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Contenido creado por Catalina Zabala
Música
Latin jazz montevideano

Lucián Echeverría: “Cultivar el encuentro cultural está siendo relevante hoy en día”

El músico mexicano relata su recorrido en Uruguay y se reafirma como un gran aficionado de las músicas latinoamericanas.

19.01.2026 12:14

Lectura: 27'

2026-01-19T12:14:00-03:00
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Por Ivonne Calderón | @malenamoon13

Lucián habla con orgullo de su fascinación por las músicas folclóricas de nuestro continente; afirma que su propósito es reivindicar la estética latina.

Oriundo de Cuernavaca, en Morelos (México), el artista percibe a la música como un gran tejido, como un diálogo intercultural. Llegó al Uruguay en 2012 con 14 años, emprendiendo una aventura junto a su madre sin boleto de regreso. El guitarrista, cantante y compositor mexicano recuerda que las migraciones se dan por muchos motivos. En su caso, unas vacaciones antes de la mudanza definitiva lo hicieron enamorarse de la tranquilidad, el ritmo y el estilo de vida de un paisito muy al sur de América Latina.

Educado durante sus primeros años de vida en los conceptos de la pedagogía Waldorf que enseña a través del arte, Echeverría ha pasado su vida en contacto con la música autóctona. Hoy es uno de los artistas inmigrantes más reconocidos en la escena musical uruguaya, formado en sus primeros años de vida por el reconocido maestro mexicano Enrique Barona. Considera que su sensibilidad por los ritmos latinoamericanos tiene que ver con el afecto por esta música, sembrado por el maestro. Como inmigrante se encuentra en una búsqueda que apuesta a la fusión de ritmos: el jazz, el son jarocho, el bolero, el chachachá, el candombe, entre otros. Un objetivo que ha materializado en sus diversos proyectos musicales, entre los que destacan Lucián Echeverría Sexteto (2023), Lucián Echeverría Trio (2020) y La Santa Rita (2023). Echeverría habla de la nostalgia de aquellos ritmos, nuestros ritmos, y de las memorias que evocan.

Se formó en el Conservatorio Sur en Montevideo, donde estudio guitarra de jazz, canto y producción musical. Se ha preparado en Francia, en Argentina y en su México natal. Actualmente estudia la Licenciatura en Jazz y música creativa en la UTEC (Mercedes), espacio que, afirma, le ha llevado a conocer a grandes maestros y músicos.

Durante esta entrevista para LatidoBEAT, Echeverría manifiesta una y otra vez su gratitud hacia el Uruguay y agrega que haberse encontrado con la murga, siendo aún muy chico, cambió para siempre su vida. Desde su visión artística, todas las músicas latinoamericanas tienen algo que ver, y piensa permanentemente en un diálogo entre esas fronteras musicales. Un dialogo que permita descubrir los puntos de encuentro, tal como sucede en el intercambio cotidiano en una ciudad pluricultural como Montevideo.

¿Al llegar al Uruguay ya traías un interés por lo artístico, o lo viniste a descubrir acá?

Para mí la música siempre fue una necesidad. Lo pongo en esos términos porque me consta por anécdotas, recuerdos muy antiguos y sensaciones. En mi caso la música no fue un descubrimiento tardío, mi mamá dice que yo traía el ship y el sonido. El jugar con instrumentos musicales es algo que siempre necesité, desde muy chico estaba todo el tiempo en contacto con eso. Te estoy hablando de cuando tenía un año o dos. No tengo recuerdo de eso, pero me lo han contado. Escuchaba música y quedaba petrificado. Yo siempre quería agarrar algo y sacarle sonido, y en mi jardín de infantes había un compañero cuyo padre era músico, el maestro Enrique Barona, que es una persona a la que le debo muchísimo. Él tocaba música folclórica mexicana. Tocaba la jarana, el requinto, el arpa. Básicamente lo que le pongas enfrente lo toca, y lo toca bien. Desde muy chico empecé a formarme con él en un taller. Ya un poco más grande llegué a tocar jarana y son jarocho.

