Este sábado se cumple un año desde que entramos en otra realidad. Pasaron ya doce meses de ese fatídico 13 de marzo cuando se confirmaron los primeros cuatro casos positivos de coronavirus en nuestro país y, de a poquito, empezamos a asumir que el mundo en el que vivíamos había cambiado.
Pasamos de la negación a la consternación colectiva. Luego de algunos meses, cuando descendieron los casos, también bajamos la guardia y a fines de noviembre, llegó finalmente la "primera ola" -como decidieron llamarla los científicos- que aún no nos había golpeado.
A lo largo de este año, el gobierno intentó estar cercano a la gente y brindar tranquilidad a través de sus conferencias de prensa que, primero fueron diarias, y luego se fueron espaciando solamente a momentos específicos. Como el aumento exponencial de casos y las medidas para combatirlos, o la evacuación del Greg Mortimer, uno de los episodios que puso a nuestro país en las primeras planas de los diarios del mundo.
En este tiempo, también se votó la Ley de Urgente Consideración (LUC), tan celebrada por algunos y denostada por otros, o la Ley de Presupuesto. Y, si bien hubo tiempo para la discusión política -como corresponde en una democracia, y más en una tan fuerte como la nuestra-, también hay que destacar la fortaleza del sistema político que siempre buscó primar el interés nacional sobre las chicanas partidarias.
Hubo disputas, y hasta hubo intercambio de dardos fuertes, pero lo más importante es que, siempre que fue necesario, la polémica se replegó para dar lugar a un apoyo colectivo para superar de la mejor forma posible, unidos, la situación. Quizá era de esperarse con la estabilidad y la madurez de nuestra República, pero no deja de ser algo a celebrar que así suceda.
No es solo algo a celebrar, también se transforma en algo a proteger y a seguir convirtiendo en una práctica cultural que se reproduzca en el tiempo. No es un descubrimiento para nadie que la democracia implica una competencia entre partidos y es un juego político en el que buscan prevalecer -electoralmente, está claro- unos sobre otros. Pero si esta pandemia nos deja como enseñanza que el pueblo uruguayo puede colaborar en momentos de necesidad y urgencia, nos habrá dejado algo muy importante.
Y como corolario, coronando esta idea, tuvimos estas semanas el comienzo de la vacunación, que nos encontró a la gran mayoría abroquelados juntos, unidos en el afán de terminar con el virus. No dejan de alegrar los conciudadanos que se muestran orgullosos de vacunarse, no solo como una forma de inmunizarse a nivel individual, sino para generar la tan esperada "inmunidad de rebaño". Este orgullo representa, quizá, una extensión del deber cívico, que muchas veces queda reducido a las jornadas de votación. Pero la esencia es la misma: cuando el país lo pide, ahí estamos para cumplir con nuestra tarea.
Todavía queda tiempo para que esta nueva realidad llegue a su fin. Y seguramente nunca llegue, ya que tampoco volveremos a ser los mismos de antes. Cuando superemos la situación epidemiológica, llegará el verdadero desafío: enfrentar las consecuencias sumatorias de esto que vivimos y que angustian a tantos compatriotas. Lamentablemente, esta situación ha dejado a muchas personas al límite, pasando muy mal. Tendremos entonces que hacerle frente, entre todos y pensando primero en quienes están peor, a la situación económica, a la situación laboral, a la situación social y a la situación psicológica. Por nombrar apenas algunas. Porque si algo quedó claro este año es que con la pandemia vinieron muchas otras pandemias adentro.
A nosotros nos queda seguir unidos para combatirlas. Si lo hacemos juntos, no quedan dudas que saldremos airosos.
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