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Contenido creado por Sofia Durand
Cine
Mil casas en una

Más allá de la peor persona del mundo: el salto al vacío de “Valor sentimental”

Una exploración de la alegría subterránea surge cuando una familia rota decide mirarse a los ojos a través de una cámara.

16.01.2026 16:19

Lectura: 6'

2026-01-16T16:19:00-03:00
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Por Juampa Barbero | @juampabarbero

A menudo se dice que el cine es un espejo, pero en Valor sentimental (2025), Joachim Trier nos sugiere algo mucho más doloroso y, a la vez, esperanzador: el cine es una prótesis. Es aquello que intentamos encajar donde la vida se rompió, un miembro artificial de luces y sombras que permite caminar a quienes quedaron lisiados por el trauma familiar.

La película no se contenta con narrar la historia de una reconciliación; más bien, disecciona la imposibilidad de la misma. Trier entiende que hay heridas que no cierran con una conversación, sino que requieren de un lenguaje alternativo, uno que solo se encuentra tras el visor de una cámara o en el silencio de un escenario.

El inicio de la película nos sitúa en un espacio que respira. No es solo una casa, es un archivo de omisiones. La puesta en escena de Trier convierte las paredes en testigos mudos de lo que no se dijo, logrando que el espectador sienta el peso del aire antes siquiera de conocer el conflicto de sus protagonistas.

Gustav (Stellan Skarsgård), el patriarca y cineasta, más que villano, parece un hombre atrapado en su propia genialidad. Es la representación del artista que cambió su capacidad de amar en la vida real por la capacidad de recrear el amor en la ficción. Un intercambio fáustico que deja a sus hijas como daños colaterales.

Nora (Renate Reinsv), por su parte, encarna la resistencia. Su personaje es el ancla emocional de la película, una mujer que intenta construir una identidad propia lejos de la sombra alargada de un padre que solo sabe mirarla a través de un encuadre. Su lucha es la lucha por ser sujeto y no objeto de estudio.

El conflicto estalla cuando la ficción y la realidad colisionan. La idea de que un padre necesite contratar a una actriz (el personaje de Elle Fanning) para "interpretar" o "mediar" la relación con su hija es de una crueldad fascinante. Aquí, Trier explora la ética del creador: ¿hasta dónde es lícito usar el dolor ajeno para alcanzar la belleza estética?

Es aquí donde la película se aleja del drama familiar convencional. No busca el abrazo fácil en el tercer acto. En su lugar, nos ofrece una estructura fragmentada, casi cubista, donde los recuerdos se solapan. La edición no sigue una línea temporal lógica, sino emocional, saltando de la risa al llanto con la misma brusquedad con la que opera nuestra memoria. La presencia de la muerte sobrevuela cada plano. El suicidio mencionado en el guion dentro del guion no es solo un recurso dramático: es el centro de gravedad de la película.

Trier nos pregunta si el arte puede evitar que el taburete caiga, o si simplemente nos sirve para documentar la caída con elegancia.

El humor, sorprendentemente, aparece como un mecanismo de defensa. Hay escenas de una ligereza casi incómoda que nos recuerdan que, incluso en las familias más rotas, existe la risa. Es un humor nórdico, seco y lúcido, que evita que la película caiga en el sentimentalismo barato.

Visualmente, la película es un prodigio de texturas. La frialdad de los paisajes noruegos contrasta con la calidez artificial de los focos de rodaje. Trier juega con la profundidad de campo para aislarnos con los personajes, recordándonos que, aunque estemos en la misma habitación, cada uno vive en un universo privado de remordimientos.

"Valor sentimental" (2025), Joachim Trier

El personaje de Elle Fanning, aunque funcional, actúa como el "intruso" necesario. Ella es la mirada externa, la pureza de quien no conoce el historial de abusos emocionales de los Borg. Su presencia sirve para que el espectador entienda que lo que para la familia es un trauma, para el mundo es simplemente una historia bien contada.

Uno de los puntos más altos de la cinta es su tratamiento del silencio. Hay momentos en los que la música desaparece y solo queda el sonido ambiente: el crujir de una madera, una respiración agitada. Es en esos vacíos donde la película alcanza su mayor grado de verdad.

Trier parece dialogar con sus propias influencias, pero sin ser un simple copista. Si bien Bergman está presente en la disección del alma humana, hay una vitalidad moderna, una urgencia contemporánea que pertenece solo al director de Oslo, 31 de agosto (2011). Es un cine que reconoce su herencia pero se niega a vivir en el pasado.

El concepto de "valor sentimental" que da título a la obra es analizado desde una perspectiva casi mercantil. ¿Cuánto valen nuestros recuerdos? ¿Tienen más valor si se convierten en una obra maestra premiada en un festival? La película cuestiona la mercantilización del trauma personal en la cultura del espectáculo.

El clímax de la película, ese esperado plano secuencia, no es un alarde técnico gratuito. Es el momento en que la vida y el cine finalmente se sincronizan. Es un acto de fe cinematográfico donde Trier nos pide que miremos fijamente el dolor sin pestañear, prometiéndonos que habrá algo al otro lado.

"Valor sentimental" (2025), Joachim Trier

La resolución no es limpia, y eso es lo que la hace magistral. Los personajes no se "curan" mágicamente. En lugar de eso, aprenden a coexistir con sus grietas. El perdón en Valor sentimental es un proceso agotador que apenas comienza cuando aparecen los créditos. La mirada teológica que algunos perciben en el tramo final puede interpretarse también como una mirada humanista radical. Es la elevación del hombre común a la categoría de mito. Trier nos dice que nuestras pequeñas tragedias familiares son tan dignas de un plano general épico como las guerras de los antiguos dioses.

Quedar a oscuras tras ver esta película es sentirse un poco más pesado y a la vez más ligero. Pesado por la carga emocional compartida, y ligero porque entendemos que el arte es, al menos, un lugar donde podemos depositar esa carga por un momento. Valor sentimental es una obra que exige madurez del espectador. No ofrece respuestas masticadas ni consuelos fáciles. Es un espejo roto que nos devuelve una imagen fragmentada de nosotros mismos, pero cuya belleza radica precisamente en sus aristas.

Con esta película, Joachim Trier se confirma no solo como uno de los mejores cronista de la melancolía moderna, sino como un arquitecto del alma. Construyó una casa hecha de cine donde todos, de alguna manera, vivimos alguna vez y nos invita a entrar, aunque sepamos que la puerta siempre estará a punto de cerrarse.