El aeropuerto de Kabul saturado de civiles queriendo huir, madres entregando a sus hijos a soldados estadounidenses para que los saquen del país, una corresponsal de la CNN luciendo su cabello cubierto en transmisión internacional, publicidades de modelos censuradas con aerosoles, mujeres en las calles de las ciudades vistiendo el burka —la prenda que más oculta de todos los velos islámicos, que solo permite ver los ojos por detrás de una red—. Estas han sido algunas de las imágenes que recorrieron el mundo luego de que los talibanes tomaran el control de Afganistán tras 20 largos años de ocupación occidental.
Rápidamente, las afganas captaron la atención de la prensa internacional, que no tardó en señalarlas como las eventuales víctimas más afectadas de esta vuelta al poder por parte del riguroso grupo religioso. Mientras los líderes del movimiento anuncian que las mujeres tendrán sus derechos “en el marco de la ley islámica”, lo que se teme por parte de las comunidades extranjeras es que vuelva a replicarse aquel orden del terror que han padecido mujeres y niñas durante el régimen talibanes a fines de la década del 90, cuando enfrentaban penas inhumanas por violar las llamadas reglas de la modestia.
En diálogo con Galería, Susana Mangana, directora de la Cátedra Permanente de Islam del Instituto de Sociedad y Religión en la Universidad Católica de Uruguay, explica que para comprender la actualidad de lo que sucede con las mujeres afganas es necesario entender que sus prácticas no solo están pautadas por principios de la religión islámica, sino por el sustrato cultural de un país de difícil acceso, marcado en los últimos años por la rivalidad entre grupos étnicos, la desigualdad social, la falta de educación y la pobreza extrema. Pero ¿por qué hablar de las afganas ahora, cuando desde hace varias décadas vienen padeciendo una dura cotidianidad? Pues, si bien es verdad que la vida de estas mujeres ha sido dura desde siempre, el mundo de hoy parece estar más preparado para cuestionar y exigir que el género no sea motivo para acceder a más o menos libertades.
Foto: Mauricio Rodríguez
¿Cómo vivían las afganas antes de la ocupación de las tropas extranjeras?
En las últimas semanas, han circulado varias imágenes de mujeres afganas sin velo en la cabeza y vistiendo una estética occidental, incluso minifalda, que si no se acompañan con un repaso acorde de la historia pueden acabar generando confusión. Esas fotografías pertenecen a las décadas del 60 y 70, cuando las afganas de la capital del país, Kabul, y otras capitales provinciales sí accedían a estudios y puestos de trabajo. Había mujeres doctoras, enfermeras, abogadas, diplomáticas. Pero eso responde a tiempos incluso anteriores a la invasión de la Unión Soviética, por lo cual no podemos ligar esas fotografías a la etapa previa de la llegada de Estados Unidos y la coalición de fuerzas que lo acompañó. Corresponden a la mujer afgana de hace un largo tiempo atrás y esto sí nos da la pauta de que Afganistán no siempre fue un país en guerra. Más allá de esas imágenes, hay que saber distinguir entre la condición de las mujeres y niñas en las zonas rurales y la de las mujeres en los grandes centros urbanos, donde por lógica se accede a otro tipo de servicios. Aunque eso no es algo que ocurra solamente en Afganistán.
¿Cómo crece una niña hasta convertirse en mujer bajo pautas del islam en un país como Afganistán?
