Documento sin título
Contenido creado por Catalina Zabala
Cine
Llagas en la piel

“Frankenstein” al cine: el intento de adaptar el monstruo romántico a nuestro siglo

La película, dirigida por Guillermo del Toro, se estrenó en Netflix el 7 de noviembre y buscó dar vida al monstruo de Mary Shelley.

13.11.2025 17:02

Lectura: 8'

2025-11-13T17:02:00-03:00
Compartir en

Por Catalina Zabala
catazabalaa

“Una triste noche de noviembre contemplé la culminación de mi trabajo”.

El pasaje más relevante de Frankenstein o el moderno Prometeo (1818) es oscuro, tormentoso, turbulento. Es la anécdota de un hombre cegado por su ambición, que toma conciencia de lo escandaloso de su pecado. De la gravedad de su transgresión. Y de que el monstruo, en verdad, reside en él mismo.

Frankenstein o el moderno Prometeo de Mary Shelley fue síntoma de enfermedad. Es el diario de una mujer aborrecida de lo que la rodeaba. Dioses que murieron; hombres que intentaban sustituirlos con sed violenta. La revolución industrial venía arrasando con todo lo que encontraba a su paso, y en el campo de la ciencia, movimientos como el galvanismo —producción de fenómenos fisiológicos mediante corrientes eléctricas— estaban en auge. El hombre del momento se obsesionaba —consciente de ello o no— con cruzar el límite entre la vida y la muerte, y clavar su bandera de conquista. Hombres concentrados en la figura de Víctor Frankenstein, nombre que significa “conquista”. La ciencia sentía la imperiosa necesidad de recuperar todo el tiempo perdido. De alejarse de aquellos siglos católicos recordados como oscuros en los que el conocimiento empírico no había podido florecer. Y ahora, sin ataduras, el científico soñaba.

Pero el aire de grandeza hacía llagas en la piel de los románticos. Artistas de un movimiento de vanguardia que analizaba estos cambios y los padecía. Que conocía las limitaciones de la razón humana y que optaba, por su parte, por escuchar el susurro que reside en esta misma piel. Que les latía en el pecho. De esos que la cabeza no traduce en ninguna época.

"Frankenstein" (2025), Guillermo del Toro

Como una especie de falla racial y equivocación que el ser humano no se cansa de cometer, Shelley lo advertía desde el título, recordando a Prometeo. Aquel titán de la mitología griega que robaba el fuego para regalarlo al hombre, y obsequiarle la posibilidad del progreso, desafiando la autoridad de Zeus. Porque domar al mundo está en nuestra carga genética.

Y así, junto a Víctor, nombre que significa “vencedor” o “conquistador”, la autora denunciaba el ego del propio humano. Su necedad para ver las fuerzas sobrenaturales que rigen los acontecimientos. Aquella máquina de guerra que arrasaba con la naturaleza y la volvía maligna. Para los antiguos griegos, el pecado de hybris: la arrogancia que lleva al hombre a transgredir los límites que se le impusieron como especie. A ocupar el lugar de Dios.

La historia de Frankenstein es una historia de horror. Pero no un horror frente al monstruo desconocido que se acerca para atacarnos. Es un horror más tácito e inenarrable. Es el terror hacia uno mismo y lo que puede llegar a hacer cegado por la ambición. Las consecuencias de tocar lo profano y jugar con el diablo. Con aquello que, por ley natural, no se debe hacer.

"Frankenstein" (2025), Guillermo del Toro

Porque la historia de terror no empieza con el monstruo que recibe la vida y es maltratado en todos los contextos, sino con un hombre que transgrede lo intocable. Que atenta contra la vida —incluso la propia— para calmar su sed egocéntrica. En palabras de Víctor en la novela, “quien no haya experimentado la irresistible atracción de la ciencia no podrá comprender su tiranía”. Es un hombre que se pierde a sí mismo buscando poder. El relato se cuenta a sí mismo, porque es la historia de la propia humanidad.

Guillermo del Toro quiso trasladar el mundo de Shelley al espectador del siglo XXI de una manera más sencilla, pero el resumen coartó al mensaje. En las adaptaciones, las historias sufren modificaciones. Cambios en los personajes, en los acontecimientos, en los diálogos. Muchas veces, dichas modificaciones responden a una cuestión de formato: cómo contar la misma historia con herramientas completamente diferentes. Pero en este caso se optó por volverla más literal y, a su vez, mantener al espectador atento desde lo visual. El espectáculo de Hollywood. Elementos a los cuales la historia original no apuntaba.

