Stanley, la capital de las Malvinas, no tiene un gran potencial futbolístico, algo imposible para una ciudad con poco más de 2.000 habitantes. La selección local juega su propio campeonato internacional contra ignotas islas remotas (Saaremaaa, Orkney, Froya) que inevitablemente tienen más población pero menos renombre internacional. Sin embargo, la ciudad tiene su propia cancha de fútbol, ubicada al lado de la Casa del Gobernador y frente a la bahía. El perseverante y mítico viento de las Malvinas hace que el Olímpico de Rampla Juniors parezca un paraíso tropical en comparación. En la cancha de Stanley, tirar un pelotazo puede significar perder diez minutos en ir a correr el balón por la rambla, y jugar de short y camiseta implica riesgo de hipotermia si se hace al ritmo usual del fútbol uruguayo. Allí, todas las pelotas que Lugano venta con tanta eficiencia para salir del área terminarían en la Antártida, ayudadas por el viento y la corriente.
Ello no impide que una apasionada tradición futbolera de alcurnia británica prospere en las islas. En las puertas de algunas casas puede verse el escudo del Liverpool y son varios los pubs que tienen banderas de los equipos ingleses. Luis Suárez es aparentemente una obsesión británica, a juzgar por la frecuencia con la que aparece su nombre cada vez que se habla de Uruguay. Como en el caso del bardo Asurancetúrix, las opiniones sobre él están divididas. Los pocos hinchas del Liverpool que viven allí piensan que es genial y todo el resto cree que o bien es un caníbal con problemas mentales ("¡diver! ¡diver!") o un egresado de la Escuela de Arte Dramático. Sin embargo, si Uruguay juega contra Argentina hasta los isleños futboleros le tienen cariño a Suárez. Recuerdan cada partido importante que la selección le ganó a los albicelestes como si fuera una causa nacional, como si Cristina Fernández se hubiera puesto las canilleras para salir a la cancha.
De hecho, el último partido por las eliminatorias contra Argentina en Montevideo tuvo a varios "kelpers" entre la hinchada uruguaya. La pasada visita de la Cámara de Comercio de las Falklands a Montevideo, con el fin de establecer nuevos lazos comerciales, coincidió con el partido que se jugó en el Centenario. Los miembros de la Cámara de Comercio compraron sus entradas y sublimaron toda su frustración con las presiones del gobierno argentino mezclándose con 60.000 hinchas uruguayos que abucheaban a la selección de Sabella.
Entre ellos estaba Roger Spink, el presidente de la Cámara, que de regreso en Stanley lleva una bufanda de Uruguay anudada al cuello en la semana en la que se juega el segundo partido del repechaje ante Jordania. Él y los demás miembros del grupo creen en forma unánime que la "vulnerabilidad de Uruguay ante Argentina" es sin dudas el principal impedimenti para que los negocios entre las islas y nuestro país mejoren, por lo que ver el 3 a 2 celeste en el estadio fue una suerte de revancha deportiva.
En el Victory Bar de Stanley, un residente llamado Daniel -británico pero en pareja con una isleña- tira datos añejos sobre el fútbol uruguayo como si un Julio Toyos con acento cockney lo hubiera poseído a través de la ingesta de dos pintas de cerveza local. Cuenta cómo Uruguay fue el equipo que "gobernaba el mundo" en la primera mitad del Siglo XX, de lo revolucionario que fue al incluir jugadores negros en su selección en esa época, de los clásicos con Argentina de principios de siglo ("mucho menos amistosos aún que los nuestros con Escocia") y el pasaje celeste por Sudáfrica 2010.
Cualquier cosa sirve antes que fijar la atención en el largo bostezo que fue el trámite clasificatorio ante Jordania. Mejor distraer y que nadie se percate del inoperante 0 a 0 como locales ante los mismos Nashama que hace siete días no podían coordinar a la defensa en un centro. "¿Pero Uruguay no está en el mundial ya?", preguntan dos o tres empinadores de codo locales. Mejor así. Para el comienzo del segundo tiempo, los pubs de Stanley tienen mejores cosas que hacer. Es hora del karaoke, la música en vivo y otras actividades más intensas que el narcótico partido de vuelta por el repechaje. A la capital más austral del mundo le queda una hora de vida nocturna y la clasificación de Uruguay a Brasil 2014 es sólo una noticia remota que se pierde con el viento en la canchita desamparada de los Stanley FC.
Martín Otheguy, desde las Islas Malvinas