Tenemos que recordar que hablamos de unos 54 países aproximadamente que son de mayoría musulmana, entonces hay una realidad muy diversa. Los sustratos culturales, los usos y costumbres, así como las realidades políticas, sociales y económicas que prevalecen en cada país, impactan de lleno en la práctica del islam. Una musulmana de Afganistán no vive igual que una de Marruecos, un país próximo al Atlántico a unos 14 kilómetros del sur de España. El islam es una religión compartida por 2.000 millones de personas en el mundo, aproximadamente 50% son mujeres y mal podemos pensar que todas ellas viven su condición religiosa de igual modo en todas partes. La mujer afgana crece con unas pautas y unos valores morales que son muy estrictos de acuerdo a nuestra lectura occidental del siglo XXI, porque nos remiten a un pasado que queremos olvidar y creíamos haber dejado atrás, en el que prevalece un modelo de sociedad patriarcal con separación de roles de género. La mujer afgana crece en una sociedad conservadora, donde su principal tarea como fémina es cuidar el hogar, ayudar en la crianza de hermanos menores y realizar las tareas domésticas. Pero, además, en un Afganistán corroído por las desigualdades sociales, muchas tienen que hacer una faena cotidiana importante: lavar la ropa a mano, caminar para buscar agua potable, cargar con los alimentos hasta el hogar, cocinar para familias numerosas y atender ancianos, porque allí no existe el concepto de casa de salud. Con lo cual, la vida de la mujer afgana siempre ha sido dura, pero no tanto por el islam sino más bien por esos patrones de conducta que son pautados por códigos tribales. Las niñas, una vez que se desarrollan, son consideradas “mujeres” porque están listas para concebir. Yo sé que este lenguaje es arcaico, pero es la norma que ha regido no solo en Afganistán, sino también en Pakistán, sobre todo en las zonas más alejadas de las capitales de provincia. Entonces, las niñas crecen con esas costumbres, viendo lo que han hecho sus madres o sus hermanas mayores; por lo cual no digo que no se rebelen, pero muchas aceptan lo conocido, en el sentido de que es lo que siempre han vivido. ¿Es lo que deseamos? No, pero debemos tener mucho cuidado en poner nuestra visión occidental por encima de todo.
Foto: AFP
Se ha hablado mucho de algunos derechos que las mujeres afganas habían conseguido en los últimos 20 años. ¿Cuáles son esos logros que se ven amenazados ante la llegada de los talibanes?
Principalmente, haberse liberado de la carga pesada de tener que salir siempre acompañada por un mahram, un guardián. El rol de este guardián no surge del Corán, sino, otra vez, de los usos y costumbres de una sociedad que entiende que el vínculo entre el hombre y la mujer solo puede darse dentro del matrimonio. La joven virgen tiene que ser protegida hasta que venga un pretendiente a pedir su mano, para que de esa manera no haya riesgo de caer en tentaciones. En Kabul, veíamos que las mujeres habían vuelto a usar el hiyab, que es el pañuelo que permite ver el rostro y no el burka, estaban acudiendo a estudiar a la secundaria y la universidad. Entonces, lo que se teme ahora por parte de las comunidades internacionales es que ese derecho de seguir estudiando y formándose termine con la llegada del régimen talibanes. Durante su etapa en el poder a fines de los 90, las niñas crecían en un sistema en el que con suerte accedían a la educación primaria y solo algunas podían instruirse y alfabetizarse en escuelas coránicas. Pero desde el punto de vista de la religión, eso está muy mal visto y no es permitido, porque el islam hace hincapié en la importancia de la educación, sobre todo en el caso de la mujer, ya que será quien eduque a sus hijos y los forme en el hogar. Los talibanes prohibieron que las mujeres sean atendidas por médicos varones, por lo cual algunas podían formarse para ocupar, por ejemplo, el rol de ginecólogas, aunque con gran hostilidad en el ambiente laboral.
¿Qué pierde la mujer afgana de hoy con los talibanes al poder?
Pierde cierto grado de autonomía que había conseguido, no porque las tropas extranjeras incidieran en la libertad de las mujeres, sino porque se visualizaban ciertos aires de cambio. Los gobiernos que se instauraron tras la ocupación occidental en Afganistán sabían muy bien que ese tipo de línea roja no debía cruzarse, porque la comunidad internacional estaba muy atenta a ese tema. Ese es el temor que hoy se tiene, que se restrinja mucho el acceso de la mujer a la educación, la salud y el trabajo.
¿Qué hay de las 29 prohibiciones que podría instalar el nuevo régimen, tan populares en las últimas semanas?
