Por Roberto Porzecanski
Una relación madura con EEUU

Quizás la forma más gráfica de describir las relaciones entre América Latina y Estados Unidos a lo largo del siglo XX sea compararlas con un péndulo. Períodos de intervencionismo y recelo (largos, y muchos) intercalados con momentos de cooperación y esperanza (pocos, y generalmente cortos).

Así, cuando Roosevelt (Theodore) postuló su corolario a la doctrina Monroe, cuando el continente se sintió abandonado en la segunda pos guerra a la luz del Plan Marshall y cuando las administraciones de Nixon y Reagan intervinieron en sur y centro América desde la lógica de la guerra fría, los latinoamericanos reaccionábamos, con razón, con rabia. Cuando, sin embargo, Roosevelt (Franklin) proponía su política del ''buen vecino'', cuando Kennedy lanzaba su ''Alianza para el Progreso'' y cuando George H.W. Bush presentaba su ''Iniciativa para las Américas'' reaccionábamos casi con euforia.
En el siglo XX los latinoamericanos padecimos, en nuestras relaciones con Estados Unidos, de algo parecido a un trastorno bipolar. Entre las tantas oportunidades que el escenario internacional del nuevo siglo nos da, está la de estabilizar nuestro ánimo, y cultivar así una relación madura con la primera potencia mundial.


LA SITUACIÓN ACTUAL
El tono y el contenido que las relaciones inter americanas tendrán en los próximos años aún no está definido. Sin embargo, parece claro que hay dos modelos sobre la mesa. El primero de estos modelos, materializado actualmente en la relación bilateral Venezuela-Estados Unidos, se basa en volver a establecer una lógica permanente de enfrentamiento bajo las líneas de, en los términos del propio Hugo Chávez, el sur progresista y revolucionario contra el norte imperialista y reaccionario. Representa, en definitiva, una oscilación más del péndulo, hasta que los tiempos cambien y las circunstancias fuercen un nuevo acercamiento.

El segundo de estos modelos es el materializado actualmente en la relación Brasil-Estados Unidos y se caracteriza por su inteligente pragmatismo. Un pragmatismo que parte de la base de reconocer que, para Brasil, el apoyo de Estados Unidos es instrumental para alcanzar sus objetivos más ambiciosos en materia de política exterior (desde obtener un lugar permanente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas hasta lograr un resultado exitoso y conveniente de la Ronda Doha del Desarrollo en la Organización Mundial del Comercio) y que para Estados Unidos el apoyo de Brasil es también fundamental para alcanzar sus objetivos en América Latina (contener a Chávez y su proyecto regional, intervenir en favor de la estabilidad en países como Bolivia y Ecuador, y cooperar en la solución de conflictos como los de Colombia y Haití). Más imporante aún, Estados Unidos tiene un interés fundamental en que el modelo económico llevado adelante por la administración Lula tenga éxito, algo que solo, ayudará a reducir el atractivo de soluciones ''a lo Chávez.''

El pragmatismo inteligente con el que Brasil conduce su política hacia Estados Unidos no implica, está claro, renunciar a la búsqueda de alianzas alternativas (como el G20 y el G4, por ejemplo) que no sólo enriquezcan la proyección internacional del país sino que le permitan relacionarse con la primera potencia desde una postura de mayor fortaleza. Ese pragmatismo tampoco implica dejar de ser un insistente vocero de los planteos más importantes del mundo en desarrollo o no oponerse a Estados Unidos en diversas circunstancias, como ha sucedido en el marco de la OEA y en la reciente elección del nuevo presidente del BID.

Implica, si, aproximarse a la relación bilateral con madurez, entendiendo la multiplicidad de acuerdos y desacuerdos que las relaciones entre dos países o regiones necesariamente involucran. Es una dinámica que, en definitiva, hace que la relación de Brasil-Estados Unidos se parezca menos al vínculo entre Estados Unidos e Irán y más a la relación Europa-Estados Unidos. Allí, a pesar que los desacuerdos y la falta de simpatía resuenan con más fuerza que nunca, la cooperación fluida en áreas que claramente se identifican como de interés común no está en cuestión.


