Por Catalina Zabala
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Folletos, casetes, letras impresas. La materialidad fue un personaje clave a lo largo de esta entrevista. Leonardo Bianco e Ismael Varela la consideran clave, pero cada vez menos presente.
Porque en la lucha por hacer lo que les gusta, entienden que la actualización de los formatos hace cada vez más difícil el contacto directo con el público. Pero ellos lo trabajan de manera incansable, hasta dar con el clavo.
Disco del Año carga consigo un montón de particularidades, además de su nombre. DJ El Sicodélico o Sr. Faraón son dos de varios de los nombres artísticos que los entrevistados han adquirido a lo largo de su carrera, porque los caminos recorridos fueron varios. Pero el afán de crear es inagotable para muchos, y también es el caso de quienes integran Disco del Año.
En la tapa de su primer EP, la imitación de un conjunto tropical. En la de su álbum, Gel antipático, un pecho masculino cicatrizado al descubierto. Buscan asquear, buscan enamorar, buscan impactar. Y a través de un humor ácido incontrolable, interpelar. Pero también hablan de sanarse, proceso que también tuvieron que atravesar. Porque más allá de su contenido, viven la música como una experiencia a la cual agradecer.
Presentan su álbum este 2 de agosto en Bluzz Bar, junto a la banda Incluso si es un Susurro Soviético. Las entradas se encuentran disponibles y pueden adquirirse aquí.
¿Cómo surgió la banda y qué le dio ese nombre tan característico?
Ismael Varela (I.V.): Arrancamos en 2018 y los albores de 2019. En ese momento era una cuestión de juntarnos a tocar un poco, pero no había un plan de hacer una banda formal. Era la intención de volver a reencontrarnos en la dinámica de tocar juntos con Andrés Varela, que es el guitarrista, Víctor, el bajista, y en ese momento Carlos, que era baterista. Ellos tres habían dejado hacía un año Hablan por la Espalda, tocaron juntos ahí más o menos hasta 2017 o principios de 2018. Yo los conozco de ahí, toqué con ellos desde el 2005 al 2006, y luego del 2008 al 2015. Se había forjado una amistad, y quisimos juntarnos a tocar.
Así, hubo un par de ensayos de los que salieron dos canciones, y la cosa empezó a funcionar. Después vino el verano, y en 2019 decidimos continuar con esta cuestión de ensayar. Los encuentros se fueron haciendo un poco más asiduos, y quisimos aprovechar las ideas que teníamos y convertirlas en temas para grabar. En ese momento se fue Charly, el baterista, hubo una desconexión y quedamos huérfanos de batería. Estábamos a punto de concretar una grabación y llegó la pandemia. Empezamos a grabar, como pudimos, lo que fue el primer EP. En esa etapa complicada nos empezamos a preguntar qué hacer, y vino Leo a salvarnos. Yo toqué con Sr. Faraón en 2020 en el fondo de una casa, todo muy clandestino, y ahí se le hizo el ofrecimiento.
Leonardo Bianco (L.B.): A mí me encantó la idea, ellos eran mis amigos. La cohesión fue bastante rápida. En ese momento yo vivía en una casa en la calle Nueva Palmira que tenía sala de ensayos, y un día ensayamos ahí y se dio todo de manera muy natural.
I.V.: Ahí se solidificó la banda, empezó a caminar. Leo volcó cierta impronta en la batería y la personalidad se reflejó en la música, y eso yo lo aproveché también. Empezamos a pisar el acelerador desde el punto de vista musical, y la banda fue cambiando su sonido a lo que es el disco que hicimos hoy. Empezó con un EP más tranquilo, pero evolucionó a algo mucho más agresivo, rápido e intenso desde el punto de vista del sonido de las guitarras, la batería y la base rítmica. Obviamente acompañamos todo ese cambio, porque cada músico le pone su impronta y eso se sintió en su momento. Fue la transformación que precisábamos para que la banda pudiera asentarse y empezar a trabajar sobre las canciones. El nombre lo elegimos en 2019, y desde que llegó Leo tomamos mayor continuidad a la hora de trabajar. En el medio, nacimientos de hijos, mudanzas al exterior, y eso también es difícil. Esos proyectos paralelos, proyectos de vida.
