Por Gerónimo Pose | @geronimo.pose
"Si es por mí, chamuyame que me gusta": así empieza el disco más lisérgico y experimental de aquel que nació en Buenos Aires en 1961. La historia puede que sea conocida por muchos, pero vale la pena hacer un resumen de su estrepitosa y sinuosa carrera musical antes de comenzar a navegar por la dirección contraria, la que usa el salmón que, como reza el interior de la edición física del disco, “frente a la corriente sublima la vida”.
Calamaro cumplió 18 años en un estudio, grabando un disco para la banda argentino-uruguaya Raíces, fundada por Beto Satragni, un grupo que fusionaba elementos del candombe con el rock. Este apareció en un momento de la vida de Andrés en el que atravesaba cierto interés por la música uruguaya. Le dedicó una carta a Hugo Fattoruso en su libro de memorias Paracaídas y vueltas (Planeta, 2015), en la que dejó entrever su particular fascinación por el músico, llamándolo “inabarcable”, y por Opa, donde también menciona a Ruben Rada.
Luego vinieron varios proyectos que no llegaron a nada: fue tecladista del Dickinson Power Trío, tocó en la Chorizo Colorado Blues Band, ensayó en lo que fue la génesis de Soda Stereo.
Con Los Abuelos de la Nada, Andrés logró obtener un lugar protagónico en una agrupación. Acarició la exposición por primera vez liderado por Miguel Abuelo, quien era conocido por su confianza —que en este caso no debe confundirse con soberbia— y quien, poco antes de morir, le confesó a Cachorro López y a Daniel Melingo, también integrantes de la banda, que el único que había podido superarlo era Calamaro.
Lo cierto es que Andrés escribió tres de las que más tarde fueron las canciones más importantes de los abuelos: "Mil horas", "Sin gamulán" y "Costumbres argentinas".
En Paracaídas y vueltas, Calamaro dice de Miguel Abuelo: “Fue un faro de poesía y actitud, para todos aquellos barcos (metafóricamente) que prefieren no encallar en las costas del desamparo vital”.
En el otoño de 1990, entre la espada y la pared por las presiones económicas, Andrés parte a España para juntarse con Ariel Rot, quien en ese momento gozaba de un respetable éxito con su grupo Los Tequilas. Es entonces que Los Rodríguez se formaron —y la pasaron muy mal los primeros años—. Vivían todos juntos en un caserón espectacular teniendo en cuenta sus dimensiones, su interior se encontraba prácticamente vacío, de la familia Rot, beneficiada por una ley promovida por el gobierno español que congelaba el precio del alquiler. Calamaro le pedía fiados cigarrillos al canillita mientras pensaba que lo mejor habría sido quedarse en Argentina donde colegas como Fito Páez (quien había lanzado El amor después del amor en 1992, el disco más vendido de la historia del rock argentino), gozaban de un repentino impacto de fama y por ende un gran flujo de dinero que caía en sus bolsillos. Dinero que el propio Calamaro lo veía gastar en las venidas de Páez a España en ropa. Hasta un millón de pesetas, incluso.
Pero las cartas quedaron sin marcar, y la suerte les llegó a ellos también: Sin documentos se lanzó en 1993.
El grupo se desgastó por lo que suelen desgastarse todos cuando las mieles se cristalizan y ningún baño maría puede volver a dejarlas en su estado líquido: cruces de egos, excesos de drogas y otra lista de motivos que ellos mismos no quisieron seguir elaborando, como puede verse en el documental BIOS (2020), producido por National Geographic.
Alta suciedad (1997) y Honestidad brutal (1999) fueron los dos discos que lo consagraron y colocaron su cara no solo en los carteles de la calle Corrientes, sino también en las portadas de todas las revistas.
Pero El salmón (2000) fue el objetivo central en la vida de Andrés. Un disco con mucho texto, como le había confesado a Susana Giménez en una entrevista de 1999 que quería hacer. Lo había intentado con Honestidad brutal, que iba a incluir más de 37 canciones (como al final las tuvo, en honor a los años que tenía cuando lo sacó). Tenía grabadas alrededor de 100 canciones, pero cuando fue a pelear con la discográfica no salió victorioso.
Se terminaba el milenio. Marcelo “Cuino” Scornik era su cofrade, su compañero por el cual navegaban por aguas dulces y saladas, como el salmón. Solo respiraban (y aspiraban) para escribir, componer, cantar y grabar. Se obsesionaron con la película de Francis Ford Coppola, Apocalypse Now (1979), film que Calamaro luego citaba constantemente en las entrevistas de esa época e incluso recomendaba a los entrevistadores bajo el pretexto de que “los iba a volver mejores periodistas, mejores personas”.
