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Resiste

La historia de Nelly Brun: la única mujer de La Mazamorra, el pueblo de nueve habitantes

Llegó hace 24 años desde Tacuarembó a este poblado de Durazno sobre el río Negro. Es costurera y allí formó su familia.

27.09.2026 16:20

Lectura: 6'

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Por Pedro Dutour
  [email protected]

La Mazamorra queda a unos cuatro kilómetros de Paso Ramírez y a 42 de La Paloma, en el departamento de Durazno, junto al río Negro. El camino de acceso se desprende de la ruta 6 y conduce hacia un paraje rural que, según relevamientos difundidos en los últimos años, se ganó el rótulo de pueblo más pequeño de Uruguay. Allí quedan nueve habitantes, aunque no todos residen de manera permanente.

Nelly Brun es la única mujer del lugar. Tiene 39 años y llegó desde Paso de Ceferino, departamento de Tacuarembó, cuando se casó con Néstor Sosa, nacido y criado en La Mazamorra. Pasaron 24 años desde entonces. Sus dos hijos también crecieron allí: uno tiene 22 años y trabaja en Durazno; el otro, de 17, trabaja en una estancia de la zona.

“Ya estamos radicados acá, ya criamos nuestros hijos acá. Y calculo que no nos vamos a ir”, contó Brun a Montevideo Portal.

Su vida cotidiana, y la de su familia, se encuentra ligada al trabajo rural y a la costura. Su esposo trabaja como peón de campo en una estancia cercana, mientras que ella confecciona y arregla ropa. Para Brun, el oficio empezó de manera modesta, después de realizar un curso de costura y durante años ha tenido que lidiar con la falta de electricidad, algo que le impedía utilizar su máquina de coser.

“Después que tuvimos la luz, me animé a comprar una máquina y empecé a trabajar para afuera”, relató.

Una población que se redujo paulatinamente

La Mazamorra tuvo otra dimensión en el pasado. De acuerdo con los registros y testimonios sobre el paraje, llegó a tener entre 150 y 200 habitantes distribuidos en unos 50 ranchos. La pesca en el río Negro, las tareas rurales y la elaboración artesanal de Mazamorra formaban parte de la economía de aquella comunidad.

El camino de acceso a La Mazamorra.

El camino de acceso a La Mazamorra.

Hoy quedan pocas viviendas ocupadas y personas que vivan de forma permanente. Brun relató que algunas familias compraron terrenos en los últimos años y construyeron casas que utilizan como lugar de descanso, pero van y vienen. La población estable es mucho menor.

Entre los habitantes establecidos aparecen su familia y otros vecinos que viven solos en distintos puntos del paraje. En total, calculó, son nueve personas con presencia habitual en La Mazamorra, mientras algunas de las nuevas familias concurren solamente en determinados períodos.

El descenso poblacional modificó también la relación con los servicios. Para las compras básicas existe un almacén en Paso Ramírez, a cuatro kilómetros. Ahí, también, “la bolichera vende nafta”. Para trámites, atención y otras necesidades, el principal punto de referencia es La Paloma, situada a unos 42 kilómetros.

La atención médica también depende de esa localidad. En situaciones urgentes recurren allí, mientras que un médico llega a Paso Ramírez aproximadamente cada 15 días o un mes, según la disponibilidad.

En tanto, la electricidad llegó recién hace unos ocho años, después de gestiones realizadas por los vecinos. Brun recuerda que en la zona había tendido eléctrico, pero La Mazamorra había quedado al margen porque sus habitantes no podían afrontar el costo de la conexión. “Como éramos todos pobres, ¿qué íbamos a poder pagar la luz?”, aseveró.

Según su relato, las gestiones permitieron que el Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca, junto con el Movimiento de Erradicación de la Vivienda Insalubre Rural, interviniera para llevar el servicio al paraje.

La llegada de la electricidad modificó buena parte de la vida doméstica, aunque no eliminó las dificultades porque cuando hay tormentas o fuertes vientos, La Mazamorra suele quedar entre los primeros lugares de la zona sin suministro. Como pasó hace unos días.

“Cuando viene una tormenta, un viento, somos los primeros que quedamos sin luz”, subrayó Brun. Para peor, también tuvieron dificultades con el abastecimiento de agua, otro problema con el que tienen que convivir de vez en cuando.

Sin luz, también falta agua y señal

Por supuesto, el agua constituye uno de los problemas más delicados para quienes viven allí. Brun dijo que una falla relacionada con el pozo dejó al lugar varios días sin suministro y que, en otras ocasiones, la falta de electricidad afecta el funcionamiento de las bombas.

El río Negro como parte del paisaje.

El río Negro como parte del paisaje.

Antes de la llegada de la energía eléctrica, utilizaban un sistema con paneles solares. Ahora cuentan con una bomba eléctrica y mantienen el sistema anterior como respaldo, pero las interrupciones del suministro pueden dejar ambas alternativas comprometidas. “Es común eso, cuando nos quedamos sin luz nos quedamos sin agua”, se lamentó.

La conectividad tampoco es sencilla, con una señal de telefonía escasa y con el acceso a internet dependiente del Wi-Fi y, en última instancia, de que exista energía eléctrica.

“Nosotros tenemos Wi-Fi, pero uno depende de la señal también y a veces ni señal agarra”, mencionó. Por tanto, la escena cotidiana conserva elementos de una vida rural del pasado y que en otros puntos del país quedaron muy atrás.

El río como atracción

El río Negro, que marca el entorno inmediato de esa zona rural y que se presenta con características encantadoras, sigue siendo otro de los vínculos de La Mazamorra con el exterior. La pesca representó durante décadas una fuente de sustento y todavía atrae visitantes. Brun asegura que llegan pescadores y turistas desde Montevideo y otros puntos del territorio nacional, atraídos por los montes y por el entorno del río.

“Viene mucha gente, turistas que llegan desde Montevideo, personas de todos lados que vienen a pescar acá. Es que acá se ven unos montes muy lindos”, detalló.

La proximidad de la ruta 6 también impide pensar en un lugar completamente incomunicado. El acceso requiere recorrer entre ocho y nueve kilómetros desde la ruta hasta el paraje, pero el vínculo con La Paloma (no confundir con el balneario rochense) y Paso Ramírez forma parte de la rutina de sus habitantes.

Brun, además, tiene una historia familiar ligada al medio rural, con padres que trabajaron durante toda su vida en estancias. Su padre tenía una casa en Paso Ceferino y allí creció junto con sus hermanos. Su madre trabajaba como cocinera en otro establecimiento rural.

Por eso, aunque ella no nació en La Mazamorra y reconoce que conoce poco de la historia más antigua del lugar, la vida de campo no le resulta ajena. Su permanencia allí tampoco parece depender de una circunstancia pasajera.

“Me radiqué acá y creo que, si me voy, extrañaría mucho esto. Esto es parte de mi vida”, afirmó, convencida. “Sí, me gusta”, recalca cuando le preguntan si disfruta vivir allí.

Por Pedro Dutour
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