Editorial
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Amores de padres, hijos y camisetas

La pasión por el fútbol tiene esa magia de lo irracional que lo vuelve único en su especie.

08.07.2021 07:00

Lectura: 5'

2021-07-08T07:00:00
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Por Daniela Bluth

Cuando a ambos les gusta, el fútbol puede resultar un gran aliado para cultivar el vínculo entre padre e hijo. Es ir una tarde al estadio, es comentar cada jugada, es llevar la camiseta puesta, es comer chorizo al pan en la tribuna, es festejar los goles entre ellos y con el desconocido de al lado, es odiar al rival sea quien sea, es decir "nosotros" para referirse al plantel, es reírse, llorar, soñar, confiar, calcular, decepcionarse, putear. Es, en definitiva, un sentimiento difícil de explicar a los que lo miran desde afuera.

Históricamente, mucho se ha escrito sobre la pasión que genera el fútbol. En las últimas décadas también se ha escrito mucho sobre el negocio que mueve los hilos del deporte. Pero sin dudas van por caminos separados. Mientras que el segundo responde a las lógicas del mercado y el marketing, el primero tiene esa magia de lo irracional que lo vuelve único en su especie. Algunos dirán que lo mismo ocurre con otros deportes, incluso con otros pasatiempos; a los fanáticos de ley cualquier comparación seguramente les parezca inadmisible.

Hace casi 20 años las vueltas de la vida hicieron que me cruzara por primera vez con la obra del inglés Nick Hornby. Así yo, poco adepta al deporte en general y al fútbol en particular, conocí Fiebre en las gradas, un relato autobiográfico sobre su conflictiva relación con el fútbol y el equipo de sus amores, el Arsenal de Londres.

Con humor y honestidad, Hornby no solo se revela como un aficionado obsesivo -capaz de rechazar invitaciones a una fiesta porque hay partido o de comparar una ruptura amorosa con el alejamiento de un jugador emblemático- sino que logra hacer una especie de radiografía social donde saltan a la vista la lealtad, la devoción y, sobre todo, el sentimiento de pertenencia de "una comunidad de sufridos seguidores".

"Me enamoré del fútbol tal como más adelante me iba a enamorar de las mujeres: de repente, sin explicación, sin hacer ejercicio de mis facultades críticas, sin ponerme a pensar en el dolor y en los sobresaltos que la experiencia traería consigo", confesó Hornby alguna vez. Esa comparación con el amor de pareja, tan absurda y lejana para muchos, es bastante habitual. En el Río de la Plata, donde el fútbol es el fenómeno social por antonomasia, Eduardo Sacheri le ha dedicado varios cuentos y muchas páginas al vínculo con este deporte que para él no califica como vía de escape ni como entretenimiento, sino que es una forma de ver y sentir la vida.

"Muchas veces he escuchado a mis amigos, a mis conocidos, o a ilustres desconocidos, comparar el amor por el equipo con el amor que se puede sentir por una mujer. Y en la comparación, casi siempre el amor por una mujer sale perdiendo. No tiene la misma constancia, ni el mismo desinterés, ni la misma entrega, ni la misma disposición al sacrificio. Mil veces he escuchado el comentario: "Yo cambié no sé cuántas veces de mujer. Pero de equipo, jamás en la vida", escribe en Hijos nuestros, uno de los artículos que publicó en la revista El Gráfico entre 2011 y 2013 y que luego reunió en el libro Las llaves del reino (que le dedica a su hijo Francisco). En busca de una respuesta, también intenta equiparar ese vínculo al amor que sentimos por un padre o una madre, pero tampoco funciona: ese no es un amor que cultivemos ni que exija sacrificios, dice. Y así, cuestionando y analizando sus vivencias como hincha, llega a la siguiente conclusión: "Por esa constancia inmune a las derrotas, se me ocurre que el amor que sentimos por nuestro equipo se parece al que sentimos por nuestros hijos. (...) Con nuestras mujeres, el amor puede permanecer o evaporarse. El de nuestros padres, lo damos por descontado. Pero el que les damos a nuestros hijos es un amor hecho de esfuerzo y de sacrificio, de desvelo y de perseverancia", concluye. La sucesión de argumentos convence hasta al más escéptico. Habla de un amor inclaudicable, de esos que no buscan razones ni piden explicaciones. Termina advirtiendo que no está bien ni está mal, que simplemente así funciona.

Algo de toda esa pasión irracional aparece en los testimonios que elegimos para esta edición del Día del Padre, donde cuatro jugadores de la Selección uruguaya recuerdan el triunfo en la Copa América 2011 y cuentan cómo ese legado futbolero viene de sus padres y sigue corriendo hacia sus hijos. Hay desde tradición y pasión hasta exigencias y sueños cumplidos, que en general -y por suerte-superan los rotos. Después de un fin de semana de mucho fútbol y resultados no siempre felices, la expectativa es que el paso del tiempo haga su parte y la ilusión del próximo partido alimente el alma.

Este domingo, el padre al que festejo es Fede, el papá de mis hijos, el mejor que les podía tocar a ellos y a mí. Los más grandes de la familia, los padres/abuelos, ya no están. Uno más futbolero que el otro, seguramente se hubieran emocionado con las historias de esa Copa América de la que se cumplen ya 10 años. De saber que los recordamos en cada partido. Y que, cuando el cuadro de nuestros amores lo permite, seguimos gritando algún "golazo" o revoleando la camiseta en su honor.