Una primera escena de un monstruo que ruge, ataca y mueve barcos balleneros con sus brazos. Más adelante, el debate en un tribunal sobre la vida y la muerte, y el afán de Víctor Frankenstein de vencerla como un planteo totalmente consciente y procesado, fruto del trauma de la muerte de su madre. Y para demostrarlo, un pedazo de humano que se mueve por aparente voluntad propia como el trailer de lo que será su creación. La propuesta de Guillermo del Toro subestima la capacidad de análisis del espectador, que parece incapaz de entender una metáfora o un planteo en forma de subtexto. Hay que darle las ideas masticadas, las conclusiones ya sacadas, para que no se canse.

"Frankenstein" (2025), Guillermo del Toro

Las adaptaciones también van por la línea de lo coyuntural histórico, y a veces el formato las exige. Pero la resolución que eligen lleva a lo mismo, al espectáculo. A los recursos ya conocidos y necesarios para la seducción del espectador. Presentar al Victor enamorado de Elizabeth y concretando su amor, siendo su prima y con quien se crió, podría no funcionar en pleno 2025. Pero en la película, Elizabeth es presentada como la prometida de un hermano de Víctor que no figura en la novela. Aquí el amor de Víctor no es correspondido, pero elaborar un vínculo de complicidad entre la mujer y el monstruo, que roza lo prohibido, tampoco cuadra. Parece un intento de incluir un atisbo de amor de pareja en una historia que no lo tiene, cuando en la novela, los personajes no llegan a conocerse.

Otro punto fuerte que varía es el primer encuentro entre creador y creatura. Traumado de sí mismo y lo que fue capaz de hacer, totalmente asqueado de su oscuro secreto, Víctor se escapa y entierra al monstruo en su memoria. El peso de su mente lo consume por dentro y cae enfermo. Los días pasan y se llega a preguntar, incluso, si todo fue producto de su imaginación. Pero la película trastoca los hechos: parece quererlo desde el inicio, busca enseñarle y educarlo, y lo muestra a su hermano y su prometida orgulloso de su trofeo. No es hasta el transcurso de varios días y de la dificultad del proceso educativo, que se cansa e incendia el recinto para matar al monstruo.

Los acontecimientos se narran con mayor fidelidad cuando comienza a hablar el monstruo. Aparece, en forma de subtexto, la tabula rasa de John Locke. "El buen salvaje” de Rousseau. Los dogmas románticos que entendían al ser humano como un ser intrínsecamente bueno que se corrompe con la vida en sociedad y, en última instancia, los estragos de la revolución industrial. Un bicho bueno que vaga por el mundo en busca de un afecto que nadie le va a otorgar. En palabras de la propia Shelley, “por todas partes veo dicha, de la que solo yo estoy irrevocablemente excluido”.

"Frankenstein" (2025), Guillermo del Toro

Quizás buscando resumir la historia, Guillermo del Toro concentra las acciones de ira del monstruo. La mayoría de las muertes y los desenlaces fatales que provoca, por decisión propia o de manera colateral, no se incluyen en la película. En su lugar, la ira es volcada en Víctor de manera absoluta, quien es perseguido como presa eterna de su lamentable creación. La inocencia y la pena irremediable de la criatura en el libro es transformada en odio inquebrantable.

A nivel estético y visual la película es difícil, y lógicamente ambiciosa. Pero se echan en falta algunas decisiones para las que la atmósfera literaria se prestaba: más escenas en la noche, tormentas y síntomas naturales poco beneficiosos, el clima lúgubre y sublime que buscaban los románticos de manera incesante. Porque estos escapaban de la luz de la ciencia y se refugiaban en la noche. Monstruos, tormentas, edificios en ruina, caos. Una atmósfera ampliamente mejor lograda en Mary Shelley (2017), la biopic de su autora. Las bases parecían ya edificadas. Pero en Frankenstein de Guillermo del Toro brilla el sol, hay colores, la maquinaria se exhibe y se muestra como algo mágico. Y, en un gran edificio abandonado y poco fiel a su época, reside un científico loco, ambicioso y orgulloso de sus conocimientos.

La interpretación de los roles protagónicos, Oscar Isaac como Víctor Frankenstein y Jacob Elordi como el monstruo, son suficientes y cumplen con las expectativas que implicaban sus roles ambiciosos, aunque estos se vean desdibujados por el propio guion. El riesgo de adaptar un clásico está en las expectativas que genera. En el relato mantenido y consagrado generación tras generación, casi como una cuestión sagrada e intocable. Quizás no se trate de una falla y de una meta no alcanzada. Probablemente haya sido, simplemente, otra búsqueda. Una que termina rebajando el planteo revolucionario de su época y lo transforma en un cuento más digerible para quienes se acercan al monstruo a través de la pantalla.

Por Catalina Zabala
catazabalaa