Contenido creado por Monica Forrisi
Crítica de cine

Una aventura épica insuperable

CRÍTICA DE CINE | El señor de los anillos. Las dos torres

Nos encontramos ante la culminación de un sueño, el esplendor de una fantasía que mantendrá absorto al público de principio a fin, embobado por las hazañas y los padecimientos de los protagonistas.
Se trata sin lugar a dudas de una de las mejores experiencias cinematográficas que se podrá vivir durante el próximo año, justo hasta que se estrene El Señor de los Anillos. El Retorno del Rey. ¿Qué nos saciará entonces?

09.01.2003

Lectura: 11'

2003-01-09T00:00:00-03:00
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Peter Jackson sorprendió a los cinéfilos de medio mundo con la monumental adaptación que llevó a cabo de la primera entrega de la trilogía de El Señor de los Anillos, indudable obra cumbre de la fantasía literaria que, gracias a Hollywood, está siendo descubierta por un gran número de nuevos lectores. Jackson y su equipo no sólo aprehendieron la esencia aventurera de la novela de Tolkien, sino que condensaron su complejidad y prolongaron la humanidad de los personajes, entendiéndola como un bosquejo de sentimientos y emociones que abrumaron al espectador con su suntuosidad. El amor, el odio, la amistad, la traición, el arrojo, la bajeza, cualidades y faltas que traspasaron nuestros ojos, inundándolos de lluvia o haciéndolos bullir a causa de su villanía.

Ahora, la evolución de la trama corre pareja a la suerte de los protagonistas, todos ellos desperdigados en distintos lugares de la Tierra Media y siempre dispuestos a enfrentarse a su aciago destino. Nuevos personajes se añaden a la crucial odisea mientras medran también las adversidades a las que se ven sometidos los héroes que batallan contra Sauron. La desesperanza, el abatimiento y la claudicación fluyen a lo largo del metraje como buitres rondando sobre un moribundo en un desierto. El mal se ha despertado e intimida con su cólera a los habitantes de unas tierras que, a pesar de compartir anhelos y principios, combaten en desunión.

Como en El Señor de los Anillos. La Comunidad del Anillo, cualquier disquisición acerca de la fidelidad de esta película al texto original de Tolkien me parece completamente inútil. Es más, la propia estructura de Las Dos Torres resultaría muy anticinematográfica si se siguiera al pie de la letra la concepción originaria del autor de El Hobbit, puesto que los pasajes protagonizados por Frodo, Sam y Gollum no se entrecruzan con los de Aragorn, Gimli y Legolas, sino que en la novela discurren de forma independiente. Por ello, no comparto cualquier crítica que formulen al respecto los puristas de la obra de Tolkien, pues semejantes licencias se tornan comprensibles, incluso aquellas que incrementan el tono romántico del libro.

La segunda entrega de esta épica trilogía comienza con la aparición de una criatura que tendrá un importantísimo papel en la saga: Gollum. Sus formas sinuosas y sibilinas se acercan con sigilo a Frodo, intentando así apoderarse de su tesoro, del anillo que tiempo ha forjó el propio Sauron. A partir de aquí, el espectador queda nuevamente hechizado por la épica de tan excelsa prosa, una sucesión de acontecimientos que se van sucediendo sin tregua y con una intensidad que se engrandece por minutos. Aunque el brillante intimismo de la primera entrega queda un tanto diluido a causa de las múltiples lizas y refriegas que se suceden delante de nuestras retinas, perdura un trasfondo humano que ocupa buena parte del relato: la identificación de Frodo con Gollum, a quien cree poder salvar de su demacrado estado para así tener él mismo la esperanza de no ser consumido totalmente por el pernicioso peso del anillo; la desconfianza de los hombres con respecto a su propio futuro, hundidos por un sino remoto que los envileció a los ojos de las otras razas de la Tierra Media; las dudas de Théoden ante la guerra o las de Faramir, quien tiene en sus manos el éxito o el fracaso de la misión de Frodo; el desconsuelo de los habitantes de Rohan ante la triste fatalidad que los rodea, instantáneas de un sufrimiento casi imposible de abatir. Momentos todos ellos de una hermosa intimidad que, sin embargo, quizás pasen un tanto desapercibidos ante las grandiosas confrontaciones que marcan la suerte de la narración.