En occidente siempre queremos tener todo cuantificado: “Los ocho pasos para adelgazar”, “Cinco consejos para dejar de fumar”. Es ridículo. Todo se resume a una concepción y es que la mujer tiene que mostrarse recatada, virtuosa y modesta en el espacio público. ¿Qué significa esto? Lo mismo que significa en otras religiones monoteístas como el judaísmo y el cristianismo: una mujer pura, que se casa virgen, respeta el matrimonio, cuida de su marido y sus hijos. El honor de la familia recae sobre la mujer musulmana y esa es una carga muy pesada que las mujeres occidentales ya no queremos cargar solas. Lo que les pide la doctrina del islam a las mujeres es que en el espacio público no muestren sus adornos personales, ergo, su cabellera, su escote… Cuando leemos por ahí que las mujeres “no podrán sonreír en público”, el concepto detrás es que no pueden hacer nada que llame la atención al ojo del varón ajeno a la familia, no pueden seducir ni ser seducidas.
Foto: AFP
Siguiendo este principio, ¿los talibanes actúan a partir de una interpretación extremadamente rigurosa o es más bien absurda?
No, de ninguna manera es absurda, sino que responde a la escuela hanbalí, la más rigurosa del islam. Existe un código islámico, la famosa sharia, un concepto epistemológico que va cambiando a través del tiempo y que depende mucho de la escuela a la que se adscriban quienes están realizando la interpretación para saber qué tipo de flexibilidad o no van a tener los jurisconsultos. Primero que nada, la sharia bebe de una fuente, que es el Corán, el mismo libro sagrado para los 2.000 millones de musulmanes del mundo; pero a su vez existen jurisconsultos del islam para poder dirimir aquello que no queda claro en las escrituras. Para eso existen las escuelas de teología islámica. La interpretación del Corán dependerá mucho de la escuela a que se adscriban. En el caso de los talibanes, ellos no admiten una interpretación por una muy sencilla razón: ¿quién sabe más, tú o Dios? Si Dios hizo saber sus leyes por boca del profeta Mohamed, ¿quién eres tú para cuestionar lo que él dijo? No se cuestiona el Corán porque es la palabra divina de Alá. Bajo esta concepción de escuela religiosa rigorista, los talibanes no permiten la desviación de las sagradas escrituras ni siquiera para adaptarlas a los tiempos que corren. Sin embargo, podemos dejarlos expuestos al recordar que este grupo se nutre del narcotráfico de opio y heroína que se producen en Afganistán. Entonces, ahí no somos tan religiosos, ¿verdad? Más allá de esta contraposición, su concepción es clara. Los talibanes no son monos con escopeta, muchos sí, pero no los cabecilla. Los monos son esos niños que han crecido en el hambre con un arma colgada en el pecho, en escuelas de varones y con maestros varones. No saben lo que es manejarse con mujeres. Están totalmente adoctrinados.
¿Qué sucede cuando determinadas pautas religiosas parecen coartar ciertos derechos humanos? ¿Hasta dónde debemos meternos y hasta dónde respetar?
Siempre el respeto debe ser la base de cualquier relación entre personas o países. Nosotros venimos moldeados por una cultura judeocristiana, pero luego agregamos matices, que en ocasiones corresponden a visiones país muy instaladas. Estados Unidos tiene décadas actuando como el gendarme mundial, aquel que se lleva por delante a todo oponente y eso no hace nada bien a la relación con otros países, con los que, además, tenemos diferencias culturales que muchas veces son construidas. El islam es la tercera de las religiones monoteístas, por lo cual tiene muchísimas similitudes con el judaísmo y el cristianismo. Ahora, hay ciertos derechos humanos que podemos decir que son universales y eso está bastante consensuado: el derecho a la vida, la libertad individual, la libertad de expresión, el acceso a una vivienda digna, el acceso a salud y educación, pero también el derecho a la religión. Como cada uno puede tener su propia religión, debemos respetar que los musulmanes quieran seguir siéndolo, no así la interpretación interesada y el fanatismo de algunos grupos en los que la práctica difiere del discurso.