¿Entonces tu formación musical comenzó a través del folclore?

Cien por ciento. Yo llegué a la conclusión hace un tiempo de que las músicas latinoamericanas de rancho las disfruto muchísimo. No importa si es el joropo venezolano, el malambo, la chacarera, la zamba argentina, la cueca chilena o el son jarocho mexicano. La ranchera me fascina. Hace un tiempo volví a tener contacto con el maestro Barona, con quien me formé de los tres a los siete años. En nuestra conversación, junto a otros amigos y alumnos suyos también, él decía que el método con el que enseñaba tenía que ver con dejarnos una semilla de afectos por la música regional mexicana. Mi búsqueda actual por recuperar esa música folclórica tiene que ver con eso. Barona nos mostró el panorama, el sonido de un danzón, de un huapango, de una ranchera, de una quebradita, de un son jarocho, de un son tixtleco. Esa vez nos dijo: "Les enseñé los instrumentos y los juegos con ritmos para que ustedes después, años después, si escuchaban un danzón, sintieran algo".

Y te pasa eso, por lo que veo en tus trabajos más recientes.

Me pasa. Hay un músico que admiro mucho de jazz, Wynton Marsalis, trompetista. Él tiene una metáfora muy buena. Esta sensación que tienes cuando vas llegando a casa de tu abuela, o de tu tía o de tu mamá, y estás parado en la puerta y empiezas a oler comida: puchero, milanesa, mole, la que sea tu comida de preferencia. Es esa misma sensación la que me despierta esa música, es un afecto profundo. Un afecto de confort, de cariño, de una alegría muy grande. Me pasó estando en Ciudad de México por vacaciones, hace unos seis o siete años. En pleno centro, en el Zócalo, hay un quiosco estilo europeo donde se pone una banda a tocar danzón, y van todos los viejitos y las viejitas con sus abanicos y sus sombreros a bailar. Estábamos paseando con mis padres y empecé a escuchar danzón de fondo, hacía años no escuchaba un danzón. Y me pasó eso que te digo, asocié un recuerdo muy fuerte de algo simplemente bello y emocionante, y me buscó. Me quedé parado un buen rato escuchando y viendo el danzón, y me emocioné. No supe por qué, pero me vinieron lágrimas.

Foto: Joaqui´n Ordmando

Foto: Joaqui´n Ordmando

Es sorprendente lo que puede generar la música. ¿Cómo la percibes frente a otras artes?

A mí me gusta el arte en todas sus facetas. Mi papá es escritor, entonces tengo un vínculo muy fuerte con el texto también; pero la música lo que tiene de distinto es su movimiento. En eso tiene algo muy cercano a la humanidad: existir en tanto se mueve.

A propósito de esta relación que mencionas con el texto, ¿compones las letras de tus temas?

Compongo. Me gusta mucho escribir, y escribir en verso, más a la antigüita. Porque hoy en día el lenguaje, y el lenguaje en la música, ha evolucionado de manera fantástica, súper abierta y llena de neologismos que admiro mucho. Pero me identifico con la décima, la cuarteta, la espinela. Me gustan mucho esas formas. Mi papá me inculcó esa parte de las rimas. Me gusta escribir, leer poesía. Es una cosa padrísima. Los autores uruguayos para mí fueron un descubrimiento genial. Herrera y Reissig tiene unas décimas fantásticas, y recientemente estuve leyendo a Ida Vitale. Sus poemarios me volaron la cabeza. Tiene una pluma muy suelta, dulce, orgánica y conducente. Por recomendación de un escritor de acá estuve leyendo mucho a César Vallejo, que tiene una cosa con la fonética y algunos neologismos que fueron muy ricos para mi composición. Después, autores mexicanos: Sor Juana Inés de la Cruz, Octavio Paz, otro mambo. Mamá siempre ha sido muy lectora, y mi padre, que es un gran académico de la literatura, siempre me incentivó esa parte estructural, formal. Mamá los afecto;, el afecto por la lectura, el leer juntos en voz alta. Eso es muy musical también, la palabra hablada. Me ha marcado mucho.

