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Contenido creado por Catalina Zabala
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“Wicked: For Good”, la culminación épica del fenómeno musical que conquistó al mundo

Ariana Grande y Jon M. Chu conversaron con LatidoBEAT sobre el final de la saga que reescribió el mundo de Oz.

01.12.2025 12:14

Lectura: 14'

2025-12-01T12:14:00-03:00
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Por Nicolás Medina
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En 1900, Lyman Frank Baum publicó The Wonderful Wizard of Oz y, de ahí en más, la historia comenzó a vivir en la inestabilidad fértil de la cultura popular: primero en folletines y libros, después en el teatro ambulante y, cuando el cine apenas balbuceaba su gramática, en múltiples adaptaciones que probaban posibilidades formales. Sin embargo, fue la versión de 1939 —esa maqueta de tecnicolor que cristalizó un imaginario— la que impuso un modo de ver a Oz: colores que funcionan como acusación y consuelo, una separación limpia entre lo bueno y lo malo y una iconografía que se volvió patrimonio emocional colectivo. Esa película no solo adaptó una fábula, sino que la fijó en la retina de varias generaciones, convirtiendo ciertos elementos —los zapatos rojos, el camino amarillo, la figura del mago— en símbolos con vida propia. No hace falta ser ningún tipo de arqueólogo del cine para entender que cuando la cultura necesita reabrir un repertorio así, no busca otro remake flemático, sino que lo que desea es volver a discutir las piezas que dejó quietas la versión que todos conocemos.

El ascenso cultural que conecta a la película de 1939 de Victor Fleming con Wicked —la novela de Gregory Maguire publicada en 1995— es un procedimiento típico de la modernidad tardía: tomar un mito domesticado por la industria y desarmarlo para ver qué partes sangran. Maguire escribió una novela que era, ante todo, un gesto simultáneamente reverencial y corrosivo. Recuperaba personajes, los desbordaba con política y ambigüedad moral, y proponía que la historia de Oz no era tan pulcra como la recordábamos. Su Wicked es una reescritura que pone el trasfondo sobre la mesa: racismo, política de masas, poder fáustico y una economía simbólica donde la etiqueta "buena" o "mala" pesa más por construcción social que por esencia. No es una novela amable, es un trabajo que revisa el precio de los relatos edificantes y obliga a preguntarse qué verdades convenientemente ignoradas sostienen los mitos que nos duermen.

De la novela al musical hubo un salto que convirtió la corrosión en espectáculo: Wicked en Broadway, con música de Stephen Schwartz y libreto que toma distancia del pesimismo novelesco para recuperar cierta luminosidad popular. El musical —estrenado en 2003— apela a la musculatura emotiva de la platea: coros potentes, puentes que despegan y la clase de canciones que se alojan en la memoria colectiva. En ese traslado, el subtexto político se suaviza. La historia se vuelve más universal y más amable. El conflicto se mantiene, pero la dramaturgia busca el abrazo final más que la exposición lapidaria. Resultó ser, también, una decisión comercial brillante: Wicked se convirtió en fenómeno global, franquicia de merchandising, fiesta de cosplay y una máquina de recaudación que hizo del backstory de la Bruja una mina de oro emocional. Canciones como “Defying Gravity” o “Popular” adquirieron vida propia: no solo funcionan en escena, sino que se transformaron en himnos que prometen catarsis y, de paso, merchandising.

Entonces llegó el cine. El primer film de Jon M. Chu, Wicked —la primera parte estrenada en 2024—, asumió la obligación aparentemente imposible de llevar al gran público esa mixtura de espectáculo y ambigüedad. Con Cynthia Erivo como Elphaba y Ariana Grande como Glinda, y bajo la batuta visual de Chu, la película se posicionó como un caso de estudio: logra revivir la teatralidad de Broadway sin que el cine pierda su lenguaje. Fue, además, un éxito industrial —recaudó cifras que redefinieron el techo de lo que puede hacer una adaptación de musical en cines y cosechó nominaciones y premios importantes el año pasado— y, en lo estético, recuperó el tono pop sin traicionar el núcleo emotivo del material. Los números no son anécdota: la primera entrega se consolidó como la adaptación de musical más taquillera de la era reciente y se ganó un lugar en la conversación crítica y en la cartelera global.

