Poco había cambiado en seis días. La Rural del Prado, que el fin de semana anterior se llenara de humo y de gente a causa del supermegahiperasado, se encontraba en análogas circunstancias. Lleno de humo a causa de las fogatas del vecino del oeste, y rebosante de gente convocada por la una misma y lacónica consigna: toca Buitres.
Músicos y organizadores habían insistido durante los días previos al toque, acerca de la puntualidad en el arranque del mismo, que sería a las 20,30 justitas. El hecho de que el recital se haya iniciado pocos minutos antes de las 21 no deja de ser una buena marca para la impuntualidad proverbial de los shows uruguayos.
El arranque con una grabación del Himno Nacional sorprendió gratamente, y dejó en evidencia a más de cuatro que no lo habían cantado desde la escuela, y que no las tenían todas consigo a la hora de recordar la letra.
Como de costumbre, el arribo de los músicos a escena provocó la inmediata ovación de un público ansioso, y la sonrisa de Peluffo fue correspondida con los habituales chillidos femeninos.
Desde el primer momento la banda se mostró enchufadísima y pletórica de energía, poniendo a agitar a una masa humana —en la que se incluye este cronista— que no deseaba otra cosa.
Respecto a la potencia de grupo, a nadie escapa el hecho que las recientes modificaciones en la integración, con la presencia en el bajo del Ilustre Orlando Fernández en bajo, y el paso de Pepe Rambao a la guitarra, beneficia y potencia el sonido de Buitres.
Cierto es que circulan comentarios maliciosos, que sugieren que la integración de una segunda viola tiene como objeto lograr que suenen algunos acordes que a Parodi no le salen, pero es inobjetable que la suma de cuerdas le da otra consistencia al caldo sonoro del grupo.
El repertorio fue escogido con sensatez, alternando los temas del “Canción de cuna” con los más viejos, evitando que se perdiera tensión, porque se pudo notar que los cortes del reciente disco aún no han sido “incorporados” por todos los seguidores, lo que se traducía en un menor entusiasmo del público frente a los mismos. También sorprendió gratamente la inclusión de la tema “Mujeres que fuman”, que no suele formar parte de los sets buitreros.
Una constante que se repite en los recitales de la banda, y que habla mucho acerca de su relación con el público, es la movilización que producen en la tribuna algunos temas clásicos de Buitres, y que no guarda relación con sus características musicales. Por ejemplo: los tipos tocan “La plegaria del cuchillo” o “Carretera perdida”, temas más bien lentos, morosos y de ritmo reposado. Temas con letras que alcanzan lo mejor de la poesía de la banda, y el público se desgañita cantando, y se manda un pogo que ni los pisadores de uva. En cambio, cuando es el turno de temas como “Mientras”, o “Setenta puñales —que esta vez no fue de la partida— que parecerían mejor dotados para generar agite, no despiertan las mismas ganas de bailar en la multitud.
Y si de pogo se habla, otro detalle a tener en cuenta es la pérdida de terreno que sufre dicho baile ante el avance de la tecnología digital.
Cualquiera que acostumbre asistir a recitales de rock que se precien de tales, sabe que las zonas más cercanas al escenario son por lo general área privativa del pogo, y es consciente de que si se asoma por ahí deberá tolerar — o bien disfrutar— los consabidos empujones y sacudidas de la vehemente danza. Pues bien, en el caso del sábado, como en algunos otros toques recientes, la “zona pogo”, el área caliente donde uno puede ir a deslomarse tranquilo con sus colegas fans, fue particularmente exigua, aumentando sus dimensiones en algún tema especialmente sentido, o a la hora de lo bises. En lugar de saltos frenéticos, podía verse a una multitud de personas que miraban el recital a través del visor de una cámara fotográfica digital, o de un celular apto para tomar imágenes. Por lo visto, algunos de los que hasta no hace mucho estaban dispuestos a saltar y revolear la camiseta desde los primeros acordes, prefieren quedarse quietos y registrarlo todo para después colgarlo en el fotoblog, lo cual no tiene nada de malo, pero no deja de ser curioso, dado que el “público camarógrafo” es un fenómeno nuevo, que recuerda a su antecesor, el turista japonés que mira el mundo sólo con su cámara.
Hacia la mitad del show, que estuvo divido en dos sets, Peluffo anunció que si bien ellos “no eran muy de andar explicando las cosas, ni el sentido de las canciones”, querían “homenajear en vida a alguien a quien le hemos robado muchas cosas, y que invitamos aquí, pero por obvias razones no ha podido venir”. La homenajeada en cuestión era la célebre poeta Idea Vilariño, cuya imagen en sepia ocupó las pantallas del escenario, mientras Peluffo cantaba con particular emoción el tema “Es decir”.
El resto del recital circuló por los carriles habituales de un toque de Buitres, con el canoso vocalista corriéndose todo el escenario, arengando y cautivando al público, mientras sus compañeros mantenían la acostumbrada economía de movimientos. Un sólo tema de (¿se les deberá llamar covers?) Los Estómagos se escuchó en El Prado, “Frío oscuro”, que —como sucede siempre que suenan canciones de la mítica banda ochentosa— dividió generacionalmente al público. Y como ya es recurrente, la versión buitrera del hit de Loquillo y Trogloditas, “Cadillac Solitario”, fue exitosa y coreada con ganas.
El show se cerró con dos minisets de bises, pero hay que decir que aunque la gente no se iba del ruedo, tampoco gritó demasiado por el regreso de los músicos.
En el final, luego del esperado “Toca Buitres”, que provocara los últimos arrebatos pogueros, los Buitres Después de la Una se volaron, invitando al público a las próximas presentaciones en el interior del país.
El año de Buitres recién empieza, hay mucha carretera aún por encontrar, y muchas ocasiones para cantar bajo la luna.
Montevideo Portal/Gerardo Carrasco