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La pantalla no tiene edad

Edgardo Artigas: el cineasta de Guichón de 81 años que filmó 18 películas con un celular

El realizador aficionado es además protagonista de un documental universitario que ganó premios en Nueva York y prepara su llegada a Roma.

31.10.2026 13:00

Lectura: 10'

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Por Pedro Dutour
  [email protected]

A los 81 años, Edgardo Artigas sigue teniendo proyectos entre manos, historias por contar, películas que hacer y una agenda cotidiana cargada que lo mantiene activo. En Guichón, donde vive desde que regresó tras una crisis económica que lo dejó sin buena parte de lo que había construido, este cineasta autodidacta escribió guiones, dirigió a vecinos sin experiencia actoral, filmó con un teléfono celular y se encargó del montaje.

Llegó a realizar 18 películas sin formación cinematográfica ni equipos profesionales, hasta que un grupo de estudiantes de la Universidad Católica del Uruguay se interesó por su trabajo y convirtió su trayectoria en el documental Las películas de mi pueblo, premiado en Montevideo y Nueva York, y con una próxima participación prevista en un certamen en Roma.

“La gente dice que cuando me ve no me da la edad. La verdad es que soy un tipo que siempre está pensando algo. Escribo, miro, hago películas chiquitas”, cuenta Artigas a Montevideo Portal. “Siempre estoy haciendo algo. No me quedo”, remarca como explicación para sostener cualquier teoría sobre la longevidad. Sus producciones pueden verse en su canal de YouTube. 

Todo a pulmón

Antes de que el cine ocupara buena parte de su vida, Artigas había desarrollado una trayectoria comercial que lo llevó a recorrer Uruguay con mercadería y a construir un negocio próspero. Nació en Guichón en 1945, y al terminar cuarto año de liceo empezó a trabajar con su padre, que tenía una ferretería. A los 21 años decidió probar por su cuenta, con una camioneta que le regaló su padre y un trabajo que incluía reparto de vino, queso y otros productos. Más adelante distribuyó caramelos de La Positiva, una fábrica de Colonia Valdense, por todo el país.

“Hice una fortuna, la verdad. Trabajábamos muy bien”, recuerda. Sin embargo, la crisis de 2002 cambió el rumbo de aquella historia y una deuda de unos 50.000 dólares creció con la suba del tipo de cambio, y terminó costándole la casa y buena parte de sus bienes. “Todo lo que yo había hecho con tanto sacrificio, una deuda que al final no era tanta plata, me liquidó. Perdí todo”, rememora. El regreso a Guichón representó también el comienzo de otra etapa, en la que el cine dejó de ser una pasión postergada para convertirse en una actividad del día a día.

La decisión coincidió con años especialmente difíciles en su vida personal. Su esposa, con quien se había casado a los 23 años y compartía la misma edad, enfermó de esclerosis lateral amiotrófica (ELA). Los médicos habían estimado que viviría como máximo cinco años, pero ella sobrevivió 22. Artigas se dedicó a cuidarla y organizó su vida alrededor de esa tarea, sin abandonar del todo sus inquietudes. “Viví para ella”, dice. Su esposa, además, era la primera espectadora de sus proyectos y quien más lo alentaba a seguir haciendo películas. “Me daba para adelante”, resume.

En ese contexto se decidió a llevar adelante Charrúa, un homenaje a los indígenas charrúas que marcó el comienzo de su producción cinematográfica. No tenía actores profesionales, conocimientos técnicos ni un equipo de rodaje convencional. Pero sí contaba con un argumento, vecinos dispuestos a participar y un teléfono con el que podía filmar. El estreno en Guichón convocó tanto público que la película siguió proyectándose durante semanas en instituciones educativas de la zona.

“La escuela me pidió para darla, después el liceo y la UTU también. Se dio como dos meses de corrido”, recuerda. No cobraba por las exhibiciones, aunque vendía DVD a 150 pesos para cubrir algunos gastos. La inversión en una computadora más potente le había costado unos 1.200 dólares, una suma considerable para su economía de entonces, pero necesaria para editar con menos dificultades. “Yo quería sacarme las ganas, así que la compré igual”.

Dieciocho películas con un celular

Después llegó Cocaína, otra de las películas que considera entre sus mejores trabajos. Filmó en Guichón, Paysandú y Montevideo, donde también asumió el papel protagónico. La fórmula se mantuvo en las producciones siguientes: Artigas escribía, dirigía, actuaba, filmaba y editaba, mientras los vecinos se sumaban delante de la cámara. “No era director, ni argumentista, ni editor de nada. Era pura sangre charrúa”, dice entre risas al recordar aquellos primeros pasos, en los que la falta de experiencia se compensaba con entusiasmo y una voluntad poco dispuesta a aceptar obstáculos.

En el festival en Montevideo con el editor del filme Las películas de mi pueblo.

En el festival en Montevideo con el editor del filme Las películas de mi pueblo.

El salto hacia una audiencia mucho mayor llegó cuando estudiantes de cine de la Universidad Católica encontraron sus películas en Internet. Les llamó la atención que alguien en el interior del país pudiera realizar largometrajes con un celular, sin los recursos que ellos aprendían a manejar durante su formación. Se comunicaron con Artigas y le propusieron visitarlo para conocer su método de trabajo, pero había un inconveniente. Llevaba unos cinco años sin filmar y atravesaba el deterioro físico de su esposa.