La alianza entre la Torre de Orthanc y la de Barad-dûr desemboca en un crudo enfrentamiento en las tierras de Rohan, una marea de muerte y sangre que deja atónito al espectador por la verosimilitud con la que se ha recreado. Violentos estallidos de metal y piedra que nos sobrecogen de igual forma que los ahogados gritos de aquellos que se ocultan en las cuevas del Abismo de Helm. Mientras, los bosques gimen a causa de las atrocidades que contra ellos han cometido Saruman y sus legiones de orcos. Una admonición ecologista que Tolkien ya lanzaba en una década en la que pocos eran los que defendían con ardor la protección de nuestros ecosistemas.

Es difícil, por tanto, describir las emociones que transmite una cinta de tan pretenciosa magnitud. Son tres horas de metraje que transcurren como si en realidad fueran tan sólo sesenta minutos, una maravillosa muestra de cómo entretener al espectador sin necesidad de insultar a su inteligencia.

Pero es, sobre todo, la confirmación de un género, el fantástico, que en general tanto ha maltratado la crítica especializada en estas últimas décadas, siempre ninguneándolo y relegándolo a una posición meramente anecdótica. Nuevamente la mejor película del año pertenece a un tipo de cine que pocas veces ha obtenido el reconocimiento que en verdad se merece, olvidado por la excesiva importancia que se le da en los medios de comunicación a determinados dramas de un realismo discutible o a verdaderos panfletos políticos de una exagerada simplicidad, ya que su único fin es la manipulación. Pues bien, decir a los aún escépticos que semejantes temáticas las hallarán camufladas en El Señor de los Anillos. Las Dos Torres, pues intensa es la simbología de Tolkien con respecto a la situación en la que se encuentra nuestro mundo, nuestra Historia más reciente. ¿Qué excusa buscarán ahora para no disfrutar de esta portentosa leyenda?

Culmen de la imaginación más desbordante, la obra de Peter Jackson se revela también como una pintura de interminables paisajes, describiéndose en ellos mundos que contrastan entre sí: lo hermoso y lo tétrico, la luz y la oscuridad. La mezcla entre escenarios naturales y recreaciones infográficas debería causar cierto sonrojo a George Lucas, más habituado últimamente a emplear únicamente el ordenador para construir la atmósfera de sus películas. Las escenas de masas refulgen con su señorío, mientras que un buen número de criaturas marchan por la pantalla como si en verdad fueran de carne y hueso. Y, por supuesto, Gollum, ese Gollum digital que, si bien hay momentos en los que se distinguen sus leves imperfecciones, se convierte por derecho propio en un actor más de la película. Sus movimientos, sus miradas, esos diálogos que mantiene consigo mismo o con sus congéneres... Instantes de una magia especial que ofrecen un resultado admirable, pues pronto Gollum deja de resultarnos repulsivo, causándonos más bien compasión la pelea que lo consume en su interior. De igual calidad resulta Bárbol, el gigantesco ent de elegantes andares y meditadas palabras. Los artistas de El Señor de los Anillos. Las Dos Torres hacen creíble lo imposible, pues era éste uno de los personajes más difíciles de recrear en la pantalla grande.

