Enrique Larnaudie, el hombre que convirtió su jubilación en un whisky single malt uruguayo
Empezó por curiosidad, diseñó sus propios alambiques en Punta Colorada y hoy ya enseña cómo hacerlo en casa.
Por Pedro Dutour
En el fondo de una casa de Punta Colorada, en el departamento de Maldonado, hay varias barricas, un conjunto de equipos construidos a mano y una historia que empezó mucho antes de que Enrique Larnaudie imaginara que terminaría elaborando whisky. La primera pista estaba en la cerveza.
Larnaudie, de 67 años, comenzó a hacer cerveza casera entre 2010 y 2011. Nunca la vendió. Era una actividad para compartir con amigos, acompañar comidas y, sobre todo, aprender. Participó del Club Cervecero Casero Uruguay, llegó a presidirlo y vivió desde adentro el crecimiento de la cerveza artesanal en el país.
En 2017, sin embargo, sintió que la cerveza ya no le planteaba el mismo desafío. No porque hubiera dejado de gustarle, sino porque entendía que había alcanzado un dominio suficiente del proceso. Al mismo tiempo, la jubilación comenzaba a aparecer en el horizonte.
“Empecé a preguntarme qué podía hacer de nuevo, qué otras cosas yo podía hacer. Y apareció el whisky, que siempre me había gustado mucho”, cuenta a Montevideo Portal.
El salto no representaba una misión accesible porque en Uruguay la destilación estaba caracterizada por restricciones y no existía una tradición desarrollada de elaboración doméstica de whisky. Larnaudie decidió estudiar, viajar, consultar, experimentar y aprender de proyectos que ya estaban avanzando en otros países de la región.
Todo un proceso
Por tanto, su idea se centró en comprobar si resultaba posible elaborar un whisky de calidad en la barbacoa de su casa. Las primeras pruebas comenzaron en 2017 y el whisky que finalmente presentó para su registro se elaboró en 2018.
El camino whiskero también tuvo una precaución fundamental. A diferencia de la cerveza, los destilados requieren un control particularmente cuidadoso de su composición. Larnaudie no estaba dispuesto a conformarse con un producto que simplemente tuviera buen sabor.
“Yo no estaba conforme con tener un producto hecho en casa que no tuviera una seguridad analítica y un estudio suficiente como para consumirlo tranquilamente”, remarca.
Cuando presentó la documentación para registrar el producto, apareció una circunstancia que no había previsto. No había antecedentes de un whisky single malt registrado en Uruguay. La propia autoridad encargada del análisis tuvo que localizar a un especialista que había trabajado anteriormente en el área para poder evaluar la memoria descriptiva. Así, casi por accidente, el proyecto terminó ocupando un lugar inaugural.
En 2021, quedó registrado el primer whisky single malt del país. Se trata de un whisky elaborado a partir de una única malta y en una única destilería, bajo parámetros establecidos por la normativa correspondiente. En el caso uruguayo, Larnaudie trabaja bajo las normas del Mercosur.
Una barbacoa transformada.
La elaboración, además, exige paciencia. La malta se transforma primero en un mosto que luego fermenta y finalmente atraviesa el proceso de destilación. El líquido obtenido pasa a las barricas, donde el tiempo empieza a hacer su trabajo.
En la casa de Punta Colorada hay ahora una de esas botellas que permite dimensionar ese paso del tiempo: contiene un whisky con 80 meses de añejamiento. En aproximadamente un año alcanzará los ocho años. “Ya lo estamos probando y es una maravilla”, dice Larnaudie.
De electromecánico a destilador
El hombre detrás de las barricas no llegó al whisky desde una formación tradicional en bebidas. Es electromecánico y técnico en refrigeración. Durante buena parte de su trayectoria trabajó para laboratorios, una experiencia que terminó resultándole útil para comprender procesos productivos y diseñar equipamiento.
Los alambiques y buena parte de los equipos que utiliza fueron diseñados y fabricados por él mismo. “Tenía la ventaja de poder modificar los equipos a medida que iba aprendiendo. Si había algo que no me gustaba, tenía que investigar cuál era el problema, consultar y volver a probar”, comenta.
El whisky single malt Larnaudie.
En ese proceso encontró también una red de colaboradores. Consultó a especialistas en Argentina y Brasil, se vinculó con destiladores y contó con el respaldo teórico de una ingeniera química, su hija. En Brasil tomó contacto con una destilería de Río Grande del Sur que lleva décadas produciendo whisky single malt.
Su objetivo, asegura, nunca apuntó a convertirse en una gran industria. Tampoco pretende transformar la jubilación en otra jornada laboral. “Mi objetivo no es comercializar whisky. El objetivo era el desafío de poder hacerlo en casa”, insiste.
Tiempo de docencia
De ese modo, le dio forma a la siguiente etapa del proyecto, porque desde el año pasado comenzó a dictar cursos para enseñar el proceso completo. Cada curso dura cuatro meses y los participantes elaboran un whisky desde el comienzo hasta llegar al llenado de una barrica, que luego queda en proceso de añejamiento.
Los cursos, la última deriva del emprendimiento.
Entre los alumnos hubo enólogos e ingenieros químicos. Larnaudie también busca formar una pequeña comunidad alrededor de la elaboración doméstica. “No soy el maestro universitario del whisky ni soy el genio del whisky. Soy alguien que hizo ese whisky en mi casa y que puede enseñar exactamente cómo lo hace”, afirma.
La preocupación por la calidad siempre se encuentra detrás de cada paso, algo que se asegura subrayar cada vez. Ha visto intentos de elaboración casera que, a su juicio, no alcanzan estándares adecuados. Prefiere transmitir lo que aprendió antes que guardar el conocimiento como una fórmula personal. “Hay que ser generoso con esto. No hay que esconder lo que uno aprendió”, dice.
En un atlas mundial
El proyecto también salió de Uruguay. Larnaudie presentó su whisky en Argentina y recibió un reconocimiento que todavía le cuesta dimensionar: en noviembre de 2024 le comunicaron que su destilería había sido incluida entre las 500 seleccionadas para el Atlas Mundial del Whisky, una publicación especializada internacional que se edita en distintos idiomas y cuya selección se actualiza cada diez años.
También conserva una botella en el Museo del Whisky de Argentina y mantiene contacto con productores de distintos puntos de la región. Las botellas que salen de Punta Colorada han llegado además a países como Japón, Holanda y Alemania.
“Le puse mi apellido porque esto era algo absolutamente para la casa. Después un nombre comercial es difícil cuando tiene un apellido francés”, asegura en relación a la etiqueta del producto, que lleva su apellido.
La etiqueta tiene, además, una historia familiar. Reproduce la carátula que su padre dibujaba a mano en la primera página de los cuadernos de él y sus hermanos. También incorpora un detalle relacionado con el tejido de su madre.
Tomalo como quieras
Larnaudie insiste en que el whisky no tiene una única forma correcta de beberse. Para degustarlo, recomienda evitar temperaturas demasiado bajas porque pueden reducir la percepción de aromas y sabores. Unas gotas de agua también pueden modificar la experiencia. Si lleva hielo, mejor que sean con agua sin cloro. Pero, en definitiva, cada uno lo llevará a su organismo como mejor le plazca.
Para él siempre lo mejor será “conversar con el vaso”. Porque así entiende el whisky. Servirse, observar, oler, probar, dejar pasar un rato y volver a probar. No se trata solamente de tomarlo.
“Todo esto empezó para poder comer unos asados y estar felices con nuestros amigos y la familia. Se transformó en algo que uno tampoco puede negar”, resume Larnaudie.
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