Por Pablo Ney Ferreira *
La muerte de un filósofo
17.02.2006

''Quizá, con seguridad, ya no escriba más. La razón es divina, como nos recuerda Lope de Vega. Dios es Logos, es Razón. Y la ha depositado en nosotros, aunque a veces se debilite debido a nuestra fragilidad.

No perdamos la esperanza. Mientras gracias a esa fuerza me encamino a Dios e imagino cerca, con ilusión, la vida perdurable, pido a mis amables lectores -que me han acompañado benevolentes y atentos durante tanto tiempo- tengan presente el último verso de ese primer soneto de las Rimas sacras de Lope: 'Vuelve a la patria la razón perdida', cuando su luz venza mi oscuridad. Esa luz perpetua que siempre me iluminará. Nos iluminará, divina y admirablemente, a todos con su hermosísima claridad. Con su todopoderosa fuerza.'' Fragmento del Prólogo de ''La fuerza de la razón'', de Julián Marías, Alianza Editorial, Madrid, 2005.

No creo que pueda haber desgracia más grande para quien ame escribir, que saber que se encuentra ante la última ocasión en que puede ejercer su gran pasión. El fragmento que encabeza esta nota es una demostración cabal de la autoconciencia manifiesta con que Marías enfrentaba dos muertes simultáneas: la de su irrenunciable pasión por la escritura y la propia. Tuvo razón en su apreciación sobre el final de su vida. Pero su escritura, sus libros, sus ensayos, permanecen más vivos que nunca en la pasión de sus lectores.

Aun recuerdo que cuando husmeaba de pequeño en los siempre desordenados estantes de la biblioteca de mi padre, densamente poblados de libros de toda especie, un enorme libro algo desvencijado y completamente subrayado me llamó la atención. Se llamaba Historia de la Filosofía, y su autor era un tal Julián Marías. Luego vino la clásica pregunta: ''¿y que es esto de la Filosofía? ¿para qué diablos sirve?''. Mi buen padre mientras leía el diario de la noche me contestó en tono pedagógico, que para contestar a esta pregunta no había nada mejor que una frase del maestro del tal Julián Marías: ''La filosofía no sirve para nada...solamente para vivir''. Como era previsible, no entendí nada, pero a pesar de ello siempre recordé la frase, y la recuerdo con toda claridad cada vez que alguien realiza la misma pregunta.

Hoy en día, el manifiesto deterioro de la imagen que tiene el común de la gente de las humanidades y más precisamente de la Filosofía, provoca que ya casi no existan más referentes filosóficos que nos ayuden a vivir, que nos ayuden a reflexionar acerca de la inabarcable complejidad de la sociedad contemporánea. Y así estamos. Quizás sea por eso, que la muerte de un filósofo hoy no nos merece mayores comentarios. Se trata de antiguallas de un pasado en exceso reflexivo y poco práctico. Uno de estos escasos referentes que aún permanecían activos, el autor del libro que poseía mi padre y tantos otros, ha muerto el 15 de diciembre pasado, y pocos se han enterado.


BREVE REPASO BIOGRÁFICO
Marías fue el más avezado y posiblemente el más querido de los discípulos de Ortega y Gasset. Trasladada su familia a Madrid en 1919, -había nacido en 1914 en Valladolid- estudió en el Colegio Hispano y luego en el Instituto Cardenal Cisneros, donde en 1931 concluyó el Bachillerato. En la Universidad de Madrid cursó filosofía en los años de la República (1931-1936), donde escuchó lecciones de Ortega, Zubiri, Gaos, Besteiro, García Morente, etc, logrando una formación ejemplar, que ya a los 26 años le permitió publicar su monumental Historia de la Filosofía.

Participó en el famoso ''viaje de estudios'' de 1933, y en 1934 publicó junto a Carlos Alonso Real y Manuel Granell el libro Juventud en el mundo antiguo, dedicado a narrar los pormenores de aquel novedoso crucero universitario por el Mediterráneo. Se licenció en junio de 1936, poco antes del inicio de la guerra civil. Militarizado al servicio de la República, escribió asiduamente en las ediciones de ABC y Blanco y Negro publicadas en el hostil Madrid de la guerra civil. Terminada la contienda tuvo que purgar unos meses en las prisiones del franquismo, al parecer por la denuncia de algún profesor al que estaba asistiendo en esos momentos en la Facultad de Filosofía y Letras madrileña.

En 1941 aparece la primera edición de su Historia de la Filosofía, prologada por Zubiri, que logró gran difusión. En 1942 fue víctima de un famoso escándalo cuando su tesis doctoral, dirigida también por Zubiri, fue rechazada por el tribunal correspondiente, con el voto en contra de Manuel García Morente.

