La primera sesión de Mario Saralegui como diputado duró unas 15 horas. Comenzó en la mañana del 19 de mayo y terminó en la madrugada del 20. Quien por años fuera el tractor del mediocampo de Peñarol, equipo que también dirigió en tres oportunidades, asumió su banca de diputado por el Partido Nacional el día de la interpelación a la ministra de Economía, Azucena Arbeleche. Y su presencia en el hemiciclo fue lo más resaltado de un día sin novedades.
"Me quedó una sensación muy linda. Una cosa es verlo de afuera al funcionamiento del Parlamento y otra es ver cómo se manejan los temas ‘en el territorio'", cuenta a Galería el exjugador -campeón de América y del Mundo con Peñarol en 1982, mundialista celeste en México 1986- una semana después de su experiencia legislativa, la que le mereció unos días de cuarentena por el positivo de su par frenteamplista Gustavo Olmos, hasta que su análisis dio negativo a Covid-19. Permaneció callado durante toda la instancia. "Era un tema muy técnico. Además, se entró en un debate repetitivo. Como era la primera vez que iba, me sentía medio raro. No me pareció conveniente intervenir".
Se sintió bienvenido. "Nadie me hizo sentir que yo no pertenecía ahí. Sentí mucho afecto de todos lados, me saqué fotos con gente de todos los partidos, ¡incluso hinchas de Nacional! El fútbol tiene eso; la pelota es una llave que te abre muchas puertas. Había una señora (diputada) que estaba sentada a la derecha de nuestra bancada. Lógicamente, era de otro partido. Yo veía que me miraba, me miraba... Y en uno de los tantos cuartos intermedios se me acerca y me dice: ‘Muchas gracias por el clásico'".
Saralegui se refiere al clásico del pasado Torneo Intermedio, con victoria manya 3 a 2, uno de sus últimos actos como técnico de Peñarol. No recuerda el nombre de la legisladora. Y a la derecha de la bancada del Partido Nacional está la del Frente Amplio.
Quien también jugara en clubes de Argentina, Ecuador y España llegó a ocupar una banca luego de una insólita serie de circunstancias, más allá de que él le asegurara a Galería que eso era algo que podría haber ocurrido antes (ver nota más abajo). Él es el séptimo y último suplente de la diputada Valentina Dos Santos, electa representante nacional por Artigas por la Lista 2525. Pero para ese día ella había pedido licencia; su primer suplente, Emiliano Soravilla, es el director general de la Intendencia de Artigas; el segundo, William Cresseri, alcalde de Bella Unión; los restantes -Elita Volpi, Mauricio Dos Santos, Mateo Ayala y Yessica Vasconcellos- no podían por distintos motivos. Así se produjo la rara situación de ver a un exjugador de fútbol profesional asumiendo un cargo electivo en Uruguay.
Situación rara pero no inédita. En la legislatura pasada, el exdefensa de Nacional Enrique Saravia, también expresidente de la Mutual Uruguaya de Futbolistas Profesionales (MUFP), asumió una banca de diputados por el Frente Amplio y participó en 24 sesiones de la Cámara Baja, según la web del Parlamento uruguayo. El mismo sitio señala que fue convocado a dos comisiones (Asuntos Internacionales e Industria, Energía y Minería), asistiendo solo a una de ellas. Su ficha de legislador no registra proyectos presentados, pedidos de informe ni intervenciones en sala. Saravia fue el tercer suplente de Julio Battistoni, quinto en la lista de diputados de la 609, la del Movimiento de Participación Popular (MPP) de José Mujica, en las elecciones de 2014. Saravia también encabezaba la "planchada" a Diputados de la Lista 906, conocida por Espacio Celeste, cuyo otro referente era el empresario Gustavo Pato Celeste Torena, a su vez su segundo suplente. Esa hoja incluía para la Cámara Baja a varias personas provenientes del ámbito carnavalero y futbolístico, como el exvolante Héctor Morán.
No se vota fama. Admirados, idolatrados y portadores de una popularidad de la que la mayoría de los dirigentes políticos carecen, no es frecuente en cambio que los futbolistas profesionales, una vez dejan de serlo, se sometan al veredicto de las urnas o asuman una tarea de servidores públicos. Sin embargo, ha pasado.
