La valentía de subir al árbol
POR MARÍA URRUZOLA PARA EL PORTAL
Hace tiempo leí, ya no recuerdo dónde ni bajo qué título, el relato de un experimento que buscaba comprender -como sugería Foucault- la estructura de formación del imaginario social de un grupo dado, eso que actualmente algunos llaman ''pensamiento dominante''...
(por María Urruzola, especial para El Portal)
07.01.2005
...y que no son más que estructuras discursivas o formas de razonamiento que dan lugar al sentido común o la verdad evidente, es decir razonamientos que pretenden saber qué es verdadero y qué falso. El experimento intentaba comprender también cómo se generan las experiencias que llevan a los seres humanos a tener una idea de sí mismos y del mundo que los incluye.
El experimento consistía en poner a un grupo de monos dentro de un hábitat donde había varios árboles bananos. Cuando los monos pretendían subir a los árboles a procurarse los frutos, quienes hacían el experimento los disuadían de tal intento con chorros de agua helada. Los monos rápidamente bajaban del árbol y quedaban merodeando el lugar, como a la espera de otra oportunidad para volver a intentarlo. Y obviamente así lo hacían al poco rato, desde otro lugar o a otra velocidad como si de eso dependiese- y nuevamente recibían gruesos chorros de agua helada. De a poco los valientes fueron siendo cada vez menos, pero a cada nuevo intento, todos recibían el castigo del agua. No pasó mucho tiempo hasta que algunos de esos monos, tal vez los más veteranos o los más débiles, comenzaron a adelantarse al chorro de agua helada y ante el menor atisbo de intento de cualquiera del grupo de subirse a alguno de los árboles, ellos mismos se encargaban de darle un coscorrón represivo para impedir el intento que, inevitablemente, traería el chorro de agua helada. Con el tiempo, hasta los más valientes terminaron por abandonar el sueño de las bananas, primero por efecto de los chorros de agua helada si lograban treparse a un árbol, y luego por efecto de las palizas de sus congéneres si eran descubiertos en la etapa del intento. Así, el grupo terminó conviviendo con los árboles como si ellos fuesen un lugar tabú. Nadie más intentó subirse a los mismos, por más abundantes que fuesen los racimos de bananas.
En ese punto, quienes hacían el experimento incorporaron nuevos monos al grupo y excluyeron definitivamente el recurso de los chorros de agua helada. Los recién llegados, como se podrá suponer, no bien descubrieron la existencia de árboles bananos intentaron subirse a ellos, recibiendo súbita e incomprensiblemente una tunda de antología por parte de sus congéneres. Vaya a saber si los recién llegados supusieron que había alguna forma que ellos no conocían por ''extranjeros'' o pensaron que tal vez era una cuestión de tiempo, lo cierto es que los intentos de los ''nuevos'' y las reprimendas de los locatarios se repitieron en un ciclo que, poco a poco, se volvió cada vez más corto. Rápidamente los árboles volvieron a su lugar santo e inviolable, y también dentro del grupo de los nuevos aparecieron represores dispuestos a golpear a sus pares con tal de no ser golpeados ellos. Cuando terminó por volverse natural ese estado de la cuestión, quienes hacían el experimento empezaron a disminuir la cantidad de alimento disponible en el grupo, creando una situación de hambre. Y nuevamente, pero menos, el ciclo se repitió: los hambrientos intentaron treparse en busca de bananas y sus ''conciudadanos'' los reprimieron de forma de que el hambre fuese menor al miedo. Las bananas, incólumes. Luego, los responsables del experimento generaron las condiciones para que las monas quedasen preñadas y naciesen monitos. Y el ciclo volvió a empezar, con el matiz de que ahora eran los progenitores quienes se encargaban de enseñar a sus descendientes que no debían subirse a los árboles, los reprendían si lo hacían, y en caso de desobediencia mayor intervenía alguien del grupo para hacer de la prohibición y el castigo algo colectivo, un mandato que trascendía la mera convicción de los progenitores. Los monitos audaces debían desafiar a los padres y también al conjunto.