La producción pensó desde el inicio algo mayor: las dos películas se filmaron en simultáneo —una operación logística y creativa que volvió a Chu responsable de un proyecto bifronte— y, al año del estreno de la primera, llegó Wicked: For Good (2025), la segunda parte destinada a cerrar la historia de Elphaba y Glinda. Si la primera funcionaba como punto de partida —presentación, motor emotivo, anclaje de personajes—, esta segunda promesa es lo que la mitología pide cuando quiere completarse: confrontación, consecuencias y una cierta idea de cierre que respete la epicidad del relato. La premisa de For Good plantea, además, una pregunta que late desde la misma génesis de Maguire: ¿qué pasa con la idea de “bueno” cuando el sistema que la legitima está corrupto? El film intenta responderlo sin perder la pulpa emocional que el público busca, y por eso se presenta a la vez como continuación y como revisión.

"Wicked: For Good" (2025), Jon M. Chu

La premiere mundial de Wicked: For Good en São Paulo, a la que LatidoBEAT asistió, fue una escena que merece la forma de crónica, porque ahí se vio con claridad lo que este fenómeno produce: una multitud en el Suhai Music Hall disfrazada, sincronizada, convertida en conjunto reactivo que celebra en coro cada línea, cada gesto, incluso cada silencio diseñado para provocar un gemido colectivo. Al festival de afectos asistieron Jon M. Chu y Cynthia Erivo —y también Jonathan Bailey, cuyo reciente título mediático de “hombre más sexy del mundo” según People se convirtió en chiste recurrente del backstage mientras él se reía mirando alrededor, consciente del rol que la prensa le adjudica—. Ariana Grande, sin embargo, tuvo que cancelar su vuelo en el último momento por un problema al abordar. Envió un video a la platea donde pidió disculpas y las fanáticas brasileras estallaron en llanto, situación que demostró una vez más la íntima relación entre artista y público en este caso; la ausencia puede ser tan performativa como la presencia.

En la premiere hubo, además, un gesto de esos que dan vida a cualquier estreno: Gloria Groove subió al escenario y versionó en portugués “Defying Gravity” y “Popular”, un remix cultural que transformó los himnos de Broadway en algo local y eléctrico. Cynthia Erivo, por su parte, subió con una cámara digital de mano para filmar el backstage, un gesto simple que pareció estar pensado como contrabalance a la monumentalidad de todo lo que ocurría: filmar lo efímero para guardarlo.

Luego del estreno, en conversación con LatidoBEAT, Jon M. Chu habló de cómo el fenómeno se replicó en cada ciudad que han visitado para estrenar: “En todos los lugares a los que vamos la energía es simplemente contagiosa. A veces termino temblando después, de lo fuerte que se siente”, comentó el director de ambas partes. La frase no es un post it emocional, es más bien un termómetro. Registra que el proyecto dejó de ser una película para transformarse en infraestructura afectiva, en algo que electrifica a quien lo produce tanto como a quien lo consume. Ese temblor del director no solo habla del cariño del público, sino de la exigencia habitual de Chu: producir espectáculo sin perder una sensibilidad precisa por el detalle emocional.

"Wicked: For Good" (2025), Jon M. Chu

Jon M. Chu no es un nombre cualquiera en el cine comercial contemporáneo. El director, que llegó a la masividad con Crazy Rich Asians (2018) y traspasó el terreno del musical con In the Heights (2021), es alguien para quien el color, la composición y la puesta en escena son herramientas de empatía colectiva. In the Heights y Wicked comparten algo más que gustos por la coreografía y la cámara móvil. Comparten la idea de que el cine musical puede ser una manera de mapear comunidades y narrativas de pertenencia. Chu piensa en el musical como un instrumento de visibilización: no solo monta números que “se ven bonitos”, sino que articula una política de la mirada donde cada plano sostiene una hipótesis sobre quién merece ser visto y cómo.

