En el relato Por un bistec, publicado en 1909, el escritor estadounidense Jack London plasma la difícil vida de los boxeadores de su tiempo, quienes se rompían los huesos por monedas, y también aborda un tema universal: la oposición entre la juventud y la madurez.
La obra es protagonizada por King, un luchador castigado por el hambre, quien pone sobre el ring todo su oficio y experiencia para enfrentar a una joven promesa: un púgil veloz y fuerte llamado Sandel, quien se encuentra en el inicio de su carrera.
El combate apasiona al público: Sandel se muestra incansable y lanza andanadas de golpes que su oponente no siempre puede bloquear. Paciente y sabedor de sus limitaciones, King soporta sin lanzar las manos más que en contadas ocasiones, pero cada vez que suelta un golpe da en el blanco y estremece a su adversario. El final del cuento es digno de la pluma de su reputado autor, y quien quiera conocerlo puede leerlo aquí.
Este innecesario exordio literario viene a cuento de un experimento realizado recientemente en Estados Unidos, donde —al igual que en el relato antes descripto— se enfrentó a un auto “joven” con uno “viejo”. Y, a diferencia de lo que sucede con los humanos, en este caso la experiencia acumulada no tuvo ninguna incidencia.
Según consigna el periódico La Nación, el enfrentamiento fue organizado por el Insurance Institute for Highway Safety (IIHS), organismo estadounidense financiado por aseguradoras. En la “pelea” se lanzó una camioneta Chevrolet Blazer de 1996 contra su “nieta” de 2026, en una prueba de impacto frontal especialmente diseñada para conmemorar las tres décadas de su programa de crash test.
Los resultados evidenciaron el enorme salto que experimentó la seguridad automotriz en el período.
En el caso de la Blazer 2026, el habitáculo permaneció prácticamente intacto tras la colisión. De acuerdo con las mediciones realizadas sobre el maniquí de pruebas, el conductor habría sufrido un riesgo mínimo de lesiones en casi todos los parámetros analizados. La única excepción fue una probabilidad ligeramente mayor de lesión en el pie o la parte inferior de la pierna derecha, aunque dentro de niveles considerados aceptables.
La situación fue muy diferente para el vehículo de 1996. El impacto provocó una deformación estructural que comprometió el espacio de supervivencia de los ocupantes. El tablero y la columna de dirección fueron desplazados hacia las piernas del maniquí y aunque el airbag se activó correctamente, no pudo compensar el colapso del habitáculo.
Según explicó el IIHS, la violencia del choque fue tal que el impacto del airbag contra el mentón del muñeco de ensayo terminó desprendiendo la cabeza del cuerpo al fracturar la articulación superior del cuello. El organismo aclaró que esa escena no debe interpretarse como una representación literal de lo que ocurriría con una persona, sino como una demostración de las enormes fuerzas que habría soportado un conductor en un vehículo de esa antigüedad.
La prueba retomó un concepto que el instituto ya había utilizado en 2009, cuando enfrentó un Chevrolet Bel Air de 1959 contra un Chevrolet Malibu contemporáneo. En aquella oportunidad, el objetivo fue desmontar la creencia de que los automóviles antiguos, por ser más pesados o estar construidos con mayor cantidad de acero, ofrecían una protección superior.
El IIHS sostiene que la diferencia radica en la ingeniería moderna. Los vehículos actuales incorporan zonas de deformación programada que absorben y distribuyen la energía del impacto, preservando la integridad del habitáculo. A ello se suman cinturones de seguridad más sofisticados, pretensores, limitadores de fuerza, airbags de última generación y refuerzos estructurales que actúan de forma coordinada para proteger a los ocupantes.
El organismo afirmó, además, que las mejoras en seguridad impulsadas a partir de sus evaluaciones contribuyeron a evitar unas 48.352 muertes en Estados Unidos entre 1999 y 2024.
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