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Se trata de un programa voluntario de cinco horas de clase y dedicado a hombres provenientes de "sociedades más conservadoras", que tiene como objeto ayudarlos a adaptarse a un país donde las mujeres tienen mayores libertades, caminan solas en público y usan menos ropas de lo que ellos están acostumbrados a ver.
Los cursos se ofrecen en todo el país e incluyen charlas grupales sobre sexo y violación, procurando que los recién llegados entiendan que actos de violencia que en sus sociedades a veces se consideran "honorables", en Noruega son crímenes lisos y llanos.
"En Noruega no puedes forzar a otra persona a tener sexo, ni siquiera si estás casado con ella", se lee en el manual utilizado en los cursos.
Mientras tanto, legisladores daneses presionan a su gobierno para que instrumente clases similares, y en la ciudad alemana de Passau, uno de los principales puntos de ingreso de refugiado al país, los adolescentes varones ya están tomando cursos de ese tipo.
Sin embargo, la mayoría de los países europeos han evitado poner en práctica esa clase de iniciativas de integración, en parte por temor a que se consideren como una forma de estigmatizar a los refugiados como potenciales violadores, echando leña al fuego de la retórica anti migración
En 2011, la entonces jefa del departamento de crímenes violentos de la Policía de Oslo, Hanne Kristin Rohde, aseguró que existía "una clara conexión estadística" entre las violaciones y los varones migrantes no occidentales. En declaraciones realizadas la semana pasada a The New York Times, la oficial recuerda que sus dichos fueron recibidos con hostilidad.
"Es un problema cultural. Hay un montón de hombres que no han aprendido que las mujeres tienen un valor", dijo en la ocasión
Sin embargo, "el mayor peligro para todo el mundo es el silencio", asegura Per Isdal, psicóloga clínica de Alternativa a la Violencia, organización noruega sin fines de lucro que ejecuta el programa de aulas.
Muchos refugiados "provienen de culturas que no contemplan la igualdad de género y donde las mujeres son propiedad de los hombres", señala Isdal "Tenemos que ayudarlos a adaptarse a su nueva cultura", encarece.
Abdu Osman Kelifa, un solicitante de asilo de Eritrea a Noruega, se inscribió para tomar las clases en la localidad de Sandnes.
En Eritrea, "si alguien quiere a una mujer o tiene más que llevársela y no será castigado", dice en declaraciones al mencionado periódico
Kelifa explica que en el curso aprendió a no malinterpretar las "señales", como el hecho de una mujer use minifalda, sonría a un hombre o ande en la calle por la noche sin un acompañante masculino. Pera aún de comprender todo eso, le resultaba difícil aceptar el hecho de que una mujer pudiera acusar de agresión sexual a su propio marido.
Un ex jefe de la policía de Stavanger, la primera ciudad en introducir las clases a su gran población migrante, brinda asesoramiento en las clases.
"Hay gente que procede de lugares donde jamás se vio a una chica en minifalda, sólo en un burka. Cuando llegan a Noruega, algo sucede en sus cabezas", refiere
El material didáctico evita a toda costa la asociación entre migrantes y depredadores sexuales, y emplea a un personaje noruego nativo, Arne, como ejemplo de conducta sexual violenta, mientras que un personaje inmigrante, Hassan, es "honesto y muy querido".
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