Así, cuando Roosevelt (Theodore) postuló su corolario a la doctrina
Monroe, cuando el continente se sintió abandonado en la segunda pos guerra
a la luz del Plan Marshall y cuando las administraciones de Nixon y Reagan intervinieron
en sur y centro América desde la lógica de la guerra fría,
los latinoamericanos reaccionábamos, con razón, con rabia. Cuando,
sin embargo, Roosevelt (Franklin) proponía su política del ''buen
vecino'', cuando Kennedy lanzaba su ''Alianza para el Progreso''
y cuando George H.W. Bush presentaba su ''Iniciativa para las Américas''
reaccionábamos casi con euforia.
En el siglo XX los latinoamericanos padecimos, en nuestras relaciones con Estados
Unidos, de algo parecido a un trastorno bipolar. Entre las tantas oportunidades
que el escenario internacional del nuevo siglo nos da, está la de estabilizar
nuestro ánimo, y cultivar así una relación madura con la
primera potencia mundial.
LA SITUACIÓN ACTUAL
El tono y el contenido que las relaciones inter americanas tendrán
en los próximos años aún no está definido. Sin embargo,
parece claro que hay dos modelos sobre la mesa. El primero de estos modelos,
materializado actualmente en la relación bilateral Venezuela-Estados
Unidos, se basa en volver a establecer una lógica permanente de enfrentamiento
bajo las líneas de, en los términos del propio Hugo Chávez,
el sur progresista y revolucionario contra el norte imperialista y reaccionario.
Representa, en definitiva, una oscilación más del péndulo,
hasta que los tiempos cambien y las circunstancias fuercen un nuevo acercamiento.
El segundo de estos modelos es el materializado actualmente en la relación
Brasil-Estados Unidos y se caracteriza por su inteligente pragmatismo. Un pragmatismo
que parte de la base de reconocer que, para Brasil, el apoyo de Estados Unidos
es instrumental para alcanzar sus objetivos más ambiciosos en materia
de política exterior (desde obtener un lugar permanente en el Consejo
de Seguridad de Naciones Unidas hasta lograr un resultado exitoso y conveniente
de la Ronda Doha del Desarrollo en la Organización Mundial del Comercio)
y que para Estados Unidos el apoyo de Brasil es también fundamental para
alcanzar sus objetivos en América Latina (contener a Chávez y
su proyecto regional, intervenir en favor de la estabilidad en países
como Bolivia y Ecuador, y cooperar en la solución de conflictos como
los de Colombia y Haití). Más imporante aún, Estados Unidos
tiene un interés fundamental en que el modelo económico llevado
adelante por la administración Lula tenga éxito, algo que solo,
ayudará a reducir el atractivo de soluciones ''a lo Chávez.''
El pragmatismo inteligente con el que Brasil conduce su política hacia
Estados Unidos no implica, está claro, renunciar a la búsqueda
de alianzas alternativas (como el G20 y el G4, por ejemplo) que no sólo
enriquezcan la proyección internacional del país sino que le permitan
relacionarse con la primera potencia desde una postura de mayor fortaleza. Ese
pragmatismo tampoco implica dejar de ser un insistente vocero de los planteos
más importantes del mundo en desarrollo o no oponerse a Estados Unidos
en diversas circunstancias, como ha sucedido en el marco de la OEA y en la reciente
elección del nuevo presidente del BID.
Implica, si, aproximarse a la relación bilateral con madurez, entendiendo
la multiplicidad de acuerdos y desacuerdos que las relaciones entre dos países
o regiones necesariamente involucran. Es una dinámica que, en definitiva,
hace que la relación de Brasil-Estados Unidos se parezca menos al vínculo
entre Estados Unidos e Irán y más a la relación Europa-Estados
Unidos. Allí, a pesar que los desacuerdos y la falta de simpatía
resuenan con más fuerza que nunca, la cooperación fluida en áreas
que claramente se identifican como de interés común no está
en cuestión.
EL PAPEL DE URUGUAY
Independientemente de cuan acertada sea la visión de que los países
de Latinoamérica han girado a la izquierda en los últimos años
(agrupando fenómenos tan disímiles como los gobiernos de Chávez
en Venezuela, Lula en Brasil, Lagos en Chile, Kirchner en Argentina y Vázquez
en Uruguay), está claro que esa es la óptica desde la que muchos,
tanto en Estados Unidos como en América Latina, ven las relaciones interamericanas.