En el mundo no es frecuente y en Uruguay lo es menos, más allá de que ambos mundos, fútbol y política, se han superpuesto asiduamente. "Si bien en la historia hubo muy pocos futbolistas en listas políticas, sobre todo en puestos testimoniales, sí es enorme la cantidad de dirigentes de fútbol que han aparecido", dice Gerardo Caetano, historiador, politólogo y exjugador de fútbol.
Así, la lista de destacados dirigentes políticos y deportivos, que han partido de un lado o de otro, incluye a lo largo de la historia nombres como los de Atilio Narancio, César Batlle Pacheco, Washington Cataldi, José Pedro Damiani, Hugo Batalla, Tabaré Vázquez, Eduardo Ache, Pedro Bordaberry y un muy largo etcétera. Los exfutbolistas profesionales, en cambio, son contados.
"Eso se explica porque en Uruguay los prestigios no se transfieren. Si sos exitoso en un ámbito como el deportivo y te metés en la política, no te llevás ese prestigio contigo. Acá la gente vota trayectorias y partidos, no personas con fama", agrega Caetano. En otros países donde el sistema político es mucho más endeble se presta para esos trasiegos.
Por su lado, el politólogo e investigador Daniel Chasquetti resalta el fuerte sistema de partidos que hay en Uruguay como una condición que hace difícil -pero no imposible- que un outsider llegue de otros ambientes para ocupar cargos elevados. "Si hay partidos políticos fuertes, ellos te regulan la carrera política y te marcan las reglas: tenés que trabajar, ir creciendo y así el propio líder te va permitiendo subir. Eso implica mucho tiempo, y los jugadores, que vienen de otro ambiente, suelen no estar dispuestos a someterse a eso". Este tipo de conductas permite, además, "cuidar quiénes son sus representantes en el Parlamento", algo así como Tierra Santa política.
Quizás el outsider desde el mundo del fútbol más notorio, por el impacto y el relativo éxito logrado, fue Hugo De León. Notable exzaguero de Nacional, Gremio de Brasil y la selección uruguaya, De León fue el compañero de fórmula de Pedro Bordaberry en el Partido Colorado para las elecciones de 2009. Estuvieron lejos de ganar, pero el 17% del total de votos obtenido significó un gran avance respecto a la debacle del partido de 2004, cuando apenas superaron el 10%. De hecho, es aún la mejor votación colorada en lo que va del siglo.
El libro Goles y votos de Luis Prats, de 2013, sobre la relación histórica entre el fútbol y la política en el país, indica que los primeros que cruzaron el puente fueron Raúl Paravís y Juan Bautista Duhagón, ambos futbolistas amateurs. El primero fue arquero de Nacional entre 1918 y 1921, luego candidato a diputado por el Partido Colorado y ocupó importantes cargos, como la presidencia del Banco de Seguros del Estado. El segundo jugó en Defensor y fue diputado colorado.
Los futbolistas tienen una vida activa corta pero intensa. Que uno llegue hasta los 40 años en ello se considera una rareza. Por eso, es recién cuando están retirados que pueden entrar a estas otras canchas. En ese mismo tiempo, indica Gerardo Caetano, quienes se han dedicado a la política también han hecho su recorrido (militancia en las calles, postulación a cargos departamentales, ascenso en las listas) y obtenido sus méritos. "El completo outsider no siempre es bien visto. Quizá Saralegui haya tenido una sobrevida en materia de fama porque es director técnico. Pero incluso estos, más allá de algunas expresiones puntuales (como Óscar Tabárez o Fernando Morena), también le rehúyen. Es que la política es otra cosa: llegar, quedarse, continuar y asumir responsabilidades".
Goles y votos destaca dos notables excepciones de jugadores que en plena actividad y fama prestaron sus nombres a la política, ambos en el Partido Colorado. Uno fue el arquero Roque Gastón Máspoli, que en el mismo año que alcanzó la gloria con la selección en Maracaná, 1950, se candidateó como diputado por Montevideo, aunque en el lugar 110 de la Lista 14. Otro fue el mediocampista Julio Montero Castillo, quien en 1971 tanto contribuyó a que Nacional ganara su primera Libertadores, como se postuló a la Cámara Baja por Montevideo y en un honroso cuarto lugar; claro que lo hizo por una lista, la 3340, que respaldaba la candidatura presidencial de Juan Luis Pintos, que apenas tuvo votantes.