¿Por qué Disco del Año? En el momento de pensar el nombre, se empezaron a barajar opciones. Yo venía manejando desde las letras cierta cuota de humor ácido, y pensaba que la banda podía tener un distintivo en el nombre que también tuviera ese humor. La categoría "Disco del Año" tenía algo con lo que se podía jugar. Hay gente que capaz que no la saca y le parece pedante, pero el nombre queda en la retina y tiene que ser recordable. A otros les puede parecer gracioso, y suma también. Disco del Año fue el nombre que mejor cuajó en ese momento; tenía cierto punch, era recordable. También era fácil de construirle una sigla alrededor, queríamos un nombre que permitiera una sigla bien a lo hardcore, de tres letras.
Foto: Javier Noceti
Entonces la formación de la banda respondió a una química que surgió de manera natural en los ensayos, y no fue un proyecto premeditado.
I.V.: Totalmente. Si no hubiera pasado eso que comentás vos, capaz que al no conseguir batero hubiéramos dicho "ya está". La situación era complicada.
L.B.: Capaz que iba para otro lado, porque el hecho de atravesar una pandemia también fue un punto determinante para el proyecto. Estás con toda esa rabia de no poder hacer nada, tenés una urgencia a flor de piel, una impotencia de no poder tocar, y ya el abordaje de las canciones con el instrumento es diferente. De hecho, las canciones que se compusieron para el EP hoy son tocadas con otra impronta, otra intención. Ya no son lo que eran antes, y también responde a eso. A que la banda siempre va mutando, como el virus en ese momento.
El nombre del disco, "Gel antipático", puede ser lo que está por venir de Disco del Año. Hay una apuesta más a la hora de componer canciones. Ahí ya nos metemos hasta con la bossa nova, empezamos a agarrar ritmo más latinoamericano, si queremos ponerle un rótulo. El proyecto no está estancado. Si bien tenemos los lentes puestos de que es autogestionado, que viene parido de nuestra historia en el hard punk, no deja de ser todo un compendio y sumatoria de nuevas inquietudes que tenemos a nivel musical.
I.V.: Otra banda referente que tenemos es Fun People, que ha incursionado en muchos otros estilos, desde balada hasta death metal. Han logrado hacer discos que vos los escuchás y no te suenan raros al oído, y creo que esa es la impronta que tenemos. Escuchamos mucha música y nos sentimos con la libertad de poder incorporar lo que queramos.
L.B.: Muchas veces a las bandas se les pide que mantengan una misma línea editorial, musical o estética, pero nosotros hacemos un poco lo que queremos.
Foto: Javier Noceti
I.V.: La música, el sentimiento y el disfrute están por delante de cualquier etiqueta o género que nos limite la búsqueda. Esa es la perspectiva, y creo que los cuatro estamos súper alineados y con ganas de tocar otras cosas, sin autolimitarnos por cuestiones estéticas.
L.B.: Por poner un ejemplo de cuestiones estéticas, para la foto de la tapa del EP quisimos aparecer vestidos como si fuéramos un conjunto tropical de los años 70 de Uruguay, remitiendo a eso que decía el Fara de la cuota de humor ácido. De hecho, el EP arranca con una especie de sampleo.
I.V.: Es como un recorte o un edit del disco La Salsa Nostra (1979), del Conjunto Casino. Una orquesta legendaria tropical de acá. Por ahora la idea es tirar una de esas en todos los discos, y esas son idiosincrasias nuestras.
L.B.: Tomamos ese concepto, que nos parecía olvidado, lo reciclamos en nuestra cabecita inquieta, hicimos una sesión de fotos tremendamente buena: nosotros vestidos de orquesta tropical y toda esa cuestión. Hasta mi madre hizo una torta de cumpleaños con un alambre de púas, un delirio que estuvo bueno. Y para este, que fue nuestro primer disco, también se trabajó en un concepto medio bizarro en la tapa. Un pecho peludo medio desagradable, que a la vez tiene su encanto.
