Por Catalina Zabala
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La tarea de definir qué es lo que enseña El señor de los anillos es sencillamente imposible. Porque, así como muchos autores clásicos dedican su vida a contar diferentes historias, Tolkien se entregó en alma y cuerpo a la obra de su vida. Diseñó un mundo con sus complejidades y reglas; lo que hoy conocemos como worldbuilding, que no era para nada explorado en aquella década de los cincuenta.
Ese mundo, con sus mitos de origen e idiomas que funcionan por sí mismos, se convirtió en su laboratorio. En su arena de juego. A través de especies inventadas y poderes que no existen en nuestro mundo, se preguntó qué nos hace humanos e intentó responder esa pregunta.
Hoy, a 25 años del estreno de la primera entrega de su adaptación cinematográfica, El señor de los anillos: la comunidad del anillo, cabe preguntarse qué es lo que mantiene esta historia tan viva, a 70 años de la publicación de los libros y a casi tres décadas del estreno de la trilogía. Con precuelas y series estrenadas recientemente y la constante fabricación de excusas para arrastrarla por la línea temporal y reubicarla en la pantalla grande actual, ¿por qué volvemos a esta historia?
"El señor de los anillos: la comunidad del anillo" (2001), Peter Jackson
Por su brutal humanidad. Por la capacidad de un autor para impregnar la esencia de lo humano en seres fantásticos de su autoría, con una verosimilitud arrolladora que deja mal parados a muchos cuentos ambientados en el mundo real.
Para analizar a los humanos, Tolkien se concentra en aquello que los hace perder su humanidad: el poder. Porque El señor de los anillos es una historia que relata qué hacemos con lo que nos amenaza, y hasta dónde estamos dispuestos a dar el cuerpo por el bien o a dejarnos seducir por la capacidad de dominar.
La narrativa que ofrece El señor de los anillos va en contra de los esquemas que estamos acostumbrados a ver en el cine épico: no hay superhéroes, no se gana con fuerza bruta y poderes inimaginados. El mal no puede ser vencido con fuerza individual ni con excepcionalidad heroica. Se gana con cooperación, bondad, persistencia y, sobre todo, renuncia.
"El señor de los anillos: la comunidad del anillo" (2001), Peter Jackson
Su protagonista es Frodo, un joven hobbit que no conoce nada más que los límites de La Comarca, el pueblo que habita. Un alma humilde sobre quien recae la apocalíptica tarea de, básicamente, salvar el mundo. Su carácter de antihéroe es esencial para la historia. No sabe lo que se le ofrece, no quiere aceptar la tarea, no tiene ambiciones. Y esto lo hace perfecto para su rol.
El Anillo Único no es peligroso por sus poderes mágicos, sino por lo que representa: la oferta del mal. El dominio de un otro. El poder absoluto. El anillo es la tentación en sí misma, lo que nos separa de nuestro camino.
La idea se va insertando en varios personajes a modo de caminos que se pueden tomar. Aragorn es el ejemplo a seguir, pero debe aceptar su destino primero. Es el heredero al trono más importante de los hombres, pero escapa de su rol porque no cree en sí mismo. Para él, enfrentarse al Anillo Único es una prueba que supera, que le muestra su valor y le permite responder al llamado.
"El señor de los anillos: la comunidad del anillo" (2001), Peter Jackson
Y su antítesis es Gollum: un antiguo hobbit que se topa con el anillo por casualidad, y a partir de ahí le entrega su vida. Traumado, deformado y corrupto, representa el peor de los destinos. El resultado de quien coquetea con el poder y se deja consumir por él. Que sea un hobbit no es casual; es en lo que Frodo podría convertirse si su misión fracasa. Si se traiciona a sí mismo. Por eso se identifica con él, lo comprende, lo llama por su nombre. Tiene que creer que dentro de él sigue habiendo humanidad. Que puede rescatarlo.
La primera entrega de la saga impone esta premisa. Allí se forma la Comunidad del Anillo, el grupo de nueve compañeros de todas las especies que se unen por una causa común: salvar su hogar. El responsable principal y quien se ofrece a terminar con lo iniciado es Frodo Bolsón. Nunca es del todo consciente de lo que implica el anillo hasta que se enfrenta a él en su cruzada. Y su valor está ahí, él no desea. No conoce los imperios del poder. Así, cuatro hobbits, un elfo, dos hombres, un enano y un mago salen de Rivendell.
"El señor de los anillos: la comunidad del anillo" (2001), Peter Jackson
El mago Gandalf aporta la sabiduría y el conocimiento. Aragorn aporta su nobleza. Sam, su fidelidad incondicional. Legolas llega con la intuición, Gimli con determinación pasional, Boromir con un profundo deseo de hacer el bien, y el resto de los hobbits por un profundo amor hacia su amigo. El poder no corrompe a los malos, sino que los tensa a todos. Cada quien responde de manera distinta ante la misma carga. Y la Comunidad del Anillo se forma, justamente, porque nadie puede sostener el poder solo. El anillo revela que lo humano no es la fuerza, sino la fragilidad. La Comunidad del Anillo no es un grupo de héroes: es una respuesta ética al poder.
Esto se ve en los diálogos más íntimos, pero también en las escenas más épicas. Porque, en los momentos bélicos más arrolladores y emotivos, el poder desplegado no es lo que conmueve. Lo que emociona es la entrega y el sacrificio de los personajes por un otro, aun cuando las chances son inexistentes y la derrota es inminente. Porque no se está luchando por el mero objetivo de ganar, se está luchando por una idea.
"El señor de los anillos: la comunidad del anillo" (2001), Peter Jackson
La llegada de los Rohirrim a la batalla final y el discurso de su rey Théoden. Las palabras de Aragorn, nuevo rey de Gondor, ante las Puertas Negras de Mordor, cuando se acercaban para distraer y dar tiempo a Frodo: “Una hora de lobos y escudos deshechos cuando la era del hombre se volverá añicos, pero este no es el día; este día hay que pelear. Por todo lo que más quieran sobre esta tierra, hoy deben resistir”.
No pelean porque vayan a ganar. Pelean por defender lo que los hace humanos. Y porque no defender aquello por lo que vale la pena vivir sería ir en contra de sí mismos.
Sus rivales no lo entienden, solo buscan dominar. En el bando de Mordor no hay sentido de pertenencia: hay sed de dominio y máquinas de guerra. Y en este mundo hostil, la historia que se plantea es milenaria, porque se trata simplemente de la lucha del bien y el mal. No solo en el planeta, sino dentro de cada uno. Pulsiones que se enfrentan.
Por Catalina Zabala
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