Los últimos días han sido trepidantes y la acumulación de tareas puso en peligro el funcionamiento de la central nuclear de mi cerebro (más o menos como uno de los primeros capítulos del laboratorio de Dexter en donde un surmenage lo dejaba tarado, y despertaba luego de haberle besado el culo a un pato. Gran capítulo).
Pero a pesar de que escribir estas líneas me acerque demasiado a la posibilidad de posar mis labios sobre el recto de algún ánade, la ocasión especial del día jueves merece que me juegue una vueltita de ruleta rusa.
Un sueño cumplido. ¿Qué programa de tele utilizaba esta expresión? Sorpresa y Media, tal vez. En fin. Uno de mis tres grandes sueños fue cumplido hace pocas horas: estuve del otro lado del mostrador en un McDonald's, con motivo de la celebración del McDía Feliz.
Todos conocen lo que hay detrás de este día, yo tuve la oportunidad de ver un video antes de comenzar mis tareas, así que quitaré la moralina del relato y me limitaré a lo bizarro de mi experiencia. No quiero mezclar los tantos.
En fin, uno de mis tres grandes sueños. Todavía me queda la entrevista en la última página de Galería y la tapa de Sábado Show, pero soy un pibe joven. Pueden aportar nuevos sueños, nunca se puede tener demasiados.
Después del video que les comenté, y luego de descubrir que había gente que me conocía (y por los libros, no por la radio... necesito un aumento de sueldo) nos dirigimos al ritual necesario de lavarse las manitas. Los famosos íbamos (sí, primera persona) pasando por el canillazo y así encarar las tareas.
Otros famosos: Laura Martínez, el Tío Víctor, el de Zona Urbana que dibuja en el pizarrón, una locutora de Concierto FM (no hubo asperezas) y otros semi-famosos que no merecían estar ahí mezclados con el resto del jet-set barato uruguayo. Sí, ya sé que me perdí al más famoso de todos porque me fui temprano. Me maldigo por eso.
Manos limpias. Actitud colaborativa. Se me acerca un capanga. ¿Qué querés, público o cocina?
Angelito. Ése sí que no me conocía.
Ubicado frente al público y con la asistencia de una muchacha del local (a la cual volví loca con mi perorata entreverada, como a todas las mujeres con las que converso) comenzó mi tarea, que desarrollé con precisión suiza. La gente le pedía cosas a la cajera, la cajera me pedía cosas a mí. Big Macs, papas, refresco (otras cosas más complejas escapaban a mi conocimiento). Varias veces recorrí los centímetros entre la salida del alimento y el mostrador, cumpliendo mi labor con una sonrisa en el rostro, la sonrisa del sueño cumplido. Hay fotos que lo testifican.
Conocidos de toda la vida, viejos conocidos y nuevos conocidos estuvieron por allí. Agradezco las muestras de afecto y la posibilidad de haber estado ayudando. Aclaro que no fue un sacrificio sino un placer.
El delantal y el cartelito con mi nombre pasan a mi gran acervo cultural, y cuando viva sólo prometo cocinar utilizándolo con orgullo (aunque el orgullo se desplome al momento de comer lo que haya cocinado).
El coqueteo con los medios masivos continúa. Ojalá en breve pasemos de los mimos a revolcarnos de manera frenética. Crucemos los dedos y descrucemos las piernas.