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Tierra adentro

Mujeres rurales: dos historias de trabajo, arraigo y una vida ligada a la tierra

Rosana Andrada sigue en la campaña; María del Huerto Vega dejó la chacra tras 32 años, pero todavía extraña esa vida de tranquilidad.

15.10.2026 12:56

Lectura: 6'

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Por Pedro Dutour
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El campo forma parte de la vida de Rosana Andrada desde la infancia y sigue siendo el lugar donde quiere vivir. María del Huerto Vega, en cambio, dejó atrás la chacra después de más de tres décadas de trabajo en la Colonia Paysandú (también conocida como Colonia Belga) y hoy reside en Las Piedras, aunque conserva el vínculo con la tierra a través de una pequeña huerta. Sus historias, diferentes en el presente, tienen en común una larga experiencia de vida rural, marcada por las tareas cotidianas, la producción familiar y el arraigo a un entorno que ninguna de las dos recuerda con indiferencia. En el Día Internacional de las Mujeres Rurales, que se conmemora cada 15 de octubre, sus testimonios permiten acercarse a dos trayectorias construidas en contacto permanente con el campo.

Andrada vive actualmente en Corrales de Paysandú, un paraje ubicado sobre el kilómetro 173 de la ruta 26 (a 80 kilómetros de la ciudad de Tacuarembó), en una zona rural del departamento. Aunque antes residía más adentro de la campaña, continúa en un entorno que conoce desde niña y al que no está dispuesta a renunciar. “Vivo en el campo desde chica y, mientras pueda seguir viviendo en campaña, ahí estaré. No lo dejaría nunca”, dice a Montevideo Portal. Comparte la vivienda con su esposo y tiene dos hijos adultos, de 26 y 22 años: uno es veterinario y el otro trabaja en la ciudad de Paysandú.

Su jornada transcurre principalmente en el ámbito doméstico, con las tareas de la casa y la preparación de las comidas, en una dinámica que valora por la tranquilidad y el contacto cotidiano con la naturaleza y los animales. La cocina casera ocupa un lugar central, con preparaciones de olla y asados, mientras que la infraestructura de la vivienda permite resolver las necesidades cotidianas sin depender de todos los servicios de una zona urbana.

La electricidad, por ejemplo, proviene de paneles solares. Andrada explica que cuenta con los equipos habituales de una casa, como heladera, lavarropas y microondas, y que cocina tanto a gas como a leña. La experiencia, agrega, demuestra que la vida rural actual no implica necesariamente prescindir de las comodidades domésticas. “Tenemos todo”, resume, antes de insistir en que no cambiaría ese modo de vida por otro.

Trabajo intenso

La trayectoria de María del Huerto Vega tiene otro recorrido. A sus 60 años, recién jubilada, vive en Las Piedras junto con su esposo, de 66, pero pasó 32 años en una chacra de 30 hectáreas en Colonia Paysandú, donde criaron a sus tres hijos. La familia se instaló allí después de comprar la propiedad, tras un período en el que vivieron cerca de un año en la casa del padre de su esposo, que también tenía una chacra.

Durante esas tres décadas, la actividad productiva ha ido cambiando. Su esposo trabajó con cultivos de trigo y cebada, pasó luego a la remolacha azucarera y tuvo durante un tiempo algodón. En paralelo, la familia mantuvo animales y una huerta, una combinación de actividades que exigía atender distintas tareas a lo largo del año. Vega se ocupaba de la casa y de la crianza de los hijos, pero su experiencia rural también incluyó la elaboración de alimentos y la venta de productos.

Día Internacional de las Mujeres Rurales.

Día Internacional de las Mujeres Rurales.

“Llegamos a ordeñar hasta ocho vacas. Hacíamos queso y salíamos a vender leche en moto a la ciudad”, comenta a Montevideo Portal. También criaban ovejas y cerdos, en una actividad que contaba con la participación de su esposo. El trabajo en la chacra se extendía más allá de los cultivos: había animales que cuidar, alimentos que producir y tareas que resolver de acuerdo con las necesidades de la familia.

En una etapa, cuando el hijo menor era todavía un bebé, su esposo se trasladó a Argentina para trabajar durante un tiempo. Vega quedó entonces al frente de la vida cotidiana de la chacra junto con sus dos hijos mayores, que todavía eran niños. Aquella experiencia les permitió conocer desde temprano las responsabilidades y exigencias del trabajo rural, mientras crecían en un entorno distinto al de la ciudad.

La salida del campo llegó años después, cuando los hijos se trasladaron para estudiar y formaron sus propias familias en el área metropolitana. La distancia y la dificultad de mantener el contacto cotidiano influyeron en la decisión de los padres de acercarse a ellos. Primero dejaron la chacra y vivieron durante dos años con la madre de su esposo; luego pasaron por una pequeña chacra en Canelones y por una vivienda con terreno en El Colorado, hasta instalarse en Las Piedras.

El cambio no resultó ser sencillo para Vega, que había pasado buena parte de su vida adulta en el medio rural. “Extrañé mucho después de salir del campo. Fueron 32 años espectaculares, con muchas peripecias a veces, pero fue lindísimo”, asevera. Incluso ahora, cuando ya no dispone de una superficie de tierra para plantar como la que tenía antes, busca mantener algunas de aquellas costumbres.

Su esposo continúa trabajando y tiene una pequeña huerta de la que obtienen parte de las verduras que consumen. Para Vega, producir los propios alimentos sigue teniendo un valor especial, también por la decisión familiar de no utilizar productos químicos en los cultivos. En la chacra de Paysandú, recuerda, esa forma de trabajar convivía con plantaciones de soja y otros cultivos en los campos vecinos, donde las fumigaciones eran frecuentes.

Ahora la vida cotidiana transcurre entre la ciudad y el tiempo dedicado a los nietos, dos niños de un año y medio y dos años y medio. Sin embargo, la experiencia acumulada durante décadas no ha perdido presencia en sus recuerdos ni en sus hábitos. “Cualquier pedacito de tierra se añora”, afirma.

Mientras Andrada mantiene en el presente la vida que eligió desde niña, Vega reconstruye una etapa que dejó atrás, pero que sigue presente en su forma de vivir. En ambas historias, el vínculo con el campo se expresa en las tareas diarias, en la producción de alimentos y en una relación con la tierra que no desaparece cuando cambian la vivienda, la edad o las circunstancias familiares.

Por Pedro Dutour
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