Han transcurrido 15 años del atentado a la AMIA, es mucho tiempo para la vida de un joven, poco para la de un adulto, nada para la historia. ¿Por qué las prácticas del horror nos siguen acompañando? No fue el primer atentado terrorista ni el que más victimas costó, pero ¿por qué tuvo que ser? ¿por qué no pudo ser el último? ¿qué hay en la condición humana que reitera una y otra vez la violencia política como arma para imponer sus ideas? ¿o acaso es por no tener ideas que se utiliza la violencia?

Argentina tuvo la quema de iglesias durante la primera presidencia peronista a finales de los cuarenta, el bombardeo a Plaza de Mayo para restaurar la violencia anterior, una sucesión de golpes de estado en la década del 60 para controlar los opositores díscolos, 30.000 secuestros y desapariciones forzadas y 500 bebes apropiados durante la última dictadura para imponer un modelo económico, y desde tiempos remotos se excluyó pobres, indios y negros, negándolos.

Una sociedad, al igual que la uruguaya, construida en el imaginario popular como la más integrada del mundo donde todos tenían su lugar. Pero la realidad siempre es más fuerte. Ni todos tienen iguales oportunidades ni todos se miran como iguales. La construcción de visiones dicotómicas en clave de amigo – enemigo ha sido la tónica dominante de relacionamiento en nuestras sociedades.

A las 9.53 hs. de una fría mañana del 18 de julio de 1994, la calle Pasteur 633 se hizo escombros, por los aires vidrios y polvo, y en la calle, 85 personas muertas por la violencia política. 300 heridos como testimonios vivos. Fue la explosión antijudía más tremenda ocurrida en la Argentina.

Un país con la quinta comunidad judía mayor del mundo y la primera en América Latina, con escritores, científicos y artistas de renombre entre sus filas, como Cipe Lincovsky, Horacio Verbitksy, Juan Gelman, Tato Bores, Jorge Guinzburg, Marcos Aguinis, Jacobo Timerman, Alberto Gerchunaff, Jaime Barylko, Cecilia Roth, Alejandro Lerner, Norman Briski, Nelly Lainez, Marcos Zucker, David Lebon, Daniel Barenboim, Adrián Swarts, Cesar Milstein, se enfrentó en unos minutos a una realidad tenebrosa y todos nos preguntamos ¿Por qué?

De 1862 data la primera congregación israelita argentina, y en 1881 un decreto del Poder Ejecutivo Nacional Nº 12.011, promueve la inmigración judía desde el Imperio Ruso a Argentina. En 1894 se creó la Jevrá Kedusha Ashkenazí que años más tarde se transformará en la Asociación de Mutuales Israelitas Argentina – AMIA. En 1945 inauguró su sede en calle Pasteur en la ciudad de Buenos Aires. En 1999 tuvo que reinaugurarla nuevamente.

El cometido de la AMIA, explican sus estatutos [2], es fortalecer los principios básicos de democracia y pluralismo, impulsando una convivencia creativa desde las particularidades que conforman la sociedad. Se guía por la defensa a la vida, la solidaridad, la memoria, igualdad y respecto, y continuidad. Se la considera la institución madre de la comunidad judía argentina.

Pero, más que escombros y muerte en la calle Pasteur, la sociedad latinoamericana, y argentina en especial, se enfrentó nuevamente a la necesidad de repensarse a si misma y reinventar su modelo democrático, ¿Cuáles son los límites de la intolerancia y la exclusión?

El mundo que no es el mismo de mediados de siglo XX, nos trae al recuerdo, palabras pronunciadas por Hitler en un discurso en 1920, casi 20 años antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, y previo a la “solución final”: “…no imaginéis que se puede luchar contra la enfermedad (el espíritu judío) sin matar a su causante, sin exterminar el microbio y no penséis que lograréis luchar contra la tuberculosis de la raza sino garantizando que el pueblo esté limpio del microbio portador de esa enfermedad. Las influencias del judaísmo nunca acabarán y la contaminación del pueblo alemán no se detendrá en tanto no sea extirpado el causante de la enfermedad judía de nuestro cuerpo…” [3].