EL PAPEL DE URUGUAY
Independientemente de cuan acertada sea la visión de que los países de Latinoamérica han girado a la izquierda en los últimos años (agrupando fenómenos tan disímiles como los gobiernos de Chávez en Venezuela, Lula en Brasil, Lagos en Chile, Kirchner en Argentina y Vázquez en Uruguay), está claro que esa es la óptica desde la que muchos, tanto en Estados Unidos como en América Latina, ven las relaciones interamericanas. Es importante entonces que Uruguay juegue su papel a pesar de la limitada influencia que un país de nuestro tamaño indefectiblemente tiene- para que estas relaciones entre Estados Unidos y los ''gobiernos de izquierda de América Latina'' se encaucen hacia una dinámica ''a lo Lula'' y no ''a lo Chávez''. ¿Por qué? Porque es evidente que promover una estrategia ''a lo Chávez'' no cumple con la condición principal con la que debe cumplir cualquier política exterior: no es funcional a los intereses de Uruguay. De hecho, es solamente funcional a los intereses de Chávez en Venezuela y Fidel Castro en Cuba. Esta estragia involucra también, claro, una retórica que sirve a los intereses políticos domésticos de varios gobiernos de la región, incluído el de Uruguay.

Para el nuevo gobierno del Dr. Tabaré Vázquez hay ciertamente incentivos para promover una estrategia ''a lo Chávez.'' Están, por un lado, los réditos políticos que esa estrategia provee a la interna del Uruguay. Está, también, la tentación de reaccionar drásticamente ante el antecedente inmediato de la presidencia del Dr. Jorge Batlle que, lejos de cultivar una relación madura y balanceada con Estados Unidos, propuso algo mucho más parecido a las ''relaciones carnales'' de la administración Menem que a lo que actualmente lleva adelante el gobierno de Lula. (Es de rigor reconocer que la política del Presidente Batlle probablemente fue, sin embargo, muy útil para Uruguay en 2002).

Finalmente, y quizás esto sea lo más difícil, adoptar una estrategia ''a lo Lula'' que rinda los mayores frutos para Uruguay implica necesariamente asumir y promover el liderazgo regional de Brasil, sin que eso signifique, claro, alinearse de manera sistemática (eso sólo debilitaría la posición de Uruguay en el mediano y largo plazo). Es claro, sin embargo, que promover el liderazgo brasileño es probablemente tan clave como costoso, entre muchas otras cosas porque agregaría un factor adicional de tensión a la relación con Argentina.

Sin embargo, los incentivos para adoptar una estrategia más madura y realista deberían primar. No sólo porque esta es la mejor forma de servir a los intereses de Uruguay, sino porque de esa manera el gobierno de Vázquez logrará que la relación con Estados Unidos de réditos económicos y políticos en el mediano y largo plazo, cuando el discurso confrontacional se agote, algo que indefectiblemente sucederá tarde o temprano.


PRIMERAS SEÑALES
Cuando todavía no han pasado ni seis meses desde la asunción del nuevo gobierno, es claro que la administración del Dr. Tabaré Vázquez no ha optado claramente por ninguna de las dos estrategias y las señales han sido en cierta medida contradictorias. El reciente viaje de una delegación de mandatarios y empresarios y el anuncio de una serie de negocios con Venezuela, si se entiende como algo que trasciende lo económico-comercial (mi lectura personal es que así es), es una clara señal de acercamiento al gobierno de Hugo Chávez.

Las dudas acerca de las virtudes del Tratado de Inversiones con Estados Unidos, que pueden ser perfectamente legítimas, no fueron manejadas de la manera más hábil. La ruptura con la posición brasileña en la elección del nuevo Presidente del Banco Interamericano de Desarrollo fue, sin embargo, una muestra del más puro pragmatismo inteligente. La fundamentación del voto que el Ministro Astori brindó en Washington es una muestra elocuente de eso.

No sería la primera vez en la historia del país que las diversas dimensiones de la política exterior de Uruguay se conducen desde ministerios diferentes en direcciones diferentes. El antecedente de las discrepancias en la administración Batlle entre el Cr. Alberto Bensión en Economía, el Canciller Didier Operti y el Ministro de Industria Sergio Abreu es muy claro. Parece ser que ahora la discrepancia es, como entre tantas otras cosas, entre el Ministerio de Economía y Finanzas y los otros ministros que directa o indirectamente formulan la política exterior del país. No hay duda de que, idealmente, la política exterior del gobierno debería ser coordinada y liderada por el Ministerio de Relaciones Exteriores, bajo la dirección del ministro pero con la perspectiva y continuidad que sólo pueden dar los embajadores y diplomáticos de carrera. Considerando, sin embargo, que es el Cr. Astori quien ve con más claridad cuál es la estrategia más funcional a los intereses uruguayos en el mediano y largo plazo, sólo cabe esperar que sea su visión la que prime.


Roberto Porzecanski es licenciado, master y estudiante de doctorado en Relaciones Internacionales en The Fletcher School of Law and Diplomacy, Tufts University (Boston)


Revista Dosmil30.
© Todos los derechos reservados

[email protected]