¿Cómo empezaste a introducirte en el paisaje sonoro uruguayo?

En el liceo, en México, antes de mudarnos al Uruguay, una experiencia que influyó mucho en mi formación fue la orquesta que dirigía allí el maestro Marco Antonio Espindola. Él fue quien me enseñó a tocar la guitarra, que es mi instrumento actual. Fueron muchos años de aprender guitarra con él. Pasé también por una faceta de rock en México los últimos años que estuve allá. Todo esto para decirte que cuando llegué al Uruguay yo ya tocaba la guitarra y cantaba. En ese momento, de hecho, todo lo que tenía que ver con el folclore pasó a un segundo plano en mi vida. Yo encuentro dos ejes grandes al llegar acá. El primero tiene que ver con el carnaval. El día que llegamos al Uruguay, o el siguiente ––porque llegamos en noviembre––, en pleno concurso de Murga Joven, el sobrino de la amiga uruguaya de mi mamá estaba en una murga, y se presentaban en Las Duranas, que es un escenario icónico de murga en el Prado.

Nos invitaron a ver ese espectáculo. Sin conocer la ciudad llegamos hasta el club, subiendo por una ladera de pasto. Había mucha gente. Fue mi primer contacto puro y duro con la cultura uruguaya, yo no tenía idea de qué íbamos a ver con mamá. De pronto se abrió el telón y mi vida cambió. Aparecieron estos personajes con el reflector en la cara, luces de colores, vestuarios, la cara pintada. Soplaron el primer acorde con gran potencia, con ese timbre tan de la música de acá, y yo estaba esperando escuchar una guitarra, un piano, batería, bajo, y no. Era solo percusión: bombo, platillo y redoblante, y un coro de gente. Nunca había escuchado nada parecido en mi vida. No lo podía creer. Me acuerdo de ver el espectáculo sentado al borde del asiento, y cuando terminó, le dije a mamá: "Yo quiero hacer esto".

Foto: Carolina Di Nardo 

Foto: Carolina Di Nardo 

¿Y lo hiciste? ¿Fuiste murguista?

Lo hice. Esa fue la primera vez que recuerdo haber tenido una fisura, como dicen acá, una obsesión con algo, con un género musical. Como llegamos en noviembre, ese fue un verano con mucho tiempo para conocer el país, y me acuerdo de meterme a escuchar en YouTube o en iTunes discos de Carnaval 1999, 2000, 2001, 2002, 2003. Averiguaba. Preguntaba. Está el Museo del Carnaval. Me hice amigo de los de la tienda del museo porque iba muy seguido. Además, vivíamos en Parque Rodó y estaba el tablado del Defensor Sporting, que me quedaba a seis metros de casa. Entonces fui con mamá varias veces, hasta que me dijo: "Ya no quiero ir más al tablado". La entrada costaba $100, me acuerdo, entonces ella me daba mis $100, y yo me iba a escuchar las murgas. Me acuerdo que me pintaba la cara, te maquillan ahí. Me pintaba la cara y me sentaba, escuchaba, me aprendía las letras.

Un día, una murga que se llama Queso Magro estaba juntando voluntarios para el desfile de carnaval en la Avenida 18 de Julio, y decidí que iba a ir. Fuimos a desfilar con mamá con una bandera de alfajores Punta Ballena por 18 de Julio, éramos un sponsor andante. Pero después nos invitaron a comer un asado al club de la murga Queso Magro, y ahí conocí al maestro Rodrigo Domínguez, que era el que tocaba el redoblante en ese momento en la murga. Empecé a tomar clases de percusión con él, y ese momento también cambió mi vida. Aprendí a tocar la batería de murga, a tocar candombe, un poco las congas, los timbales, un poco el redoblante clásico. Fueron cuatro años de clases con él. Cuando dejé estaría en 5to de liceo. Y gracias a Rodri también ––porque él vivía con otros dos de la murga Queso Magro en su casa, donde daba clases––. Uno de ellos sacó una murga joven y me invitó a participar, así que salí dos años en Murga Joven gracias a eso. Se llamaba los Snorkels del Buceo, yo tenía 15 años.

