Daniel Pereira, el jubilado de Minas que se dedica a observar aves y a enseñar a cuidarlas
Tras 45 años en UTE, impulsa talleres en escuelas y promueve la conservación. Su interés nació de una experiencia con una enfermedad.
Por Pedro Dutour
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Daniel Pereira acaba de jubilarse después de 45 años de trabajo en UTE, en el Parque de Vacaciones de Minas, pero su agenda está lejos de quedar vacía y su vida de quedarse quieta. Entre recorridas por el departamento de Lavalleja, registros fotográficos, visitas a centros educativos y actividades con grupos de observadores, dedica buena parte de su tiempo a una tarea que comenzó hace más de dos décadas y que hoy ocupa un lugar central en su día a día. La de conocer las aves, documentar su presencia y transmitir a otros la importancia de protegerlas.
“Creo que uno tiene que tener una planificación en la vida. Si hay algo que siempre planifiqué fue disponer de tiempo para disfrutar de mis nietos cuando estuvieran en edad de compartir conmigo”, cuenta Pereira a Montevideo Portal. Tiene tres nietos y espera que la jubilación le permita estar más cerca de ellos, aunque también encuentra en esa nueva etapa la posibilidad de profundizar un trabajo que desarrolla desde hace años de manera honoraria.
Sin embargo, su relación con las aves no comenzó con la mera conservación. “Me crié cazando pájaros. Toda mi vida estuve relacionado con ellos, por herencia de mi padre”, recuerda. El cambio de perspectiva llegó alrededor de 2003, cuando le diagnosticaron un linfoma y debió someterse a quimioterapia. Durante el tratamiento, una médica le recomendó salir a los cerros y respirar aire puro, una sugerencia que terminó adquiriendo un significado más profundo.
En un colegio.
“Ahí uno empieza a valorar la vida, pero también a respetar la vida de los demás”, dice. A partir de esa experiencia, comenzó a mirar de otra manera el entorno natural y a interesarse por la conservación, en una época en la que, según rememora, la protección de las especies no tenía la presencia pública que alcanzaría años después.
Una especie amenazada y un libro
Hacia 2009 y 2010, Pereira empezó a recopilar información sobre el cardenal amarillo, un ave amenazada cuya presencia en la zona de la sierra de La Coronilla le despertaba especial preocupación. Durante sus recorridas procuraba identificar ejemplares, registrar observaciones y analizar las condiciones de su hábitat. En ese proceso, advirtió la presión que, a su entender, ejercía la expansión forestal sobre áreas relevantes para la especie.
“La forestación le está sacando mucho espacio al cardenal amarillo. Es una especie en peligro de extinción y no le estábamos prestando atención”, asegura. Su inquietud se convirtió en un trabajo de divulgación que culminó en 2013 con la publicación de El cardenal amarillo en las sierras de Lavalleja, un libro concebido, sobre todo, para llamar la atención sobre la situación de esa ave.
Muestra fotográfica.
Pereira donó ejemplares a las escuelas del departamento, y aquella iniciativa abrió una nueva etapa. Julio Ibarra, vinculado entonces al trabajo con escuelas rurales, lo invitó a participar en talleres educativos, una propuesta que aceptó, pese a no tener formación docente ni académica específica en la materia. Su conocimiento, aclara, se construyó de manera autodidacta, mediante la observación, las lecturas y la experiencia acumulada en el campo.
“No soy docente, no tengo formación de docente. Soy autodidacta; fui aprendiendo de la vida”, señala. Las visitas a las escuelas le permitieron compartir lo que sabía sobre las aves, pero también conocer de cerca las condiciones en las que trabajan los maestros rurales y las experiencias de sus alumnos, una faceta que recuerda con especial interés.
“Aprendí más de lo que di. Aprendí muchísimo de los maestros rurales, del trabajo que hacen y de lo que viven los niños”, afirma. En sus recorridas, encontró estudiantes capaces de identificar especies y reconocer características que sorprendían incluso a alguien con años de observación. Esas experiencias reforzaron su convicción de que la educación ambiental puede comenzar desde edades tempranas y apoyarse en el conocimiento que los propios niños construyen en su entorno.
Desde entonces, los talleres se mantienen como una actividad honoraria. Pereira ha visitado escuelas rurales y urbanas, colegios privados y otros espacios educativos, además de colaborar con clubes de ciencias. Entre las experiencias recientes menciona un trabajo sobre picaflores en una escuela de José Pedro Varela y las actividades con agrupamientos de escuelas rurales de la zona de Gaetán.
Los alumnos también participan.
En esas instancias procura que los participantes no se limiten a memorizar nombres, sino que aprendan a observar y reconocer a las aves de su ambiente. “Los niños saben muchísimo. A veces te muestran un pájaro y lo tienen perfectamente identificado. Eso los ayuda y los motiva”, comenta.
Observar es aprender a escuchar
A su vez, en 2015 participó en la fundación del Club de Observadores de Aves de Lavalleja, vinculado a Aves Uruguay, desde donde se organizaron salidas, charlas y actividades de divulgación con apoyo de instituciones. El grupo volvió a formalizarse en 2018 y mantuvo una actividad sostenida hasta la pandemia, cuando las restricciones obligaron a trasladar parte de las propuestas a encuentros virtuales. Ahora, busca recuperar las salidas y el contacto directo con la naturaleza.
