Juan Villalba: el uruguayo que luchó contra el tráfico de pieles y un rescate de película
A los 18 años viajó a África y luego investigó redes internacionales de tráfico ilegal. Hoy dirige el bioparque M’Bopicuá en Río Negro.
Por Pedro Dutour
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Juan Villalba conserva un álbum de figuritas de 1957, cuando tenía cuatro años, dedicado a la flora y la fauna del Río de la Plata. Lo guarda junto a otro ejemplar de la misma colección, que compró décadas después para preservar una versión mejor cuidada. El primero quedó deteriorado por el uso, pero ambos cuentan algo de una pasión que antecede a su trayectoria internacional en conservación de la naturaleza y que, más de siete décadas después de aquel primer contacto con los animales, sigue marcando su vida.
“Siempre tuve pasión por los animales, desde muy pequeño. Es la razón de mi vida”, contó a Montevideo Portal. A los 12 o 13 años, el interés por la fauna se extendió hacia África, un continente que conoció primero a través de películas y documentales y que parecía inalcanzable para un adolescente uruguayo de aquella época. La posibilidad de viajar dependía de recursos económicos que su familia no podía aportar, pero Villalba encontró una manera de acercarse a ese mundo: comenzó a visitar regularmente la Embajada de Sudáfrica en Montevideo para conseguir publicaciones sobre sus animales y paisajes.
La constancia dio resultado a este montevideano de 73 años y que en la actualidad vive a orillas del río Uruguay en el departamento de Río Negro. Después de un tiempo, una funcionaria le propuso enviarle directamente el material a su domicilio y, más adelante, aquel vínculo contribuyó a que obtuviera una beca para visitar reservas y parques nacionales sudafricanos durante seis meses. Poco después de cumplir 18 años, se encontraba en medio de la sabana africana.
Junto a su familia el día que se lanzó la hoja filatélica por los 25 años del bioparque Mbopicuá.
“Era como decir hoy, me voy de viaje a la Luna”, recordó. De aquella experiencia extrajo una convicción que todavía considera una de las principales enseñanzas de su vida: “Los sueños, si uno trabaja fuertemente para concretarlos, pueden hacerse realidad”.
Otro viaje que lo marcó
La travesía sudafricana, que en aquel tiempo vivía un tanto aislada debido a su política del apartheid, amplió sus horizontes y lo acercó a organizaciones dedicadas a la protección de la naturaleza. En mayo de 1972, mientras se encontraba en Londres, se enteró de que se celebraría en Estocolmo una conferencia de Naciones Unidas sobre el medio humano, como se conocía entonces a lo referente con el medio ambiente.
Viajó hasta la capital sueca y buscó al embajador uruguayo, Mateo Magariños, para consultar si podía participar. No había lugar para incorporarse a los debates, pero consiguió asistir como observador.
La conferencia de Estocolmo, que comenzó el 5 de junio de 1972, marcó un hito en la discusión internacional sobre los problemas ambientales y dio origen a la celebración del Día Mundial del Medio Ambiente en esa fecha. Villalba recuerda que, por entonces, la preocupación por estos asuntos todavía despertaba burlas y comentarios despectivos, incluso entre autoridades. “Era motivo de chistes cuando hablabas del medio ambiente. Había mucha ignorancia sobre el tema”, señaló.
En una actividad con escolares. Foto: Pedro Dutour.
Su formación en conservación resultó ser principalmente autodidacta. Había comenzado estudios universitarios, pero la intervención y el cierre temporal de la Facultad de Humanidades y Ciencias durante la dictadura interrumpieron ese camino. Continuó capacitándose mediante cursos, talleres y encuentros internacionales, mientras afianzaba su relación con organizaciones especializadas. Con el tiempo se incorporó al Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) y a la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), dos instituciones de referencia en el ámbito ambiental.
Entre 1985 y 1995 dirigió para América del Sur Traffic, una organización dedicada a combatir el comercio ilegal de especies silvestres y promover que el intercambio legal de fauna y flora se realice de manera sostenible. El trabajo lo llevó a investigar denuncias, verificar información, colaborar con autoridades de distintos países y enfrentarse a redes que movían grandes cantidades de dinero.
“Cuando uno se enfrenta a uno de los principales tráficos ilícitos a nivel mundial, ciertamente que es complicado”, dijo. Durante esas investigaciones recibió amenazas telefónicas y debió actuar en situaciones de riesgo. En Paraguay, por ejemplo, investigó una red de tráfico de pieles de yacaré que involucraba a integrantes de las Fuerzas Armadas. La denuncia pública contribuyó a que los militares implicados fueran apartados de sus cargos.