Olga Castreño fue la mánager de Calamaro durante todo ese periplo. Más bien también ejercía de niñera y cuidadora. Era la responsable de alcanzarle un plato con huevos revueltos (o un tostado) y un jugo de naranja cuando el salmón se despertaba tras dormir dos días seguidos, luego de mantenerse despierto por cuatro. Una época de mucho temor para Castreño, quien no sabía si se lo iba a encontrar con vida cuando lo iba a despertar. Y cuando sí se despertaba, devoraba el plato y continuaba su jornada tóxica por otros cuatro días más.
Grabado entre 1999 y 2000, entre Buenos Aires y Madrid. Portaestudios, estudios caseros, casas de instrumentos musicales que le alcanzaban al, por ese entonces, politoxicómano Calamaro, un cable que necesitaba para enchufar su Rhodes a la consola a las cinco de la madrugada. Cintas de casete abundaban, y eran tantas que perfectamente podrían haberse colgado con ellas.
Bendecido por músicos como Ariel Rot (excompañero de Andrés en Los Rodríguez), Pappo, Cachorro López, Bunbury, entre otros invitados estelares que supieron adentrarse en lo que fue Deep Camboya —el estudio casero denominado así por el artista— y punto de referencia para muchos integrantes de la fauna bohemia de Buenos Aires. Se encontraba al fondo de la casa del músico, ubicada en Barrio Norte. En su versión física manda agradecimientos a su hermano Javier, Willy Crook, Melingo y a la “fuerza impresa por Loquillo y Los Redondos con sus tácitos poderíos”
El salmón es un disco quíntuple, tiene 103 canciones, pero perfectamente pudo haber tenido 1200. Todavía existen canciones grabadas en ese viaje contracorriente que no vieron la luz, ya sea por estar extraviadas o por haber quedado juntando polvo en algún cajón de Deep Camboya.
Hay covers de los Beatles ("The Long and Winding Road"), de los Stones ("Time Is on My Side"). Inventos como el cover de "No Woman, No Cry", que perfectamente podría ser el primer tema de hyperpop grabado en nuestra región. Covers como "Cocaine", de Eric Clapton, en la que su voz rasposa juega con los acordes bluseros hasta ser interceptada por una batería programada que remite a la veneración de Calamaro por el rap. Baterías que podrían haber sido grabadas por J Dilla, MF DOOM o los Geto Boys. Calamaro incluso llega a rapear en canciones como "Enola Gay" y "Vigilante medio argentino". Algunas incluso cuentan con samples, como "Expulsados del paraíso", que parece haber sido construida desde una samplera o una Akai MPC60, con un Calamaro enfrentado a la consola con el cuaderno en la mano y un joint en el otro. Podríamos seguir mencionando ejemplos: "Freaks", otra demostración de Calamaro rapeando sobre beats que no resultan para nada minimalistas sino que tienen texturas y presencia (sin necesariamente sostenerse en líneas de bajo).
Un aspecto clave es el posicionamiento de las canciones. ¿Cómo pasamos de "Vigilante medio argentino" —que oscila entre los 80 y los 100 bpm, márgen normal dentro del rap— a una canción como "Me fui volando", que se sostiene a dos guitarras y con un Calamaro crooner —aspecto y faceta que explora a fondo en el disco cada vez que tiene oportunidad—? Es el "pálido reflejo" de una psiquis descontrolada y completamente consumida por la creación, por el presente, por el momento y por los barcos ebrios de la locura.
Experimenta con el tango, pero esta vez, a diferencia de Honestidad brutal, en el que hay tangos que respetan una estructura más clásica, juega con las formas y las extensiones haciendo una interpretación de "Cafetín de Buenos Aires", mítico tango escrito por Enrique Santos Discépolo y con música de Mariano Mores.
Andrés Calamaro durante una actuación en la sala Razzmatazz de Barcelona (2008)
Un disco que es político por donde se lo mire, como lo fue Honestidad Brutal (con su portada que buscaba imitar un stencil del Che Guevara), con canciones como "Jugando al límite" que dice:
Ya escuché, reviente quien reviente
Vos, gil, presidente gerente
Superloógico, semen, turro
Épico, político, bizarro
Pero también tiene mucho humor. Uno que resulta por momentos hasta escatológico con canciones como "Lameme el orto" o "Me cago en todo", donde el músico reclama respuestas al respecto de su soledad para rápidamente retractarse y decir que hoy, precisamente hoy, se caga en todo. También "Nos volveremos a ver", que comienza con la declaración "nunca hay un adiós total entre dos ñeris", y que reza que el es un chico de familia y que no es ningún "Carlitos", que el salmón es un poeta maldito y que a pesar de ser bonito nunca durmió en el palito.
Dub, slow tempo y el saxofón presente en canciones sensuales en las que la voz está lo suficientemente ecualizada que resulta arenosa, árida y rasposa, como en "P.N.S.U.R.H.Q.S.U.R". Habla sobre uno de los conceptos que abraza al disco y lo vuelve una joya inmortal: la idea del presente como uno duro, espeso y que se presenta con su chicle de menta pero algo se puede llegar a inventar.