No te metas. Cuando juegan, los futbolistas no suelen tener más expresión política que ir a votar. "Los jugadores suelen provenir de ámbitos despolitizados, hay estudios que lo demuestran. Por eso, se comportan como lo que son y lo que aprendieron, reproducen hábitos de su familia", dice Daniel Chasquetti. Como en el caso de los futbolistas que han seguido carreras universitarias, donde influye la cultura del estudio que había en el hogar, si la política no fue un tema importante en su casa difícilmente tomen alguna bandera de adultos. "Esto no va por el nivel socioeconómico, porque hay familias pobres o de clase media baja muy politizadas", añade.
"Yo compraba un diario y lo llevaba para la concentración. Separaba la parte de deportes, la dejaba en un lado de la mesa y el resto al otro lado. Al resto, ninguno (de los compañeros) lo agarraba. Nunca nadie quiso saber nada de economía, de política, de cultura, ni de nada", reflexionaba con amargura el excapitán de Brasil Sócrates en el documental Mundialito (2010). Sócrates Sampaio de Souza Vieira, un jugador muy politizado, impulsor de la famosa Democracia Corinthiana durante la dictadura brasileña, reforzaba el cliché del jugador apático en estas cuestiones.
"Dicen que los futbolistas no se comprometen. Y yo me pregunto: ¿en este país quién se compromete? Yo no veo que los arquitectos se comprometan; o los abogados: yo no sé de qué partido son (Víctor) Della Valle o (Alejandro) Balbi, aunque lo sospeche. Pero a los futbolistas sí se les pone el foco, cuando todo el tiempo hacemos política. Claro, hay que ver qué es política", enfatiza Santiago Bigote López, volante y máximo referente de Villa Española, club que está realizando importantes movidas políticas y sociales, como manifestarse contra la homofobia y transfobia o apoyar la causa de Familiares de Detenidos Desaparecidos.
"Yo creo que los jugadores se manifiestan todo el tiempo, en temas religiosos, por ejemplo", agrega López, defendiendo a sus colegas del estereotipo de no comprometidos. "Pasa que la sociedad nos exige o que no nos expresemos o que sí nos expresemos pero en las causas que ellos quieren. A veces, hay quien como no puede decir algunas cosas, lo descarga en nosotros". Dice que las expresiones públicas del club han provocado "una batalla campal" en las redes sociales. "Nosotros queremos que haya memoria, verdad y justicia, y (algunos) lo tomaron como algo partidario. Nosotros estamos contentos con lo que hacemos, apoyamos esa lucha y nos hacemos cargo de la repercusión que queremos, no de los demás ‘aderezos'". Añade que "todo el tiempo" hay quienes les sugieren no meterse en temas políticos, para no "violar los estatutos", extremo que rechaza. Históricamente, la FIFA no ha admitido expresiones políticas en sus asociaciones afiliadas. "Pero nadie nos llamó para meternos una ‘fría'", asegura.
Como organizaciones sociales integradas por socios de distintas filiaciones políticas, Chasquetti señala que es esperable que los clubes tengan expresiones de todo tenor. "Hay ciertos riesgos porque la FIFA desalienta que se tomen posturas políticas. Y algo de razón no le falta...", agrega el politólogo. La explicación sería la siguiente: hay causas que pueden resultar simpáticas o transversales a toda una sociedad; pero no son las únicas: en el mundo hay clubes con masas sociales identificadas con el fascismo (el Lazio, de Italia), el antisemitismo (Legia, de Polonia) o la homofobia (Zenit, de Rusia).
Para Gerardo Caetano, el surgimiento de movidas como Más Unidos Que Nunca -que acabó con la presidencia del ya mencionado Enrique Saravia de la Mutual, a quien veían muy cercano al empresario Francisco Paco Casal- "está generando futbolistas más comprometidos con cosas que hacen a su profesión y otras más allá". El historiador (y exjugador) resalta la contradicción de que al dirigente de un club se le perdonen manifestaciones políticas que a un futbolista le acarrearían complicaciones.
