Documento sin título
Contenido creado por Sofia Durand
Cine
Todo tiene un costo

“Fue solo un accidente”: la violencia como herencia y la justicia como pregunta abierta

Ganadora de la Palma de Oro en el Festival de Cannes 2025, la película combina tensión narrativa con una lectura política directa.

13.01.2026 15:17

Lectura: 6'

2026-01-13T15:17:00-03:00
Compartir en

Por Sofía Lust
lust.sofia

Un hombre cree reconocer por azar a quien fue su torturador. No hay confirmación inmediata, no hay pruebas concluyentes, solo una sospecha persistente que se transforma en el motor narrativo. Así comienza la nueva película de Jafar Panahi. 

A partir de ese gesto inicial, Fue solo un accidente (2025) construye un relato que no avanza por la vía del thriller clásico ni del drama judicial, sino por la acumulación de tensiones morales, silencios y decisiones que nunca terminan de cerrarse.

La historia sigue a Vahid, un mecánico iraní y ex preso político que cree reconocer en Rashid —un hombre con una pierna prostética— a Eghbal, uno de sus torturadores de prisión. Impulsado por esa sospecha, Vahid decide secuestrar a Rashid junto a otros antiguos compañeros de encierro para llevarlo al desierto y obligarlo a enfrentar su pasado.

La película explora el conflicto interno del grupo, la duda sobre la identidad del hombre y la pregunta de qué significa buscar justicia o venganza, sin pruebas concluyentes. La historia combina tensión, humor negro y debates éticos sin ofrecer una resolución definitiva sobre la culpabilidad de Rashid ni sobre el destino final de los protagonistas.

Panahi elige contar esta historia desde la contención. La película se mueve en un registro de tipo cotidiano, donde la violencia no aparece como espectáculo sino como recuerdo, como marca física y psicológica que sigue operando aun cuando el sistema que la produjo ya no está presente de manera visible. Esa elección formal es clave para entender Fue solo un accidente

El grupo de personajes que se ve involucrado en el posible secuestro del hombre sospechado es heterogéneo. Cada uno arrastra una relación distinta con el pasado, con el castigo y con la idea de justicia. Panahi los presenta como personas atravesadas por experiencias concretas. Lo que emerge no es una discusión teórica sobre el bien y el mal, sino una serie de fricciones prácticas sobre qué hacer cuando el daño ya fue hecho y no existe una vía institucional que lo repare.

La puesta en escena refuerza esa ambigüedad. La cámara se mantiene cerca de los actores, observa los gestos mínimos, registra sus dudas, discusiones mal resueltas y los momentos de espera. El tiempo parece estirarse en escenas donde lo que importa es la incapacidad de avanzar hacia una decisión definitiva.

Uno de los rasgos más interesantes de Fue solo un accidente es su manejo del humor. El humor que surge de situaciones absurdas, de contradicciones internas, de diálogos que revelan lo ridículo de ciertas jerarquías o discursos aprendidos. Ese humor no suaviza el conflicto, lo vuelve más perturbador. La risa aparece, pero queda rápidamente atrapada en una incomodidad que la película no intenta resolver.

En ese sentido, el film dialoga con una tradición del cine iraní que utiliza lo cotidiano como espacio político. La trayectoria de Jafar Panahi está marcada por una relación directa y conflictiva con el poder. Desde hace décadas, su cine se construye en diálogo con la censura, las prohibiciones y las limitaciones impuestas por el Estado iraní como una práctica sostenida de resistencia cotidiana. Panahi filma desde un lugar donde hacer cine es, en sí mismo, un acto político.

"Fue solo un accidente" (2025), Jafar Panahi

A lo largo de su obra, Panahi desarrolló un estilo que privilegia la economía narrativa y la cercanía con los personajes. Trabaja con situaciones aparentemente simples que se complejizan a medida que avanzan, y con una puesta en escena que no busca imponerse sobre el relato. Esa forma de filmar responde a una decisión ética y política más que a una estética de la precariedad: mirar de frente, sin dramatización excesiva, sin soluciones prefabricadas. En ese sentido, Fue solo un accidente se inscribe con claridad en una línea autoral reconocible, pero también exhibe un tono más áspero y directo.

El personaje del hombre acusado de haber sido torturador nunca es presentado de manera unívoca. Panahi evita convertirlo en villano evidente o en víctima rehabilitada. La película trabaja sobre esa zona gris con insistencia, incomodando al espectador que espera una confirmación clara para justificar una postura moral. La pregunta que atraviesa el film no es si merece castigo, sino quién tiene derecho a decidirlo y bajo qué condiciones.

Esa indefinición es uno de los gestos más potentes de la película. Panahi no propone una salida ni una moraleja. La justicia en este universo es el verdadero problema. El film sugiere que cuando el Estado falla o se vuelve cómplice de la violencia, las alternativas que quedan son siempre insuficientes y peligrosas.

Su recepción fue muy fuerte desde su estreno en Cannes 2025, donde compitió en Selección Oficial y terminó llevándose la Palma de Oro. El premio se leyó como un reconocimiento doble: por un lado, a la película en sí, y por otro, al recorrido de Panahi como cineasta que siguió filmando pese a años de restricciones y persecución. En la cobertura internacional, la conversación se concentró en el modo en que el film combina tensión narrativa con una lectura política directa sin volverse panfletario.

"Fue solo un accidente" (2025), Jafar Panahi

Más allá de Cannes, el recorrido por festivales y premios siguió sumando validación. Entre los reconocimientos listados públicamente figuran el Sydney Film Prize en el Sydney Film Festival y premios en festivales de circuito estadounidense, incluyendo galardones de audiencia.

La película funciona porque no te deja acomodarte en una lectura prolija. Arranca con un reconocimiento que puede ser cierto o puede ser un error, y a partir de ahí obliga a mirar cómo opera la violencia cuando no hay tribunales confiables ni reparación posible. Lo más duro no es el secuestro en sí, es lo que viene después: la necesidad de confirmar, el desacuerdo entre sobrevivientes, la tentación de repetir las mismas lógicas que los destruyeron.

Que haya ganado la Palma de Oro en Cannes 2025 es un indicador de su impacto, de cómo la película convirtió una situación concreta en una discusión urgente. Y el hecho de que también generara respuesta política real, incluso tensiones diplomáticas por cómo se leyó el film como “resistencia”, termina de cerrar el cuadro: Panahi no está filmando sobre la represión desde una distancia cómoda, está filmando desde adentro de sus consecuencias. Lo que queda al final no es una conclusión clara; es la evidencia de que ninguna decisión posible está libre de costo.

Por Sofía Lust
lust.sofia