Por Pablo Ney Ferreira *
Resabios Aristocráticos
04.11.2005

Uno de los elementos constituyentes de la doctrina de los frenos y contrapesos, del equilibrio de los poderes, que se mencionan más a menudo, es el bicameralismo. Nadie va a negar que es necesario introducir este tipo de equilibrios en la estructura constitucional, el problema consiste en qué tipo de equilibrio de poderes queremos generar con nuestra configuración constitucional.

Hace ya bastante tiempo que no se plantea este tema como un problema a resolver, permaneciendo una suerte de acuerdo tácito no siempre bien explicado, lo que no quiere decir que el mismo haya sido zanjado definitivamente. Hoy en día buena parte del republicanismo democrático contemporáneo vuelve a ponerlo sobre la mesa de debate, y en muchos seminarios internacionales se analiza nuevamente el asunto. Frente a este problema, el republicanismo contemporáneo o parte de él- ha tomado postura claramente en favor del unicameralismo. En esta nota me propongo discutir algunos de los elementos teóricos sobre los que se construye la idea de un Poder Legislativo con dos cámaras, y manifestar una postura que apoya la supresión del Senado, y la transformación por consiguiente de nuestro Poder Legislativo en un sistema unicameral. Reconozco que este puede ser un tema muy controvertido, y más en un país tan conservador como el Uruguay, pero creo necesario establecer esta propuesta, incluso para un mejor funcionamiento del Parlamento del Uruguay.

LA HISTORIA

El 20 de Abril del 2004 leí en un periódico capitalino a Pablo Mieres dando algunos argumentos que se movían hacia la constitución de un Poder Legislativo unicameral; repasando luego de esto nuestra historia constitucional, veo que ha habido varios intentos en el mismo sentido: Ellauri lo propuso en 1830, Frugoni en la Constituyente de 1917, Salgado en la Constituyente electa en 1933, etc.... También desde las páginas de su periódico Avanzar , el joven dirigente radical del Batllismo Julio César Grauert, arremetía en 1930 contra lo que denominaba como un resabio monárquico . Si tenemos en cuenta que de los miembros de la Unión Interparlamentaria Mundial existen hoy en día 115 sistemas unicamerales y solo 64 bicamerales, veremos que se trata de un tema que lejos de estar resuelto admite nuevos cuestionamientos y propuestas. La separación de las asambleas populares forma parte de la idea que plasmó Polibio en el libro VI de sus Historias, y que responde a la constitución que adoptaron varias ciudades griegas antiguas (Esparta), algunas otras ciudades mediterráneas (Cartago), y principalmente su amada República romana. El mismo argumento es manejado para la constitución de las ciudades - república medievales en Italia. Éstas estaban fundamentadas sobre todo en la integración de diversos sectores sociales dentro de una estructura gubernativa más o menos equilibrada, en cuanto al peso de cada sector específico en las cadenas de decisión. Esta concepción ha tenido un peso enorme en la historia del pensamiento político, y es tomada por el republicanismo conservador y el liberalismo político para generar una serie de elementos que pretenden frenar a las peligrosas y sinuosas mayorías democráticas. Por una elemental necesidad de brevedad, y de cercanía de nuestros inicios constitucionales, vamos a tomar como ejemplo de esta escuela, la exposición de tono claramente elitista que realiza James Madison desde el Federalista 63, un famoso texto que engalana la historia del pensamiento político conservador. En este texto, Madison llega a justificar la necesidad de la existencia de un Senado, como mecanismo de autodefensa del pueblo contra sus propios errores y engaños eventuales , ya que hay momentos en la actividad pública que el pueblo, estimulado por alguna pasión irregular, o alguna ventaja ilícita, o llevado a error por las arteras tergiversaciones de hombres interesados, puede reclamar medidas que serían los primeros en lamentar o condenar posteriormente . Debido a esto es prudente que exista la interferencia de algún cuerpo temperado y respetable de ciudadanos, a fin de frenar la insensata carrera y contener el golpe que el pueblo medita darse a sí mismo, hasta que la razón y la justicia y la verdad puedan reconquistar su autoridad sobre el espíritu público . La idea que nos quiere transmitir Madison es muy clara, y sus prejuicios antipopulares son explícitos. Los representantes del pueblo, -y se debe entender que el pueblo mismo- están siempre prestos a dejarse llevar tontamente por todo tipo de embaucadores y demagogos, por lo que un cuerpo de tutores responsables y virtuosos debe protegerlos contra su innata incapacidad de generar decisiones importantes, relevantes y responsables. Nuevamente aparece aquí el argumento que planteara Aristóteles contra la democracia ateniense: virtud y razón aparecen siempre vinculadas estrictamente a la labor iluminadora de las élites. Madison no evita tampoco referirse a la democracia ateniense: ¿Qué amarga angustia no se habría ahorrado a menudo el pueblo de Atenas si su gobierno hubiera dispuesto de tan prudente salvaguarda contra la tiranía de sus propias pasiones? Este ilustre americano expresa desde aquí lo necesario que hubiese sido la presencia de unos tutores virtuosos vigilando los improvisados impulsos de la asamblea ateniense. Esta idea tiene un motivo claro y expuesto: frenar a las mayorías y a sus representantes en la asamblea popular. En rigor, parecería ser que el bicameralismo es un anacronismo histórico.