También participó en procedimientos contra el tráfico de pieles en Uruguay. Uno de ellos permitió incautar en el puerto de Montevideo un cargamento de cueros de caimán de origen colombiano cuyo valor superaba el millón de dólares, según recordó. Eran operaciones que afectaban intereses económicos importantes y que, por esa razón, podían generar amenazas contra quienes las impulsaban.
La película Río
Sin embargo, entre los episodios de su carrera hay uno que trascendió el ámbito de la conservación y llegó a la cultura popular. En 1987, Villalba participó en el rescate de dos pichones de guacamayo de Spix que habían sido extraídos de su nido en Brasil y trasladados ilegalmente a Paraguay para su venta. La especie se encontraba al borde de la extinción en estado silvestre: apenas quedaban tres ejemplares libres, y los dos pichones rescatados descendían de una de las parejas que integraban aquella reducida población.
Recorrida y guía por el bioparque Mbopicuá. Foto: Pedro Dutour.
Las aves se ofrecían por unos 80.000 dólares. Para recuperarlas, Villalba viajó a Paraguay, consiguió una orden judicial de allanamiento y participó en el operativo que permitió localizarlas y sacarlas del país. La intervención requirió apoyo diplomático brasileño para trasladarlas de regreso a Brasil, en medio de las presiones que siguieron al procedimiento.
Con los años, aquella historia contribuyó a inspirar Río, la película animada de Disney estrenada en 2011, que cuenta las aventuras de un guacamayo de Spix. La trayectoria de Villalba también quedó ligada a la suerte posterior de la especie, que se extinguió en estado silvestre en 2000, aunque sobrevivieron ejemplares en cautiverio. Desde entonces, programas de reproducción y conservación han permitido aumentar su población y abrir nuevas posibilidades de reintroducción en la naturaleza.
El trabajo internacional de Villalba lo llevó a visitar entre 84 y 85 países, según un recuento que hizo años atrás a partir de los sellos de sus pasaportes. Durante una década al frente de Traffic, investigó redes de tráfico de fauna y recursos naturales, desde pieles de reptiles hasta aves amenazadas. “Lo hice con la convicción de que era lo correcto”, aseveró al recordar una actividad en la que, según dijo, no siempre se detenía a evaluar los riesgos antes de actuar.
Hasta llegar a Río Negro
A partir de 1995 comenzó a desarrollar otras tareas vinculadas con el ambiente, incluidas consultorías para la empresa española Ence, que realizaba relevamientos de áreas naturales en tierras adquiridas en Uruguay. En esos trabajos estudió montes indígenas, bañados y palmares, entre otros ecosistemas. Poco después surgió la posibilidad de llevar a la práctica un proyecto que conectara su experiencia internacional con la conservación de especies autóctonas.
Así nació, en 2000, el bioparque M’Bopicuá, en Río Negro, donde vive desde entonces con su esposa y dirige un programa de cría de fauna para su posterior reintroducción en ambientes naturales. La instalación pertenece a Montes del Plata, empresa que respalda el proyecto y que dispone de áreas destinadas a la conservación. Durante estos 26 años, Villalba y su equipo han trabajado con especies como osos hormigueros, gatos de pajonal, ciervos, venados de campo, guazubirá y yacarés.
Un oso hormiguero autóctono en el Mbopicuá.
El objetivo no consiste únicamente en mantener animales bajo cuidado humano, sino en completar un proceso que permita devolverlos a su hábitat cuando las condiciones lo hacen posible y las autoridades ambientales lo autorizan. Entre los resultados más relevantes figura la reintroducción del pecarí de collar, una especie que había desaparecido de Uruguay hacía aproximadamente un siglo. También se han liberado coatíes y otras especies autóctonas, con seguimientos posteriores mediante cámaras trampa y observaciones directas.
El cambio respecto de sus años de viajes e investigaciones internacionales ha sido profundo. En lugar de pasar buena parte del tiempo entre aeropuertos, reuniones y operativos, Villalba recorre ahora los terrenos del bioparque, supervisa las condiciones de los animales y sigue de cerca los nacimientos que pueden dar lugar a futuras liberaciones. Sus hijos, que crecieron allí, ya se independizaron y desarrollaron sus propias profesiones, mientras él y su esposa continúan viviendo en el lugar.
M’Bopicuá se convirtió así en una etapa distinta de una misma trayectoria: después de dedicar décadas a investigar a quienes capturaban y comercializaban animales silvestres, Villalba concentra sus esfuerzos en recuperar poblaciones y contribuir a que determinadas especies vuelvan a vivir en libertad. La conservación, que comenzó como una curiosidad infantil alimentada por un álbum de figuritas, sigue ocupando el centro de su vida.
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