Desde el inicio se aprecia que estamos en presencia de un gran filme, de una obra cinematográfica más que interesante. Con un concepto del show como sólo Hollywood sabe hacerlo, pero cargado de contenido político de la mejor factura del cine independiente estadounidense.

Quien está a la cabeza del proyecto es Tim Robbins, hombre signado con el mote de liberal. Eufemismo para denominar a todos aquellos artistas de la nación del norte, más afines a las políticas progresistas. Conocido por sus papeles delante de cámara en: El gran salto, Intriga en la calle Arlington, los que gustan del rubro farándula lo saben esposo de Susan Sarandon, con quien trabajó en Mientras estés conmigo y El ciudadano Bob Roberts (obras que dirigió).

Arriba el telón

Se hace la luz. Una joven (Emily Watson) tirada en el suelo, tapada con unos trapos, despierta. La luminosidad proviene de un proyector de cine sobre el telón. Las imágenes están invertidas, descubrimos que nos encontramos al otro lado de la pantalla. La muchacha se levanta -el informativo cinematográfico nos cuenta las novedades sobre el avance del franquismo- camina medio dormida mientras la cámara la sigue. En plano secuencia (donde la continuidad está dada sin cortes) descubriremos la sala semivacía, al encargado echándola, la larga escalera que nos lleva hasta la calle; afuera nos enteraremos que canta por dos centavos -o por lo que sea-, recorreremos una cuadra del barrio (incluido el baño improvisado tras unas cajas); luego la dejaremos marchar en su mendicidad, la cámara se elevará en busca de otros horizontes, hipnotizados por los acordes de un piano y de una voz desgastada tras el cansancio, ingresaremos clandestinos en el cuarto del autor de los sones. Es Marc Blitzstein (Hank Azaria), en pleno proceso creativo, en plena lucha con sus fantasmas. Canta, reescribe la sucia partitura, discute en voz alta, falla, se hunde en las angustias de la invención.

La anécdota es conocida para los historiadores del cine. Luego de la depresión del '29 el gobierno de Roosevelt, en su New Deal, encaró medidas de reactivación (aquí surgen las políticas de Keynes, también conocidas como de Estado paternalista). Una de las propuestas fue la creación del Federal Theater Project, un proyecto estatal de empleo para actores profesionales, que luego de la crisis quedaron sin trabajo. De este teatro surgen obras de alto contenido social, como la misma Cradle Will Rock (que da origen a esta narración), escrita por Blitzstein bajo la dirección de Orson Welles.

Eran tiempos de cambios, tiempos de republicanos y franquistas. De Hitler, Mussolini y Stalin. Tiempo de revoluciones artísticas, culturales, filosóficas. Quizá el momento más importante en la Historia del pasado siglo. Una suerte de bisagra entre las antiguas estructuras y el futuro incipiente.

Todos tenían posición tomada ante cualquier asunto político (en el sentido más antropológico de la palabra). En el aire se respiraba la efervescencia, esa energía extra en el ambiente. En el filme también. Esa es la principal virtud de Abajo el telón, transmitir la ansiedad del tiempo, cual si fuera presente. La segunda, no hay planteos maniqueos, no hay buenos, ni malos. Sino, gente que actúa según su sentir. Gente mala con actos nobles, personas buenas que no perciben la magnitud de los acontecimientos (salvo los estadistas, el resto de nosotros pequeños mortales, rara vez vemos más allá de nuestras narices). Como el personaje de Joan Cusack, la principal denunciante de "comunistas" dentro del Teatro es la misma que le consigue un trabajo a la indigente de la escena inicial. Gestos que definen a las personas en su complejidad interior. O el del ventrílocuo (Bill Murray), que ayuda a delatar a los compañeros de trabajo por amor (como el mismo George Orwell) y luego descubre lo que sus actos ocasionaron.

Están todos los que marcaron la época, William R. Hearts (El famoso Ciudadano Kane), Diego Rivera (Ruben Blades) con Frida, Nelson Rockefeller (John Cusack) y el altercado con el pintor mejicano, está el mural de la discordia con el detalle de Lenin, no falta la Marchand (Susan Sarandon) traficante de arte sin escrúpulos. Está el actor (John Turturro) que representa al pueblo, al coro griego. Ese emigrante italiano que carga con cuatro hijos y una esposa, que sólo quiere trabajar en lo que sabe y que se sabe en sus limitaciones histriónicas.

Al final el filme consagra la libertad del creador, y el espectáculo como la máxima del artista. El tablado y su público todos unidos en una fiesta indisoluble. En esta última parte pueden surgir los mayores reparos, porque tiende a parecerse al Hollywood más clásico, al de los happy end. El musical que cambiaría los musicales juega en la escena terminal una suerte de obra dentro de otra obra, la realidad de la película se confunde con la anécdota del drama. Tim Robbins no tiene otra opción que mostrarlo de esa forma, para aprehender ese momento único, idealizándolo.

Los llantos, la alegría, los abrazos magnifican las sensaciones del tiempo posible. Cómo en la década de los sesenta con las revueltas estudiantiles o a la salida de la dictadura en nuestro país. Esa palpable atmósfera de cambio, de la utopía tangible. Allí donde todo está claro, es fácil sonreír y mirar al mundo con optimismo. Ya vendrán luego los tiempos del telón bajo, tiempos de blancos grisáceos. Por un par de horas vale la pena recordar que tan importante son las utopías.