Durante años, la represa de Cuñapirú, en el departamento de Rivera, acumuló chilcas y yuyos, falta de mantenimiento, vandalismo y robos de piezas históricas. Ahora, el municipio de Minas de Corrales asegura que el lugar comenzó a recuperar condiciones mínimas de cuidado y que, a partir de esa mejora, puede volver a discutirse qué hacer con uno de los principales testimonios del pasado minero e industrial riverense.

El alcalde de Minas de Corrales, Richar Correa, dijo a Montevideo Portal que el predio suma unas 11 hectáreas pertenecientes a UTE, dentro de las cuales se encuentran las ruinas de la represa, el casco histórico y la zona de camping. Añadió que el gobierno municipal trabaja junto con la Intendencia de Rivera para recuperar el mantenimiento del lugar.

“Lo primero era poner en orden ese lugar, la casa, y eso significaba las condiciones mínimas, básicas de higiene y limpieza como para poder acceder”, subrayó Correa. Para alcanzar ese objetivo, se realizó un llamado y se seleccionó a una persona encargada del cuidado y la limpieza.

Según el alcalde, el cambio ya resulta visible para quienes conocen el lugar. “Quienes hace tres meses visitaron el local y lo visitan ahora notan ese cambio”, afirmó. La recuperación, hasta el momento, tiene un alcance elemental: cortar con el abandono y garantizar que el predio pueda ser visitado en condiciones razonables.

La situación había generado preocupación entre operadores turísticos y vecinos. En febrero de este año, un informe publicado por La Mañana describió pastizales altos, problemas de seguridad y robos de elementos históricos. El desgaste también había afectado el uso cotidiano del espacio por parte de los habitantes de Minas de Corrales.

Una historia industrial en medio del campo

El complejo de Cuñapirú se construyó entre 1878 y 1882 como parte de un emprendimiento vinculado a la extracción y procesamiento de oro. La Compañía Francesa de las Minas de Oro del Uruguay instaló allí una usina minera y una represa hidroeléctrica durante el período de expansión de la actividad aurífera en la zona.

La obra tuvo participación de inmigrantes italianos, portugueses y españoles establecidos en Santa Ernestina, un poblado ubicado a unos cuatro kilómetros. La represa quedó inaugurada en 1882 y es presentada como la primera de América del Sur. El sitio, posteriormente, fue declarado Monumento Histórico Nacional.

El lugar tenía, además, una dimensión considerable para su época, con un lago artificial que almacenaba más de tres millones de metros cúbicos de agua y alimentaba cinco turbinas, con una generación total consignada en el material histórico de 550 kW/h. La energía permitía abastecer la planta y localidades de la zona, mientras las instalaciones mecánicas movían los aerocarriles utilizados para transportar materias primas y el mineral. En su período de mayor actividad, el establecimiento podía procesar hasta 150 toneladas de cuarzo por día.

Correa definió la represa como “un patrimonio histórico, cultural, espectacular, una riqueza enorme”, aunque remarcó que durante décadas no recibió el cuidado necesario para aprovechar sus características.

La actividad de la represa se prolongó solo hasta 1918; dejó de producir electricidad ese año y, décadas más tarde, las grandes y famosas inundaciones de 1959 destruyeron el dique de contención. Ese episodio derivó en la clausura definitiva.

Del abandono a una discusión pendiente

El problema actual no es únicamente conservar lo que queda, porque también implica resolver quién administra, financia y protege un patrimonio que excede las posibilidades de un municipio chico y con recursos limitados.

El predio pertenece a UTE, pero su mantenimiento y gestión fueron transferidos mediante un comodato a la Intendencia de Rivera. Con la creación del Municipio de Minas de Corrales —pueblo ubicado a 15 kilómetros de Cuñapirú, al que se accede por la ruta 29—, surgieron diferencias sobre las responsabilidades y los recursos destinados al mantenimiento.

El deterioro tuvo consecuencias concretas, y entre los episodios más graves aparece el robo del eje de la única turbina que permanecía completa, una pieza de cobre de grandes dimensiones que habría sido cortada con una amoladora. También hubo daños sobre construcciones que habían sido objeto de investigaciones académicas.

Correa asegura que el vandalismo no comenzó recientemente. Según dijo, los robos se registran desde la década de 1980 y, con el paso del tiempo, alcanzaron piezas cada vez más grandes. La falta de vigilancia permanente agravó el problema.

“Es una situación que le preocupa al municipio y a toda la comunidad”, afirmó el alcalde, quien considera que la instalación de cámaras en puntos estratégicos podría contribuir a mejorar la seguridad.

El dinero que quedó en el camino

La historia reciente de Cuñapirú también incluye proyectos que no llegaron a concretarse. Durante el segundo gobierno de Tabaré Vázquez, el complejo había obtenido una previsión de un millón de dólares dentro de uno de los programas del Banco Interamericano de Desarrollo. La iniciativa se reformuló durante los años siguientes y el monto terminó reducido a la mitad, a 500.000 dólares. Esos recursos, señala el alcalde, nunca llegaron.

Para el municipio, esa experiencia ayuda a entender la magnitud del desafío, y una intervención sobre las construcciones históricas, los accesos y el entorno requiere recursos que exceden las capacidades locales.

“Ahora sí estamos en condiciones de comenzar a dar esos pasos”, aseveró, no obstante, Correa. En los últimos meses se mantuvieron conversaciones entre el gobierno departamental, organismos nacionales, UTE y el municipio con el objetivo de avanzar en proyectos para la represa.

El alcalde entiende que el siguiente paso debería involucrar al gobierno nacional. “Cualquier otro proyecto que implique poner en valor aquello requiere recursos que desde lo local no tenemos”, dijo. Su planteo es que Cuñapirú sea considerado dentro de una política más amplia de recuperación del patrimonio histórico.

La minería como parte de la identidad

La represa forma parte de una historia minera que todavía permanece visible en Minas de Corrales. En la propia localidad sobreviven antiguas galerías mineras excavadas durante el siglo XIX, que actualmente integran los recorridos turísticos de la zona.

La minería industrial tuvo un nuevo período de actividad a partir de 1992, primero mediante explotación a cielo abierto y luego mediante operaciones subterráneas. La empresa que desarrollaba esa actividad dejó de operar a mediados de 2018, con lo que el pueblo —de unos 3.700 habitantes— perdió su principal fuente de empleo vinculada a la extracción de oro.

De cualquier modo, desde setiembre del año pasado, una empresa de capitales brasileños adquirió la planta y los derechos de explotación. De acuerdo con el alcalde Correa, el proceso se encuentra todavía en una etapa previa, con trabajos de recuperación de las instalaciones, pero sin explotación minera activa.

Mientras esa actividad busca eventualmente recuperar presencia en la zona, Cuñapirú enfrenta el desafío de conservar las huellas de una etapa mucho más antigua de la historia productiva de Rivera.