Tomar la decisión no fue sencillo. Antes de hacerse un microimplante capilar, Omar no había pasado por un quirófano y le tenía miedo a la anestesia. Pero, aunque le costó meses admitirlo, su mayor preocupación era la reacción y los comentarios de sus amigos. Esas mismas personas que hace años lo llamaban "el pelado del grupo". Al igual que su padre, Omar fue perdiendo el pelo de a poco y se rapaba para disimular los mechones que faltaban. Pero nunca se sintió cómodo. Le costaba confesarlo pero evitaba ver su imagen en el espejo y, fuera del trabajo, pasaba las temporadas con gorros o sombreros. "Tenía un problema grande. Tampoco me sentía bien contando lo que me afectaba. Todos me decían que era normal y que me la bancara", cuenta este hombre de 45 años a galería. Lo cierto es que también escondía este problema de autoestima por sus propios prejuicios sobre los tratamientos estéticos. Omar no contuvo la risa cuando un amigo llegó con el cuento de que se había depilado. Ni el día en que otro apareció con el pelo teñido para disimular las canas. "A veces nos reímos por la presión y por la idea del 'macho' que capaz tendríamos que cumplir", asegura. Así, y después de olvidarse de este preconcepto, se enteró de que un colega iba a faltar a la oficina para hacerse un microimplante capilar. Curioso, buscó el término en Internet y encontró esta técnica que se popularizó en las últimas décadas como una solución para la pérdida de cabello. "Al principio me pareció una locura. Después me di cuenta de que no tenía nada de malo y que era una buena oportunidad para borrar un problema que me molestaba hacía tiempo", recuerda. Con algunas dudas y después de discutirlo en familia, Omar viajó a Buenos Aires para borrar las huellas del paso de los años en una clínica. Aún no se recuperó del procedimiento, que también se hace en Montevideo, pero ya se siente más cómodo con su pelo, que está creciendo de forma pareja y más natural.
En una etapa similar está Martín, de 33 años, que se hizo una primera sesión para recuperar los mechones que perdió de forma repentina tiempo atrás. "Yo tuve una fuerte crisis económica y emocional. Fue muy duro. Se me caían los mechones y no me gustaba verme así. La verdad es que tenía la autoestima por el piso", cuenta. También asegura que "fue la mejor decisión" que pudo tomar. A diferencia de Omar, y quizás por un cambio generacional, Martín no tiene problema en contar cómo se cuida la imagen, el tiempo que dedica a su vestimenta y lo doloroso que fue verse sin pelo.
Ya hace unos años, el microimplante dejó de ser un tabú y se convirtió en una tendencia popular entre actores de la talla de Kevin Costner y deportistas como Rafael Nadal, Cristiano Ronaldo y Diego Simeone. "Cuando estaba buscando información me enteré de que se lo habían hecho muchos famosos. Cada vez que alguien se burla de lo que me hice, porque todavía pasa, les digo que estoy en una lista con grandes deportistas", bromea Martín. Hasta el futbolista Antoine Griezmann contó en una entrevista con El País de Madrid que prefiere errar un gol en la final de la Champions a volverse calvo. "Imposible. Me da igual que sea una final de la Champions. Que lo meta otro, pero calvo, no", dijo entonces.
Hollywood, las técnicas y el costo. Es probable que ni Cristiano Ronaldo ni Omar hayan oído el nombre de Norman Orentreich. Pero este doctor estadounidense fue el primero en idear una técnica de injertos para prolongar una "juventud eterna". O al menos así presentaba el método que lo convirtió en el favorito entre los actores de Hollywood en la década de 1960. Con unos pocos instrumentos hacía trasplantes de injertos punch -trozos de piel con pelos- del cuero cabelludo a las raíces de la parte más calva. La primera zona continúa poblada aun en la vejez.
Durante años, por sus clínicas pasaron modelos, actores y publicistas con un aspecto similar a los protagonistas de Mad Men. Incluso, y aunque no tenían problemas de calvicie, el artista Andy Warhol y el escritor Truman Capote llegaron a su consultorio para realizarse tratamientos de belleza. Después de convertir su invento en un negocio millonario, este doctor se volvió el icono de la batalla para ocultar los signos de la vejez. Algunos, sin embargo, criticaban su técnica de microimplante porque podían quedar con un aspecto antiestético. A veces, el pelo crecía con un aspecto similar al de las muñecas antiguas. Pero para sus pacientes era indiferente. En Hollywood, envejecer no parecía una opción.
