Contenido creado por María Noel Dominguez
Columnistas

El día que odié a Bill

TERAPIADA 15

Las comisuras de su boca mostraban hilillos de saliva libidinosa. Los ojos posados en mi, inyectados en sangre y ostentando un repulsivo brillo exudante de sexualidad reprimida. Ese maldito spam pornográfico en mi PC fue el culpable de que el vecino... ¡mostrara su pervertida hilacha!

Por Cecilia Curbelo

06.10.2006

Lectura: 3'

2006-10-06T00:00:00-03:00
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Temprano en la mañana entré en la que era mi oficina, prendí la máquina de café y encendí la computadora que comenzó automáticamente a bajar los mails empresariales. El timbre de la puerta sonó y atendí a un vecino del edificio con el que me cruzaba dos por tres en el pallier. Saludos cordiales de por medio, el treinta y largo me explica que de su apartamento había caído un champión y que lo había visto en mi terraza.

Solícita y siempre dispuesta a ayudar, le ofrecí las llaves para abrir el ventanal y recuperar su prenda perdida.

Me vuelvo a sentar frente a la PC mientras comienzo a ordenar papeles, cuando siento un aliento en mi nuca... El respingo hace que los resortes de la silla atravesaran por la hazaña más ardua de su existencia. En acto reflejo, alzo la vista a la computadora y los mails habían parado, con la mala suerte de que uno de esos spams quedó fijado ocupando toda la pantalla, en una escena fotográfica que hubiera ruborizado a la mismísima Cicciolina.

El rubor me empieza a hacer arder las mejillas y mi nuca sigue recibiendo ese aliento caliente cargado de significados que no quiero descifrar. Con mi mejor rostro de ejecutiva y haciendo caso omiso a esa situación bochornosa, giro el tronco para enfrentar al vecino con la imagen de fondo que se funde inevitablemente con mi silueta. Seria, le pregunto por el champión.

Lo exasperante fue esa sonrisa socarrona que utilizó para decirme: !Qué bien cómo trabajan acá...! Con razón el negocio va viento en popa. ¿Tu practicás muy seguido lo que te mandan por la computadora? .

Mi cara generalmente apacible se transformó en un mohín disgustado dando paso a un sentimiento de rabia y asco contenido. El destello de odio que emanaba de mi cuerpo no daba lugar a otro tipo de interpretación. El vecino, que continuaba con la sonrisita cómplice, entendió el mensaje y se retiró, dejándome en estado de shock.

Las veces que me lo tuve que cruzar posteriormente al evento, fueron bastante duras. Yo sé lo que él veía al verme... ¡y él también! ¡Asqueroso! Le corté el saludo, cambié de trabajo (y por ende de edificio) y aprendí a utilizar el antispam mejor aún de lo que sé cocinar arroz con huevo frito. Juré que jamás me volverían a pescar con las defensas bajas... ¡y tan evidentemente expuestas!

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