Recuerdo que me cantaron las "Quince primaveras" los de la murga, no sabes lo bienvenido que fui. Yo, un chico mexicano de 14 años ––porque es muy raro que salga alguien tan chico en Murga Joven–– que recién estaba agarrando el vocabulario musical de la murga. Me enseñaron a tomar mate, me mostraron la cultura. Fue increíble. Al año siguiente, uno de los chicos me hizo gancho con otra murga que se llamaba Murgan Friman. Ahí yo estaba un poquito más curtido; tuve uno de mis primeros momentos de gran disfrute, de conexión con la música y con la cultura uruguaya, que fue poder cantar en el Teatro de Verano. Para muchos era normal porque ya se habían subido, pero para mí era una locura. Montevideo es una ciudad que abre sus puertas muy fácilmente para sus ciudadanos. Yo, con 15 años y a base de disfrute y de hacer algo muy apegado a la cultura, me paré en el Teatro de Verano a tocar y a cantar. Salí tocando platillos ese año, y ese fue el primer escenario grande al que me subí en mi vida.

¿Además de la murga y el carnaval, exploraste otros ritmos?

Un poco en paralelo a mi etapa carnavalera tenía una banda, ese es el otro eje del que te quería hablar. La banda se llamaba Cinco Esquinas. Fue un grupo que tuve desde 2do de liceo hasta un año después de egresar, ahí tocaba la guitarra. Después acabé tocando el banjo. Fue una experiencia rara, aunque genial, porque mientras ensayaba murga los martes y los jueves, los miércoles teníamos ensayos de Cinco Esquinas, donde hacíamos folk rock. Con esta banda tocamos en la Movida Joven, en la Sala Zitarrosa. Yo sigo sorprendido con esta accesibilidad bondadosa y genial que tiene Montevideo. Es un concurso, y si ganás tocás en Montevideo Late, o una cosa así, y te dan una plata para que hagas un disco. O sea, para alguien tan fisurado con la música como yo, llegar a un lugar así fue Disneylandia. Que existan esas cosas en Montevideo es una locura.

En un momento corté clases de percusión y me empecé a enfocar más en la guitarra. Luego me picó el bichito del jazz, cuando estaba en 3ero de liceo, y te digo que me picó el bicho porque fue de un día para el otro.

¿Por qué el jazz?

Fue esta cosa de buscar sonidos más complejos, interesantes. Me acordé de que existía un músico que mi papá me había enseñado hacía mucho, Django Reinhardt, un francés. El tipo tocaba con dos dedos y era un referente de la guitarra de jazz. Un día me metí en YouTube y lo busqué, y otra vez quedé boquiabierto. No pude entender qué estaba pasando. Era una música que tenía swing, tenía improvisación, tenía un sonido, y conecté. Ahí ya había dejado el carnaval. Creo que la vida me estaba dando otra vuelta de tuerca para agarrar otra exploración ahí, y arranqué a meterle, a escuchar como loco. Escuché la discografía completa de Django y me di cuenta de que él estaba inmerso en un mundo mucho más grande, que era el del blues y el del jazz. Entonces conecté también con un músico que me había enseñado mi mamá hacía mucho más: Louis Armstrong. Mamá tenía un CD de sus éxitos, y conecté muy fuerte con ese recuerdo de escucharlo en el auto. De repente escuché de vuelta esas músicas y noté que yo me sabía los arreglos. Así empecé un viaje muy fuerte en el jazz, básicamente de forma autodidacta. Particularmente el estilo gitano del jazz, el jazz manouche, resonó en mí. Mis dos padres son francófonos, y yo creo que hay una cosa de la estética francesa que estuvo siempre presente en casa. Édith Piaf también. Eso estuvo siempre muy presente.

¿Cómo te formaste para incursionar en el jazz manouche?