Por supuesto que la razón primigenia de aquella convicción colectiva, el chorro de agua helada, había quedado muy atrás en el tiempo y ni los nuevos integrantes del grupo ni las nuevas generaciones conocieron nunca su existencia ni su efecto. Pero los árboles siguieron siendo un tabú que nadie osaba profanar..
El experimento consistía en poner a un grupo de monos dentro de un hábitat donde había varios árboles bananos. Cuando los monos pretendían subir a los árboles a procurarse los frutos, quienes hacían el experimento los disuadían de tal intento con chorros de agua helada. Los monos rápidamente bajaban del árbol y quedaban merodeando el lugar, como a la espera de otra oportunidad para volver a intentarlo. Y obviamente así lo hacían al poco rato, desde otro lugar o a otra velocidad como si de eso dependiese- y nuevamente recibían gruesos chorros de agua helada. De a poco los valientes fueron siendo cada vez menos, pero a cada nuevo intento, todos recibían el castigo del agua. No pasó mucho tiempo hasta que algunos de esos monos, tal vez los más veteranos o los más débiles, comenzaron a adelantarse al chorro de agua helada y ante el menor atisbo de intento de cualquiera del grupo de subirse a alguno de los árboles, ellos mismos se encargaban de darle un coscorrón represivo para impedir el intento que, inevitablemente, traería el chorro de agua helada. Con el tiempo, hasta los más valientes terminaron por abandonar el sueño de las bananas, primero por efecto de los chorros de agua helada si lograban treparse a un árbol, y luego por efecto de las palizas de sus congéneres si eran descubiertos en la etapa del intento. Así, el grupo terminó conviviendo con los árboles como si ellos fuesen un lugar tabú. Nadie más intentó subirse a los mismos, por más abundantes que fuesen los racimos de bananas.
En ese punto, quienes hacían el experimento incorporaron nuevos monos al grupo y excluyeron definitivamente el recurso de los chorros de agua helada. Los recién llegados, como se podrá suponer, no bien descubrieron la existencia de árboles bananos intentaron subirse a ellos, recibiendo súbita e incomprensiblemente una tunda de antología por parte de sus congéneres. Vaya a saber si los recién llegados supusieron que había alguna forma que ellos no conocían por ''extranjeros'' o pensaron que tal vez era una cuestión de tiempo, lo cierto es que los intentos de los ''nuevos'' y las reprimendas de los locatarios se repitieron en un ciclo que, poco a poco, se volvió cada vez más corto. Rápidamente los árboles volvieron a su lugar santo e inviolable, y también dentro del grupo de los nuevos aparecieron represores dispuestos a golpear a sus pares con tal de no ser golpeados ellos. Cuando terminó por volverse natural ese estado de la cuestión, quienes hacían el experimento empezaron a disminuir la cantidad de alimento disponible en el grupo, creando una situación de hambre. Y nuevamente, pero menos, el ciclo se repitió: los hambrientos intentaron treparse en busca de bananas y sus ''conciudadanos'' los reprimieron de forma de que el hambre fuese menor al miedo. Las bananas, incólumes. Luego, los responsables del experimento generaron las condiciones para que las monas quedasen preñadas y naciesen monitos. Y el ciclo volvió a empezar, con el matiz de que ahora eran los progenitores quienes se encargaban de enseñar a sus descendientes que no debían subirse a los árboles, los reprendían si lo hacían, y en caso de desobediencia mayor intervenía alguien del grupo para hacer de la prohibición y el castigo algo colectivo, un mandato que trascendía la mera convicción de los progenitores. Los monitos audaces debían desafiar a los padres y también al conjunto.
Por supuesto que la razón primigenia de aquella convicción colectiva, el chorro de agua helada, había quedado muy atrás en el tiempo y ni los nuevos integrantes del grupo ni las nuevas generaciones conocieron nunca su existencia ni su efecto. Pero los árboles siguieron siendo un tabú que nadie osaba profanar..
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