La utilización del wah, pedal de guitarra llamado de esa manera ya que suena como el llanto de un bebé, tiene un rol fundamental, principalmente en el blues, funk y R&B. Se emplea más que nada para los solos de guitarra —donde hay casos en los cuales estos se extienden por de más—, pero el salmón hace uso del "cry baby" para los arreglos.
"Pálido reflejo", la canción que le sigue tiene un ritmo rápido, una mezcla rara entre reggae y cumbia, pero con una letra oscura y burlona en la que el yo lírico habla de que el que transita su presente es un día triste. Luego se lamenta de por qué en el reparto le tocó este corazón en carne viva. El romanticismo y la hiperbolización de las emociones son parte de las imágenes y conceptos claves del disco.
La figura de Calamaro resulta atractiva por varias cuestiones. Su método kamikaze para escribir canciones más tarde le costaría problemas de salud y en sus vínculos, además de varios ingresos a centros de rehabilitación. Una estrofa ilustra este período, a finales de los 90, de un músico que mezcla el acento español con lo más tano que se pueda conseguir en los alrededores de Capital Federal:
Son las nueve
Yo creí que eran las tres
Todavía no pude comer
Ni dejar de temblar
No era un juego, era fuego
Y habrá que pagar la cuenta del incendio
Pero aquellas maratones
Sin parar de escupir canciones
Fueron buena pesca y tal vez
El dolor desaparezca
“Son las nueve” (Honestidad brutal, 1999)
En el libro Tirados en el pasto (Sudamericana, 2000) —que consiste en transcripciones de charlas grabadas en situaciones cotidianas entre el músico y el filósofo Alejandro Rozitchner—, Calamaro, en mitad de una conversación que orbitaba la premisa de Keith Richards (“cualquiera que pueda tocar rock and roll en un instrumento puede cantar”), dice que muchas veces escribió canciones con lápiz y papel. “Iba con una estructura clásica de canción. Iba hacia una forma de verso y de estrofas estándar, digamos, por ejemplo, rancheril. Si en algún momento quería otra cosa, lógicamente la escribía; o si tenía que romper con esa cantidad de sílabas, la rompía, o con esa forma de ordenar la expresión. En los versos lógicamente escribo lo que tengo ganas. O sea, puedo empezar con una métrica y de repente cae una frase y no la puedo poner inmediatamente con las anteriores, entonces dejo el verso, o dejo la frase a un costado, algo así", explica.
“Se componía, se grababa: eso era Deep Camboya”, declara el periodista Martín Pérez en el documental BIOS. Pérez es además el autor del libro The Calamaro Files (Gourmet Musical, 2022), una recopilación de todos los artículos y entrevistas que escribió sobre Calamaro a lo largo de veinticinco años. Cuenta con varias entrevistas al músico respecto a esta etapa, mientras la atravesaba y mucho tiempo mas tarde, con el diario del lunes y con la distancia que dan los años. Del periodo en el cual se grabó El salmón se destaca aquella que se titula “El camino más difícil”, que abre con la siguiente pregunta de Andrés hacia Pérez:
— ¿Vos no escribís una nota por día?
— Sí.
— Y entonces que tiene de raro que yo escriba
una canción por día?
Jornadas de 72 horas. Scornik y Calamaro eran acusados por colegas, la prensa y la opinión pública de "estar locos" y hacer diez canciones por día. Pero tampoco hay que confundir los tantos: esta vorágine creativa no significa que no hayan contado con cierto tipo de filtros o criterios —ya sea estéticos o profesionales— ni que hayan publicado todo lo que registraron. El salmón pudo haber sido mucho más largo de lo que es. "Mi funeral 11", canción que integra el primer CD, forma parte de una serie de otros diez “funerales” que permanecen inéditos. Es, quizá, una de las mejores canciones que tiene el disco.
Les resultaba más fácil hacer canciones que salir a la calle. Habían entrado en un istmo del cual era muy difícil sacarlos. Una especie de diario íntimo, si se quiere, porque lo que prima es, sin duda, la emoción y lo que vendría a ser el happening. No un happening del cual se hace eco el jazz —o el free jazz—, sino uno más bien romántico. Si bien el momento creativo afloraba composiciones que perduran hasta el día de hoy, el momento emocional era muy complicado.
Calamaro estaba desquiciado.
Primaba la experiencia, las canciones hechas y derechas (territorio en el cual Calamaro perfectamente es el Maradona dentro del rock).
Había que aprovechar ese momentum, ese estado creativo y exprimirlo hasta que no quedase nada. Porque, a veces, ese momento no dura toda la vida. El disco fue una declaración de amor hacia el presente, de ir hasta el fondo, en la senda de Rimbaud que, con sus Iluminaciones (1886), demostró que si hay que hacer algo, hay que hacerlo hasta el fondo. No importa si salimos heridos.
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