Contra el delito de omisión
NO A LA GUERRA
Mi columna de la semana pasada (en la que sostenía que el método de la guerra debía ser erradicado de la humanidad ya no sólo por razones morales sino por la imposibilidad moderna de que ninguna guerra consiga sus objetivos razonando en la línea de Umberto Eco ante la primera guerra de Irak-) provocó una decena al menos de correos de lectores quienes me tildaron de ingenua, sin fundamento, mal informada y parcial en contra de Israel.
Por María Urruzola
31.07.2006
Una semana después (y debería decir también 300 muertos aproximadamente después, medio millón de emigrados después, varias ciudades de ambos países destruidas después, cuatro observadores de la ONU asesinados después...), decía, una semana después, hoy domingo, el día en que Israel bombardeó durante dos horas la mítica ciudad de Qana (o Canaa, en la que Jesús realizó, según la Biblia, su primer milagro al convertir el agua en vino), matando 56 civiles en un refugio, de los cuales 34 niños, decía, una semana después de aquella columna, los hechos confirman mi tesis, es decir la imposibilidad práctica de la guerra, porque cualquiera haya sido el objetivo de Israel al ingresar en territorio libanés, se ha vuelto un imposible.
Según alguno de mis lectores, estar contra la guerra en abstracto o por principio, sin analizar histórica y geopolíticamente quién empezó este episodio y quién es quién en Medio Oriente, sin evaluar los motivos históricos de Israel para justificar su papel de victimario de otros pueblos, sin condenar el terrorismo de Hezbolá y los seis años que lleva hostigando a Israel, en fin, estar contra la guerra por la más moral y al mismo tiempo la más utilitaria de las razones su inutilidad e imposibilidad- sería un despropósito indigno de mi periodismo o de cualquier periodismo.
Pero cuando mañana lunes se reúna el Consejo de Seguridad de la ONU para analizar el bombardeo de Qana (ya bombardeado en 1996 por Israel en un enfrentamiento con Hezbolá similar, pero causando en aquel episodio más de 100 muertos civiles) y la urgencia de un alto al fuego, se escucharán razones que serán del mismo tenor que las esgrimidas en mi columna de la semana pasada.
Israel no logró demostrar su famosa indiscutible superioridad militar y los daños en su propio territorio empiezan a ser graves; Hezbolá (que no existía cuando la anterior ocupación, en 1982) logró cosechar el apoyo de la población libanesa y de la Organización de la Conferencia Islámica, la mayor organización musulmana del mundo, cosa de la que no necesariamente gozaba hace un mes; toda la Unión Europea se alineó tras Francia en pos de un alto el fuego y hasta Gran Bretaña el amigo de Bush allende el mar- pidió la interposición de una fuerza multilateral de paz; y por último el Papa Benedicto se pronunció contra la actual "espiral de violencia".
¿Todo por dos soldados israelíes secuestrados por Hezbolá?
Demasiado terrible para ser verdad, demasiado despropósito para que alguien siga creyendo que hay razones racionales, en este comienzo del siglo XXI, para justificar alguna forma de guerra. Y eso, más allá de las simpatías de cada uno.
Algunos medios de prensa europeos dicen que el 80 por ciento de la población de Israel apoya a su gobierno en la decisión de invadir territorio del Líbano para ir tras Hezbolá. Puede ser. También Hitler gozó del apoyo mayoritario del pueblo alemán.
Por suerte para la humanidad, existe en Israel otro 20 por ciento (1). También judíos de las más variadas nacionalidades que no están dispuestos a callar. Entre ellos, un grupo de intelectuales británicos hebreos que en una carta enviada al diario The Guardian renunció públicamente a su derecho a la ley del retorno, que les asegura residencia y ciudadanía israelí, porque no desea "identificarse de ningún modo con lo que Israel está haciendo . Esperamos con ansiedad el día en que todos los pueblos de la región sean capaces de vivir en paz sobre la base de la no discriminación y del respeto recíproco. Quizás algunos de nosotros querrán vivir allí, pero sólo si los derechos a los palestinos son respetados. A los que consideran Israel un "refugio seguro" para los judíos frente al antisemitismo, les decimos que no puede haber seguridad cuando se asume el papel de ocupante y opresor".
Si Hezbolá es una organización terrorista, Israel debería ayudar al Líbano para que pueda cumplir los mandatos de la ONU y desarmarla (aunque Israel no ha cumplido más de 40 mandatos de la ONU) y no destruir al Líbano porque no la puede controlar.
No hay mucho para agregar. Sólo una cosa: la omisión es también un delito. Y cuando se asiste a la destrucción de un país por parte de otro que se dice agredido por una organización de guerrilleros, es imperioso rechazar la lógica del terrorismo de Estado y utilizar el don de la palabra para decir NO A LA GUERRA.
Simple, básico e innegociable: el fin del nazismo comenzó cuando alguien dijo no.
