Luz, naturaleza y austeridad. Los edificios de las arquitectas Yvonne Farrell y Shelley McNamara se definen por su diálogo con el paisaje, el respeto a la energía solar y el uso de materiales nobles. A simple vista, sus proyectos forman puzles de grandes estructuras de hormigón que juegan con la madera y tienen una sencillez especial. Quizás no es fácil reconocer su firma, pero este año estas arquitectas irlandesas sorprendieron al mundo al convertirse en la primera dupla femenina en ganar el premio más prestigioso de la arquitectura: el Pritzker. Y la decisión asombró por varios motivos.
Aunque es de esperarse que en tiempos de cambio el jurado escoja dar el ejemplo, sus nombres eran desconocidos para parte de la comunidad de la arquitectura mundial. Ambas tienen prestigiosas carreras en el universo académico y sus apellidos figuran en importantes construcciones en Irlanda, pero cultivan un perfil bajo y discreto. Sus obras no tienen la rebeldía de los edificios de Thom Mayne, ni están influenciadas por las vanguardias que definen el creativo trabajo de Wang Shu. Tampoco tienen un estilo tan reconocible como las artesanías, los planos y los diseños del modernista Antoni Gaudí. Desde el estudio Grafton, en Dublín, estas dos arquitectas hacen planes funcionales y trabajan con la tradición y geometría en proyectos que muestran el valor de la arquitectura. El mundo está cambiando y sus necesidades también.

Desde su sede en Chicago, el jurado de los Premios Pritzker es el que dice qué es lo nuevo en arquitectura, qué se usa y a quiénes hay que mirar. Con este reconocimiento, y bajo el apoyo de la Hyatt Foundation, se distingue a aquellos "cuyos edificios exhiben una combinación de talento, visión y compromiso que produzca significativas contribuciones a la humanidad y al entorno construido gracias al arte de la arquitectura". En 41 años, el jurado se encargó de reconocer la genialidad del portugués Álvaro Siza, la influencia del chileno Alejandro Aravena en las modas, y a maestros como el alemán Frei Otto. Pero en el último tiempo se dejó de premiar a los edificios majestuosos y a los derroches barrocos. Mientras crece el minimalismo, la búsqueda por dejar la mínima huella y el camino hacia la sustentabilidad, el jurado reconoció el ejemplo de Farrell y McNamara por actuar con responsabilidad y cuidado ambiental. Tal y como expuso el jurado, ambas fueron premiadas por ser "pioneras en un campo que tradicionalmente ha sido (y todavía es) dominado por los hombres".
El liderazgo masculino es evidente y se nota en las cifras. En la lista de ganadores de los Pritzker figuran solo tres mujeres frente a 43 hombres. Aún se pueden encontrar, incluso, las críticas que aparecieron en 1991 cuando se premió a Robert Venturi y se olvidó a su socia Denise Scott Brown. El reconocimiento tardó pero llegó. Ahora los nombres de Farrell y McNamara quedaron en la historia. "El premio llega por la integridad con que proyectan sus edificios y dirigen su estudio, por su generosidad hacia los colegas, por su incesante compromiso con la excelencia arquitectónica, por su actitud responsable hacia el medio ambiente y por su habilidad para ser cosmopolitas abrazando la singularidad de cada lugar en el trabajo", explicó el jurado, presidido por Martha Thorne y con una composición paritaria de cuatro miembros femeninos y cuatro masculinos.
Un camino doble. La historia de Yvonne Farrell (1951) y Shelley McNamara (1952) está tan marcada por la arquitectura como por la idiosincrasia irlandesa. Ambas nacieron en ciudades con calles y plazas de piedras, pequeños almacenes y comercios artesanales. Y crecieron mirando por la ventana un paisaje formado por bosques de roble y los canales que dividen el cielo y la tierra de forma imaginaria. "La naturaleza se sentía muy cerca", repite Farrell en las entrevistas.
Las irlandesas se conocieron mientras estudiaban en la Escuela de Arquitectura de la University College Dublin y tuvieron fuertes influencias del racionalismo, una tendencia europea de la primera mitad del siglo XX que estaba pisando fuerte en la institución. Esta corriente, que desafiaba el pensamiento contemporáneo, se fundamentó en la razón con obras diseñadas por líneas sencillas y funcionales. También se centró en las formas geométricas simples y en el uso de materiales industriales como el acero, el hormigón y el vidrio. Sus seguidores se distinguen por jugar con cilindros, esferas y cubos; un recurso que fascinó a las arquitectas. Por aquel entonces ya preferían los proyectos austeros a las estructuras pretensiosas.