Dice Israel Gutman, en Holocausto y Memoria [4] , que esta mezcla de ideas y prejuicios refutables, condujeron a Hitler a cultivar una sensación de misión, lindante con una visión casi mesiánica de su destino. El se sentía como ungido a redimir el mundo ante la destrucción inminente e instaurar a la raza superior, elegida de por sí, en la jerarquía de salvadora y hegemónica del mundo.

Al igual que durante la Shoá, en el atentado a la AMIA no hubo víctimas inocentes, ni víctimas judías, ni víctimas culpables, lo que hubo fueron víctimas. Fueron amas de casa, empleados, comerciantes, oficinistas, estudiantes, obreros; muchos judíos, otros católicos, algunos ateos. Hombres y mujeres, jóvenes y adultos a quienes se los catalogó como “otros” excluyentes, sobrantes, dignos de exterminar.

El negacionismo o la minimización de la Shoá trajo enseñanzas distorsionadas de la realidad que, unidas al auge de políticas fundamentalistas en ciertas regiones del mundo, han colaborado, en el presente, a generar estallidos terroristas y respuestas que superan la violencia para transformarse en crímenes que afectan a toda la comunidad humana.

Hezbolláh, ETA, Hamas, Al Qaeda, entre otras agrupaciones, han pasado a integrar el lenguaje cotidiano, y el terrorismo de estado –el peor y más mortífero de todos- no pasan al olvido. Discursos y aspiraciones políticas destructivas como las manifestadas por el presidente iraní Ahmadineyad ahondan el escenario de confrontación.

El atentado intentó cercar a las instituciones judías –religiosas y laicas- guetizando a la comunidad como comprensible respuesta de seguridad. El objetivo del terrorismo es generar miedo y paralizar a la sociedad. Reafirmamos que cuando un sector es afectado todo el colectivo social lo es. ¿Qué actitud tomamos? ¿Como respondemos ante el avance del mismo? Recordemos que con similar intención anteriormente un atentado voló la Embajada de Israel.

Recordar es una manera de vencer el miedo, rompiendo el silencio y verbalizando el dolor y la esperanza. No podemos devolver la vida de aquellos que la bomba se las truncó pero no podemos, con nuestra afonía, volver a matarlos. Al decir de Ellie Wiesel “…olvidar a los muertos es matarlos de nuevo, es negar la vida que ellos vivieron, la esperanza que los sostenía, la fe que los animaba…” [5]. Del mismo modo que existen crímenes contra la humanidad, existen también crímenes contra la memoria.

La memoria es una saludable actividad humana. Significa y representa querer un mundo mejor. Al recordar aprendemos, al optar qué olvidar y qué recordar, definimos qué no volver hacer y qué tomar como ejemplar. Es algo activo que se sitúa en el hoy y a través del cual el pasado es permanentemente resignificado.

Hablamos de ligar pasado, presente y futuro, no como ejercicio de nostalgia sino como trabajo en el que el dolor se convierta en motor político para nuestro accionar. No es un acto que arranca del pasado sino que se dispara desde el presente, lanzándose hacia el pasado. Walter Benjamín dice que hay que “…adueñarse de un recuerdo tal y como relumbra en el instante de un peligro…” [6] . Pilar Calveiro[7] interpreta el pensamiento de Benjamín sosteniendo que para abrir el pasado, y con él, el presente y el futuro, hay que hacerlo encontrando las coordenadas de sentido de ese pasado y, al mismo tiempo, los sentidos que el mismo adquiere a la luz de las necesidades del presente. Se trata, por lo tanto, de una conexión de sentidos que permita reconocer y vincular los procesos como tales, con sus continuidades y sus rupturas, antes que la rememoración de acontecimientos, entendidos como sucesos extraordinarios y aislados.

La construcción de una memoria democrática se funda en la búsqueda de verdad, en el libre ejercicio de la justicia y en la dignificación de las víctimas. Identificar víctimas y victimarios, caras opuestas del ser humano. Reconocer que lo inhumano es parte también de lo humano.

