Decenas de miles de personas se juntaron nuevamente para hacer honor al Pilsen Rock. Es cierto, a cada momento que pasa el cálculo estimado de público aumenta a lo dicho anteriormente, pero una multitud no menor a las 100 mil personas copó el Parque de la Hispanidad en Durazno, 150 mil según sus organizadores.
Este fenómeno no sólo se explica por la manija mediática o el apoyo de una multinacional. El motivo principal que reunió a tanta gente fue más simple: las ganas de ver en un mega festival con algunas de las mejores y más populares bandas locales, repartidas en dos escenarios gigantes.
Por entonces el parque de la Hispanidad competía con el partido de Uruguay y Ecuador, pero aún así unas 30 o 40 mil personas cubrían buena parte en el pasto mirando con interés. Cuando llegó Snake, la cosa ya comenzaba definitivamente a calentarse y el ambiente se preparaba para los números más populares del día. El mar de gente, visible donde quiera que se mirara, comenzaba a formarse con un desfile de banderas desacostumbrado, más apropiado para un espectáculo deportivo y similar a lo que se vive comúnmente en Argentina. De hecho, entre montones de trapos de La Trampa, Trotsky o los Buitres asomaban leyendas alusivas a La Renga o incluso a los Stones.
El sonido, impecable para todos los presentes en el parque, tuvo su prueba de fuego cuando subió a escena Motosierra. Una de las bandas uruguayas más reconocidas en el exterior ofreció su usual muestra de rock al extremo, haciendo un gasto de energía equivalente a la división irresponsable de átomos.
Para entonces, le tocaba el turno a los locales Graffolitas, que tuvieron mucho apoyo del público y revelaron algunos indicios de lo que vendría después.
Los Buenos Muchachos, ganadores de varios premios Graffiti en este año, también tuvieron su feedback, particularmente con He never wants to see you once again , probablemente el mejor tema del 2004.
El mar de gente, al llegar Hereford, ya era imponente, moviéndose en un vaivén a lo largo de las irregularidades del terreno. Los fanáticos miraban el show desde cualquier lugar, desde un tipo que llegó subido arriba del techo de un ómnibus hasta a un hombre araña que trepó hasta lo alto de un pino y colgó una bandera de La Renga, a riesgo de desandar los veinte metros de altura en cuestión de segundos.
Domingo
Después del robo de una hora de sueño por parte de la disposición horaria gubernamental, unos cuantos lograron amanecer a las 17 horas para llegar a ver otra de las bandas locales: Placebo for Export, que puso mucho ímpetu para compensar su condición de figurita desconocida en el festival.
Rendher, banda surgida de las cenizas de Elefante, siguió a continuación con un show compacto de media hora, lo mismo que Boomerang, que subió a escena después de las 18 horas. Aunque con mucha menos gente que las atracciones nocturnas, las bandas tempraneras tenían de todos modos un sector entusiasta contra el escenario, que no paró en ninguna presentación de los dos días.
El virtuosismo de Cary a la guitarra llevó a La Triple Nelson a ofrecer la solvencia acostumbrada, a la que no le hizo mella alguna la presencia intimidatoria de la multitud. Sordromo tomó la posta y allí el ambiente volvía a tomar color. Con la noche, miles de personas corearon algunos clásicos de la banda de Rodrigo Gómez, así como los temas de su último y estupendo disco, Los amigos invisibles .
Buitres, que curiosamente no estuvo entre los números finales, demostró que tal cosa no fue porque su popularidad haya decaído en los últimos años. Con la migración de Pepe Rambao del bajo a la guitarra y el debut de Orlando Fernández en las cuatro cuerdas, ofrecieron uno de los shows más festejados del fin de semana: compacto, potente y con más versatilidad musical que antes. La respuesta del público fue imponente e hizo justicia a la banda, que demostró que no necesitaba en absoluto tocar más tarde o cerrar la jornada.
La banda dejó tan alto el ambiente, que fue muy difícil para 11 tiros mantener la temperatura del público. La mezcla de rock, reggae y ska funcionó, pero tuvo como desventaja la tarea difícil de retomar el show luego de los Buitres.
El honor del cierre del festival fue para No Te Va Gustar. Aparte de lograr la repercusión acostumbrada y algunos momentos de pogo equiparables a Buitres o Trotsky, más dedicados al punk rock, ganaron el premio a la originalidad. Después de dos horas de show, a Brancciari y compañía les sobró aire para hacer un medley memorable por varios temas de las bandas participantes. Engancharon en un solo tema canciones de 11 tiros, Vinilo, La Trampa, la Vela, Buitres, entre otros. También aportaron la cuota de sentimiento patriótico: primero con la interpretación de A Don José , coreada sin complejos por el público rockero y luego con el himno, en performance exclusiva de los vientos de la banda. La multitud apoyó con un soy celeste más propio del próximo miércoles que de un festival de rock.
Después de esta maratónica presentación, los concurrentes (y los músicos) podían descansar en paz. La fiesta se prolongó hasta la madrugada, y el lunes fue testigo del regreso, cansado pero feliz, de una multitud que volvió en calma a sus hogares. El desafío ahora es difícil: superar el año que viene lo que se vivió en el 2005.