Editorial
Columna, por Daniela Bluth

Volver a estar en el mapa

Lo de los últimos días en Uruguay, previo a la final de la Copa Libertadores superó todas las expectativas

02.12.2021 07:00

Lectura: 5'

2021-12-02T07:00:00
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Por Daniela Bluth

El fin de semana pasado Montevideo fue una fiesta. El partido por la final de la Copa Libertadores entre Flamengo y Palmeiras, que se jugó el sábado en el Estadio Centenario, transformó la ciudad. Y trascendió el gusto o no por el fútbol. Hacía meses que se venía especulando sobre las implicancias y consecuencias de uno de los partidos más esperados del año para el continente. Se habló de la reactivación para el sector turístico, de los efectos para el manejo de la pandemia, de las medidas de seguridad necesarias, de los antecedentes en Lima y de las características de las hinchadas. Las finales de la Copa Sudamericana y de la Libertadores Femenina, que se disputaron el fin de semana anterior, funcionaron como antesala. Pero lo de los últimos días superó todas las expectativas posibles. Hubo quienes bromearon sobre una nueva invasión brasileña. Y un poco de razón tenían.

Nunca antes —o al menos no en el pasado reciente— tantos aviones aterrizaron en los principales aeropuertos uruguayos. Según portales especializados, el sábado el Aeropuerto de Carrasco ya no disponía de horarios libres y el de Punta del Este no tenía capacidad en su plataforma para acomodar más aviones. El Ministerio de Defensa manejó la cifra de 200 vuelos chárter y 15 vuelos comerciales. “¡Se vive una jornada histórica en el @aerodecarrasco con nuestro gran equipo dejando todo en la cancha!”, tuitearon desde la cuenta oficial.

Además, en los meses previos y tras recibir una donación de vacunas acordada entre el gobierno uruguayo y la farmacéutica china Sinovac Biotech Ltd para el fútbol sudamericano, Conmebol otorgó una partida de 1,5 millones de dólares para reacondicionar el Estadio Centenario, sobre todo destinado a césped e iluminación, aunque también se mejoraron tribunas y vestuarios. La idea era que la histórica cancha luciera inmaculada y así relanzar la candidatura de Uruguay, Argentina, Paraguay y Chile como sede de la Copa del Mundo 2030.

Pero más allá del disfrute por lo deportivo, ser sede de estas dos finales continentales implicaba una potente inyección de dinero para la tan esperada reactivación económica pospandemia. Ese era el gran escenario sobre el cual se venían tejiendo hipótesis desde el momento en que Montevideo apareció como firme candidata a convertirse en anfitriona. Incluso cuando las fechas que se manejaban eran otras, los cálculos de la AUF y la Conmebol estimaban que la disputa de ambos partidos le dejaría a Uruguay un mínimo de 20 millones de dólares.

El referente para evitar caer en futurología siempre fue Lima, ciudad donde se disputó la final en 2019, cuando la pandemia no era un jugador titular como resultó este año. Según publicó Búsqueda en su momento, un análisis del Ministerio de Comercio Exterior y Turismo de Perú señalaba que el evento le había dejado al país 62 millones de dólares. En su caso, se registraron algo más de 40.000 extranjeros que permanecieron cinco noches y gastaron unos 760 dólares en promedio por persona. En el Centenario, en tanto, se estima que se dieron cita unos 30.000 brasileños, que estuvieron en el país alrededor de cuatro días y gastaron unos 500 dólares en promedio.

El brasileño, per se, es un pueblo que se hace sentir. Aunque en algunos barrios su presencia fue más fuerte que en otros, por donde estuvieron se escucharon sus cantos, se vieron sus camisetas y se sintió su energía. La parcialidad de Flamengo, uno de los cuadros con más hinchas del mundo, fue ampliamente superior a la de Palmeiras, aunque el resultado en la cancha finalmente fuera otro. “Vemos a estos hinchas y nos damos cuenta lo aburridos que somos, ¿no?”, comentó una vecina de Punta Carretas a otra cuando faltaban pocas horas para la final y las calles del barrio volvían a quedar en silencio. “El más aburrido de los brasileños es más divertido que cualquier uruguayo”, sentenció un colega en la redacción el lunes. La apreciación era una especie de respuesta para la pregunta de otro de los periodistas: “¿No les pasa que extrañan el ruido de los brasileros?”.

Es cierto que el domingo Montevideo amaneció con su ritmo habitual. Quedaban unas pocas camisetas rojinegras por las calles. También algunas banderas y cantos aislados. Las latas y botellas de cerveza, en cambio, abundaban en las esquinas. El saldo, más allá de algún inconveniente puntual, fue positivo. Para el sector turístico, donde se involucró la capital pero también departamentos como Colonia, Maldonado y Rocha, ofició como una especie de acelerador del comienzo de la temporada de verano. Este es nuestro primer número de diciembre y todo parece indicar que la zafra empezará antes y va a ser un poco más extensa de lo habitual. Comercios establecidos como hoteles, restaurantes, cafés y librerías están expectantes y con todo listo para sumar a los turistas extranjeros al público local. Museos, galerías, tiendas multimarca y pop ups están haciendo un esfuerzo para estar listos por estos días y adelantar el verano. Eventos como estas finales nos ponen en el mapa internacional. Nunca fue un logro menor, y menos en estos tiempos. Bienvenidos sean.