A más de cinco décadas, los primeros tratamientos son considerados los fundamentos básicos del injerto de pelo. Ahora, las técnicas más modernas consisten, a grandes rasgos, en obtener e implantar el cabello tal como nace en otra zona. La cirugía es ambulatoria, se hace con anestesia local y tiene una duración que varía según el caso y la técnica. Pero no es solo cortar y volver a colocar: el implante es un arte. O al menos así parece. Antes de la cirugía, el tricólogo (médico especialista en cabello) debe diseñar con precisión la línea frontal del pelo para que la restauración quede natural.
En América Latina, las técnicas más comunes son el FUSS (Follicular Unit Strip Surgery) y la FUE (Follicular Unit Extraction). También existe una extracción asistida por un brazo robótico y cámaras de alta resolución que separan cada unidad folicular del cuero cabelludo. Así, se puede identificar el ángulo, dirección y hasta densidad de cada una. Por sus costos, sin embargo, esta es la técnica menos utilizada.
Más común y económico es el FUSS, un método que separa las unidades foliculares con un bisturí para poder quitar el cuero cabelludo. Tiene una recuperación lenta y la cicatrización demora hasta un mes. Por esta razón, la técnica más popular en los centros de la región es la FUE, que consiste en la extracción de unidades foliculares de forma manual y con un instrumento quirúrgico especial. Esta intervención es menos invasiva ?(no se necesitan cortes ni suturas), la recuperación es más rápida y no quedan cicatrices visibles. La cirugía puede hacerse en dos sesiones con las unidades foliculares obtenidas de la nuca y los laterales. "Uno de los mayores miedos que tenía era a sufrir y este tratamiento parecía el menos invasivo. No tuve que faltar tantos días al trabajo y el costo tampoco fue tan elevado", cuenta Omar, quien viajó a hacérselo en una clínica argentina. Al igual que en el caso de Martín, que todavía tiene que volver por otra sesión, la intervención rondó entre 3.000 y 5.000 dólares. En Uruguay, según clínicas consultadas por galería, el precio varía en cada caso. "Yo decidí viajar a Buenos Aires por la recomendación de un amigo. Cada vez está más naturalizado pero todavía es complejo el tabú en el cuidado estético de los hombres", dice Martín.
Una técnica, más razones. A pesar de que Omar y Martín resolvieron su problema con el mismo método, la raíz de su calvicie es distinta. Al igual que su padre y su tío, Omar perdió el pelo de forma gradual y desde la frente, con la formación de una línea que se asemeja a una M, mientras que Martín lo perdió de forma repentina cuando atravesaba una dura crisis económica y familiar. "Nunca me peinaba mucho pero era tocarme la cabeza para sentir que me quedaba con un mechón en la mano. Estaba muy fino y era muy feo", recuerda. Ambos casos son comunes pero están impulsados por distintas causas.
En general, las personas llegan a perder hasta 100 pelos por día. Solo hace falta mirar un cepillo para notar la cantidad que se acumula. O pararse frente a un espejo para ver el volumen que produce el crecimiento del cabello. El problema aparece si el ciclo de crecimiento y caída se ve alterado, y cuando el folículo piloso (la parte que permite el desarrollo del pelo) se destruye y es reemplazado por tejido cicatrizado. Según un estudio del Static Brain Research Institute, 40% de los hombres experimentan pérdida de pelo antes de los 35 años. Además, de acuerdo con una investigación del Centro de Medicina Genética y Experimental de la Universidad de Edimburgo, 80% de los hombres llegan calvos a los 80 años. Al analizar el ADN de más de 52.000 varones entre 40 y 60 años, el equipo quiso predecir el riesgo de calvicie de cada individuo. Pero llegó a la conclusión de que todavía es imposible saber con exactitud cómo será el futuro. Lo que sí descubrieron es que el problema está vinculado a 287 genes, y que el 59% con riesgo genético 10 veces superior a la media registraron mayor pérdida de pelo. Así, vieron que la caída puede estar potenciada por antecedentes familiares (como en el caso de Omar), cambios hormonales y tratamientos médicos. Aunque ocurre en menos casos, también se vincula al consumo de suplementos y medicamentos para la depresión y la ansiedad. O aparece, claro, en los tratamientos oncológicos. "En mi caso, y según lo que me dijeron, tuvo una conexión directa al estrés que estaba pasando. Estaba atravesando un mal momento, durísimo, y me afectó. Soy joven y no me quería ver así", recuerda Martín. Pero los cambios demoraron en llegar.