Es importante entonces que Uruguay juegue su papel a pesar de la limitada
influencia que un país de nuestro tamaño indefectiblemente tiene-
para que estas relaciones entre Estados Unidos y los ''gobiernos de izquierda
de América Latina'' se encaucen hacia una dinámica ''a
lo Lula'' y no ''a lo Chávez''. ¿Por qué?
Porque es evidente que promover una estrategia ''a lo Chávez''
no cumple con la condición principal con la que debe cumplir cualquier
política exterior: no es funcional a los intereses de Uruguay. De hecho,
es solamente funcional a los intereses de Chávez en Venezuela y Fidel
Castro en Cuba. Esta estragia involucra también, claro, una retórica
que sirve a los intereses políticos domésticos de varios gobiernos
de la región, incluído el de Uruguay.
Para el nuevo gobierno del Dr. Tabaré Vázquez hay ciertamente
incentivos para promover una estrategia ''a lo Chávez.'' Están,
por un lado, los réditos políticos que esa estrategia provee a
la interna del Uruguay. Está, también, la tentación de
reaccionar drásticamente ante el antecedente inmediato de la presidencia
del Dr. Jorge Batlle que, lejos de cultivar una relación madura y balanceada
con Estados Unidos, propuso algo mucho más parecido a las ''relaciones
carnales'' de la administración Menem que a lo que actualmente lleva
adelante el gobierno de Lula. (Es de rigor reconocer que la política
del Presidente Batlle probablemente fue, sin embargo, muy útil para Uruguay
en 2002).
Finalmente, y quizás esto sea lo más difícil, adoptar
una estrategia ''a lo Lula'' que rinda los mayores frutos para Uruguay
implica necesariamente asumir y promover el liderazgo regional de Brasil, sin
que eso signifique, claro, alinearse de manera sistemática (eso sólo
debilitaría la posición de Uruguay en el mediano y largo plazo).
Es claro, sin embargo, que promover el liderazgo brasileño es probablemente
tan clave como costoso, entre muchas otras cosas porque agregaría un
factor adicional de tensión a la relación con Argentina.
Sin embargo, los incentivos para adoptar una estrategia más madura y
realista deberían primar. No sólo porque esta es la mejor forma
de servir a los intereses de Uruguay, sino porque de esa manera el gobierno
de Vázquez logrará que la relación con Estados Unidos de
réditos económicos y políticos en el mediano y largo plazo,
cuando el discurso confrontacional se agote, algo que indefectiblemente sucederá
tarde o temprano.
PRIMERAS SEÑALES
Cuando todavía no han pasado ni seis meses desde la asunción del
nuevo gobierno, es claro que la administración del Dr. Tabaré
Vázquez no ha optado claramente por ninguna de las dos estrategias y
las señales han sido en cierta medida contradictorias. El reciente viaje
de una delegación de mandatarios y empresarios y el anuncio de una serie
de negocios con Venezuela, si se entiende como algo que trasciende lo económico-comercial
(mi lectura personal es que así es), es una clara señal de acercamiento
al gobierno de Hugo Chávez.
Las dudas acerca de las virtudes del Tratado de Inversiones con Estados Unidos,
que pueden ser perfectamente legítimas, no fueron manejadas de la manera
más hábil. La ruptura con la posición brasileña
en la elección del nuevo Presidente del Banco Interamericano de Desarrollo
fue, sin embargo, una muestra del más puro pragmatismo inteligente. La
fundamentación del voto que el Ministro Astori brindó en Washington
es una muestra elocuente de eso.
No sería la primera vez en la historia del país que las diversas
dimensiones de la política exterior de Uruguay se conducen desde ministerios
diferentes en direcciones diferentes. El antecedente de las discrepancias en
la administración Batlle entre el Cr. Alberto Bensión en Economía,
el Canciller Didier Operti y el Ministro de Industria Sergio Abreu es muy claro.
Parece ser que ahora la discrepancia es, como entre tantas otras cosas, entre
el Ministerio de Economía y Finanzas y los otros ministros que directa
o indirectamente formulan la política exterior del país. No hay
duda de que, idealmente, la política exterior del gobierno debería
ser coordinada y liderada por el Ministerio de Relaciones Exteriores, bajo la
dirección del ministro pero con la perspectiva y continuidad que sólo
pueden dar los embajadores y diplomáticos de carrera. Considerando, sin
embargo, que es el Cr. Astori quien ve con más claridad cuál es
la estrategia más funcional a los intereses uruguayos en el mediano y
largo plazo, sólo cabe esperar que sea su visión la que prime.
Roberto Porzecanski es licenciado, master y estudiante de doctorado en Relaciones
Internacionales en The Fletcher School of Law and Diplomacy, Tufts University
(Boston)
|