En un día tan emblemático como es para el Uruguay el 14 de agosto, un ser emblemático como pocos, cumpliría 95 años.
El recuerdo de Héctor Rodríguez, su pensamiento renovador y hondo para tratar los problemas de su tiempo, la increíble capacidad para anticiparse al devenir y esperarlo bien plantado -el Congreso del Pueblo entre otros-, su implacable metodología que permitía hacer realidad los objetivos: "mediocres movilizaciones para hacerlas bien, requieren mínimo 20 días en serio de preparación" (recuerdo).
Su fraternidad a prueba, que no confundió nunca con el amiguismo y por lo que podía ser implacable en el debate de ideas sin perder la ternura y el respeto.
Querido y, diría, adorado por todos, aun los que estaban en las antípodas de su pensamiento.
Tuvo enemigos fuertes. Especialmente dentro del Partido al que perteneció.
Pero era tal su estatura que cuando lo atacaban lo hacían de manera asordinada y como pidiendo disculpas.
Fui militante y dirigente de un gremio donde ese Partido era muy fuerte: jamás hubo un ataque, de cualquier tipo, a Héctor.
Y él sí fue muy crítico de esa dirección mayoritaria en la larga y heroica huelga del 69 perdida más por las contradicciones internas que por la eficacia del pachequismo y la banca.
Hoy que el verbo más conjugado en la práctica cotidiana parece ser "disgregar", aquel pensamiento y acción "unificadora" adquiere una principalidad fundamental.
Héctor sabía muy bien que la unidad no era un acto benevolente sino un principio estratégico cualesquiera fuera la coyuntura. Y que la izquierda se disuelve cuando olvida esta máxima innegociable.
¡Qué privilegio haber sido sus discípulos!
¡Cómo no extrañarlo y como no estar evocándolo una vez sí y otra también!
¡Cómo no poner el papel de calco cuando hechos y más hechos confusos, por decir lo menos, se suceden cotidianamente!
Pero el enseñó -junto a otro grande como Zelmar- que es imprescindible permanecer. Es decir, seguir y persistir.
¿En eso estamos?
Quise traer a la memoria al Viejo, en este agosto, en un acto de lealtad y reconocimiento de la vigencia de su pensamiento y la ética de su accionar.
Y porque a un ser tan entrañable, cuando su cercanía no ceja, se lo debe recordar de tanto en tanto para que su energía prodigiosa ilumine nuestras mentes y reoriente el camino.
Carlos Fasano.
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