I.V.: La idea para nuestras tapas es que sean fuertes y memorizables, que produzcan un impacto y que no pasen desapercibidas. Por eso jugamos con esa cuestión del pecho, de la cicatriz, algo que se tuvo que curar. El modelo tiene una cicatriz de una operación al corazón, y todo eso tenía un significado para nosotros también junto a las letras del álbum, que hablan de arreglarse a uno mismo.
Foto: Javier Noceti
Todos ustedes tienen gran experiencia en la música, ya sea por su participación en proyectos previos, o en paralelo con Disco del Año. ¿Ven relación entre esto y la libertad de experimentación que plantean? ¿Tiene que ver con el hecho de que ya tienen varios caminos recorridos en su haber?
I.V.: Está bien eso que decís. Igual nunca estamos seguros de lo aprendido, porque siempre se sigue aprendiendo. Muchas veces te volvés a encontrar con la situación de que las cosas no son tan fáciles, y tenés que buscar maneras. Pero sí el recorrido está ahí, y es algo a favor que ya tenemos. Ya hemos pasado por las vivencias de bandas y vínculos humanos.
L.B.: Hemos transitado situaciones que en otros momentos de nuestra vida habrían sido totalmente rupturistas. Por suerte los encontramos con esta cabeza y esta vida transcurrida, entonces lo que le depositamos al proyecto es siempre desde un lugar de encuentro. Si bien obviamente hay incidencias, somos todos diferentes y discutimos las cosas, encontramos que el proyecto siempre termina estando por encima de nuestras pretensiones personales. Que también están presentes, pero está bueno todo este bagaje que obtuvimos. Los proyectos siempre cuajan muy rápido, y ese espíritu hardcore y autogestionado lo transitamos de manera positiva. Para nosotros es un deporte que se nos da bien: lo aprendimos a hacer, y los resultados están. La banda sigue tocando, sacamos disco, seguimos contentos de cómo están sucediendo las cosas, y eso lo defendemos con mucho recelo. Es lo que nos da vida.
I.V.: A veces es realmente un milagro poder continuar una banda con las vicisitudes de la vida adulta, pero justamente eso también tiene relación con lo que decía él. Hay determinadas situaciones que si te agarran con 20 años, donde a veces se te va la cabeza por lo que querés hacer, donde se te cruza el ego y los intereses personales, capaz no lees las situaciones con una óptica grupal o por encima de las individualidades. Aprender a ceder, y entender que lo importante es lo que estamos generando. La vivencia, el camino, lo que estamos publicando. Hay que tratar de disfrutar todo, la aceptación de las cosas y el paso del tiempo te hace entenderlo. Empezás a disfrutar y a valorar, y ahora que podemos lograr mayor cohesión, es una maravilla. Yo lo vivo así, el hecho de concretar cosas es una alegría.
Hablan de mantener viva la ilusión y aceptar la realidad. En un país en el que se vuelve difícil vivir de la música, ¿en qué se concentran para sacar adelante más de un proyecto en simultáneo?
I.V.: Es que ahí es donde entra la aceptación y la pretensión.
L.B.: Creo que más que una cuestión de aceptar, entra eso de qué pretendes con el proyecto. Nunca lo hablamos, pero creo que los cuatro tenemos súper en claro cómo llevamos la dinámica de grupo, y ya lo entendemos. Nos colgamos con otras cosas. Yo vivo al lado de Los Titanes, y cuando terminamos de ensayar me voy con el Viti en el auto escuchando black metal y tomando una birra. En el poco tiempo que tenemos para vernos, exprimimos la naranja hasta la última gota. Nuestras andanzas siempre se transforman en una anécdota, pasan 200 cosas, nos reímos y nos ponemos al día. Después yo llego a mi casa y pienso en lo bueno que estuvo todo eso. Se vuelve una cosa romántica, y no una gimnasia de ensayar de tal hora a tal hora, ir, hacerlo y volver. El rigor para muchos proyectos funciona, pero nosotros aprendimos a pretender otra cosa de la banda. Lo que le exigimos es pasarla bien y estar conformes con lo que hacemos, entonces siempre son ganancias. Creo que nosotros vivimos de la música en ese sentido, lo que nos da en otro aspecto.