Para quien quiera iniciarse en esta práctica, Pereira recomienda ante todo paciencia y silencio. La observación requiere detenerse, prestar atención al entorno y evitar movimientos que espanten a los animales, pero también desarrollar el oído, una herramienta fundamental para reconocer especies que permanecen ocultas entre la vegetación.
“Generalmente se habla de avistamiento de aves, pero el oído tiene mucho que ver. A veces las escuchás y las vas conociendo”, explica. Esa dimensión le ha sugerido, además, la posibilidad de organizar actividades para personas con baja visión, que podrían reconocer especies a partir de sus cantos. Por ahora, se trata de una idea que mantiene pendiente, a la espera de encontrar las condiciones para ponerla en práctica.
Una muestra escolar.
Su interés por la divulgación también incluye la fotografía. En octubre de 2016 presentó una muestra en el Teatro Lavalleja y, diez años después, volvió a exponer allí, esta vez junto a uno de sus nietos, que se había entusiasmado con la actividad y quería mostrar las imágenes que había tomado.
Pereira prefiere definir ese material como un registro fotográfico de aves antes que presentarse como fotógrafo. La muestra, que permaneció durante octubre en el teatro, comenzó luego a circular por otros lugares del departamento, entre ellos Mariscala y Solís, con la intención de acercar las imágenes a nuevos públicos. “Si tenés una muestra de aves y la dejás guardada, es un desperdicio”, remarca.
Una mochila para las escuelas rurales
Entre los proyectos que mantiene hay uno al que le atribuye un valor especial por su potencial educativo. Antes de fallecer, el 7 de mayo, Adrián Stagi, quien había coordinado Aves Uruguay y era un referente en el rubro, le había propuesto escribir un nuevo libro sobre las aves del país y se había comprometido a redactar el prólogo. Pereira trabaja ahora en la recopilación del material, aunque todavía no sabe cuándo podrá concretarlo.
En una de las escuelas de Minas.
Stagi también le dejó una mochila con siete binoculares para niños y cuatro guías de observación. Pereira decidió entregarla a un agrupamiento de escuelas rurales de Gaetán.
La iniciativa permite trabajar con las variaciones estacionales, en particular con la llegada de especies migratorias durante la primavera. Los estudiantes pueden observar, comparar sus registros y aprender a reconocer los cambios en la presencia de las aves, en una experiencia que combina el trabajo de campo con las actividades escolares.
Lavalleja, un territorio de aves
Las recorridas de Pereira también le han permitido acumular observaciones sobre la diversidad de especies presentes en Lavalleja y el interés creciente por esta actividad. En las sierras, parques y montes se puede encontrar una amplia variedad de aves. Según su experiencia, en una salida matinal por lugares como Villa Serrana, el Parque Salus, Arequita o el Parque de Vacaciones es posible la observación de entre 70 y 80 especies.
En el plano nacional, recuerda que cuando publicó su primer libro, en 2013, se manejaba un registro de 452 especies de aves en Uruguay. Actualmente, estima que la cifra ronda las 523, aunque atribuye parte de ese crecimiento al aumento de observadores que recorren el país y documentan ejemplares cuya presencia antes pasaba inadvertida.
“Creo que las aves siempre existieron. Lo que hay ahora es mucha más gente observándolas”, señala. Sin descartar la influencia de los cambios ambientales y climáticos, considera que la mayor cantidad de registros permite conocer mejor la distribución de las especies y detectar apariciones que despiertan interés entre los aficionados.
Actividad en una escuela rural de Lavalleja.
Como ejemplo menciona los avistamientos recientes de un tesorito en el entorno del Parque Salus, que atrajeron a numerosos observadores, y el registro de un zorzal azulado en esa misma zona en setiembre de 2022. También alude a observaciones de otras especies en puntos de la costa de Maldonado, donde los aficionados intercambian información y siguen sus desplazamientos.
La ubicación geográfica del departamento, con ambientes vinculados a la Cuchilla Grande y corredores utilizados por aves migratorias, favorece esa diversidad. Pereira considera que el patrimonio natural uruguayo ofrece oportunidades para el turismo de naturaleza, una actividad que podría crecer si se acompaña con protección ambiental y una adecuada difusión de los recursos disponibles.
“Tenemos mucho para aportar en ese sentido”, afirma. A su juicio, la posibilidad de acceder a distintos ambientes sin grandes desplazamientos constituye una ventaja para quienes llegan interesados en observar aves, siempre que las visitas se desarrollen con respeto por los hábitats y las especies.
Aunque reconoce el potencial turístico del avistamiento, no pretende convertir su afición en una nueva ocupación remunerada. Después de 45 años de trabajo, prefiere conservar esa libertad y dedicar su tiempo a las actividades que le interesan, sin convertirlas en otra obligación laboral. La jubilación le abre ahora la posibilidad de continuar los relevamientos, completar el material para su próximo libro y visitar escuelas.
Para Pereira, la conservación no depende solamente de especialistas ni de grandes proyectos. También se construye cuando un niño aprende a reconocer un ave, cuando una escuela registra las especies de su entorno o cuando alguien se detiene a escuchar un canto que antes no distinguía.
Por Pedro Dutour
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