Por Delfina Montagna | @delfi.montagna
Ocho años de silencio, 10 sin encontrarse con su padre. Un texto publicado con un título desafortunado. Una visita inminente. 48 horas antes de que su padre regresara narradas no en capítulos, sino en días de espera.
Bailar, producir intimidad y silencio. Una forma de dejar afuera al mundo entero, de poner a cada cosa en su cajita. De poner afuera lo que ya existe dentro. Elaboraciones sobre el acto de escribir a las que la periodista llega de la mano de citas de otros autores, un mecanismo al que le cuesta entregarse — siempre miró con cierto recelo a esos autores que no hacen más que parafrasear a otros, pero es el único método posible para adentrarse en este exorcismo —. Hacia el final, la escritora se retrata a sí misma como una criatura que necesita tomarse de la mano de alguien para entrar al mar, rol que cumplieron cada uno de los autores que la acompañan en este libro. Encajadas en su biografía y en esta espera, las frases de otros quedan lejos de ser una simple colección o un surtido para subirse a los hombros de gigantes. Está la interpretación, la elaboración y la encarnación de cada uno de esos aprendizajes. Citas que se saben con los huesos.
Aquel primer texto que Licitra publicó con disimulo sobre la relación con su padre surgía de la pregunta sobre cómo se rompe un lazo que está construido para resistir casi todo. El disimulo no fue falto de rigor: el texto se publicó en la revista brasileña Piauí, de difusión impresa y a la que hay que estar suscripto para acceder. Un editor toma la decisión de titular “Historia de un abandono”. El texto lleva su firma.
Josefina Licitra (La Plata, 1975) es una referente de la crónica periodística en Argentina. Ganó el premio Gabriel García Márquez de Periodismo en 2004 por "Pollita en fuga", una crónica publicada en Rolling Stone en julio de 2003. Además, ha escrito en medios argentinos como Clarín, La Nación, Perfil y Crítica, y en extranjeros: Marie Claire, Interviú, Gatopardo, El Malpensante, Etiqueta Negra y Feuilleton.
Claro que sería reduccionista pensar que el conflicto se resume en ese desliz en la titulación, pero no es menor. Después de una distancia con toda esa rama familiar, algunos lazos se reconstruyen, pero nunca el paterno. Eso le genera un bloqueo total para escribir, problema que Licitra sabe que solo puede resolver metiéndose en la boca del lobo, escribiendo sobre su padre una vez más.
La historia familiar puede resumirse así: dos militantes de la Universidad de La Plata devotos a “la orga” que dicta las coordenadas de sus vidas son padres a los veinte años. Ella, estudiante de Psicología y militante en los Grupos Revolucionarios de Base. Él, estudiante de Arquitectura — y luego de Historia— y militante en los Grupos Marxistas Revolucionarios. La dictadura transforma rápidamente la historia en una de fuga, clandestinidad y nomadismo. En La Plata, mudanza tras mudanza, comunidades o amigos que pueden alojar a la pareja e hija. En Buenos Aires, un hogar donde se reúnen militantes, se hacen trabajos gráficos y se guardan armas debajo de la cama de Josefina.
Foto: Fundación Gabo
A los 24 años, el padre de la escritora se va a España, país asignado por la orga. Quizás no sería del todo correcto decir “a la espera” de que su hija y pareja se le unan, un término demasiado específico. Pero el recorrido de esta crónica muestra que esa imagen de la familia completa, con todos sus integrantes reunidos, no fue una garantía ni desapareció de un día para el otro. Más bien estuvo merodeando, como una nubosidad variable. Como una posibilidad que se fuera desintegrando con el correr de los años, entre visitas a España y encuentros en la “zona franca” de Uruguay, cuando a Licitra padre todavía le resultaba riesgoso entrar en su país natal.
Como una explosión, las cuchillas de esta herida se disipan en mil direcciones. Hay muchos cortes en los que hurgar: alcanza con pensar en una madre a la que le faltaba un año para terminar la carrera de Psicología, y tiene que ir a buscar a su hija corriendo al jardín porque los militares tocan su puerta buscándola. Corriendo a refugiarse en Buenos Aires a los 26 años, se enfrenta con el siguiente panorama. En la Universidad de La Plata, la carrera de Psicología directamente se cierra. En la Universidad de Buenos Aires, como respuesta, se descartan casi todas las materias “ideologizadas” y no queda nada en pie.
Narrando los recuerdos de su infancia en tiempo presente, Licitra toma fuerza, ritmo y contraste. Es un salpicado rápido, claro, repleto de ternura pero también de distancia, construye su belleza narrativa en la ambivalencia —como muchas de las imágenes de la niñez, que siempre tienden a resultarnos agridulces y nostálgicas—.
Si por un instante somos capaces de poner pausa al juicio moral, si podemos evitar saltar a conclusiones inmediatas, este libro nos muestra mil millones de matices para aprender sobre el pensamiento social, los ideales, y los vínculos más íntimos. La investigación para otro de sus libros, 38 estrellas (2018) —donde cuenta la fuga de las presas políticas uruguayas del Movimiento Tupamaro en 1971— pudo ahondar en la relación entre militancia de izquierda y progenie desde otra perspectiva: mientras que algunas corrientes no ven con buenos ojos el tener hijos, otras lo incentivan como un medio para la revolución. Muchas familias se separan para dejar a los y las niñas en mejores manos, en entornos más seguros.
Estos movimientos y corrientes militantes se fundan en otras corrientes filosóficas, con ideas claras y tajantes sobre qué es el individuo, cuál es su importancia. La autora cuenta que sería fácil para ella recaer en preguntas algo acusatorias: “¿Por qué mis padres guardaban armas bajo mi cama? ¿Por qué me expusieron a ser robada y criada por una pareja de monstruos? ¿Un millón de niños del mundo vale más que un niño del mundo? ¿Mi vida fue ponderada en términos estadísticos?”. Pero, recalcula, nadie —ni la militancia ni ella misma— tiene una razón valedera y legítima para traer personas al mundo, ni nadie lo hace de forma perfecta.
No es raro escuchar que para superar una fobia hay que mirar al objeto miedo directo a los ojos. Esta crónica es un claro ejemplo: si fue un texto sobre su historia familiar el que paralizó a la autora para escribir, será un texto sobre su historia familiar el que permita superar esa parálisis. Así, se van desmadejando esas dos cosas en paralelo. La relación con la escritura y con el trauma del exilio. En ese entramado se ve, además, que son elementos emparentados desde un principio, si las primeras escrituras de la autora fueron cartas dirigidas a su padre al otro lado del océano Atlántico.
Siete días son los que padre e hija están en un mismo país. En esa espera se desentraña la historia de su abuela paterna, de su tía, de su madre: cómo se llegó precisamente a este punto. La periodista escribe desde esa tensión, consciente de que la distancia no se mide en kilómetros ni en años, sino en los silencios que se acumulan. El encuentro con el padre, más que un punto final, es una grieta por donde se cuela una forma distinta de mirar el pasado. No con indulgencia ni con furia, sino con un tipo de claridad que solo llega después de escribir. Con esa herida, termina encontrando en la palabra un linaje posible, un modo de pertenecer sin obedecer.
Y ahí radica la potencia del libro: no en el ajuste de cuentas, sino en la calma posterior. En la posibilidad de narrar sin destruir, de registrar sin volver a huir. Licitra logra que la memoria deje de ser un campo minado, para volverse un territorio donde se puede caminar con los ojos abiertos.
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