I.V.: Es una pretensión gigante y seguramente te des contra la pared. También ha cambiado mucho la manera de consumir música, los gustos, las nuevas tendencias. Creo que lo que hay acá son ganas de hacer cosas, de mantener una pasión, esa cuestión romántica que siento que la música permite, y eso es un montón.
L.B.: De esta manera, vamos a presentar el disco en Bluzz Bar este 2 de agosto, con Incluso si es un Susurro Soviético. Cuando éramos jóvenes, los sistemas de pegada de sonido eran muy malos; no se escuchaba nada y era muy difícil poder comunicarte con el público. Era bastante complicado discernir lo que estaba cantando la persona que tenía el micrófono. Entonces lo que hacíamos era imprimir las letras y hacer fotocopias. Antes del show las repartías al público, y mientras tu banda funcionaba la gente seguía las letras. Para que esta vez la experiencia sea más cercana a la banda, vamos a imprimir un código QR que se pueda escanear y lleve directamente al disco en Spotify.
Antes estaba presente esa dinámica. Te comprabas un casete y te quedabas mirando la tapa, a ver si te daba alguna data más. Había una interacción con el formato que ahora ya no existe más. Vos ahora sacás un disco, te clavan un par de likes y después la gente se olvida. Si tenés algo que te lo recuerde, si vos adquiriste algo, la relación con ese disco va a ser diferente, porque lo tenés materializado en algo. Es volver a conectar un poco con la gente. No olvidarnos de que hay formatos que siguen soportando el paso del tiempo. El disco es una presencia, el casete es una presencia, una foto revelada también. Comprarte una remera de una banda que te gusta. Todo eso termina contribuyendo a la relación de uno con el entorno y con los demás.
Durante el proceso creativo del álbum, ¿fue un desafío separarse de su manera de trabajar en proyectos previos para crear algo nuevo?
L.B.: Yo fui en muchos de los casos el motor compositivo en las canciones. Y en Disco del Año, como toco la batería, comprendo mi participación en el proyecto desde otro lugar. Cuando hablamos de las experiencias, de poder consumarlas en aprendizaje y sacar adelante el proyecto, yo tuve un dilema muy grande, que fue acotarme al acompañamiento rítmico en las canciones. Obviamente tengo mis injerencias, pero compositivamente le dejo al Fara hacer su desarrollo. La dinámica es diferente. Llega con el tema ya armado, y muchas veces hasta con cómo tengo que tocar yo el instrumento, que eso también tuve que aprenderlo. Para Gel antipático grabé una batería en Buenos Aires compuesta por mí, y a él no le gustó. Él escuchaba en su cabeza otra batería. Fue eso, dejar el ego de lado e intercambiar. Ahí uno tiene que jugar para el equipo y no para demostrar algo.
I.V.: Y yo, cuando le mandé el mensaje, estaba temblando. Vengo de otras bandas, y en ambas estas situaciones han sido motivo de peleas o separación momentánea. Fue un escollo difícil de sortear, pero estuvo bueno. Creo que nos hizo muy bien, porque el día de mañana, cuando me digan "esa guitarra no", yo también tengo que tener la apertura para cambiar. Genera un compromiso para abrir, porque uno también compone y cree que lo que está en su cabeza está bien. Pero uno tiene que aprender a desconfiar también de eso.
L.B.: Es estar dispuesto a confiar o discrepar con el otro, en esa ambigüedad. Y eso es lo que hace que termines de aferrarte a lo que estás haciendo. Es empezar a aplicar todo lo que decimos creer, y tener en cuenta al otro. Muchas veces hay cosas que no se hablan y salen solas, pero otras veces la tenemos muy clara y pinta enfrentamiento. En cuanto a cómo influyen los proyectos previos en la banda, creo que no hay un filtro.
I.V.: A mí personalmente no me molesta nada de lo que pueda tocar en otras cosas, lo entiendo como una entidad propia a la banda. No hay un filtro; si aparezco con una bossa nova tiene su toque de humor que va con el de la banda, y lo veo verosímil en su universo. Y en ese caso, los demás proyectos pueden sumar conocimiento, que siempre es bienvenido. Pero nunca me ha pasado de sentir que lo que toco en otro lugar me afecte.
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