DEFENSA DEL UNICAMERALISMO

Para entender históricamente, que es como hay que entender a las instituciones políticas, no parece haber ninguna razón para que el Senado se constituya como una cámara alternativa. Sin embargo sí que hay una. La razón de las instancias deliberativas sucesivas y su justificación como elemento de deliberativo complementario a la cámara baja. El Poder Legislativo bicameral evitaría la posibilidad de que se caiga en la tan temida tiranía de las mayorías ; esto es el impulso popular irreverente proveniente de la cámara baja debe ser frenado por estos individuos virtuosos y sensatos. Evidentemente parece que aquí nos encontramos frente a un elemento institucional contramayoritario completamente desembozado. No serviría de nada argüir que la historia de la democracia desde la asamblea ateniense, hasta las asambleas revolucionarias francesas aparece asociada con el unicameralismo. Para combatir este argumento creo que es preciso intentar introducirnos en la propia lógica contramayoritaria y desde allí, tratar de contrarrestar las razones que parecen justificar el bicameralismo. El bicameralismo no es ni siquiera imprescindible para que logremos evitar las locuras irresponsables que aprueban nuestros diputados. Sólo cabe revisar someramente la historia del pensamiento político moderno para encontrar buenas razones que nos habiliten a proponer un legislativo unicameral que sin embargo fuera capaz de abordar las tareas deliberativas propias de su investidura con meridiana claridad y juicio. Desde Milton a Thomas Paine, pasando por qué no- por Robespierre, abundan las propuestas que proponen un legislativo unicameral y manifiestan con toda claridad que este modelo legislativo puede incluir perfectamente sus propios frenos y contrapesos endógenos. Thomas Paine aunque no hace falta ser Thomas Paine para imaginar esto- propuso dividir esa cámara mediante un sorteo en dos o tres partes y que cada propuesta legislativa fuera debatida secuencialmente en cada una de las secciones previamente a su votación en asamblea general. No es difícil de imaginar (cabe pensar en las diferentes comisiones por ejemplo) la aplicación de periódicas fases deliberativas que no impliquen más que a una cámara de representantes del pueblo. Robespierre también ensaya en un Discurso ante la Convención del 10 de Mayo de 1793 una crítica más profunda, que suma al argumento sospechas sobre la efectividad del mismo equilibrio de poderes para extirpar la tiranía. Claro, dirá Robespierre, no hace falta ser muy sagaz para saber que cualquier gobierno tiránico puede funcionar con dos cámaras en perfecto equilibrio (de interés y privilegio): ¿Qué nos importan las combinaciones que equilibran la autoridad de los tiranos? Es la tiranía la que hay que extirpar: no es en las querellas de sus amos donde el pueblo debe buscar la ventaja de respirar algunos instantes, es en su propia fuerza donde hay que situar la garantía de sus derechos . (Agradezco al Prof. Andrés de Francisco de la Universidad Complutense de Madrid, el que me haya señalado esta cita).

SENADORES A SU LUGAR

A la luz de esas razones, no parece demasiado necesario poseer hoy en día un Senado en el ordenamiento institucional de la República. Ni poseemos creo yo- una clase privilegiada de ningún tipo que haga necesaria su representación aparte, ni poseemos un gobierno federal en el que cada particularidad dentro de la federación requiera una posición en una cámara diferenciada. Menos aún parece haber un argumento de tipo democrático que sostenga que hay legisladores de clase A y de clase B. Ni siquiera los propios legisladores sostendrían esto. Nunca escuché a nadie que sostuviera que las Asambleas Constituyentes deben ser dos, y si la Asamblea que establece las normas superiores de nuestra legislación positiva es unicameral, no veo cual es la razón por la cual la legislación ordinaria requiera dos cámaras. Hay un viejo argumento inspirado en Rousseau, pronunciado por Sieyes en el seno de la Asamblea Nacional francesa, en contra del bicameralismo y utilizado tanto por Frugoni como por Salgado en sendas asambleas constituyentes-, que quisiera reiterar para terminar esta nota. La ley es la expresión de la voluntad del pueblo. El pueblo no puede tener dos voluntades distintas sobre un mismo asunto. El cuerpo legislativo, que debe ser la representación del pueblo es pues, esencialmente uno. ¿Para qué las dos Cámaras? Si las dos están de acuerdo, una de ellas es inútil; si están en desacuerdo, hay una que no sólo no interpreta la voluntad del pueblo, sino que impide que esa voluntad prevalezca. Por estos motivos, para el mejoramiento de nuestra democracia y para organizar una mejor calidad en los debates parlamentarios de los representantes del pueblo, invito desde aquí a nuestros augustos senadores a que se integren de una vez por todas al lugar donde siempre debieron haber estado: en la Cámara de los Representantes del Pueblo, la cámara baja.

Pablo Ney Ferreira es candidato a Doctor en Ciencia Política, Universidad Complutense de Madrid