Esa hipótesis, en Wicked y sobre todo en Wicked: For Good, se articula como reinterpretación del tejido social que rodea a los personajes. En In the Heights la atención estaba puesta en el barrio, en las capas de deseo y precariedad que ahí coexisten; en Wicked la atención recae sobre la historia que la sociedad cuenta de sí misma. Qué nombres elige destacar, qué personajes conviene demonizar, qué silencios administra la propaganda. Desde esa idea, la segunda película opera como una desmitificación: revisita la historia del Mago —los compañeros de Dorothy, los zapatos rojos, el camino amarillo— y, al hacerlo, desentierra cómo ciertos símbolos fueron politizados y naturalizados para sostener intereses. Pero Chu y su equipo, sabiamente, no quieren triturar el relato en un ardid teórico; prefieren trabajar desde la emoción. Profundizan en Elphaba —su relación con los animales, su exilio, su construcción ética— sin abandonar del todo la ligereza que el público pide. Ese equilibrio, complicado y a veces imperfecto, es en buena medida lo que distingue a For Good de su antecesora.

En el corazón de esta segunda entrega hay decisiones estéticas que rayan en la adaptación responsable: tomar lo que funciona del musical, conservar números demoledores —aunque algunas de las canciones nuevas no siempre alcancen la impronta de las del primer film— y, sobre todo, hacer elecciones dramáticas que reubican a Elphaba como sujeto histórico y a Glinda como su contrapeso público. Chu lo sintetizó con su habitual mezcla de humus y frase larga: “Es interesante cuando interpretás una obra que ya es a su vez una interpretación de otra obra, que también interpretaba un clásico. Todos vamos dejando miguitas de pan en ese camino. Y después llega el momento de preguntarte: ¿qué quiero aportar yo a esta idea sobre los sueños, sobre alcanzar metas, sobre estar juntos, sobre encontrar tu corazón, tu cabeza y tu hogar? Para mí, esa fue siempre la gran oportunidad al enfrentar esta película”, comenta Chu a LatidoBEAT.

Jon M. Chu en entrevista con LatidoBEAT

Jon M. Chu en entrevista con LatidoBEAT

“En última instancia, queríamos encontrar la verdad en el material, lo que significaba hoy para nosotros. Y gran mérito de eso es de Winnie Holzman y Dana Fox, que adaptaron especialmente la segunda parte. Esta entrega es la razón por la que hicimos esta película, la segunda parte somos nosotros”, continúa.

Es decir, para Chu, la película es un trabajo de capas —interpretar una obra que interpreta otra— y una oportunidad para decidir qué historias merecen sobrevivir y cómo se les explica a los chicos que el mundo no siempre viene envuelto en certezas. La segunda mitad, dice, es “la carne” del proyecto: allí está el pulso que justificó filmar ambas partes: “Es el centro de esa reflexión sobre las historias de la infancia cuando se nos derrumban delante de los ojos y debemos decidir qué historias queremos contarles a los niños. ¿Queremos que crean en los mismos grandes sueños que tuvimos nosotros? Capaz ya no es tan limpio ni tan fácil como parecía en los cuentos de hadas. Capaz que hay que darles más herramientas: decirles ‘va a ser difícil, pero tenemos que mirarnos y hablar´”, reflexiona pantalla mediante: “Y para mí, lo más hermoso de esta película es que Ari y Cynthia aportan una verdad absolutamente vulnerable que es innegable. Estés en Oz, en el espacio o donde sea: se trata de ser humanos”. 