"Al futbolista se lo quiere ver 24 horas metido en lo suyo. Si hace otra cosa se considera que no está asumiendo su profesión. Una vez, Obdulio (Varela) firmó un manifiesto por el Partido Comunista. ¡Se le armó tremendo lío! ¡Y era Obdulio, que además era líder gremial, fundador de la Mutual!", recuerda Caetano.
Claro que en momentos de crispación política, poca gracia le puede hacer a un jugador de fútbol, como a casi cualquier ser humano pensante, comprarse un lío. Hasta alguien que ha generado cierta unanimidad como Óscar Tabárez se ganó alguna crítica del Foro Batllista por sus simpatías con el Frente Amplio. Que Diego Godín, otro símbolo del Proceso Tabárez, se reuniera con el presidente Luis Lacalle Pou y su foto circulara públicamente, alcanzó para que la cultura de la cancelación intentara sumar, al menos en las redes sociales, un capítulo particularmente patético.
"Uno de los primeros consejos que se le da a un futbolista es: ‘no te metas en esto'. Te puedo asegurar que quienes sí lo han hecho, tuvieron que contrariar este tipo de advertencias", concluye Caetano, integrante del plantel del primer Defensor campeón uruguayo, el de 1976, donde coexistían compañeros que simpatizaban con la dictadura y otros que, en la medida de sus posibilidades, se manifestaban en contra. "Y es realmente una pena, porque un futbolista también es un ciudadano".
MARIO SARALEGUI: "YO NO SOY POLÍTICO, APORTO DESDE EL FÚTBOL"
"Yo siempre fui blanco. Mi abuelo materno, Venancio Iriarte, era un hacendado en Artigas que en los momentos electorales ponía su camioneta, una Studebaker, para buscar a los votantes a los pueblos. Yo iba con él y con mis tíos", cuenta Mario Saralegui (62) sobre sus primeras experiencias políticas. Su padre, en cambio, era un militante colorado que ocupó cargos en los gobiernos departamentales "en épocas que ellos siempre ganaban en Artigas". Aunque su madre era muy blanca, no recuerda una disputa política en su casa por ver hacia dónde rumbeaba el chico. Sin embargo, no tuvo chance de arrancar para ningún lado porque a sus 16 años vino a Montevideo, a las inferiores de Peñarol.
Y en Peñarol no se hablaba de política. "Vivíamos en dictadura y habíamos sido criados con mucha rigidez: el pelo no podía tocar la camisa y no podíamos reunirnos más de tres personas en una esquina. Además, el fútbol absorbía y absorbe muchísimo".
No habló de política en Peñarol ni en ninguno de los otros clubes en los que jugó: River Plate y Estudiantes en Argentina, Elche en España o Barcelona de Ecuador. "En el fútbol los temas son bastante reducidos. Algunos prácticamente no se tocan. El jugador de fútbol es muy especial, habla de fútbol, piensa en el entrenamiento, soporta mucha presión. Y por eso pasan las cosas que pasan. Mientras juega vive en una burbuja impenetrable, lo notás hasta en su discurso, en el ‘sí, la verdad que sí' de las entrevistas, cuando hablan como si fueran tontos. En realidad, se están defendiendo. Como el político, el jugador de fútbol tiene sus características. Y hay códigos que no están escritos pero que marcan el camino".
Uno de ellos es que de política mejor no hablar. Recién en 2000 cuando entró a la Facultad de Psicología después de dejar el fútbol, "una facultad con una gran tendencia a la izquierda", se dio cuenta de que la política está en todos lados, más allá de lo partidario. "Todo pasa por la política", le escuchó a una profesora, frase que le quedó marcada.
En Artigas se conocen todos. De hecho, él es amigo "de toda la vida" del actual intendente, Pablo Caram. Fue él quien le dijo de entrar a ese mundo durante el festejo de los 50 años de otro amigo en común, el también exfutbolista -compañero de Saralegui en Peñarol y la selección- Ruben Paz. "Yo no soy político. Yo hago mi trabajo. Yo puedo aportar desde el fútbol", le contestó Saralegui a Caram.
Su trabajo como entrenador, tarea que desarrolló para distintos equipos de Uruguay y Ecuador, dilató hasta 2019 el inicio de su trabajo en la Intendencia de Artigas, cuando la comuna le hizo un contrato. Fue con Tendiendo Redes, un proyecto social y deportivo, que incluía locomoción y alimentación, totalmente gratuito, y que involucró hasta 500 niños del departamento. Giraba en torno al fútbol, pero de forma inclusiva y no selectiva. "Fue un éxito total, hasta que vino la pandemia".