Tzvetan Todorov [8] distingue entre “memoria literal” y “memoria ejemplar”, señala que “…el uso literal torna al acontecimiento pasado en indispensable, supone someter el pasado al presente. El uso ejemplar, en cambio, permite usar el pasado en vistas del presente, usar las lecciones de las injusticias vividas para combatir las presentes…”. Para la primera (memoria literal) usa el termino memoria y para la segunda (memoria ejemplar) la palabra justicia.

En otra mirada, nacida de la globalización y la inmediatez, Bernhard Giesen, nos planteaba en el 2006, que “…en lugar de alabar a los héroes fundadores de una comunidad, los monumentos y rituales públicos recuerdan hoy el sufrimiento de las víctimas y los crímenes de los perpetradores. Ambos –víctimas y victimarios- son vistos como la encarnación arquetípica de la identidad colectiva, una posición reservada anteriormente al héroe triunfante. La memoria de los triunfos del pasado es sustituida por los traumas del pasado…” .[9]

Los recuerdos, necesarios y saludables, no recuperan lo perdido, lo que ya no está, pero nos aportan elementos significativos para mirar nuevamente y alertarnos de peligros y desafíos. Los derechos humanos son una utopía en permanente construcción, un trabajoso entramado de finos tejidos con muchas manos de labor. Educar en y para los derechos humanos así como en una cultura de la memoria es una acción deliberada y debe ser pensada. Implica objetivos claros y una metodología de participación ciudadana permanente. Su éxito será forjar más y mejor democracia, cimentada en la verdad y la justicia.

Aún hay un largo camino por recorrer para el esclarecimiento del brutal atentado llevado a cabo en la AMIA, tanto en lo que refiere a la posible conexión internacional como a la local.

Continúa siendo una herida abierta que no cierra, con sus secretos no revelados, sus agujeros negros y perpetradores no identificados. Lo necesario es construir un fuerte bloque de aislamiento social y político a las prácticas terroristas, y fortalecer la democracia con un efectivo reconocimiento de derechos de todos por igual sin exclusión de tipo alguno.

Vivir en clave de derechos, generar los espacios para la participación y control popular en la toma de decisiones, estimular una cultura de memoria con verdad y justicia para aprender y dignificar a las victimas, en fin, construir ciudadanía serán las tareas del presente para así concebir futuro.

Al decir de nuestro amigo y compañero de curso 2009 en Yad Vashem, Dany Levín [10], “…vivificar la memoria de los muertos nos lleva a rescatar las marcas de vida que han dejado junto a su nombre. Así, trascendemos por encima de su desaparición física, y logramos que esas enseñanzas y vivencias se tornen una bendición plena en nuestras vidas…”.

Que así sea…!
Es lo justo.


Oscar Destouet
Prof. de Historia


Referencias:

1. Primo Levi, Si esto es un hombre, capítulo la 1ª Selección, Ed. El Aleph, 2003.
2. AMIA Asociación de Mutuales Israelitas Argentina, Misión, en www.amia.org.ar
3. Israel Gutman, Holocausto y Memoria, Yad Vashem, 2003, pág. 19
4.Israel Gutman, Holocausto y Memoria, Yad Vashem, 2003, pág. 19
5. Elie Wiesel y otros, ¿Por qué recordar?, Ed. Granica, 2006, Prefacio, pág. 12.
6. Walter Benjamín, Discursos interrumpidos, 1994, pág. 178.
7. Pilar Calveiro, Los usos políticos de la memoria, 2006, pág. 378.
8. Tzvetan Todorov, Los abusos de la memoria, 1998.
9. Bernhart Giesen, La construcción pública del mal y del bien común. Sobre héroes, víctimas y perpetradores, Revista Puentes, año 2, Nº 5, octubre 2001, pág. 16.
10. Eduardo Daniel Levín, El ser humano des-humanizado, en La Shoá y la complejidad de su transmisión, Argentina, 2009. [Agradezco al Lic. Levín por la lectura del presente escrito y sus significativos aportes, pero lo desafecto de toda responsabilidad].