El jazz manouche es un jazz guitarrístico principalmente, que, si pensamos en artistas de jazz más tradicionales como Louis Armstrong, Miles Davis, Coltrane, son otros instrumentos; pero el manouche es un jazz para guitarristas. Entonces me puse a investigar en YouTube y empecé a ver qué se podía hacer, y comencé a buscar qué había en Uruguay de eso, y no había mucho, pero algo había. Así conocí a mi gran amigo Federico Brann. Él tocaba la guitarra en una banda jazz manouche, y era una de las pocas personas que yo había visto que tenía una guitarra de ese tipo de jazz, que son guitarras bien particulares. Le escribí por Facebook para saber si daba clases. Yo tenía 16 o 17 años, y me empezó a enseñar los fundamentos. En ese momento también había encontrado una academia en línea de un prócer del jazz manouche que se llama Joscho Stephan. Daba tutoriales más detallados, y en paralelo a las clases con Fede empecé a meterle. En un momento toqué con la banda que tocaba Fede, y ahí empezó mi viaje por el jazz.

Tengo entendido que en 2019 te invitaron a un gran evento conmemorativo con la Orquesta Sinfónica del SODRE, en homenaje a Django Reinhardt. ¿Influyó este evento en tu carrera artística?

Ese fue un verdadero parteaguas. Cuando empecé a meterme más en la movida del jazz manouche, dejé la banda del liceo, Cinco Esquinas, y me recomendaron a un profesor que vivía en Argentina, Gonzalo Vergara. Él es uno de los próceres del jazz manouche, tenemos la suerte de que viva tan cerca y de sea latino, fan a muerte de Piazzola. Digo esto porque gran parte de su trabajo, que fue muy inspirador para mí, ha sido fusionar Piazzola con el jazz manouche. Creo que esa fusión de cosas siempre estuvo en mi mente. Y en ese proceso de formarme con Vergara, tuve la fortuna de que Federico Nathan, gran violinista uruguayo, me invitara al homenaje sinfónico a Django Reinhardt con la OSSODRE —la orquesta y un cuarteto—.

Pensando en guitarristas que tocaran bien el estilo manouche acá en el Río de la Plata, Nathan buscó a Gonzalo Vergara para que hiciera de guitarra líder. Pero el jazz manouche necesita una guitarra rítmica, y cuando Federico le preguntó a Gonzalo si conocía a alguien en Uruguay que pudiera tocar, Gonzalo me recomendó. Yo solo tenía 19 años en ese momento, y no lo podía creer. No podía creer que estuviera recibiendo una llamada de Federico Nathan para pedirme hacer parte de ese homenaje. Hacía un año había salido del liceo y estaba teniendo una pequeña crisis vocacional, porque hice 6to de Medicina. Pero cuando salí del liceo, me di cuenta de que no era eso lo que quería hacer, y empecé a tomar algunas clases en el Conservatorio Sur, que acababa de abrir. Fue un año limbo, con mucho reparo y temor a dedicarme a la música. Yo estaba con esas dudas, y justo ahí ocurre lo de la OSSODRE. Eso me cambió la vida.

Foto: Victoria Tamis 

Foto: Victoria Tamis 

En aquel momento, luego de tu recorrido y ese espaldarazo del homenaje a Reinhardt, conformaste un trío de jazz manouche. ¿Qué surgió de ese proyecto?

Después de lo que pasó con la OSSODRE, sentí un peso y un aplomo del jazz manouche muy bueno. Un arraigo de esa música que yo estaba estudiando y que me había llevado hasta ahí, entonces le empecé a meter muy duro. Trabajando en ello conocí a Andrés Pigatto, contrabajista con el que toco actualmente en mi sexteto. En aquel momento le propuse participar en mi proyecto de jazz manouche, Lucián Echverría Trío. Lo agite a él y a Federico Brann, y empezamos a tocar esas músicas. Después conocimos gente de Argentina y fuimos un par de veces a tocar allá. Luego grabé mi primer disco, Flâneur (2023). Este trío fue mi primer impulso de decir: "Bueno, tengo algo para decir". Deseaba tocar composiciones mías, arreglos míos. Componer y compartir mi visión de las cosas es algo que siempre me ha apasionado mucho.