Hasta siempre, calvo. Antes de realizarse el microimplante capilar, Martín estuvo una semana sin tomar alcohol, consumió alimentos bajos en sal y abandonó por unos días el café de la mañana. En tanto, Omar tuvo que dejar por unos días las aspirinas que suele tomar por sus eternos dolores de cabeza. No tuvieron más indicaciones. Aunque se hicieron los tratamientos en lugares distintos, ambos llegaron a Buenos Aires unos días antes, pasaron por exámenes de rutina y se instalaron en habitaciones con sillones reclinables. Por unos días no iban a poder apoyar su cabeza. Tras terminar con las formalidades, se aprontaron para el microimplante y pasaron el día entero con la cabeza boca abajo. La anestesia alivió el malestar por un rato y se fueron con un vendaje blanco. Después empezaron los dolores de cabeza. "Es una molestia difícil de explicar, pero es algo así como cuando te hacés un tatuaje", cuenta Omar. "Duele, jode, pero lo volvería a soportar", dice Martín, que tiene programada otra sesión para volver a tener toda su cabellera. Todavía tiene que esperar a tener más pelo.
A los pocos días, Omar tuvo grandes inflamaciones en la frente y los párpados, dos consecuencias frecuentes entre los pacientes del tratamiento, y debió dormir varios días sentado. Ambos se bañaron varias veces sin mojarse el cabello, y luego empezaron a usar un champú especial sin agentes químicos. A los 15 días pudieron continuar con sus rutinas y poco después perdieron cerca del 80% de los pelos implantados. Ambos quedaron más calvos y dudaron de la efectividad del procedimiento. Los problemas de autoestima, el miedo y la imagen que buscan olvidar volvieron a sus cabezas. Pero con los meses, y tal como les habían anticipado, los efectos empezaron a verse. Así, le dijeron adiós a la calvicie.
UNA MEDIDA PARA ALGUNOS
El injerto capilar no es una solución para todos. A pesar de que en las últimas décadas se popularizó como una técnica milagrosa para combatir la calvicie, existen pacientes que no pueden acceder al tratamiento. En las consultas, los médicos evalúan la situación entre la zona donante y la zona calva, que se va a convertir en la receptora. Pero si no encuentran cabello y folículos de calidad no tiene sentido hacer el injerto. También deben calcular la cantidad de folículos que se pueden extraer para no generar una nueva calvicie en las áreas donantes.
TRES MITOS SOBRE LA CALVICIE
¿Raparse para fortalecer el pelo?
Hace unas décadas se instaló la idea de que raparse es una buena medida para fortalecer el pelo. En los grupos de amigos y portales de Internet se repiten estos consejos, que no tienen comprobación científica. El pelo sano y de mejor calidad se consigue con una nutrición adecuada y el menor contacto con sustancias que puedan ser dañinas, como las tintas. Pero es inevitable que el paso del tiempo se traslade al pelo.
¿Un problema masculino?
La calvicie no discrimina. A pesar de que es más común ver hombres pelados, las mujeres también sufren por la pérdida de cabello. Muchos de estos casos de alopecía (o caída excesiva) aparecen después del parto o por problemas de estrés, enfermedades y tratamientos médicos agresivos. Pero el cuidado de la imagen y la presión social hacen que las mujeres usen trucos de peluquería, pañuelos y pelucas para ocultar el cambio en el pelo.
¿El gorro y el secador son malos?
Los gorros, los sombreros y hasta el uso del secador no son perjudiciales para el pelo. El oxígeno y los nutrientes que necesitan los folículos pilosos llegan a través de la sangre, y, al contrario de la creencia popular, los gorros contribuyen al cuidado del pelo por su protección contra los rayos UVA y UVB.