¿Puede una mujer con cierta falta de información elegir si realmente quiere o no profesar esa religión?
No hay que tratar a las mujeres afganas como personas sin conocimiento. Ellas sí conocen sus derechos de acuerdo al Corán, pero se chocan con la pared de las costumbres en un país que además lleva demasiado tiempo destrozado por la guerra. No habría tantos jóvenes dispuestos a abrazar la causa de un grupo insurgente si no hubiese tanta falta de oportunidades. Trabajo con jóvenes a diario y, créanme, ninguno que tiene una vida por vivir, ilusiones, metas y un poco de dinero en el bolsillo se quiere inmolar. Para ello se necesita entrar en un grado de enajenación dentro de una organización que te va lavando el cerebro. Lo que quiero que quede claro es que Afganistán es un país remoto, corroído por la desesperación y el hambre. No hay un futuro y, en los últimos 20 años, lejos de abrirse escuelas o universidades y llevar profesores para enseñar, lo que se han llevado son soldados; y el soldado está para patrullar calles y disparar. Si queremos que las mujeres afganas avancen y reclamen los derechos que el islam sí les da, necesitamos que los hombres afganos también se eduquen en esa convivialidad, que no es lo mismo que convivencia.
Foto: AFP
¿Cómo se cuela el feminismo en el islam?
Hay feminismo, pero no un feminismo tal y como lo conocemos en occidente. Hay un feminismo árabe de corte occidental, pero también desde la década del 90 se acuñó el concepto “feminismo islámico” por Amina Wadud, una profesora que en 2005 fue una de las pocas mujeres musulmanas que lideró una oración en la mezquita de New Jersey. Claro, lo hizo allí porque hay otras garantías y libertades. Otra mujer activista en marruecos es Asma Lamrabet, que reivindica que la mujer musulmana sí se emancipa, pero no necesariamente renunciando a su religión, que es lo que el feminismo occidental no acaba de aceptar. ¿Cómo se puede ser feminista y religiosa? Hay toda una visión estereotipada de las religiones, sobre todo de las monoteístas, que son las que más se conocen, porque parecería ser que son el único factor condicionante para que la mujer pueda emanciparse, olvidando, muchas veces, otras construcciones que también han ayudado a someter a la mujer, por ejemplo, la factoría Disney. Los cuentos infantiles que nos remiten a una Bella Durmiente o una Cenicienta que necesitan ser rescatadas por un príncipe.
¿Malala no está entre esas nuevas generaciones de feministas musulmanas?
Malala es importante, no vamos a minimizar el impacto que ha tenido en jóvenes de todo el mundo. Mi hija ha quedado encantada con sus libros. Pero, también, es un producto que vende bien. Yo no he escuchado a Malala criticar la invasión de las tropas occidentales durante años en Afganistán. Me gustaría que personajes como Malala o Greta Thunberg no sean utilizadas para algunas causas que son muy loables, pero que luego se tergiversan con la manipulación que se hace de esos personajes. Creo que hay muchas Malalas en el mundo musulmán y deberíamos prestar el micrófono a esas otras voces. Personajes como ella deberían exigir a la comunidad internacional que ponga en marcha proyectos de desarrollo y no de intervención militar.
¿Cómo se puede pensar hoy en un futuro distinto, más esperanzador, para las mujeres de Afganistán?
Evidentemente, hay incertidumbre, hay temores. Ahora, todos tenemos puntos débiles y el de los talibanes es la economía. Necesitan captar inversiones directas. Ahí es donde tendría que haber más presión de países como Rusia o China, que son los que se van a aprontar para negociar, para que las mujeres no sean sometidas al calvario que han tenido que vivir en la década de los 90. Porque, finalmente, si Afganistán vuelve a derrapar y los grupos radicales vuelven a cargar las tintas contra occidente, entonces esto estará impactando en la seguridad internacional. Con lo cual a todos debe interesarnos que países como Afganistán y Pakistán mejoren sus condiciones de vida. Y para eso solo conozco una vía: la educación.