[email protected]
(1) Cineastas israelíes enviaron un mensaje de "amistad y solidaridad" a sus pares palestinos y libaneses y se opusieron "categóricamente a la brutalidad y crueldad de la política de Tel Aviv, que ha alcanzado nuevas cimas en las últimas semanas". El mensaje fue dirigido a sus colegas árabes reunidos en la VIII Bienal de Cines Arabes, que comenzó el pasado 22 de julio, en París. Cerca de 40 realizadores israelíes firmaron la misiva, entre ellos Simone Bitton, directora del documental El otro muro. "Continuaremos expresando, con nuestras películas, nuestras voces y nuestras acciones personales, nuestra oposición a la ocupación y nuestro deseo de libertad, justicia e igualdad para todas las personas de la región", expresaron los artistas, entre ellos los directores Avi Mograbi (Venganza por uno de mis ojos), quien fue el portavoz del movimiento formado por reservistas que rechazaban servir en territorios ocupados, y Eyal Sivan (Ruta 181).
Según alguno de mis lectores, estar contra la guerra en abstracto o por principio, sin analizar histórica y geopolíticamente quién empezó este episodio y quién es quién en Medio Oriente, sin evaluar los motivos históricos de Israel para justificar su papel de victimario de otros pueblos, sin condenar el terrorismo de Hezbolá y los seis años que lleva hostigando a Israel, en fin, estar contra la guerra por la más moral y al mismo tiempo la más utilitaria de las razones su inutilidad e imposibilidad- sería un despropósito indigno de mi periodismo o de cualquier periodismo.
Pero cuando mañana lunes se reúna el Consejo de Seguridad de la ONU para analizar el bombardeo de Qana (ya bombardeado en 1996 por Israel en un enfrentamiento con Hezbolá similar, pero causando en aquel episodio más de 100 muertos civiles) y la urgencia de un alto al fuego, se escucharán razones que serán del mismo tenor que las esgrimidas en mi columna de la semana pasada.
Israel no logró demostrar su famosa indiscutible superioridad militar y los daños en su propio territorio empiezan a ser graves; Hezbolá (que no existía cuando la anterior ocupación, en 1982) logró cosechar el apoyo de la población libanesa y de la Organización de la Conferencia Islámica, la mayor organización musulmana del mundo, cosa de la que no necesariamente gozaba hace un mes; toda la Unión Europea se alineó tras Francia en pos de un alto el fuego y hasta Gran Bretaña el amigo de Bush allende el mar- pidió la interposición de una fuerza multilateral de paz; y por último el Papa Benedicto se pronunció contra la actual "espiral de violencia".
¿Todo por dos soldados israelíes secuestrados por Hezbolá?
Demasiado terrible para ser verdad, demasiado despropósito para que alguien siga creyendo que hay razones racionales, en este comienzo del siglo XXI, para justificar alguna forma de guerra. Y eso, más allá de las simpatías de cada uno.
Algunos medios de prensa europeos dicen que el 80 por ciento de la población de Israel apoya a su gobierno en la decisión de invadir territorio del Líbano para ir tras Hezbolá. Puede ser. También Hitler gozó del apoyo mayoritario del pueblo alemán.
Por suerte para la humanidad, existe en Israel otro 20 por ciento (1). También judíos de las más variadas nacionalidades que no están dispuestos a callar. Entre ellos, un grupo de intelectuales británicos hebreos que en una carta enviada al diario The Guardian renunció públicamente a su derecho a la ley del retorno, que les asegura residencia y ciudadanía israelí, porque no desea "identificarse de ningún modo con lo que Israel está haciendo . Esperamos con ansiedad el día en que todos los pueblos de la región sean capaces de vivir en paz sobre la base de la no discriminación y del respeto recíproco. Quizás algunos de nosotros querrán vivir allí, pero sólo si los derechos a los palestinos son respetados. A los que consideran Israel un "refugio seguro" para los judíos frente al antisemitismo, les decimos que no puede haber seguridad cuando se asume el papel de ocupante y opresor".
Si Hezbolá es una organización terrorista, Israel debería ayudar al Líbano para que pueda cumplir los mandatos de la ONU y desarmarla (aunque Israel no ha cumplido más de 40 mandatos de la ONU) y no destruir al Líbano porque no la puede controlar.
No hay mucho para agregar. Sólo una cosa: la omisión es también un delito. Y cuando se asiste a la destrucción de un país por parte de otro que se dice agredido por una organización de guerrilleros, es imperioso rechazar la lógica del terrorismo de Estado y utilizar el don de la palabra para decir NO A LA GUERRA.
Simple, básico e innegociable: el fin del nazismo comenzó cuando alguien dijo no.
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(1) Cineastas israelíes enviaron un mensaje de "amistad y solidaridad" a sus pares palestinos y libaneses y se opusieron "categóricamente a la brutalidad y crueldad de la política de Tel Aviv, que ha alcanzado nuevas cimas en las últimas semanas". El mensaje fue dirigido a sus colegas árabes reunidos en la VIII Bienal de Cines Arabes, que comenzó el pasado 22 de julio, en París. Cerca de 40 realizadores israelíes firmaron la misiva, entre ellos Simone Bitton, directora del documental El otro muro. "Continuaremos expresando, con nuestras películas, nuestras voces y nuestras acciones personales, nuestra oposición a la ocupación y nuestro deseo de libertad, justicia e igualdad para todas las personas de la región", expresaron los artistas, entre ellos los directores Avi Mograbi (Venganza por uno de mis ojos), quien fue el portavoz del movimiento formado por reservistas que rechazaban servir en territorios ocupados, y Eyal Sivan (Ruta 181).
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