Grabamos en Octógono Estudio. Para ese entonces ya había terminado mi carrera en el Conservatorio Sur, y con los conocimientos que había adquirido decidí mezclar y masterizar mi propio disco. Lo grabé y después me llevé las tomas a mi casa y lo mezclé. Algo importante de este disco, que fue una experiencia de ida, fue que Patricia López, mi amiga saxofonista que participó en el disco, me pasó el contacto de Hugo Fattoruso. Le pregunté si él quería grabar en mi disco y se copó, grabó con nosotros un tema. Fue increíble poder conocerlo y tocar con él, fue maravilloso. Este es un disco muy simpático, muy divertido, yo le puse un pedacito de mi alma. Pero hubo movimiento en paralelo, que es curioso.

El jazz manouche es un género que quiero muchísimo y que me enseñó todo lo que sé, y me trajo a donde estoy. Me enseñó el jazz y una manera de tocar la guitarra, conocí gente increíble. Estuve en Buenos Aires y en Francia tomando clases con gente muy crack de allá. Pero me pasó que acá en Uruguay como que empezó a decrecer la escena. En un momento había con nosotros cuatro o cinco bandas de jazz manouche. Hubo un intento de festival, y me presenté en el Festival de Jazz de Montevideo con un homenaje al quinteto del Hot Club de Francia, o sea, estaba en auge y, de repente, empezó a decrecer. Pero en el Conservatorio Sur me habían mostrado otras posibilidades: el bebop, el candombe, el tango, el bolero, la salsa, el latin jazz. Me habían estimulado a probar otras cosas y ver hasta dónde podrían llevarme.

¿Qué ocurrió con el jazz manouche y tu trío?

Empecé a sentir algo de distancia del jazz manouche, no porque él estuviera lejos —porque es una música que siempre llevaré muy cerca—, sino porque me di cuenta de que había otras músicas que estaban todavía más cerca. A mí me gusta mucho cantar, y en el jazz manouche no se usa tanto cantar y tocar la guitarra al mismo tiempo. Intenté congeniarlo y no pude, y yo necesitaba cantar en español. Quería cantar esos versos que conocía. Me pasó que empecé a explorar músicas regionales de vuelta; hubo un momento de quiebre que fue en el Conservatorio, en el ensamble de Latin Jazz. Yo fui a cantar rumbas y son, y se desbloqueó algo ahí. También hubo un ensamble de tango y folclore en el que tuve que cantar una milonga y un tango. La identidad del bolero está íntimamente ligada al tango, gracias a Gardel.

Otro factor que influyó en el cambio que tuve del jazz manouche al latin Jazz fue el redescubrimiento de Juan Luis Guerra. Cuando estaba en 3ero de liceo lo descubrí porque mamá es una gran fan. Y mientras pasaba todo esto que te conté, el carnaval, Cinco Esquinas, Django Reinhardt, nunca dejé de escuchar a Juan Luis Guerra. Eso me llevó a descubrir también a Luis Enrique y a Gilberto Santa Rosa. Cuando estudié percusión había aprendido a tocar los básicos de la percusión latinoamericana, y me quedaron en la memoria. No los usé hasta mucho después, pero en un momento me di cuenta de que toda esa información estaba ahí y me estaba llamando. Me enganché por el lado del bolero, y descubrí que Django Reinhardt tocaba boleros. Tiene uno o dos en su repertorio, y empecé a escucharlos. 

También me vino un recuerdo muy profundo de las comidas en casa de mi abuela. Ella en sus cumpleaños traía un trío de bolero, y era un sonido muy nostálgico que yo ahora entendía desde otro lugar. Siempre estaba el jazz como vehículo, pero me empecé a alejar del jazz manouche. Lo quiero mucho, pero lo otro me llamó y me dijo: "Esto es Latinoamérica. Estas son las canciones que escuchaba tu bisabuela, tu abuela, tu mamá, tu papá, tus tías". Y acá en Uruguay también existen el tango, la milonga, todo eso me empezó a llamar mucho.

