En Prohibido morir aquí, la decrepitud no aparece asociada a una escena solemne, sino a un juego de apariencias en el que todos están al tanto pero fingen lo contrario. La capa irónica del texto se impregna de esa doble capa.
Hay en estos textos una negativa tácita a rendirse ante el cliché de la decadencia. En lugar de congelar la vejez en la falta o el deterioro, estas autoras la piensan como un umbral donde aún pueden gestarse vínculos nuevos, pactos tácitos, formas inesperadas de compañía. Estos relatos no se centran en lo que la vejez ya no puede, sino en lo que todavía —y a veces por primera vez— se permite. Nos muestran que incluso cuando todo lo demás parece estar en retirada, algo persiste: el deseo de seguir narrando, de formar alianzas, de mirar al otro con una ternura que no necesita futuro.
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