Esa “carne” se sostiene, en gran medida, en las interpretaciones. Cynthia Erivo compone una Elphaba que sigue siendo eje moral. No una santa, sino una figura cuya ética choca contra la maquinaria del poder y con la soledad que produce el disenso. Ariana Grande, por su lado, convierte a Glinda en un personaje que roba la pantalla cada vez que aparece —no por artificio superficial, sino porque su arco dramático se vuelve, en esta segunda parte, un examen público sobre la performatividad del bien. Glinda ya no es solo la chica del vestido rosa; es una celebridad política que debe sostener un rol mientras su mundo interior se resquebraja. La atracción de la película está precisamente en ese desplazamiento: si Elphaba es la conciencia que resiste, Glinda es la conciencia que negocia. Y ambas, juntas, reconstruyen la pregunta central de Maguire: ¿quién escribe las historias que recomiendan la obediencia?

Ariana Grande en entrevista con LatidoBEAT

Ariana Grande en entrevista con LatidoBEAT

Sobre eso habló Ariana Grande con LatidoBEAT, también luego del estreno de la película en São Paulo, pidiendo disculpas por no haber podido participar del estreno, pero celebrando el breve encuentro virtual: “Creo que es un viaje hacia su punto de quiebre. Glinda conoce la verdad, y al comienzo no puede hacer demasiado porque todavía no tiene las herramientas. Además, está atravesando el duelo por la amistad con su mejor amiga: ella decidió irse, y yo decidí quedarme. Y una parte enorme del duelo es la negación. Así que Glinda trata de ocultar la verdad todo lo que puede, de ‘actuar’ como si nada”, comenta la actriz y cantante sobre su personaje.

“Pero eso solo funciona por un tiempo, finalmente la vemos quebrarse. Tiene a todo el mundo diciéndole lo querida y lo buena que es, y sin embargo nada de eso le significa algo. Entonces la vemos enfrentar la verdad y decidir volverse realmente buena en esta película. Estoy muy agradecida por ese recorrido, por ese arco”. Como dice Grande, Glinda atraviesa una negación performativa, una tarea de duelo por la amistad rota, hasta llegar a una decisión que no es capricho estético, sino una reapropiación de su agencia.

Todo esto desemboca en una conclusión probable: Wicked: For Good funciona porque mantiene la doble promesa de la franquicia original y de la reforma crítica de Maguire. Es luminosa, híper entretenida y fiel al músculo emotivo que exige el público masivo. Al mismo tiempo, intenta hurgar en los conflictos íntimos de sus personajes y en la relación con la figura del Mago —un asunto complejo porque los derechos sobre la versión fílmica de 1939 y ciertas iconografías siguen siendo territorio sensible y, de hecho, la saga cinematográfica opera con cuidado respecto a qué aspectos del clásico incorpora y cuáles evita por cuestiones de derechos. Además, aunque la película incorpora canciones nuevas —algunas compuestas específicamente para la pantalla—, es verdad que ninguna alcanza el inmediato magnetismo popular de los himnos de la primera parte; sin embargo, cumplen una función dramática: sirven al relato, empujan los arcos y organizan emociones más que conquistar el hit instantáneo.

"Wicked: For Good" (2025), Jon M. Chu

En esa dirección, la propia Ariana Grande condensa el significado final del viaje de Glinda: “Me encantaría que lo que recordaran de ella fuera su fortaleza. Creo que lo más fuerte que alguien puede hacer en este mundo es mirarse a sí mismo y ver cómo puede mejorar y crecer. Siempre tenemos que seguir aprendiendo y, cuando lo hacemos, recibimos mucha magia a cambio”. No se trata de la fuerza que se exhibe, sino de la que se conquista al derrumbar lo que parecía incuestionable.

Wicked: For Good abraza justamente esa revelación: que los cuentos no cambian cuando llega una heroína nueva, sino cuando una protagonista decide dejar de actuar el papel que le escribieron otros. Y en ese gesto —tan íntimo como político— Elphaba y Glinda dejan de ser brujas opuestas para convertirse en las arquitectas de una historia que ya no necesita de un mago para sostener su ilusión. Porque la verdadera magia, la que sobrevive más allá del escenario y la pantalla, es aceptar que el destino no se cumple, se elige.

Wicked: For Good se estrenó el pasado 18 de noviembre en cines en Uruguay. Podés ver todas las funciones en nuestra cartelera.

Por Nicolás Medina
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