Foto: Carolina Vázquez

Foto: Carolina Vázquez

Háblame un poco de cómo se gestó tu sexteto en el que fusionas el jazz y esas músicas latinoamericanas.

De repente me vino la necesidad de encontrar ese proyecto porque me encontré a mí mismo como migrante. Había mucha gente que todo el tiempo me preguntaba por la música de México, y me volví a reconectar con ese afecto. De repente empecé a escuchar música que me trajo recuerdos de México, pero me encontré con que acá en Uruguay todo el mundo se sabía las rancheras de José Alfredo (Jiménez), todo el mundo conocía las del mariachi y las de Luis Miguel. Yo hablo de afectos porque verdaderamente para mí es eso; es un cariño, un idioma, un lenguaje, pero es un cariño.

En el medio de todo esto, en 2021 aparece un pivot que es Facundo Balta, porque empecé a tocar en su proyecto musical. Para mí Facu es un gran amigo, un referente, a quien amo con todo mi corazón y le agradezco todo lo que me mostró. Él me enseñó que puedes tocar un reggae, después un candombe, después un funk brasilero, después un R&B, todo en el mismo repertorio. Pero además de eso, en la banda de Facundo me encontré con gente muy especial y con intereses musicales muy parecidos a los míos en cuanto a música latina que venían de un background de jazz. Ahí entendí que quería seguir sacando mi música, pero me quiería deslindar un poco del jazz manouche, que es un estilo muy definido. Quería tener esa flexibilidad. El jazz puede permitirte eso, aunque tiene que ser un jazz menos pronunciado. Ahí, habiendo conocido a Facu Balta conseguí, de algún modo, conformar el sexteto, y pude cantar canciones que yo tenía. Extrañaba tocar con batería, y apareció. Luego quería tocar con un percusionista y conocí al maestro Joaquín Bergamino en la banda de Facu Balta. Empecé a encontrar gente y quería que sucediera. Así empecé con este proyecto mío, este nuevo sonido.

¿Tienes pensado grabar con el sexteto?

Sí. Nosotros entramos al estudio en 2023, en diciembre, y grabamos el principio de un disco que me da mucho gusto decir que va a salir este año, si todo sale bien, en mayo. Lo voy a decir en voz alta y quiero que salga en esta entrevista, porque eso me va a empujar a que suceda. Lo grabamos en el estudio El Cuarto Tavella. Grabamos una parte ahí, y es una etapa un poco anterior a lo que has escuchado recientemente en nuestras presentaciones. Hay varios boleros y un chachachá.

Por lo que entiendo, esta búsqueda es una manera de reivindicar la migración.

Cien por ciento. Esta identidad como migrante me ha constituido muchísimo. Creo que, de hecho, esta exploración que he hecho de varios géneros tiene que ver con eso, y no solo eso, si no que me encontré en una ciudad que tiene un arraigo cultural hermoso, increíble. El uruguayo es muy uruguayo. Yo agradezco la cultura que hay acá, que la conocí muy de cerca con el carnaval y ahora con el candombe y el amor profundo que le tengo a esta tierra y a esta cultura. Lo entendí después, pero esta también es una ciudad migrante por excelencia. Montevideo es una ciudad absolutamente cosmopolita que tuvo olas migratorias fuertes a principios del siglo pasado y un poco antes, y actualmente con la gente de centro y Sudamérica, pero de repente me fascinó la idea de construir y desarrollar una identidad montevideana actual y migrante. Esa ha sido mi obsesión ahora. Encontrarme con gente de Venezuela, de Cuba, con compatriotas míos que están en la música y me doy cuenta de que ha habido una gran receptividad. ¡Es maravilloso!

Yo que estuve en la murga, si me hubieses dicho hace 13 años, cuando llegué, que iban a vender arepas en los tablados, te hubiese dicho que era una locura. Entonces ha habido una receptividad, y me di cuenta de eso en varios momentos. Cultivar ese encuentro cultural está siendo relevante hoy en día.

