Por Juampa Barbero | @juampabarbero
¿Qué da más miedo: un demonio en el placar o la tristeza que no se suelta? Hay películas que dividen al público, y Bring Her Back (2025) se planta en ese terreno incómodo en el que los amantes del género discuten como si estuvieran defendiendo su equipo de fútbol. Para algunos, la obra de Danny y Michael Philippou es una joya pulida con bisturí; para otros, no es más que un globo inflado con aire festivalero que, en vez de miedo, entrega lágrimas. Y ahí está el primer pecado: ¿acaso una película de terror no debería dar miedo? ¿O todavía seguimos reduciendo al género a un simple “me asusté/no me asusté”?
Porque Bring Her Back no juega en esa liga fácil de los sustos de feria. No hay payasos saltando del placar ni demonios de utilería. Lo que ofrece es algo más espinoso: un dolor enquistado, una tristeza que no necesita grandes artilugios para perforar la piel. Esa decisión estética y narrativa es lo que genera la grieta. Quienes llegan buscando la adrenalina de Talk to Me (2022) sienten que los Philippou les cambiaron la contraseña; los que entran abiertos a otra experiencia terminan devastados.
La ironía es que muchos detractores acusan a la película de “sobrevalorada”, como si hubiera una tabla objetiva para medir el valor del miedo. Lo dicen con la misma liviandad con la que alguien se queja de que un restaurante gourmet no tiene la porción gigante de papas fritas. Pero el terror no es un fast food. El bueno es alta cocina: a veces amarga, a veces ácida, siempre con un retrogusto que te acompaña semanas.
Y Bring Her Back es precisamente eso, un plato incómodo, melancólico, que no busca el grito sino el nudo en la garganta. Lo que incomoda no es lo sobrenatural —aunque lo hay, y perturbador— sino lo inevitablemente humano: la pérdida, la desesperación, la imposibilidad de soltar. Es curioso que muchos espectadores se indignen porque “no da miedo” cuando en realidad plantea algo mucho peor: un espejo sucio donde mirarse y descubrir la fragilidad propia.
Decir que no da miedo es casi un cumplido involuntario. Lo que no da es respiro. Lo que no ofrece es la posibilidad de esconderse en la butaca hasta que pase el susto. Bring Her Back te obliga a quedarte, a mirar de frente el abismo emocional de sus personajes, y lo hace con un pulso cruelmente calculado. No es entretenimiento ligero; es un duelo proyectado en pantalla.
Por eso la película se convierte en objeto de odio para algunos. Porque es más fácil tildar de “sobrevalorado” lo que no se puede domesticar. El espectador promedio de terror quiere saltar, reírse nervioso, comentar en Twitter que “me cagué todo” y listo. Aquí, en cambio, la conversación posterior no es sobre qué monstruo apareció en el tercer acto, sino sobre cómo se enfrenta el dolor cuando no hay vuelta atrás. Y claro, eso no vende tanto meme.
El reproche de lo “sobrevalorado” es casi un lugar común: aparece cada vez que una película de terror alcanza el radar mainstream. Pasó con Hereditary (2018), pasó con The Witch (2015), pasó con Talk To Me. Es como si el género solo pudiera justificarse a través del miedo inmediato, cuando en realidad lo que perdura es lo perturbador, lo que incomoda, lo que te deja masticando escenas en silencio. En ese terreno, Bring Her Back es más puñalada que susto.
Bring Her Back (2025)
El verdadero “terror” de la película no está en sus imágenes explícitas —aunque las tiene y son brutales— sino en la tristeza que arrastra. Una tristeza tan espesa que se pega en los huesos. Seamos honestos, ¿qué da más miedo que una tristeza imposible de borrar?
Lo traumático no desaparece. Hay escenas de una crudeza visual que resultan difíciles de olvidar, imágenes que se graban con la violencia de un accidente. Pero no es ahí pone el acento definitivo. El verdadero peso de Bring Her Back recae en la lenta constatación de que no siempre es posible recomponer lo roto, de que algunos vínculos, una vez atravesados por la tragedia, ya no encuentran retorno.
La discusión sobre si Bring Her Back es o no “terror” resulta, entonces, un debate vacío. Es terror en la medida en que la vida misma lo es: imprevisible, dolorosa, incapaz de darnos finales felices. Pero quienes siguen creyendo que el género se resume a un catálogo de espantos prefabricados nunca lo van a admitir. Para ellos, la película es un fraude solemne. Para otros, es la confirmación de que el terror contemporáneo puede ser algo más que un susto en loop.
Y ahí está lo fascinante: cuando parece que se agotaron las fórmulas, Bring Her Back elige el riesgo. ¿Se tropieza a veces en su ambición? Sí. ¿Puede ser solemne hasta la exageración? También. Pero a veces es preferible una película que se arriesgue a ser odiada antes que otra que se consuma como pochoclo descartable.
Bring Her Back (2025)
Al final, el debate no es si asusta o no asusta. El debate es qué queremos del terror. ¿Un entretenimiento pasajero o una experiencia que te carcoma el pecho días después? Bring Her Back eligió lo segundo, y en ese camino, inevitablemente, perdió a parte del público. Pero también ganó algo mucho más valioso: quedarse clavada en la memoria.
¿Quién dijo que angustiarse no puede ser la forma más brutal de asustarse? Quizá ahí radique su verdadera victoria. No en el miedo inmediato, sino en esa melancolía corrosiva que aparece cuando pensás en la película y te das cuenta de que, de alguna manera, también te está hablando a vos.
Todo se resume en una paradoja deliciosa: Bring Her Back es criticada por no ser suficientemente terrorífica, cuando en realidad lo que hace es expandir lo que el terror puede ser. No quiere solo helarte la sangre: quiere ensuciarte el corazón. Y en ese gesto incómodo, a medio camino entre la lágrima y el escalofrío, está su fuerza. Si eso es estar “sobrevalorada”, bendito sea el exceso.
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