En Algorta, una casa guarda más de medio siglo del vóleibol uruguayo en cinco habitaciones
Mario González, de 93 años, convirtió su hogar en Río Negro en un archivo de este deporte, con pelotas, camisetas y registros desde 1950.
25.06.2026 14:55
Por Pedro Dutour
En Algorta, un pueblo de 800 habitantes en el departamento de Río Negro, el vóleibol uruguayo tiene un archivo único que no depende de ningún museo público ni de un club. Se encuentra ubicado en una casa como cualquier otra, de fachada común y corriente, en una esquina y pintada de verde y blanco, donde vive Mario González, de 93 años, y donde cada rincón acumula décadas de historia deportiva convertida en reliquia. Este acervo deportivo, el primero de este tipo en el país, se inauguró en agosto del año pasado.
La vivienda funciona como un museo y archivo personal. Son cinco habitaciones repletas de materiales que abarcan más de medio siglo de competencias nacionales e internacionales. Pelotas, redes, formularios de partidos, camisetas, diplomas, banderines, recortes de prensa, correspondencia oficial, pines, monedas y botellas. Todo ordenado en un sistema propio, sin curaduría institucional, pero con una lógica acumulativa que el propio González describe como un modo de vida.
“Son cinco habitaciones. En cada una, es de no creer todo lo que hay”, dice a Montevideo Portal. “Hay materiales desde 1950 hasta ahora, todo lo que tuvo relación conmigo en el vóleibol. Cada pelota de cada campeonato, con fecha y lugar. Todo está documentado”, ahonda quien fuera jugador y entrenador por muchos años de varios equipos en todo el país y de la selección uruguaya.
Museo del vóleibol.
Nacido en Montevideo el 5 de setiembre de 1933, vivió un buen tiempo en Punta del Este antes de llegar a Algorta, lugar que eligió para vivir hace más de diez años, por una cuestión de tranquilidad. Eso sí, el paso por el Este lo dejó marcado. En una carpeta tiene anotados, uno por uno, los cumpleaños de los 402 alumnos que entrenó en Punta del Este.
Vínculo estrecho
El museo mantiene una relación estrecha entre lo deportivo y lo personal, en el que conviven pelotas oficiales de torneos sudamericanos, panamericanos y mundiales con cuadernos escritos a mano y certificados emitidos por federaciones. A su vez, hay camisetas de clubes del interior que se despliegan junto a banderas y fotografías en blanco y negro.
Según González, la acumulación no fue planificada como proyecto museístico. “Nunca lo hice científicamente, pero todo lo guardé”, explica.
Dirigió equipos en torneos nacionales y competencias internacionales, con pasajes por campeonatos rioplatenses, sudamericanos y mundiales. En su relato, aparecen clubes del interior y de la capital —de Dolores, Nueva Helvecia, Mercedes, Maldonado, Colonia y Montevideo—, selecciones juveniles y mayores y una secuencia de títulos que enumera con precisión.
Museo del vóleibol.
“Veinticuatro veces campeón nacional y veintidós veces campeón del interior”, afirma. También conserva certificados emitidos por la Federación Uruguaya de Vóleibol, correspondencia oficial y registros completos de planteles. “Cada vez que salía campeón pedía un certificado. Todo está ahí”. Tenía la costumbre de dirigir, en promedio, cuatro años cada equipo. “Salía campeón y me iba”, asegura. Precisa, además, haber dirigido más de un centenar de planteles masculinos y femeninos a lo largo de su carrera.
El archivo incluye documentos oficiales de la Federación Uruguaya de Vóleibol, certificados de campeonatos y correspondencia con dirigentes. “De técnicos de China, Cuba, Rusia. Todo está acá”, asevera. También menciona contratos y documentos en otros idiomas, incluidos textos en chino.
Orden temático
La casa se organiza como una sucesión de salas temáticas. Una de ellas reúne materiales de su paso por San Javier, otra concentra documentación federativa, una está dedicada a clubes del interior. En otra se acumulan objetos personales y deportivos sin clasificación rígida. Al lado, están la cocina, la sala de estar y su dormitorio. En un sector, que parece un depósito con estantes, también hay material. “Las pelotas de los partidos, las redes, las antenas, los formularios de cada partido. Todo está acá”, repite.
Museo del vóleibol.
En la que parece ser la sala principal del museo, que convive con aparadores y muebles y una mesa redonda central, se despliega lo más vistoso de la colección: pelotas de distintas marcas —Penalty, Molten, Mikasa—, otras históricas de diferentes certámenes internacionales —Nichibo, 1967; Curitiba, 1988; Tucumán, 1990, o Bariloche, 1997—, redes, championes, banderas, camisetas por todos lados —colgadas, sobre sillones—, carnés, acreditaciones, banderines.
“Esto, si alguien lo ordena bien, ocupa cien metros de largo”, dice, sobre la magnitud del archivo. Una acumulación que incluye también material audiovisual. “Hay dos películas: una de casi dos horas y otra de siete horas sobre mi vida”, comenta, “hechas por un profesional”, recalca.
Museo del vóleibol.
El espacio se ha convertido en punto de visita para jugadores y entrenadores. Según describe, cada sala funciona como una secuencia de etapas del vóleibol uruguayo desde mediados del siglo XX hasta la actualidad. “Todo lo que ves acá tiene relación con el vóleibol”, subraya. “Si no lo guardaba yo, esto se perdía”, dice en relación a la idea central de esta iniciativa.
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