Por Pedro Dutour
@pedrodutour
A los 23 años, Pablo Moraes pasa buena parte de sus fines de semana dentro de un laboratorio. Mientras muchos aprovechan los feriados para descansar, él suele dedicar horas a soldar componentes, programar algoritmos y ajustar mecanismos que buscan acercar una máquina a una conducta cada vez más humana.
Estudiante de Ingeniería en Control y Automática de la Universidad Tecnológica (UTEC) en Rivera, Moraes desarrolla un robot humanoide capaz de conversar, expresar emociones mediante gestos faciales y mantener contacto visual con las personas. El proyecto forma parte de una línea de trabajo vinculada a la denominada robótica de servicio, un área que apunta a diseñar sistemas capaces de asistir a los seres humanos en actividades cotidianas.
La iniciativa también resume buena parte de su propia historia, al ser hijo de una familia sin antecedentes universitarios y convertirse en la primera generación en acceder a estudios terciarios. De ese modo, encontró en la robótica un camino que comenzó mucho antes de ingresar a la universidad.
Moraes creció en Rivera y cursó el bachillerato en Santana do Livramento, del lado brasileño de la frontera. Hoy le falta una asignatura para ser tecnólogo, mientras continúa cursando Ingeniería, y hace alrededor de un año que se encuentra abocado a la investigación actual.
La decisión de estudiar del otro lado de la frontera estuvo determinada porque su familia atravesaba limitaciones económicas, y él sentía la necesidad de obtener una formación que le permitiera incorporarse rápidamente al mercado laboral.
“No tenía mucha proyección de estudiar en una universidad porque siempre supe que mi familia no tenía muchos recursos”, dice a Montevideo Portal. Su padre, que también vive en Rivera, es militar retirado y trabajó sus últimos años activos en la construcción. Su madre vive en Montevideo, y él con su pareja.
Por aquel entonces, eligió estudiar en el Instituto Federal Sul-Rio-Grandense, donde obtuvo formación técnica en electro-electrónica. La elección respondía a que quería contar con herramientas que le permitieran trabajar apenas terminara sus estudios. “Pensaba que tenía que salir sabiendo hacer algo para poder ayudarlos dentro de poco”, asegura.
Ese ambiente y esas clases le despertaron el interés por la robótica y comenzó un vínculo que ya no se rompería. El centro educativo contaba con equipos dedicados a proyectos tecnológicos y competencias, una experiencia que terminó definiendo su futuro académico.
El resultado es un robot que “puede mover casi todo su rostro”. Logra hablar, escuchar, responder preguntas, seguir con la mirada a una persona y realizar distintos movimientos faciales.
Aunque Moraes reconoce que todavía está lejos de alcanzar niveles de realismo similares a los de una persona, considera que la apariencia actual genera una interacción mucho más natural que los sistemas tradicionales.
Inteligencia artificial para conversar
La dimensión física es apenas una parte del proyecto, porque detrás de ese rostro animatrónico funciona una arquitectura de software en el que se desarrollan distintos algoritmos e inteligencia artificial.
La plataforma, concebida con una lógica modular que permite adaptar fácilmente las capacidades del robot según las necesidades de cada usuario, cuenta con una aplicación sencilla que consiste en programar respuestas específicas para tareas de recepción o presentación institucional.
Por ejemplo, el robot podría explicar automáticamente qué actividades desarrolla un laboratorio cuando un visitante formula determinadas preguntas. Sin embargo, el sistema también admite niveles de interacción más complejos mediante inteligencia artificial generativa, lo que permite mantener conversaciones más fluidas y naturales.
“La idea es dejar algo accesible para que cualquier persona pueda programar la interacción que quiere”, explica el estudiante de UTEC.
Un proyecto abierto
Aunque el desarrollo podría derivar eventualmente en aplicaciones comerciales, Moraes enfatiza que el proyecto se basa en una filosofía de código abierto. Eso significa que investigadores, estudiantes y desarrolladores de diferentes países pueden acceder a los diseños, modificar componentes y compartir mejoras con la comunidad.
Según el futuro ingeniero, esa dinámica ha permitido que numerosas personas aporten soluciones técnicas y optimicen permanentemente los modelos existentes. Él mismo introdujo modificaciones significativas para reducir los costos y adaptar el robot a las condiciones locales. “He utilizado motores más baratos y le he hecho muchos cambios”, comenta.
Actualmente el principal desafío no se encuentra en lo conceptual, sino en lo material. La construcción de robots humanoides exige componentes costosos e infraestructura especializada, por lo que el equipo busca apoyos de empresas e instituciones para continuar avanzando.
Laboratorio y vida cotidiana
Más allá de las competencias internacionales, Moraes visualiza aplicaciones concretas para este tipo de tecnologías. La expansión prevista para la sede de UTEC en Rivera incluirá espacios dedicados específicamente a la robótica de servicio, un área donde el estudiante espera continuar investigando.
Los posibles usos abarcan desde hospitales hasta hogares de ancianos, pasando por distintos entornos donde la asistencia automatizada pueda mejorar la calidad de vida de las personas.
La idea, insiste, no apunta a reemplazar a los seres humanos, sino contribuir a resolver problemas cotidianos. Y redondea: “Siempre que la robótica nos pueda ayudar en las problemáticas del día a día”.