En las elecciones de ese año, Saralegui fue postulado a diputado por Artigas por la Lista 2525. Fue el tercer suplente del segundo candidato en la lista, Mauricio Dos Santos, lo que por el sistema respectivo de suplentes lo transformaba en la séptima alternativa de quien consiguió la banca, Valentina Dos Santos.
Podía no haber sido así: "En un principio, cuando entré, algunas de las personas que integraban el grupo pensaban que yo podía ser el candidato a la diputación. Pero aunque políticos somos todos, yo no trabajo de político y no vivo de la política. Por ahí me llamaban del exterior a trabajar y me iba seis meses o un año. Hubo momentos antes de la interpelación en que podía haber ido al Parlamento, como cuando se votó el Presupuesto y no podía ir alguno de los suplentes. Pero yo entonces estaba trabajando como técnico en Peñarol".
MÁS CASOS EN URUGUAY
El delantero Carlos Simaldone, jugador de Peñarol en los años 70, fue edil pachequista en la década de 1990. También colorado fue el arquero Fernando Álvez Álvez, director municipal de Deportes y Recreación de la Intendencia de Canelones durante la última administración departamental de ese partido (entre 2000 y 2005), así como candidato suplente al Senado por la 2000 en 1999 (el titular era Walter Belvisi). El libro de Luis Prats, Goles y votos, también agrega que en 2009, la Lista 3210, que apoyaba la fórmula Bordaberry-De León, incluía como suplentes al Senado a los exjugadores Marco Vanzini y Fernando Kanapkis. En el Frente Amplio, la Vertiente Artiguista (Lista 77) postuló al Senado a dos grandes glorias, José Sasía e Ildo Maneiro, en puestos muy testimoniales: 61 y 62. Todos ellos, junto con el exjefe de Policía de Colonia durante la administración de Luis Alberto Lacalle, el militante blanco y expuntero de Peñarol y Defensor Oscar Leicht, incursionaron en la política ya retirados.
MÁS COMÚN EN EL EXTRANJERO
En otros países, algunos de ellos con dudosa fortaleza democrática, es más común que exfutbolistas hayan saltado a los primeros planos de la política. El actual presidente de Liberia es George Weah, quien en 1995 se convirtiera en el primer africano en ganar el prestigioso Balón de Oro, siendo un potentísimo delantero en canchas de Francia, Italia e Inglaterra. Asumió en 2017, en 2019 ya hubo grandes manifestaciones en su contra, y en 2020 el Democracy Index de The Economist ubicó al país en el puesto 90 de 167 en todo el mundo, calificándolo con 5,32 en una escala de 0 a 10, y señalándolo como un "régimen híbrido" entre democracia y autoritarismo.
En Brasil, Romario De Souza Farías, el Baixinho, que fue principalísima figura en el tetracampeonato en Estados Unidos 1994, fue electo senador en Río de Janeiro. Su trayectoria política es breve y sinuosa, ya que ha pasado por cuatro partidos distintos. Roberto Dinamita, as del Vasco da Gama y de la selección brasileña en la década de 1970, también fue diputado por ese mismo estado. El mismísimo Edson Arantes do Nascimento, Pelé, que siempre se mostró más interesado por lo relacionado con el fútbol (y los negocios en el fútbol) que por todo lo que pasara afuera, fue ministro extraordinario de Deportes entre 1994 y 1998, durante el gobierno de Fernando Henrique Cardoso.
En Italia, Gianni Rivera, Il Bambino de Oro, fue subsecretario de Defensa, luego que Il Cavaliere Silvio Berlusconi lo tentara para ir hacia ese rumbo. Considerada por The Economist como una "democracia defectuosa", Italia es conocida por sus gobiernos breves, que deben caer ni bien pierden el apoyo del Parlamento: en lo que va del siglo ya dimitieron por esta causa siete primeros ministros.
En México, el gobernador del estado de Morelos es Cuathemoc Blanco, irascible delantero y volante creativo de las décadas de 1990 y 2000. La evaluación de su gestión dista mucho de ser buena.