En 1948, vuelto Ortega a España, tras nueve años de exilio, colabora en la fundación del Instituto de Humanidades en Madrid, del que Julián Marías es secretario y su principal promotor tras el fallecimiento de Ortega en 1955. En 1949 participa en París en la Semana de los Intelectuales Católicos. En 1951 interviene en las Conversaciones de Gredos, fermental encuentro de intelectuales católicos, que marcó un hito en las relaciones entre algunas vertientes del pensamiento crítico católico y el régimen franquista. Ese mismo año, siendo Francisco Javier Sánchez Cantón decano de la Facultad de Filosofía y Letras, pudo presentar de nuevo su tesis doctoral (La Metafísica del conocimiento en Gratry), accediendo por fin, al grado académico de doctor por la Universidad de Madrid.

Marginado de la universidad española realizó numerosas estancias docentes en universidades norteamericanas y europeas, donde pudo desarrollar su pensamiento con comodidad, aunque algo alejado de las ''circunstancias'' que eran características de la universidad española del momento. Fecundo escritor y conferenciante (su hijo Javier lo describirá luego como un gran ''conversador''), fue miembro, desde 1964, de la Real Academia Española ocupando el sillón ''S'' que había dejado vacante Wenceslao Fernández Flores. Ocho meses después, el 20 de junio de 1965, leyó su discurso de ingreso sobre ''La realidad histórica y social del uso lingüístico'', que fue contestado por Rafael Lapesa. Tras la restauración borbónica fue senador por designación real entre 1977 y 1979, siendo uno de los redactores de la actual Constitución española.

En 1982, cuando el Papa Juan Pablo II creó el Consejo Internacional Pontificio para la Cultura, fue Julián Marías el único candidato de lengua castellana que fue convocado para integrar el mismo. En 1996 se le concedió, compartido con el periodista italiano Indro Montanelli, el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades. Un jurado integrado entre otros por Adela Cortina, Emilio Lamo de Espinosa, Jesús de la Serna, y presidido por Domingo García Sabell, actuando de secretario el párroco católico Javier Gómez Cuesta, declaró que ''en don Julián Marías Aguilera, el jurado ha estimado su nítida trayectoria intelectual, prolongada a lo largo de más de medio siglo y con una amplia proyección cultural y académica en numerosos países. Su obra literaria y sus aportaciones al pensamiento actual le han convertido en una de las figuras más destacadas de la intelectualidad iberoamericana de este siglo. A la claridad y rigor de sus libros y ensayos hay que añadir también una amplia labor periodística de análisis y divulgación, llevada a cabo día tras día en múltiples medios de comunicación nacionales y extranjeros''.


EL RECONOCIMIENTO
Llama la atención el poco espacio que se le ha dado en nuestras publicaciones periódicas a la muerte de Marías. Su tarea como filósofo quizás sea demasiado consecuente con su maestro Ortega y Gasset. De acuerdo, quizás sea así. Pero, ¿recuerdo mal o Aristóteles era un fiel discípulo de Platón? ¿Hay que cuestionar esta característica o destacarla? ¿ el ser un fiel discípulo (crítico, claro está) es un demérito para un intelectual? En todo caso, su tarea como opositor al franquismo, como una voz que se levantó contra la falta de libertades públicas, como escritor por demás prolífico y comprometido con la realidad de España, y con el debate público constructivo, es absolutamente inatacable.

Un ejemplo de esto. Durante el franquismo se inició una campaña para lograr que la Iglesia Católica condenara la obra filosófica de Ortega; un dominico y tres jesuítas se encargaron de encabezar tal heroica cruzada. Pero no lo lograron. No lo lograron gracias a la tenaz oposición de tres intelectuales católicos: José Luis Aranguren, Pedro Laín Entralgo y Julián Marías.

Casi nunca se valora, en un gran escritor o académico, sus aportes diarios a periódicos y revistas. Estas aportaciones son vistas desde la academia como algo menor o sin importancia, y creo que en Marías se da uno de estos casos. La obra de ''periodismo de opinión'', que realizó Marías en su vida es sencillamente notable. Escribió de todo. Desde la crítica literaria, política, pasando por supuesto por el cine -su gran diversión-, no faltó ningún tema en el que Marías no introdujera dudas, perplejidades, elogios, o incluso severas críticas a opiniones o juicios que creyera incorrectos o precarios. La vivacidad de la vida pública se desarrolla, se incrementa, se alimenta, en gran medida a través de las publicaciones periódicas. Y este es uno de los espacios en que Marías parecía moverse más cómodamente, con mayor agudeza crítica y con más actualidad.

Finalmente en 1980 se hizo justicia. En ese año le fue otorgada la ''Cátedra José Ortega y Gasset de Filosofía Española'' de la Uned (Universidad de Educación a Distancia), y Marías pudo finalmente ejercer su docencia magistral en las aulas españolas.

Julián Marías nos ha dejado una extensa obra filosófica que merece la pena ser visitada. Un compendio de estudios filosóficos serios, metódicos, refinados y elegantemente expuestos. Estamos frente a un hombre de letras, ante un humanista como ya pocos quedan, un ejemplo de seriedad académica y de rigor metódico que merece ser elogiado, recordado y en lo posible emulado.


* Candidato a Doctor en Ciencia Política, Universidad Complutense de Madrid


Revista Dosmil30.
© Todos los derechos reservados

[email protected]