Ambas se graduaron en 1974 y aceptaron una oferta para dar clases en la universidad. "Para mí, enseñar siempre ha sido una realidad paralela. Es una forma de tratar de destilar nuestra experiencia y regalarla a las generaciones que vienen para que realmente jueguen un papel en el crecimiento de esa cultura", contó Yvonne Farrell al jurado de los Pritzker. Siempre trabajaron juntas. Además de dar clases durante 30 años en Irlanda, ocuparon la Cátedra Kenzo Tange en Harvard y la Louis Kahn en Yale, y fueron las conductoras de largas jornadas en escuelas europeas como el Politécnico de Lausana y la Academia di Architettura de Mendrisio.
En la década del 70, y sin despegarse, abrieron el estudio en la calle Grafton, en el centro de Dublín, que aún dirigen.
A diferencia de otras firmas, el despacho llevó el nombre de la calle para evitar que la atención se dirigiera a las arquitectas. La decisión puede sonar como una sutileza, pero marcó el camino de sobriedad y un perfil que las caracteriza. También fue una manera de anunciar el ejercicio de la arquitectura de consenso, que se enfoca en las necesidades del cliente, la cultura y la economía local. Ellas todavía creen que el protagonista no es el arquitecto sino sus proyectos. "Estamos interesadas en la coreografía de la vida diaria. Vemos a la Tierra como cliente y a la arquitectura como la manipulación de sus recursos", comentaron en la Bienal de Venecia en 2018.
Consolidadas y firmes. Tras 40 años de carrera, Farrell y McNamara siguen en el mismo estudio de la calle Grafton. El local creció y ya ocupa varios edificios del barrio, pero continúan con 30 empleados y una identidad tan propia como sencilla. Ambas tienen un enfoque humanista donde la arquitectura es "un servicio para la humanidad". Y no hacen proyectos especialmente atractivos; un motivo por el que se sorprendieron al ser elegidas para comisariar la Bienal de Venecia en 2018. "Creemos que todos tienen el derecho a beneficiarse de la arquitectura. El rol de la arquitectura es dar refugio a nuestros cuerpos, pero también elevar nuestros espíritus. Un bello muro que forma el borde de una calle agrada al peatón, incluso si nunca cruza el portal", dijeron entonces.
Titulada Freespace, la bienal se enfocó en la generosidad, la reflexión y el compromiso. También se inspiró en el proverbio griego que dice que la "sociedad crece bien cuando los ancianos plantan árboles bajo cuya sombra saben que no se sentarán". En aquella bienal participó un equipo de uruguayos con el proyecto Prison to prison, An intimate story between two architectures. La experiencia fue un desafío.
Así como ocurrió dos años después en los Pritzker, la organización de la Bienal de Venecia escogió a las irlandesas por el mensaje de obras teñidas por los acantilados y la geografía de Irlanda. Tanto en los grandes encargos como en los pequeños, Farrell y McNamara diseñan composiciones reflexivas y adecuadas al lugar donde se levantan. Son respetuosas con el medio ambiente y están comprometidas con el consumo sustentable.
Antes de empezar a trazar los planos, estudian los lugares, dejan que les "hablen" y "escuchan" las necesidades; piensan las secciones del proyecto al detalle y buscan la luz natural. El resultado de este minucioso trabajo se nota en edificios como el Urban Institute of Ireland (2002) y el Campus Universitario UTEC (2015) en Lima. La atracción por los espacios habitables está presente en los puntos de encuentro y descanso de la Universidad Bocconi en Milán y en el diseño del vestíbulo de la Universidad de Toulouse. Y el juego con la ventilación natural y las terrazas se notan en la Universidad de Kingston, al sur de Londres.
En los últimos años, el cuidado por las ventilaciones naturales, la sombra y el descanso las convirtieron en arquitectas con una mirada social. Mientras en el mundo se hacen espacios con fecha de caducidad, ellas exploran con materiales sólidos, duraderos y tradicionales. Sin rococós ni ostentaciones, están mostrando una forma de mezclar la arquitectura con la protección de las ciudades y las necesidades actuales. Ahora hay que esperar a que terminen la biblioteca central de Dublín y la sede del London School of Economics en la que trabajan para ver hacia dónde apunta la brújula.
