Vos dirás: ¿qué me importa que esta mina tenga el mismo problema? Sin embargo, en el fondo sabés que el dicho "mal de muchos, consuelo de tontos" no está tan lejos de la realidad. Y si somos tontas por sentirnos mejor sabiendo que el resto de las mujeres sufren de este mal, reconocé (al menos frente a frente con el espejo y en la soledad del baño) que SI te hace sentir mejor. No sólo mejor ¡Sublime!
Estar codo a codo con alguien que atraviesa esta particularidad, es dividir el sufrimiento. ¿Por qué? Sencillo. Tenés temas abundantes de conversación: si probaste el ultimísimo producto que te deja el cabello sedoso que muestran en la tele, qué marca de planchita te dio más resultado y por qué, pros y contras de los laciados, la eficacia del gel para aplanar los simpáticos alambrecitos que asoman en tu cuero cabelludo cuando afuera reina la humedad y podemos seguir.
Sí que nos unen temas ¡Y apuesto a que ya te sentís como mi propia hermana! Pero no lo soy. Yo ya he superado las etapas del cabello y estoy aquí para mostrarte el camino de la salvación, de la emancipación de tu ser y de la esperanza de un futuro mejor.
Te sugiero que comiences con un ritual matutino, donde repitas al menos cinco veces "ME QUIERO": ME QUIERO, ME QUIERO, ME QUIERO. Hacelo con el pelo tal cual te levantaste. ¡No, no, no ! ¡No hagas trampas! ¡No toques el gel! Esa que se mira sos VOS. El primer paso es aceptarse. ¿Que tu marido se está levantando? Bueno, que encare de una vez y se juegue por tu cariño. Pedile la prueba de amor. No, esa no. Es demasiado fácil. La prueba es que se quede al lado tuyo, mirándote embelesado aún con los cabellos "en estado natural" (atentti: si el tipo pasa esta prueba, cuidalo mucho, es un espécimen singular del sexo masculino).
Pero hay algo extra que nos acerca. Una fuerza mucho más poderosa que las charlas que podemos tener. Mucho más absoluta que la compenetración de sabernos comprometidas en la misma lucha. Bastante más agria que el estupor incomprensible por la jugarreta de la naturaleza hacia seres inocentes como nosotras: tu compañera de trabajo tiene pelo abundante y naturalmente lacio.
¡Ajá! Ya sabía que seguirías leyendo pasmada de cómo conozco tu interior. Mientras vos pasás fácil media hora entre secador y planchita, la tipa se levanta cinco minutos antes, se baña y ¡todavía tiene el descaro de aparecer en la oficina con el pelo mojado! Lujo este que nosotras, jamás de los jamases nos podríamos dar. Cuando se le seca su mata brillosa (proceso que seguís paso a paso con miraditas de reojo entre la computadora y el reluciente cabello de tu colega), no tiene nada que envidiarle a las que hacen los avisos de "lacio perfecto" de algún shampoo de moda (que vos, obviamente, ya probaste creyendo en sus poderes mágicos, y que te valió no sólo el precio del shampoo un quinoto- sino alguna pastilla antidepresiva al comprobar que no hay quien pueda domar esa parte de tu fisonomía).
Cuando le indagás a la peli-lacia sobre el shampoo y crema de enjuague que usa (tal vez, quién te dice no logres el milagro), la muy ostentosa te contesta que generalmente se olvida de comprar shampoo y termina lavándose el pelo ¡con el jabón que está en la ducha! Y lo que es aún más doloroso, te comenta que no usa crema de enjuague porque el pelo le queda "como más pesado, más lacio".
Y explotás (con todo derecho). Excusas burdas te llevan hasta el baño para largar algún lagrimón desconsolado, que se acrecienta cuando ves en el espejo que, entre el trayecto de tu casa a la oficina, la planchita no hizo del todo bien su tarea y varios alambrecitos estirados se han levantado como en levitación por tu cabeza.
Aquí es el momento donde te sugiero el segundo ejercicio. El de inhalar y exhalar las veces que consideres necesario. Después, ya con otro temple, volvé al espejo donde está la pileta, mojate el pelo y apretujalo intentando que tome forma a algo (sé que es difícil, pero no podés dejar de hacerlo). Una vez hecho esto, maquillate un poco más y salí a la batalla. ¡La guerra ha comenzado!
A partir de aquí, utilizá gels que realcen los rulos (Sí, mujer ¡es hora!. Acoplate a otro dicho: "¡Si no puedes con ellos, únete a ellos!") y meneando las caderas en actitud sexy, te sentás en tu escritorio. Con toda seguridad la peli-lacia pregunte qué te pasó que demoraste tanto y por qué tenés el cabello mojado. Aprovechá la oportunidad que te está brindando en bandeja y dale una respuesta que la carcoma: "Es que me dejaste pensando con eso del pelo pesado y tenés razón. No soportaba un segundo más el pelo tan llovido (utilizá un dejo de desprecio, pero sin abusar). Los rulos me hacen sentir más libre y además ya lo leí en la Cosmo la semana pasada: las mujeres más deseadas tenemos volumen en el cabello ¿lo sabías? ¿curioso, no?" (largá una risita tonta).
Y como si nada de importancia hubiera sucedido, girás tu cabeza con movimientos sensuales hacia el monitor y te ponés a trabajar (eso no quiere decir que hayas superado el tema ni que hayas dejado de odiar a la peli-lacia ¡pero la idea es ir paso a paso!). No te extrañe ver al día siguiente a tu contrincante ataviada con rulos. De seguro se pasó una hora intentando con los ruleros eléctricos, para que las débiles ondas que logró hacer le duren menos de dos horas. ¡Regocijáte!
Contame tus dificultades a [email protected]
¡TERAPIADAS está con vos!
Con la humedad del otoño tu pelo se asemeja a Bob Esponja
TERAPIADAS
No te voy a negar que es un asunto delicado. Y, para que no te sientas que el mundo conspira contra vos, te voy a confesar algo muy íntimo, muy traumático, y espantosamente paralizante: yo sufro de dicho mal. Así que nadie mejor que mi persona para acompañarte en el proceso de aceptación de tu propio ser de cabello esponjoso.
Por Lic. Cecilia Curbelo Berberián
31.03.2006
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