Foto: Carolina Vázquez

Foto: Carolina Vázquez

De hecho el sexteto, contigo incluido, cuenta con gente de otras latitudes y rincones del Uruguay.

Sí. Joaquín Bergamino, el percusionista, nació en Suecia. Es hijo de padres uruguayos y vivió 15 años en Cuba. Yo soy mexicano; Gabriel Manzanares, el saxofonista, es de Mercedes, y después tengo la sesión rítmica. Yo le digo "Montevideo All Stars" porque es la raíz, es lo que nos aterriza, y ellos son: Federico Nollenberger (piano), Andrés Pigatto (contrabajo) e Imanol Vázquez (batería). Joaquín, en la percusión, es la cubanía, la volatilidad. Gabriel en el saxo es la estética jazzera presente, un pájaro que entra en la casa y te pinta todo de colores. Yo al jazz lo veo así. Y yo, bueno, traigo el acento y otros ritmos.

¿Y en qué momento surge tu otro proyecto musical, La Santa Rita?

La Santa Rita es un poco otra historia. Aparece en mi vida mi amiga Tatiana Cabrera, también en 2023. Los dos teníamos muchas ganas de hacer una banda acústica para cantar nuestra música en español, esas eran las pretensiones. La Santa Rita salió primero como una idea de disfrute. Hay un concurso que hace la Intendencia acá que se llama Guitarra Negra, que es un concurso de raíz folclórica. Hay categoría solista, dúos o grupos. Le propuse a Tatiana ir en grupo, y lo hicimos, aprovechando que había un lindo premio. En la percusión está Mateo Álvarez, que ahora está en España, Lucas Rueco en el bajo, que lo conocí en el Conservatorio Sur, y mi amigo Emilio Brito, que es guitarrista y cantante también.

Un día nos juntamos a ensayar e inmediatamente nos dimos cuenta de que iba a ir todo bien porque, nos morimos de risa. Disfrutamos muchísimo, y la música salió increíble. Ensayamos para este concurso y nos dimos cuenta de que teníamos que grabar. Veníamos aceitados, porque habíamos ganado el segundo premio en Guitarra Negra. Con ese dinero grabamos nuestro disco. Parte del premio de Guitarra Negra era tocar en la semana criolla, y entonces empezamos 2024 con un toque ya asegurado, en un escenario lindo. Luego teníamos que presentar el disco, que ya había salido, entonces lo presentamos en la Sala Vaz Ferreira. Fueron llegando oportunidades. El disco gustó mucho y quedó nominado en los Premios Graffiti 2025 en la categoría Mejor Álbum de Folclore y Mejor Nuevo Artista. 

Foto: Carolina Vázquez

Foto: Carolina Vázquez

¿Hacia dónde quieres ir con la música de nuestro continente?

Quiero reivindicar la estética latina nuevamente, más allá de la presencia migrante, de lo que se vive hoy en día. Acá en Uruguay hay un afecto muy grande del público hacia la canción latinoamericana, y hacia la música nacional ni se diga. Ahora tengo la intención de ir evidenciando esas cosas como objeto de estudio. Por ejemplo, la milonga, el bolero, el danzón y el tango vienen todos del mismo lugar, de Cuba, de la habanera. Eso no es ningún secreto, hay una parte que creo que está muy en el inconsciente de la gente. La música es un gran tejido. Me he dado cuenta de que la gente que escucha candombe ––que tiene mucho de la milonga porque la influenció–– y después escucha un tango, y luego tiene un bolero enfrente, encuentra algo familiar ahí, algo parecido. Y el bolero es muy primo de la samba canción, de la samba canção, entonces también hay algo de eso, y cuando escuchas te das cuenta de esa interconexión, que es maravillosa. Para mí es lindo dialogar con esas fronteras, por lo menos eso es lo que intento. Si en el medio la gente baila un poco, no me enojo. Eso es lo que tiene que pasar.