“Pero tanto insistieron, explicándome que era su prueba de fin de año, que terminé diciéndoles que sí”, señala. Los esperó en su casa con almuerzo incluido. Así surgió Bagayero, una película ambientada en Paysandú cuya trama gira alrededor del contrabando de mercaderías desde Colón, Argentina. Artigas retomó sus tareas habituales y, durante dos meses, volvió a escribir, dirigir, actuar, filmar y editar.

La diferencia estaba en quienes lo acompañaban. Trece estudiantes llegaron a Guichón con equipos de filmación y sonido que contrastaban con el teléfono que él utilizaba. Mientras Artigas rodaba su película, los jóvenes registraban el proceso y entrevistaban a quienes participaban en él. También volvieron para documentar el estreno y las reacciones del público, un material que terminaría dando forma a Las películas de mi pueblo, cortometraje de unos 15 minutos dirigido por Fernando Bottari y Damián Mollajoli, con montaje de Marcelo Bonaldi.

Una película que terminó siendo una despedida

El documental no se limita a mostrar los procedimientos de un realizador sin formación académica. También registra su entorno, el vínculo con los vecinos y la presencia de su esposa, que llegó a acompañarlo durante la proyección de Bagayero. Nueve días después de aquella exhibición, ella murió, a los 80 años. La coincidencia quedó incorporada a una película que, sin haber sido concebida como una despedida, terminó documentando uno de los últimos capítulos de su vida compartida.

Artigas habla de ese período con el afecto de quien reconoce cuánto significó el apoyo de su compañera. “Mi señora era la hincha número uno que yo tenía. Nos llevábamos espectacularmente bien y ella quería que yo hiciera otra película”, asegura. El rodaje de Bagayero resultó ser, en ese sentido, algo más que el regreso a una actividad que había dejado de lado, porque también cumplió con el deseo de ella de verlo nuevamente detrás de una cámara.

De Guichón a los premios internacionales

Los reconocimientos posteriores superaron cualquier expectativa que Artigas pudiera haberse formado mientras trabajaba en Guichón. Las películas de mi pueblo obtuvo el primer premio al mejor cortometraje uruguayo en el 26.º Festival Internacional de Escuelas de Cine, organizado por la Escuela de Cine del Uruguay y Cinemateca Uruguaya, además de una mención del jurado estudiantil. Más tarde ganó el primer premio en el festival Taffny, en Nueva York, y ahora sus realizadores preparan su participación en otro certamen, esta vez en Roma.

La exhibición en Montevideo le permitió comprobar personalmente el alcance de una historia que hasta entonces había tenido como principal público a sus vecinos. Artigas viajó con su hija, su yerno y sus nietas, sin esperar demasiado de la función. Cuando terminaron los créditos y se encendieron las luces, la reacción de los espectadores lo tomó por sorpresa.

“La gente me agarraba, me abrazaba, me daba la mano, se sacaba fotos conmigo. Yo no podía creerlo, la verdad. Fui sin ninguna expectativa”, relata. Entre quienes se acercaron hubo un hombre que lo felicitó repetidamente y le dijo que era “un ejemplo para los viejos”. Para alguien acostumbrado a recibir los aplausos del público de Guichón, encontrarse con esa respuesta en una sala de Cinemateca significó una experiencia completamente nueva.

La inteligencia artificial, una nueva herramienta

A la filmación con celular se sumó, más recientemente, la experimentación con inteligencia artificial, una herramienta con la que Artigas empezó a producir pequeñas piezas audiovisuales mediante Grok. Entre sus trabajos figuran Heroica Paysandú y El nacimiento de Guichón, además de relatos personales que transforma en imágenes. Reconoce que todavía está aprendiendo y que los resultados no siempre se ajustan a lo que pretende, sobre todo cuando el sistema introduce elementos en inglés o genera imágenes que debe corregir. “Es muy difícil hacer bien una película con inteligencia artificial. Yo recién empezaba, sin ningún estudio de nada”, admite.

Reconocimiento a Edgardo Artigas de la Intendencia de Paysandú.

Reconocimiento a Edgardo Artigas de la Intendencia de Paysandú.

La curiosidad por las imágenes y los relatos, de todos modos, no apareció a los 60 años ni con la llegada de las nuevas tecnologías. Durante su juventud también había encontrado espacio para la música. Integró Los Buitres, un grupo de cinco muchachos de Guichón que viajó a Montevideo, actuó en canales de televisión y recorrió distintas ciudades del país. Llegaron a grabar un disco, aunque el proyecto no tuvo el resultado esperado. La actividad artística convivía entonces con sus negocios, una doble función que mantuvo durante buena parte de su vida.

“Hacía todo. No era de esos jóvenes que se dedicaban únicamente a la música. Era un buen comerciante y también me dedicaba al cine, a la música y a esas cosas. Una cosa no tapaba la otra”, resume. Hoy, con dos nietas de 19 y 21 años que siguen sus trabajos y una hija a la que describe como su principal apoyo familiar, conserva esa disposición a producir y compartir lo que hace.

También se ocupa de su salud, no fuma, toma apenas una copa de vino al mediodía y procura mantenerse activo. Dice que los últimos controles médicos le dieron resultados satisfactorios, aunque no pierde de vista que la edad impone sus propias condiciones. “Eso no quita que me voy a morir, por supuesto. Eso lo tengo bien asumido”, afirma.

Mientras espera novedades sobre el próximo festival, Artigas todavía tiene material para compartir. Entre sus recuerdos más preciados conserva el relato de cómo se declaró a su esposa cuando ambos tenían 17 años, una historia que escribió recientemente y que asegura reconstruir con precisión. Después de tantos años dedicado a inventar personajes y filmar historias ajenas, el cineasta de Guichón sigue encontrando argumentos en su propia vida.

Por Pedro Dutour
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