Si en la primera entrega de la trilogía los intérpretes principales de la historia permanecían juntos durante casi todo su periplo, siendo a pesar de ello Frodo el verdadero centro de atención de nuestras miradas, ahora resulta más difícil afirmar esto, ya que son varios los lugares que visitamos y muy distintas las aventuras que vivimos al lado de hobbits, humanos, elfos y enanos. Elijah Wood sigue transmitiendo en su rostro el influjo de tan maléfico anillo, aunque tampoco posee momentos tan brillantes para lucirse como los que vivimos en su anterior trabajo, donde estaba espléndido cuando Gandalf moría en Moria. En todo caso, la escena en la que apunta al cuello de Sam con su espada es escalofriante... Viggo Mortensen, Orlando Bloom y John Rhys-Davies adquieren una mayor presencia, estando todos ellos espléndidos: el primero, como Aragorn, aporta nobleza a su rol de líder; el segundo, como Legolas, sigue exhibiendo una sorprendente elegancia cuando camina o lucha (atención al instante en el que se sube al caballo del enano); finalmente, el tercero evita que Gimli se transforme en una caricatura a causa de los múltiples golpes de humor que se ceban en su personaje. Ian McKellen exhibe su talento en secuencias tan portentosas como aquella en la que Gandalf se deja ver nuevamente ante sus amigos, siendo su porte de una adecuada majestuosidad.

Christopher Lee dibuja a Saruman en la victoria y en la derrota, construyendo al siervo de Sauron a través de su siniestra voz y su imponente físico. Por último, de los actores que dan vida a los hobbits, Sean Astin, Billy Boyd y Dominic Monaghan, es el primero el que más nos convence con su interpretación, pues sabe cómo exteriorizar la desazón de Sam, afligido por el cambio de carácter de su amo. De entre los nuevos integrantes del reparto, destacar a Bernard Hill (un convincente rey Théoden), David Wenham (que recoge con atino la ambigüedad de Boromir), Brad Dourif (magnífica su caracterización como Lengua De Serpiente) y Miranda Otto (brindándole a Éowyn una atractiva doble personalidad donde el vigor y la ternura se combinan con credibilidad en su semblante). Triste será, ciertamente, que no se valore el asombroso trabajo de Andy Serkis como Gollum, una gran interpretación que hará sonrojarse a Willem Dafoe, quien también ha interpretado este año a un ser atormentado por una voz interior.

No obstante, Peter Jackson sigue siendo el mejor baluarte de esta adaptación de El Señor de los Anillos. Nuevamente, y salvo alguna que otra pequeña concesión, trata con respeto a los personajes, impidiendo que la abundante acción que se ve en el filme asfixie su propia existencia. En todo caso, continúa sin convencer-me la forma en la que rueda las batallas, con esos exagerados movimientos de cámara que impiden que entendamos con claridad lo que está sucediendo. Por último, resaltar nuevamente los retratos que Jackson hace de los paisajes de la Tierra Media (Nueva Zelanda), algo que ya se puede comprobar desde los primeros minutos del metraje, donde consigue maravillarnos con la onírica visión de las cumbres nevadas de Moria y los estertores de la batalla que libra Gandalf en el interior de sus minas.

Mientras que los temas épicos que Howard Shore compuso para El Señor de los Anillos. La Comunidad del Anillo quizás resaltaban en exceso, ahora, sin embargo, se vuelven acertados gracias al cariz que toma la narración. Los coros son magistrales, y la reutilización del material ya conocido resulta brillante (atención al uso del tema de los elfos con sones militares, por ejemplo). Además, aporta nuevas piezas, como aquella que describe a los Rohirrim, capaz incluso de deslumbrarnos con su belleza. Destacar, finalmente, la magnificiencia de los cortes compuestos para los ataques, en especial cuando Gandalf acomete contra los Uruk-Hai que sitian el Abismo de Helm. Es una pena, eso sí, que se emplee tan poco el tema central del anillo, esa ondulante y entristecida melodía que tan bien quedaba cuando la compañía del anillo cruzaba el río que bañaba los pies de los Argonautas.

Nos encontramos, en definitiva, ante la culminación de un sueño, el esplendor de una fantasía que mantendrá absorto al público de principio a fin, embobado por las hazañas y los padecimientos de los protagonistas. Cierto que no es una película de matrícula de honor (resulta exagerado, por ejemplo, el humor que rodea a Gimli, a veces un tanto repetitivo), pero se trata sin lugar a dudas de una de las mejores experiencias cinematográficas que se podrá vivir durante el próximo año, justo hasta que se estrene El Señor de los Anillos. El Retorno del Rey. ¿Qué nos saciará entonces?


Por Joaquín Fernández | La Butaca